Ana Quiroga

 



      Ana Quiroga (San Juan, Argentina, 1967). Fue colaboradora del diario La Prensa de Buenos Aires. Algunos de sus cuentos y entrevistas a escritores han sido publicados en diversas revistas literarias (Puro Cuento, Afrodita, Planeta Urbano, Letras Femeninas). Desde 1992 dicta una Cátedra de Técnicas de Escritura para redactores publicitarios y desde 1993 coordina un taller literario. Participó de la antología Cuentan (Editorial Metáfora, 1993). Además del presente libro, ha escrito El poeta que sangra (cuentos), de próxima aparición. Su cuento "El cobrador" fue premiado por la Fundación Victoria Ocampo y forma parte de la antología "Cuentos" publicada por la Editorial Victoria Ocampo en mayo de 2003.  Actualmente se desempeña como Coordinadora del Area de Literatura de Malba - Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires.  Está trabajando en una novela: El Edificio del Puerto.  
    

 

Equilibrio creativo

 

Gervasio Landívar

La Nación, 11 de mayo de 2003

 

DORMIR JUNTOS UNA NOCHE
Por Ana Quiroga-(Ciudad de lectores)-109 páginas-

Clement Greenberg afirma que la pintura sufrió durante el siglo XIX y hasta la aparición de los impresionistas por la confusión de las artes. La literatura señoreaba sobre las demás disciplinas e imponía su temática a neoclásicos, románticos y prerrafaelistas, al grado de que muchos pintores talentosos descuidaron su medio de expresión para complacer aquella supremacía. Los impresionistas y las vanguardias que los siguen devolvieron a la pintura su especificidad.

Desde hace un tiempo, la literatura parece soportar una confusión similar, pero ahora como víctima de otras artes o disciplinas. El cine, la televisión, el video, el rock, el psicoanálisis, las filosofías de moda imponen a la literatura sus temas y estilos, deformándola a menudo. El talento narrativo de Ana Quiroga, felizmente, la mantiene apartada de cualquier confusión. Los cuentos de Dormir juntos una noche están guiados por intenciones cabalmente literarias. El agrado de su lectura responde a un estilo preciso y a claras elecciones creativas.

La inteligente percepción de Ana Quiroga se manifiesta en uno de los rasgos recurrentes del libro, el análisis de la información defectuosa con que contamos para actuar en el mundo. Sus cuentos disecan los sutiles malentendidos (y muchas veces los terribles resultados) de la necesaria ambigüedad que domina en las relaciones humanas. Con frecuencia descubrimos, tras la frialdad o el despego (o el amor y la ternura) con que un personaje trata a otro, la presencia de sentimientos que contrarían esa primera impresión. Como suele ocurrir también fuera de la ficción, muchas veces las aclaraciones llegan demasiado tarde. Pero no sería justo decir que estos cuentos tratan de los efectos de la crueldad, la venganza y la envidia si no agregáramos que lo hacen de un modo adulto y consciente. Los personajes saben lo que hacen o terminan aprendiéndolo. Por fortuna, no hay espacio en estos relatos para el acto gratuito, adolescente, o para las emociones cuyo único mérito es una intensidad vacía. Todo está justificado y, en aquellos cuentos que escamotean las razones últimas de la acción (como ocurre notablemente en "El sobre"), el perfecto clima de amenaza suplanta con éxito la exposición de los motivos.

Quizá podríamos imputarle a la visión sutil e impiadosa de Ana Quiroga la ausencia ocasional de una redención irónica que descomprima la delicada tensión de estos relatos, pero esa ausencia que señalamos tal vez sea inevitable en un mundo donde la adversidad, sin tornarse melodramática, campea sin oposición. Los personajes de Dormir juntos una noche enfrentan, en el más cotidiano de los mundos, encuentros que desembocan muchas veces en la desolación, a veces en el desencanto, y unas pocas veces en la felicidad. No muy distinto ha de ser el resultado que arroja la vida, que en este libro se transforma, por obra de la conciencia inmisericorde de Ana Quiroga, en buena literatura.

 


 

Bolero


Jorge Pinedo

Página / 12, 7 de abril de 2003


DORMIR JUNTOS UNA NOCHE
Ana Quiroga
Ciudad de lectores
Buenos Aires, 2003
110 págs.


Con un módico puñado de notas musicales, Maurice Ravel formuló una base sobre la cual armonizó sucesivas variaciones que desembocaron en su célebre Bolero. Por encima de las consideraciones estéticas que la obra haya desatado, su perdurabilidad basta para incluirlo en el panteón creativo, dejando en el misterio de la emoción estética la diferencia entre el simple ejercicio estudiantil y la obra de arte.

En otra dimensión —no sólo la literaria—, Ana Quiroga (San Juan, 1967) convierte lo que en el plancton parece una convencional tarea de taller en una praxis narrativa donde el ejercicio de la palabra transforma las previsibles neuronas del lector. Los dieciocho cuentos reunidos en Dormir juntos una noche, efectivamente, comparten una similar estructura: en las tres primeras líneas se presentan los personajes (“Precisamente porque sabía que iba a perderla, Lucio Gandolfo parecía demostrarle poco apego a Inés Todd”). Con un ritmo entre cotidiano y subjetivo, a continuación de una escena de tensión que acaricia el suspenso, la trama traza un rizo que modifica los sentidos. Finalmente, un segundo rizo, al modo de una banda de Möbius, instala el relato en una dimensión alterada respecto del inicio, un sacudón, una sutil apoteosis de crueldad.

En seis páginas o en quince líneas, Ana Quiroga juega esa estructura en un sistema de cajas chinas capaz de concentrarse —como en el breve relato “Los recuerdos”, probablemente el más logrado del libro— en un remate contundente donde el sistema de escritura se relanza a sí mismo: “A vos voy a recordarte siempre con tu última cara de odio; y a tu marido, a través de algunos olores, de palabras que sólo yo oí, de algunos miedos confesados entre lágrimas, del aliento en la nuca para sorprenderme, de las cosas pequeñas que se hacen fuera de la cama”.

Con la burguesía como escenario, Dormir juntos una noche abarca una burbuja que en la narración se torna universo toda vez que requiere de personajes con nombre y apellido, hábitos recurrentes, objetos que los representan y ambiciones que los particularizan. Ergología que sería intrascendente si no estuviera hilvanada por conductas que hacen, a posteriori, cada uno de tales atributos jamás intercambiables. En efecto, los atributos pertenecen a sus dueños tanto como sus propiedades materiales, agregándoles un plus de coherencia irracional a aquellos actos a los que las palabras les quedan irremediablemente pequeñas. En una literatura que, durante las últimas dos décadas, tematizó hasta la apología el realismo minimalista, la marginalidad y el reviente, los cuentos de Quiroga brindan un cosmos apaciguado para la miseria humana tanto como para la belleza.