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Alberto Jiménez Ure |
Absurdos
[Cuentos]Depósito Legal: lf23720018002675
ISBN: 980-11-0576-3
La macilenta
Nebula exigió a su novísimo esposo que debía darle una vida sedentaria plena. Quería vivir sin moverse, pero era evidentemente imposible sin el auxilio suyo o de otras personas.
-Si anhelas continuar existiendo, tendré que hacer ciertas y fundamentales cosas por ti –expresó Famulos mientras ella se cobijaba hasta el cuello-: limpiar la casa, asearte, cocinar para ti y traer tu comida a nuestro lecho matrimonial.
Al cabo de pocos meses, la mujer había aumentado ciento cincuenta kilos. Ahora pesaba doscientos veinte, y no podía levantarse de la cama sin ayuda.
-Te he complacido, Nebula –le recordó el marido a su extremadamente obesa mujer-. Empero, ¿qué más puedo hacer para que continúes feliz?
-Siempre me sentí atraída por tu portentosa imaginación, amado mío –respondió la macilenta y casi monstruosa figura-. Podría ser más dichosa el próximo fin de semana, y ello está sujeto a tus inteligentes ocurrencias.
Famulos, que, diariamente, recogía un mínimo de cinco kilos de materia fecal que su cónyuge depositaba en una excreta portátil colocada bajo su trasero, decidió suspenderle los suministros de alimentos y líquidos durante tres días. Luego de lo cual le dio a beber un purgante especial, para hacerle un lavado estomacal e intestinal completo.
El sábado siguiente ofreció, puertas abiertas, un gratuito banquete –con abundante licor- a los vecinos de la Urbanización Villaverde.
El «Dignatario»
Muy temprano (a las 7:30 am., aproximadamente), esa mañana el Presidente de la República leía el diario Sin Censura sentado en la retrete de su despacho del Palacio de Miramontaña. Cuatro severas arrugas estigmatizaban su rostro. Había convocado a sus ministros para discutir con ellos en cuáles áreas debía invertirse un excedente que, de próceres impresos norteamericanos, obtuvo el Fisco Nacional gracias al súbito aumento de las exportaciones de los barriles de petróleo que producía el país.
Su edecana favorita era una Coronela muy hermosa y eficiente. Cuando los ministros llegaron en tropel, se acomodaron en en sus lujosas y enumeradas sillas: rigurosamente lustradas y colocadas en semicírculo, frente a la pieza sanitaria donde El «Dignatario» expelía -ruidosamente- sus excrementos.
-En nombre de todos, «Señor Comandante», le deseo que tenga un magnífico día -temeroso e inclinando su cerviz, infirió el Ministro de la «Defensa Estatal».
El mandatario lo escrutó fíjamente durante varios segundos y luego giró su cabeza para mirar a su «edecana», que portaba una livianísima y moderna ametralladora marca El Chacal. Se observaron sin gesticular ni intercambiar palabras. De pronto, la fascinante mujer ejecutó un paso en dirección al Norte. Llevó su mano derecha a la altura de su cabeza antes de proferir, en alta voz, la frase que registro:
-¡Permiso para retirarme, Comandante!
El «Comandante en Jefe» no le (dio parque) correspondió abiertamente e hizo un casi imperceptible movimiento con su índice izquierdo. La oficiala zapateó, giró cincuenta grados su cuerpo a la izquierda y marchó hacia la salida.
-Hoy desayuné -antes del alba- un trozo de marrano, huevos fritos, caraotas, arroz, pan tostado con mantequilla y me bebí un vaso de jugo de mango -le confesó a su equipo ejecutivo de gobierno-. Estoy molesto porque en este periódico me describen como a un megalomaníaco, acomplejado, corrompido y despótico militar.
Los integrantes del Poder Ejecutivo olfateaban un fortísimo hedor, pero no podían moverse del lugar: ni formular reclamos, o ausentarte, por cuanto se trataba de una reunión de «Consejo de Ministros» con el máximo jerarca de la Adminstración Pública.
«-Joseph, escúchame» -continuó su parlamento el Presidente y señaló al Ministro de la Secretaría de Gobierno e Información-: -En un autobús de la Fuerza Armada Nacional (FAN), irás con no menos de diez funcionarios de la Dirección de Inteligencia Militar (DIM) a la sede de Sin Censura, arrestas a todos los trabajadores (especialmente al Director del diario) y los trasladas al Hospicio de Contrarrevolucionarios».
Después, El «Dignatario» se levantó de la pocilga y estrechó la mano del Ministro de la «Sanidad Estatal» para ordenarle:
«-Darío, mi fiel amigo: tienes la misión de segarle los testículos y las lenguas a todos los empleados de Sin Censura. Comenzarás por capar al Director. A las mujeres se las ofreces, desnudas, a los reos del Hospicio para Delincuentes Comunes. Ninguno se quedará sin admitir que mi gestión gubernamental respeta la «Libertad de Opinión», consagrada en la Constitución «Humanística» de la República Soberana y Revolucionaria»
El Ministro de la «Justicia Estatal» extrajo un pañuelo de su saco azul de lana y, antes de que el Presidente retornase su trasero al excusado, rápidamente limpió las partículas de excrementos diseminadas por la superficie del retrete y la cerámica del piso.
Transcurría el primer mes de Gobierno «Revolucionario» y el pueblo esperaba, ansioso, los decretos presidenciales mediante los cuales se transformaría, pacíficamente, el país. Por ello, El «Dignatario» de Petrópolis esperaba la transcripción de los edictos que le traería la edecana. Era necesario apresurar los cambios. La chica de las charreteras y condecoraciones «revolucionarias» regresó al despacho con una carpeta bajo su brazo izquierdo. Repitió el ritual de saludar al «Comandante Jefe» -quien permanecía encima del evacuatorio- y pedirle permiso, en esa ocasión para entregarle los folios. El Presidente se pasó varias veces los dedos pulgar, índice y medio derechos por el ano y estampó sus huellas digitales en cada uno de los decretos.
Se levantó del retrete y la edecana le practicó la ablución con la ducha vaginal anexa al sanitario. Lo secó con una toalla blanca marca Soberanía. Inmediatamente, el «Primer Mandatario» examinó el paño para comprobar que su adjunta militar lo aseó bien. Ulterior a lo cual ordenó que viniera la cocinera del Palacio con una cuchara sopera. Rápido, Rubia, quien era experta en la preparación de salcochos, fue traída en brazos por dos soldados.
-Estás demasiado obesa -le dijo el Presidente-. Sin embargo, no te sustituiré nunca...
El «Comandante Jefe» se aproximó a ella y le besó la boca. Luego le acarició los cabellos y le apretó, lujurioso, los senos.
-Gracias por sus palabras, mi venerado amo y señor del la República «Revolucionaria» -emocionada y con lágrimas en los ojos, habló la cocinera-. ¿Por qué ordenó que me trajeran aquí?
Los reclutas bajaron a la gorda y la colocaron al lado del excretor que expelía los humores del estiércol del «animal racional» elegido por la mayoría de los votantes del país.
-Con la cuchara sopera, servirás mis excrementos a los ministros en sus manos. De ese modo, los que conforman el Poder Ejecutivo demostrarán su lealtad a mi proyecto revolucionario.
Fuera del Palacio, el pueblo exigía al «Primer Magistrado» que saliera al Balcón Presidencial para ovacionarlo. Afortunadamente, el «Comandante Jefe» tenía diarrea. Multiplicó sus evacuaciones antes de complacer al vulgo, porque quería que Rubia también le sirviera del caldo presidencial.
Fue inenarrable la felicidad experimentada por el pueblo cuando ingirió el caldo de las entrañas del poder. El «Dignatario» de la República «Revolucionaria» gobernó durante toda su vida y, similar al Mesías, siempre multiplicó su materia fecal para mantener bien alimentado a sus seguidores.
El traspaso
La bala atravesó el ventanal de vidrio que miraba hacia la calle y se incrustó, con fuerza, en el machihembrado del Pent House. En el instante cuando se produjo el estallido, Hernán Benavides leía los avisos clasificados de un diario nacional. Buscaba un trabajo que remunerase mejor su profesión de «ingeniero mecánico», mal pagada por el gobierno de una de las provincias de la República «Revolucionaria».
Asustado, examinó la ventana. Luego tomó una escoba para barrer los fragmentos de vidrio esparcidos por el piso. Lo hizo con una pala.
Retornó a la ventana y escrutó la calle. Abajo, en la esquina, decenas de dopados y embriagados jóvenes exhibían -con insólito desparpajo- varias pistolas que todavía disparaban hacia el cielo. Desde lo alto, les gritó que llamaría a la policía. Los chicos y chicas se dispersaron rápidamente, ufanos de conducir potentes motocicletas y automóviles rústicos. La cervecería (que ofrecía servicios de «internet», «correo electrónico» y «fax») había cerrado. Eran las 4:30 am.
Durmió un poco y despertó con el alba, para dedicarse a extraer el proyectil de bronce de una de las piezas de madera del machihembrado. Lo guardó y le contó a su esposa lo sucedido.
-Sabes que el bronce se vende carísimo en nuestro país -le advirtió su compañera-. No botes la bala...
En el Palacio de Gobierno, donde ejercía funciones de «Ingeniero Supervisor de Obras», comentó a sus compañeros de trabajo lo sucedido durante la madrugada de ese día. Mofándose de él, todos le dijeron lo que su esposa: que no se deshiciera del trocito de metal, que tratara de coleccionar pedazos de bronce.
«-Tal vez logres enriquecerte en pocos años» -le decían tras emitir sus carcajadas.
Como era insomne, a la madrugada siguiente Hernán estuvo pendiente de nuevos disparos. Su esperanza no estaba infundada. Borrachos y drogados, de nuevo numerosos adolescentes salieron de la Cervecería «Nestscape» para probar sus juguetes de acero. Esa vez dispararon deliberadamente contra la ventana del Pent House de Benavides: el cual, nervioso, se protegía debajo de la cama que mantenía en su habitación de estudio.
Más de cincuenta balas se introdujeron por el ventanal para culminar clavadas en el techo. Cuando oyó las sirenas de los patrulleros, supo que el peligro de recibir un proyectil había terminado y repitió la acción de recoger los letales pedazos de metal: Afortunadamente, todos de bronce (las balas de plomo eran destinadas a las Fuerza Revolucionaria Armada Nacional). Pudo comprobar que en el marco externo de la ventana quedó -también empotrada- una cantidad no calculable, a simple vista, de proyectiles. Paciente, se dedicó a sacarlos con un puntiagudo cincel.
Durante semanas, ininterrumpidamente, para desafiar a Hernán Benavides, los agresivos disparaban sus armas en dirección al Pent House. Lo que ellos ignoraban era que esas acciones comenzaron a producir felicidad al inquilino que, en un mes, pudo juntar diez kilos de bronce que vendería a un taller de prósperos escultores venezolanos, argentinos y colombianos. Los artistas fundían las balas para vaciar los bustos que una oficialidad ociosa, dispendiosa e inclinada a las ceremonias, de sus países de origen, contrataba para honrar a los desalmados que solían promover como personajes ilustres de sus principales ciudades. En la República «Revolucionaria», estaban especialmente de moda las estatuas forjadas en bronce, de vivos o fallecidos militares: y empresarios, intelectuales, actores, políticos o pintores vinculados al «régimen tiránico».
El precio del kilogramo de bronce oscilaba entre mil y mil quinientos dólares. Por ello, Hernán le pagaba a cinco muchachos para que instigasen a los pistoleros a disparar contra su apartamento: externamente convertido en una especie de colmena a causa de la infinidad de perforaciones.
Un año más tarde, al contado, Hernán Benavides adquirió una confortable casa y un automóvil alemán, de famosa marca. Renunció a su trabajo del Palacio de Gobierno. Por concepto de venta de balas, en doce meses acumuló casi un millón de próceres impresos norteamericanos: una cifra que en su país era calificada de asombrosa, y que garantizaba a quien la poseyera una vida presente y futura sin penurias.
Hernán tenía un colega -de apellido Montemayor- que era su confidente. Le contó lo relacionado con el origen de su fortuna. Su interlocutor se emocionó y le rogó que le permitiese participar en el negocio. Benavides le explicó que el Pent House era alquilado. Los contratos, prorrogables, se redactaban semestralmente: empero, podría ocurrir -de un momento a otro- que el propietario le exigiese la desocupación porque una cláusula lo establecía. Sin consultarle, el dueño estaba en condiciones de rescindir el convenimiento.
Un día Montemayor le ofreció veintemil dólares a Benavides por el «traspaso» del contrato del inmueble: es decir, la suma de todos sus ahorros y prestaciones sociales acumulados en treinta años de servicios al Estado «Revolucionario», más otra cantidad que solicitó en préstamo a varios familiares.
Benavides aceptó el ofrecimiento de su amigo porque su esposa e hijas, a quienes solía complacer cualquier capricho, anhelaban fijar residencia en la capital de la República «Revolucionaria». Por ellas, es cierto: pero, principalmente, por haberse enterado de que los adeptos a las pistolas estaban enterados de que se lucraba con las balas de bronce.
En Caracas, en el Parque del Este, mientras caminaba con su familia, Hernán leyó una noticia según la cual un ingeniero mecánico de la provincia murió a causa de las heridas que le ocasionaron más de treinta «balas perdidas».
La boga elefantiásica
Con apenas diecisiete años, Evelin Asturias iniciaba sus estudios de Ingeniería en la Universidad Central de Caracas. Durante un acto cultural organizado por la Sociedad de Estudiantes Universitarios (SEU), la chica conoció a José Buitrago: un joven que cursaba el segundo año de la carrera de Medicina y era propietario de una poderosa motocicleta, de fabricación norteamericana.
Con frecuencia, se veían en el cafetín de la Facultad de Ingeniería para platicar. Un viernes, Buitrago la invitó a un paseo por Playa «La Cangreja». La recogería el sábado siguiente, a las 9 am., frente a la residencia de la familia Asturias.
José la buscó y emprendió un velocísimo recorrido hacia la citada playa, por una autopista muy amplia pero peligrosa. Cuando alcanzó los ciento sesenta kilómetros por hora, un vehículo deportivo -que adelante se desplazaba a menor velocidad- cambió torpemente de canal y provocó que Buitrago lo esquivara y perdiese el control de la motocicleta.
Gracias a la pericia del motorizado, se salvaron de estrellarse contra una gandola. Sin embargo, la máquina derrapó por un poco profundo barranco y terminó fuera de la autopista (en el fondo de un matorral). La muchacha quedó tirada encima de un árbol caído, inconsciente. Su amigo se incorporó y la auxilió. Preocupado, advirtió que Evelin había perdido toda su dentadura y exhibía un hematoma en el lado izquierdo de su cabeza.
Días después, los padres de la chica, que tenían bienes de fortuna, no soportaron el persistente sufrimiento de su hija a causa del afeamiento de su rostro por la pérdida de los dientes. Vendieron una de las casas que alquilaban a turistas y viajaron con ella para Alemania, donde un afamado odontólogo elaboraba prótesis dentales a base de marfil.
Evelin se sintió feliz con su nueva, costosísima y perfecta dentadura. Luego de un mes, regresaron a Venezuela. Sus padres retomaron sus actividades habituales y la muchacha reinició sus estudios universitarios.
Semanas más tarde, los compañeros de estudio de la Asturias notaron que su nariz se transformaba en una prominente y elástica trompa, aparte de lo cual las orejas le crecían. A sus amigas, especialmente, les fascinaron los cambios que se sucedían en el rostro de Evelin: quien, de nuevo desconsolada, lloraba frente a sus padres por lo que creía una terrible desgracia en su breve vida.
Pero, repentinamente, la Sociedad de Estudiantes Universitarios la sorprendió eligiéndola reina de la institución académica. Por otra parte, un grupo de profesores -durante lustros dedicados a la investigación en el campo de la genética- la persuadió de permitir que fuese miniaturizada en un novedoso proceso de «clonación» de especies únicas (que, gracias a los efectos de la publicidad, venderían por sumas insospechadas).
Con capital y apoyo científico de los investigadores de la Universidad Central, Evelin Asturias fundó una clínica que se especializaba en transformar -físicamente- a las mujeres y los hombres que anhelaban lucir elefantiásicos: boga que en siete años acabaría y, con ella, la existencia -por linchamiento- de la joven ingeniera.
Los socorristas
A las 3 pm. de un lunes de Noviembre, Persia H. transitaba con su automóvil por la «Avenida Azparren» que bordea la zona noroeste de la ciudad de Barquisimeto (Venezuela). Se desplazaba a una velocidad de cien kilómetros por hora, pero, súbitamente, perdió el control de su pequeño vehículo y chocó contra un poste del alumbrado público: lamentable consecuencia del estallido de una de las llantas. Antes del impacto, la máquina de rodamiento giró varias veces sobre un pavimento ablandado por los rayos solares.
Persia -quien era sumariadora del un Tribunal de Primera Instancia del Municipio «Franz Kafka»- no sufrió heridas. Sin quitarse el cinturón de seguridad, miró en derredor y captó dos sonrientes rostros:
-Fue Ud. afortunada -le aseguró un hombre huesudo, tez oscura y mostachos canosos, uniformado de fiscal del tránsito terrestre-. Esta avenida es muy peligrosa. Aquí son frecuentes las muertes por arrollamientos o volcamientos...
-Pero, no se preocupe por lo que el sargento le dice -interrumpió el otro, una persona fornida que exhibía ropas sucias y un gorro de jugador de béisbol-. La auxiliaremos.
El fiscal socorrista abrió la puerta izquierda del carro (fabricación japonesa) y ayudó a la accidentada a deajustarse el cinturón «de seguridad». Luego la sacó para alejarla hacia una de las tiendas de carretera, con techos de palmeras y paredes de espigados troncos de caña seca. En ellas se resguardaban del sol familias de vendedores de quesos, cachapas, cocos, jugos y loros que se apostaban en las orillas de la vía con niños descalzos y llenos de parásitos. La víctima, que tenía una visión magnífica, advirtió que la carretera estaba repleta de tachuelas.
El ciudadano de la gorra beisbolera se dio cuenta de que ella observaba el pavimento y la distrajo para explicarle que él era propietario de un camión grúa, y que -por una suma que a la sumariadora le pareció exagerada- podía trasladarle su maltrecho automóvil hacia un taller mecánico de la ciudad.
«-No tiene otra opción, señora -le dijo-. Si llama a una compañía de grúas de Barquisimeto, probablemente le cobre lo mismo que yo. Perderá tiempo...»
Persia H. estaba persuadida de que el propietario de la grúa mentía. Sin embargo, aturdida por lo sucedido, convino: pagaría lo que le pedía. Por ello regresó al vehículo, flanqueada por los «socorristas», para buscar su chequera. Cuando llegó advirtió que le habían robado su bolso de piel, un teléfono móvil, el reproductor de música, el volante de madera, los cuatro cauchos con sus respectivos rines y una guitarra clásica de reciente adquisición.
¡-No puedo creerlo! -furiosa, exclamó-. ¿Quiénes pudieron desmantelarme en tan pocos minutos?
En tono burlón, uno de los niños que curioseaban, y que portaba una enorme llave ajustable, le indicó que debía levantar la capota o cubierta del motor. Por la dama, el fiscal lo hizo y todos comprobaron que no tenía.
Ofuscada, la mujer pidió al chofer de la grúa que la llevase -sin la carrocería de su deportivo de fabricación japonesa- al establecimiento de la Policía Judicial más cercano de la ciudad. El «socorrista» lo hizo. Luego de formular la denuncia según la cual fue robada y saqueado su vehículo, allá un oficial le permitió usar el teléfono de la comisaría. Llamó a su esposo, le notificó lo sucedido y le rogó que le trajese el dinero que le pagaría al dueño de la grúa. En pocos minutos vino su cónyuge. Le pagó al señor de la grúa y Persia retornó -con él y dos detectives- al lugar exacto donde se accidentó.
Cuando llegaron, una turba de pobladores rodeó el automóvil donde viajaban acompañados de los funcionarios de la «División de Atracos, Hurtos y Robos de Vehículos». Sin excluir a los ancianos, mujeres y niños, todos golpeaban con cabillas o palos la carrocería y exigían que Persia saliera para que «asumiera su responsabilidad». Los ocupantes del espacioso automóvil, de fabricación norteamericana, estaban perplejos.
¿-Qué hice? -confundida, interrogaba la mujer a los pesquisas que trajo al sitio.
El esposo de Persia aceleró para deshacerse del enjambre. Después, se detuvo abruptamente y bajaron los policías para realizar las averiguaciones que correspondían frente a tan extraña situación.
Desde una distancia aproximada de doscientos metros, Persia y su esposo miraban a los detectives platicar con algunos de los atacantes. La conversación no duró más de cinco minutos. Los policías regresaron al automóvil, bajaron a la fuerza a la sumariadora y -sin responder a la iracundia del aterrado esposo- la llevaron hacia la maltrecha carrocería del vehículo japonés o improvisado «estrado» que los lugareños instalaron en el lugar donde ocurrió el accidente.
-¡Suéltenme! -exclamaba Persia H., presa del pánico-. Acaso, ¿permitirán mi linchamiento?
-No se preocupe, señora -aseveró uno de los funcionarios-. Nunca hemos permitido las ejecuciones tumultuarias...
Durante su paso por la muchedumbre, los niños la fustigaban con pedazos de cáñamo. Persia no podía entender el idioma mediante el cual vociferaban contra ella. Parecía español, pero las expresiones eran ininteligibles.
En menos de quince minutos, fue «impuesta de los cargos» y sentenciada a muerte por un tribunal que se autodefinió «del pueblo». Los oficiales tuvieron la misión de descargar sus pistolas sobre el encantador cuerpo de Persia, cuyos ensangrentados y mortales restos fueron recogidos por su desconsolado esposo.
«-La ignorancia de La Palabra no nos exime de su cumplimiento» -le expresaron, con severidad en sus rostros, los policías durante el momento cuando el acongojado esposo colocaba el cadáver en la parte trasera de su automóvil.
Bill, el Presidente
Laurie Moon Martínez conoció a Bill Sade cuando apenas era candidato a alcalde de Fornicattores City, en la Unión de los Estados del Norte (UEN). Laboratorista auxiliar, estudiaba en el Major Claustrofalaz: institución para estudios superiores en «Ciencias Jurídicas y Políticas», «Medicina», «Bioanálisis» y «Filosofía».
Sade no tenía más de 25 años. Muy joven había egresado, precisamente, del Major Claustrofalaz. Casó con Himena, a quien conoció en la institución universitaria de la cual egresaría con excelentes calificaciones.
Desde sus primeros días en el Major Claustrofalaz, el politólogo se acostumbró al disfrute de lo que se conocía como Succión Rápida y de Aula. La mayoría de los estudiantes admitía que era el más buenmozo de los inscritos para cursar la carrera de «Ciencias Jurídicas y Políticas». Durante los recesos oficializados entre una hora de clase y otra, las muchachas peleaban por mamarle a Bill el único miembro de la Academia Universal que es obligado por las sociedades del mundo a mantenerse oculto.
Durante la exitosa «campaña electoral» que lo condujo a ocupar el cargo de Alcalde de Fornicattores City, vio por primera vez a Laurie. Nunca imaginaría que aquella desprejuiciada y hermosa mujer perturbaría, en el futuro, su gestión presidencial (sí: Bill alcanzaría la máxima posición política de la Unión de los Estados del Norte).
Desde un improvisado podium y cansado de tanto hablar frente a sus seguidores, Sade miró hacia un punto cualquiera y ella se levantó el vestido para mostrarle las nalgas. El candidato, que -por exceso de «trabajo proselitista»- acumulaba días sin practicar el sexo con Himena de Sade, sintió que el inquieto de la Academia (ese que le colgaba en la entrepierna) le crecía. Advirtió que a Moon Martínez la Naturaleza la dotó de carnosos labios: de los especiales para la ejecución de actividades falofágicas.
El Señor Bill Sade le envió una misiva con uno de sus guardaespaldas: «Te espero en el Secreto de Estado Motel. A las 8 pm., tomarás el taxi que te llevará y cuyo costo yo asumiré. Estaré esperándote en el umbral del establecimiento citado».
Todo sucedió de acuerdo a lo planeado por él. Laurie llegó y Bill le pagó al conductor. De inmediato, caminaron hacia la habitación.
-Estoy desesperada -le confesó Moon Martínez al «prometeo» del ambiente político en la UEN.
Humedeciéndose los labios con su enrojecida lengua, rápido le desajustó la correa y le bajó el pantalón. Lo empujó suavemente hacia la cama. Lo sentó e inició una intensa succión que culminó cuando del orificio orinario del glande de Bill brotaron, aproximadamente, cinco centímetros cúbicos de sémen.
La seductora liberó y cerró su boca para correr hacia el cuarto de baño donde vertiría, en uno de los tubos de ensayos que guardaba en el bolso, el espeso líquido. Retornó a la alcoba y esta vez sí se quitó sus ropas.
Después de una hora de plática política, nuevamente Laurie logró excitar a Bill. Sentada encima de su estómago, se deslizó hacia atrás. Sintió que el falo le rozaba la hendidura de su trasero. Fue cuando se levantó un poco y se lo tragó con su vagina. Los movimientos de la dama eran similares a las ondulaciones de las aguas en mar agitado. La acción sólo duró tres minutos. Para evitar embarazarla, de la blanda cavidad Sade sacó su pene antes de eyacular.
Los compromisos políticos de Bill lo obligaban a marcharse. A las 11 pm., numerosas personas lo esperarían en una conocida «casa de festejos» para cenar. Anotó el número telefónico de la dama a quien, a causa de sus múltiples ocupaciones frentre a la Acaldía de «Fornicattores City», no volvería a ver.
Transcurrieron treinta años. Bill Sade ya era Presidente de la Unión de los Estados del Norte y en su contra se urdía una confabulación de naturaleza moral. Vio, asombrado, cómo una mujer de quizá cincuenta y cinco años lo acusaba de haberla violado en el Secreto de Estado Motel. A más de doscientos millones de televidentes, revelaba que -después de haber sido abusada por el candidato a la Alcaldía- mantuvo vivos los espermatozoides de su «victimario». Más tarde, ya doctorada en Medicina (mención «Genética Evolutiva»), con ellos insemiraría algunos óvulos de una burra que cuidaba en la finca de su padre.
Logró, inicialmente en una atmósfera cúbica «in vitrio» preparada, reproducir varios híbridos con la esperanza de que gobernasen en cada uno de los «Estados de la Unión»: animales con cabezas humanas (cuyos rostros eran idénticos al de Sade) y cuerpos de asnos. De centaurico aspecto, esas criaturas exhibían unos asombrosos falos que ella -gustosa y frecuentemente- chupaba para calmarles las ansias sexuales. Sin ambages, así lo confesó.
El Periodista y la Policía del Tránsito
Para el poeta y profesor José (cheo) González
El periodista detuvo su automóvil en un lugar de la Calle 23, transversal con el Edificio Central de Medios Universitarios. A su máquina de rodamiento, pronto se aproximó una mujer de la Policía del Tránsito (PT) y lo interrogó:
-¿No ve Ud. la raya amarilla en la acera, Señor; de acuerdo con la Ley vigente, indica que no puede estacionarse aquí?
Antes de responder, Ulises Dellmorall Monagas examinó a la dama: llevaba un traje verde, una boína blanca, un pito encadenado al cuello, un revólver (Smith Wilson, calibre 28), un teléfono celular y un rolo adherido al cinturón. Era una chica de tez blanca, ojos púrpura y hermosa figura.
-Eres una joven muy atractiva -luego de medio minuto y bajándose del vehículo, musitó el infractor.
La resguardaleyes se ruborizó. Sin embargo, fingió que no había escuchado. Miró al periodista y le pidió que le mostrara su documentación personal (carnets de «ciudadanía», «propiedad» y de «conducir»).
-No se enfade, oficial -cambió Ulises el tono de su voz-: no soy un forajido. Soy periodista y trabajo allá, en el Edificio Central de Medios Universitarios. Soy una persona decente.
Por instrucciones del alcalde, los «policías de tránsito» podían permitir a los comunidadores sociales y reporteros gráficos que estacionaran sus carros en zonas «prohibidas»: se presumía que la naturaleza de sus actividades lo exigía.
-Discúlpeme, Señor -luego de advertir que los papeles de Dellmorall Monagas estaban «en orden», expresó la muchacha-. Le sugiero que coloque un «aviso» en el parabrisas que diga Prensa o Periodista.
Ese primer encuentro entre Ulises y la policía los afectó. Durante todo el día, mientras trabajaban, ambos pensaron el uno en el otro.
Al siguiente día, casi a la misma hora, se toparon de nuevo en la Calle 23. En esa ocasión, Dellmorall Monagas descendió de su auto y le obsequió un ramo de flores:
-Estás más hermosa que ayer -le dijo-. Estoy conmovido por tus encantos, oficial...
La funcionaria bajó la mirada y recibió, atemorizada, el regalo.
-En la Comandancia de Tránsito me llamarán la atención -murmuró.
A exceso de velocidad, de repente un conductor pasó y casi los atropella. Con fuerza, la mujellera (cuyo nombre era Rosalba Antúnez Ovejuna) pitó al desconocido. El incidente interrumpió el segundo contacto entre ambos. Ulises fue a su oficina y ella caminó hacia el infractor, a quien multaría.
Transcurrieron los días y entre ellos se estableció una relación más profunda. Planearon experimentar un encuentro íntimo y se citaron a un hotel, en «las afueras» de la urbe. El periodista le rogó a la chica que acudiera uniformada y con su equipo de trabajo. La policía lo satisfizo.
En la habitación, después de ardientes besos, Ulises se desnudó. A Rosalba sólo le quitó el verdeoliva pantalón. Ni siquiera permitió que se quitara el arma, el rolo y el pito.
-Siempre anhelé fornicar con una mujer policía, una monja y una muerta -dilucidó-. Por favor: te suplico que me comprendas...
La funcionaria, que era una profesional inteligente y desprejuiciada, comenzó a dirigir el coito a pitazos. «Muévete hacia la izquierda», «hacia la derecha», «hacia adelante», «¡detente!» -sucesivamente, indicaba con las manos-. Cuando quiso acariciarle a Ulises el trasero con el rolo, el hombre reaccionó.
-No utilices el rolo: acaso, ¿estás loca? -gritó.
En ese instante a ella le sobrevino un orgasmo y pitó tan fuerte que enloqueció al periodista. El sacó su falo, que ya expelía sémen, y le dio un puñetazo en la cara a la bella mujer policía. Rosalba reaccionó de inmediato: con su arma de reglamento, le apuntó en direccción a los testítulos y disparó dos veces el enorme revólver.
El Traductor
Nacido durante el invierno de 1952, J. Bardus recibió una carta en cuyas líneas (escritas de moco conspicuo) se le anunciaba la aparición de su cortísima novela llamada Loufoque. Una institución que precipita la fobia en los impacientes, en Venezuela denominada Instituto Postal Telegráfico, puso en sus manos el mensaje con un atraso de siete meses. Es decir: durante igual número de agrupadías, el citado libro estaba en las mejores tiendas especializadas de París.
Bardus no conocía Francia. Sólo parcialmente recorría el país: Caracas, Barquisimeto, Mérida. Había aprendido, al final de su infancia, el Inglés. Pero, ya inmerso en el Español, incomparablemente hermoso, olvidaba la pronunciación y gramática de la única lengua auténticamente universal.
-Mi libro más reciente, Chiflado, ha sido publicado en Francia –le dijo a su editor personal-. Esta carta lo advierte.
-Déjame leerla –rogó el otro.
Aquella breve novela mostraba la vida de quien, con cierta inconsciencia, tuvo el Don de la Prognosis. Si mal no preciso, en sus páginas Bardus (el protagonista) culminaba en el suicidio tras quedar atrapado en un devenir que –de facto- vivía.
No me ocuparé de contar al lector, profanamente, tan apreciada ficción. Pero, si le esclareceré que Bardus empezó a recibir centenares de cartas. Sus admiradoras y seguidores le confesaban el impacto que provocó en ellos y ellas el lisiado que logró desarrollar un poder mental extramuros.
Presa del estupor, Bardus escribió a la Editorial Contour de París. Junto a la protesta manuscrita, devolvía cinco mil próceres impresos en dólares que recibió por “Derechos de Autor”. La razón era obvia: Loufoque fue mal traducida, al extremo de transformarse en una historia inimaginada por él.
La empresa le respondió con un correo electrónico formulándole explicaciones y disculpándose, aparte de darle la dirección de El Traductor. De inmediato, Bardus envió una misiva internetiana al hombre:
Mérida, Venezuela, Abril de 1983
Señor El Traductor
[traductor@hotmail.com]
«Ud., Despreciable señor, se ha burlado de mi reputación. Logró que la Editorial Contour publicase una novela que no es la mía. Usó, fraudulentamente, mis apellidos y nombre para difundir su propia historia. Aparte de cobarde, es un reptil»
Antes de recibir cualquier contestación de El Traductor, el escritor fue notificado (mediante el diario El Nacional) que Loufoque obtuvo el Premio Casa de los Imbéciles: el más codiciado reconocimiento literario de Europa.
El accidente
Luego de discutir fuertemente con su hermano Antonio por la herencia que les legara su recién fallecido padre, Virginia buscó a un ex funcionario de la Policía Científica (experto en balimetría, destituido por «corrupto») para que la asesorara en el manejo de una pistola automática.
Ella le preguntó cómo podía lograr que una bala rebotase en una pared y se dirigiese, con exactitud, hacia determinado lugar. Al hombre le extrañó la interrogante y, por ello, le pidió dinero extra por informarle y adiestrarla.
Por un lapso de tres meses, fue entrenada para que utilizara, con destreza, el arma [marca Anderson, de fabricación norteamericana] que su extinto ascendiente guardaba en el escritorio de su despacho jurídico residencial.
Un sábado organizó una «parrillada» en la casa paterna, que ocupaba con Antonio. Invitó a todas sus tías, tíos, primas y primos. A su hermano lo convenció, con actitudes que reflejaban un falso cariño, para que estuviese presente.
Durante la realización de la fiesta, cuando todos sus familiares se hallaban un poco ebrios, extrajo la Anderson y juguetonamente anunció que asistía –por divertimento- a uno de los clubes de tiro de la ciudad.
-¡Que dispare la prima, que lo haga ya y derribe a un pájaro! –coreaban algunos de los invitados.
Viginia movió rápidamente su mano derecha, con la cual empuñaba la pistola, y se escuchó una fortísima detonación. La bala chocó contra uno de los macizos bloques de la pared del traspatio. Antonio, que bebía una cerveza junto a una de sus primas, de pie y bajo árbol de aguacate, fue abatido.
La Durmiente
Nada que no hiciera cada día que, en nuestra realidad y tiempo, formara parte de su rutina hogareña: Elatus se levantó [6 a.m.], preparó café, leche en polvo, horneó envueltos de trigo con queso y leyó varias páginas de un libro de Filosofía.
Al cabo de tres horas, emplazó a Fallax [su compañera] para que despertara, comiera envueltos de trigo e ingiriera [con leche] la correspondiente píldora antivástago de cada mañana. Pero, ella no reaccionó.
Al mediodía, Elatus preparó arroz y pollo a la plancha. Cuando estuvo listo y en voz baja, instó a Fallax –de nuevo- a incorporarse en la cama. Le dijo que le traería el almuerzo. Empero, ni siquiera parpadeó. Se mantuvo casi completamente oculta [era habitual en ella] bajo la cobija.
Al oscurecer, otra vez el joven hombre intentó –en vano- despertar a la chica. Él decidió comer lo sobrante del almuerzo y fue a dormir junto a ella, a quien palpó helada. El cansancio lo abatió. Soñó que trabajaba en un viñedo, como catador, y libaba similar a un dipsomaníaco.
Transcurrió la noche y Elatus abrió sus ojos a la hora exacta. El hedor que expelía el Ser Físico de Fallax era insoportable, pero le restó importancia. Realizó su rutina. Esta vez, trató de quitarle la cobija y la vio hinchada. Numerosos gusanos salían de sus visibles y pestilentes entrañas.
Algunos vecinos tocaron el timbre de su apartamento, interrumpiéndolo. Elatus abrió, diligente, y, cortés, les preguntó qué deseaban.
-De su apartamento sale un olor nauseabundo, Señor Propietario –le informó el Presidente de la Junta de Condominio-. ¿Tiene Ud. exceso de basura acumulada en el interior?
-Nada importante, Jefe –respondió-. «El concubinato o matrimonio es el acuerdo íntimo entre un hombre y otro, una mujer y otra, o un varón y una hembra: para compartir gastos, malos humores y hedores en el lecho donde conviven»
El puente flotante
En un inmenso y flotante puente, donde decenas de familias se divertían lanzando piedras hacia las olas de un mar agitado y plagado de tiburones, apareció un enfurecido hombre. Empuñaba una hoz en cada mano.
Sin pronunciar palabras y enfurecido, hábilmente le segó la cabeza a veinte niños. A causa del sudor que –a chorros- emanaba su cuerpo, despertó –encadenado por los pies y las manos- en su cama.
El chino
Stu Sumito, de origen chino, viudo y dueño de un supermercado, dejó de administrar su negocio y delegó esa responsabilidad al esposo de su única hija: Exequiel, venezolano de nacimiento e instruído en Inglaterra.
Debido a su misantropía, nadie lo soportaba. Ocupaba una lujosa y aislada casa de su propiedad: situada al borde de una espaciosa autopista. Cada vez que llegaba el cartero, se imaginaba que había fallecido un hermano o tío en su país. Pero, en vez de misivas con malas noticias, siempre recibía facturas por los servicios básicos de la residencia [de luz, agua, teléfono, combustible].
Cuando sonaba alguno de sus teléfonos [el alámbrico o celular], le sobrevenían taquicardias: creía que le sería anunciada la muerte de su hija o nieto y se quedaría sin familia.
-Padre amado, temo que estés padeciendo sicosis –preocupada, le dijo su hija Shiu durante una fugaz visita-. Ve a consulta médica. En la ciudad hay magníficos especialistas en Psiquiatría.
El viejo rehusaba cualquier tratamiento médico. Su existencia prosiguió idéntica: imaginándose que un pariente moría y que, de súbito, se lo notificaban mediante una misiva o una llamada telefónica.
Una mañana escuchó el ruido de dos autos distintos y se asomó por uno de los ventanales. Captó los vehículos. Uno era el de Shiu. Del otro, negro y largo, similar a los empleados en los cortejos fúnebres, descendieron cuatro hombres. De la espaciosa cochera sacaron un féretro.
Herencia condicionada
Empobrecido, un ex-Gerente de una institución bancaria [acostumbrado a la «buena vida»] se vio, repentinamente, durmiendo en una zona boscosa adyacente a una pujante capital. Se bañaba en un riacho, defecaba entre los matorrales y se alimentaba de cuanto podía atrapar con sus manos [ratones, gusanos e iguanas. Encendía una fogata y, sobre un pedazo de carrocería de vehículo, cocinaba lo que cazaba].
Aun cuando rehusaba ir al Centro Público de Correos [CPC], para que ningún conocido lo descubriera en situación de miseria extrema, en ocasiones lo hacía. Todavía mantenía su apartado postal.
Una tarde lluviosa fue y halló, en su casilla, un notariado documento. Se trataba de la notificación de una herencia, que, presuroso, leyó.
«En este día, fecha y hora.
República Imperial
[Ciudad Capital Suprema]
Notaría Principal
Señor
German De Ars
[Con el registro de la Cédula de Identidad]
En horas de Despacho del día y la hora que este documento registra en el encabezado, su tío Nicolás De Ars, aun vivo, firmó el legado de una herencia para Ud., bajo las con