Abraham Salloum

 

Nació en Ayoun El Wadi, Siria, el 18 de noviembre de 1953. Ha publicado los siguientes libros: Palabras, Sueños, Innominaciones (1984, edición del autor) (poesía); Mística del principio de la noche (Ediciones Alsur, 1992, Gobernación del estado Bolívar) (poesía); La llama en vela (Editorial Predios, 1993) (aforismos); Quien sino diez (1996, edición del autor) (poesía); Entre el día y el sur (Editorial Pequeña Venecia, 1997, Caracas) ( poesía); Lo que somos (1999, edición del autor) (poesía y prosa); Hincar el tridente (conjuntamente con los poetas Francisco Arévalo y Pedro Ostty) (Edición de los autores, 2001).

 

Para que ella aparezca

 

Un hombre llega a una esquina

Y espera que ella aparezca.

Ha llegado antes porque sabe

Que el tiempo está hecho de dudas

Y del vasto azar de sus celos.

Mientras espera ve en el reloj

El desconcierto y la tibia paciencia del silencio.

Cruza sus manos y siente en las palmas

El sagrado sudor de la primera mirada.

Trae un libro para sorprender la timidez de la tarde

Y la ignorada travesía de sus semejantes.

Levanta los ojos y ve y escucha

En la intensa luz del ocaso

El vuelo y el graznido del antiguo éxodo del alma.

Mueve los labios y deja que la palabra

Distinga en el aire la última llamada del consuelo.

Desconoce unas manos que intentan una despedida

Y da con la noche cuando ella y la luna

Alumbran una esquina donde un hombre

Espera que ella aparezca

(Agosto de 2002)

 

 

 

El olvido

 

Azotados los mercaderes y destruidos los ídolos

Que gobiernan sus palabras

Cae sobre El Cristo la antigua

Duda del primogénito

¿Quién fui ante los espejismos del desierto?

¿Quién seré cuando la noche prometa al traidor las monedas?

¿Y tres veces al alba mi nombre sea más oscuro que el olvido?

(11-02-2001)

 

 

 

Midas

 

Midas, rey del suicidio, acaricia con tus manos el ombligo de la cortesana. Penetra con tu mirada el antiguo fuego de su cuerpo. Di en silencio el nombre del verano y sopla sobre su cabellera, negra, larga como los jardines de la noche, la espinosa duda de la muerte. Extiende en sus ojos la ira de los pobres dioses del aceite y duerme entre sus muslos a la primera luna de los culpables. Midas, rey del suicidio, disipa de sus recuerdos el aire y abre en sus ventanas el mar que brota, herido, de espuma.

(11-02-2001)

 

 

 

M. L.

 

¿Y ahora a dónde vas

cuando la noche en el jardín

perfuma tu nombre de gacela herida?

¿Y en tu luna la tierra pierde

el mar que promete a lo que ya fue

la blanca paciencia del desierto?

¿Debo esperar la respuesta

o en silencio aguardar que la duda

prometa el fin sagrado del nombre?

 

Nací contigo en distinta tierra

y fui contigo a navegar

con el aroma de la rosa sucesiva.

La rosa que tiembla de adiós y aún

crece en el sueño primero

de la palabra.

¿A dónde vas?

¿Dónde encontrarte si en tu

corazón la casa abandona el fuego

y cruza entre llamas el recuerdo

del escorpión en Alejandría?

 

De otro lugar vine. Después lo

he sabido cuando oculto en el río

descifraba el eco de nada

la voz de nadie. Y allí entre

bruma y un caballo que calma la sed

supe que había perdido el bosque y el alfabeto.

 

Y ahora, ¿dónde estás?

¿Podré encontrarte pequeña luz que viaja

en la nave de nuestra despedida?

Callo. Y junto a ti sé que hoy

como ayer el azar circula

como espada y verbo.

 

 

 

El río de agosto

 

I

Ayer

Agosto comenzó su lenta ausencia

Y los ojos que miran el oleaje

Saben del animal sagrado

Que va a dormir en las melancólicas profundidades

Donde los que nunca volvieron

Reposan junto a la silenciosa voluntad

De la noche.

 

II

Agosto es el final del viaje

Que las aguas han emprendido

El aforismo que imagina el desterrado

La casa que los fantasmas poseen

Para que los vivos sean la sombra

Del circular fuego

Y la orilla donde viejos Barones

Construyeron el mito del adiós

que el viajero comparte con la nostalgia.

 

III

Antes del verbo

En el principio

Una gota recorre la pausa del índice

Señalando el asombro

Y anuncia el sermón del la montaña

La multiplicación de los peces

La inclinación de la muerte

A despertar el olvidado olor de la rosa

Y al tiempo que sólo existe cuando soñamos

Que es vana la espera y el laberinto.

 

 

 

Efigie del verbo

 

En el desierto la eternidad

se recoge con el fino olfato

del imperio derruido.

Ante ella la sombra de un árbol

-nido y hoja seca de silencio-

suspende la adivinación

en el deseado muslo de la reina.

Cuando se nombra el destello

de una nube previene la navegable

prisa del índice.

Y atenazada al rubor

del primer deseo 

crece en la hierba que los cuerpos

mudan en la calmada

efigie del verbo.

 

 

Ella Fitzgerald

 

Si alguien escucha la primera nota

al alba pensará que oye

la intuición de un asombro

que la luna aún no se ha ido

o que hay un eco para llamar a la hoja

con el perceptible sonido

de la amarillenta lejanía.

Pero si ese mismo alguien

-que los algebristas nombran equis

y tu y yo navegación y cuerpo-

despierta en la noche de la voz

presentirá que las vocales

penetran la casa interminable

que la vigilia sostiene

el arcaico oro de los alquimistas

que el ave canta porque hay una ciudad

donde el tiempo renace

en el oasis de la hierba

que en el puente las orillas

distraen en el olvido su distancia

que la mirada abre la aldaba del desierto

que en el mar el fuego es otra calma

y que en el silencio tu nombre

cultiva la vid con la ebria antigüedad

de tus ojos.

 

 

Antiguo círculo

 

Porque la costumbre en el espejo

Detiene la gregaria imagen

El antiguo baja su mano en círculo

Reconociendo por el olfato

La distancia que separa el norte de la memoria

Supone que en aquella nave

Desaparece el adiós y la espalda

Y con la palabra que en la leve noche

Cura la maldición

Camina solo sobre el mar

Para que otro hombre

Cuando llegue con la Rosa

Se detenga y olvide.

 

 

Presencia

 

Cruzo el río y vuelvo

La otra lengua va con el ave a la ciudad

Donde renace el temblor y el instinto.

De aquel desierto que en el árbol

Fue la pasión del cuerpo queda aún

La noche de miedo imaginado.

Ahora cuando el que huye no sabe dónde

El antiguo pez se silencia en la mesa

Que el evadido dispone como conquista

Y la raíz crece en el sueño del suicida.

Al entrar encuentro la casa que alguien

Destruye en la mirada del escorpión

Mientras en el número la bestia recoge su veneno.

Y dando al nuevo nombre la palabra perdida

Sé que es vano llegar y quedarse.

 

 

Espejo, Alicia

 

Alicia es un nombre paralelo

al cuarteado olor del recuerdo

Un Ángel enjuiciador de los cuerpos sin plumas

ausentes en los oscuros cuartos

de la enseñanza anatómica

Alicia es su nombre y sin embargo se sabe

el disfraz de su propia carne

Recuerda los caminos del retorno

el imprevisto encuentro con las irreversibles hojas

de las preguntas imperativas

Es ha sido será extraña

al sentido que tienen las vírgenes

para esperar eternamente

a los infinitos Arcángeles

Alicia traduce al animal gato en metáfora gato

para que la sabiduría muerda espectros

Viene de lejos de cerca de nunca de siempre

de aproximaciones sin haberse movido

de ninguna fuente de todas las fuentes

relativas absolutas al tiempo sin gemelo

Ella forma el infinito desequilibrio

entre la palabra ombligo y el mudo ombligo

En el silencio encuentra Alicia el ruido

de los pacientes bebedores dc sangre humana

No se pregunta por ella misma porque conoce Alicia

el vano intento de abrir y cerrar libros

sin haber encontrado la perfecta fotografía de sus huellas

Ha olido los aromas sus mezclas en matraces

e infinitésimas botellas de nubes

cercanas al impreciso límite de las nasales

Alicia piensa que la muerte sólo es un juego

de miradas que tratan de imitar la seriedad

del ausente

Ella pequeña heredera de la nada dibuja sobre el ser

la metafísica multiplicación del eco

Abre puertas sabiendo que siempre

el verbo volverá a cerrarlas

Alicia penetra los laberintos del pequeño mundo

de los insectos y se baña con las huellas de los esqueletos

que no han encontrado la otra entrada

Consigue en la permanente visita de los ríos y océanos

el error de las muchedumbres vestidas de corderos y clemencias

Alicia pasea por los cuartos de la somnolencia

sin los ciegos ojos de los héroes nominales

Vestida de arena deja que su cuerpo descubra

la eternidad repitiéndose en la algebraica cruz de Cartesio

Alicia ha tocado la única maravilla

el vacío

después ha dormido por siempre en nuestras pesadillas

de abuelos sin esperanza

Alicia sabe de todo

todo

aun que ella es Alicia

un nombre paralelo al cuarteado olor del recuerdo

 

 

Tlaloc

 

Visión de esta tierra sin brazos

Crujiendo por la humedad que deja huellas y no pasa

No es de otros el verbo y la huida

Ni somos en nuestro refugio

La sombra que se imagina única

Cuando volvamos a provocarte

Nuestros barcos habrán recorrido el tiempo

Sin que los navegantes hayan podido soñar

Que todo el cosmos

Es el fuego que tú acallas.

 

 

Primera galería

 

En un país lejano

lejano por viejo y porque para mí es su distancia

el alfabeto vive silenciosamente en una galería

Todos hemos visto alguna vez

la esbeltez de su reposo

Silencioso guarda el primer pronunciamiento

la herida mañana cuando la boca abrió la cueva

sin mover la musculosa piedra de la noche

A ese país he ido y he vuelto

En él he aprendido el murmullo de los nombres

y el mudo asombro de Babel

señalando hacia los confines

Hoy me he acercado a sus viejos puertos

y en sus calles recorro el tenue aroma de sus tardes

repito su nombre y no sé si he guardado

el milenario silencio de sus piedras.