Equilibrio creativo
Gervasio Landívar
La Nación, 11 de mayo de 2003
DORMIR JUNTOS UNA NOCHE
Por Ana Quiroga-(Ciudad de lectores)-109 páginas-
Clement Greenberg afirma que la pintura sufrió
durante el siglo XIX y hasta la aparición de los impresionistas por la
confusión de las artes. La literatura señoreaba sobre las demás disciplinas
e imponía su temática a neoclásicos, románticos y prerrafaelistas, al
grado de que muchos pintores talentosos descuidaron su medio de expresión
para complacer aquella supremacía. Los impresionistas y las vanguardias que
los siguen devolvieron a la pintura su especificidad.
Desde hace un tiempo, la literatura parece
soportar una confusión similar, pero ahora como víctima de otras artes o
disciplinas. El cine, la televisión, el video, el rock, el psicoanálisis,
las filosofías de moda imponen a la literatura sus temas y estilos, deformándola
a menudo. El talento narrativo de Ana Quiroga, felizmente, la mantiene
apartada de cualquier confusión. Los cuentos de Dormir juntos una noche están
guiados por intenciones cabalmente literarias. El agrado de su lectura
responde a un estilo preciso y a claras elecciones creativas.
La inteligente percepción de Ana Quiroga se
manifiesta en uno de los rasgos recurrentes del libro, el análisis de la
información defectuosa con que contamos para actuar en el mundo. Sus cuentos
disecan los sutiles malentendidos (y muchas veces los terribles resultados) de
la necesaria ambigüedad que domina en las relaciones humanas. Con frecuencia
descubrimos, tras la frialdad o el despego (o el amor y la ternura) con que un
personaje trata a otro, la presencia de sentimientos que contrarían esa
primera impresión. Como suele ocurrir también fuera de la ficción, muchas
veces las aclaraciones llegan demasiado tarde. Pero no sería justo decir que
estos cuentos tratan de los efectos de la crueldad, la venganza y la envidia
si no agregáramos que lo hacen de un modo adulto y consciente. Los personajes
saben lo que hacen o terminan aprendiéndolo. Por fortuna, no hay espacio en
estos relatos para el acto gratuito, adolescente, o para las emociones cuyo único
mérito es una intensidad vacía. Todo está justificado y, en aquellos
cuentos que escamotean las razones últimas de la acción (como ocurre
notablemente en "El sobre"), el perfecto clima de amenaza suplanta
con éxito la exposición de los motivos.
Quizá podríamos imputarle a la visión
sutil e impiadosa de Ana Quiroga la ausencia ocasional de una redención irónica
que descomprima la delicada tensión de estos relatos, pero esa ausencia que
señalamos tal vez sea inevitable en un mundo donde la adversidad, sin
tornarse melodramática, campea sin oposición. Los personajes de Dormir
juntos una noche enfrentan, en el más cotidiano de los mundos, encuentros que
desembocan muchas veces en la desolación, a veces en el desencanto, y unas
pocas veces en la felicidad. No muy distinto ha de ser el resultado que arroja
la vida, que en este libro se transforma, por obra de la conciencia
inmisericorde de Ana Quiroga, en buena literatura.
Bolero
Jorge
Pinedo
Página / 12,
7 de abril de 2003
DORMIR JUNTOS UNA NOCHE
Ana Quiroga
Ciudad de lectores
Buenos Aires, 2003
110 págs.
Con un módico puñado de notas musicales,
Maurice Ravel formuló una base sobre la
cual armonizó sucesivas variaciones que
desembocaron en su célebre Bolero. Por
encima de las consideraciones estéticas que
la obra haya desatado, su perdurabilidad
basta para incluirlo en el panteón
creativo, dejando en el misterio de la
emoción estética la diferencia entre el
simple ejercicio estudiantil y la obra de
arte.
En
otra dimensión —no sólo la literaria—,
Ana Quiroga (San Juan, 1967) convierte lo
que en el plancton parece una convencional
tarea de taller en una praxis narrativa
donde el ejercicio de la palabra transforma
las previsibles neuronas del lector. Los
dieciocho cuentos reunidos en Dormir juntos
una noche, efectivamente, comparten una
similar estructura: en las tres primeras
líneas se presentan los personajes
(“Precisamente porque sabía que iba a
perderla, Lucio Gandolfo parecía
demostrarle poco apego a Inés Todd”). Con
un ritmo entre cotidiano y subjetivo, a
continuación de una escena de tensión que
acaricia el suspenso, la trama traza un rizo
que modifica los sentidos. Finalmente, un
segundo rizo, al modo de una banda de
Möbius, instala el relato en una dimensión
alterada respecto del inicio, un sacudón,
una sutil apoteosis de crueldad.
En
seis páginas o en quince líneas, Ana
Quiroga juega esa estructura en un sistema
de cajas chinas capaz de concentrarse
—como en el breve relato “Los
recuerdos”, probablemente el más logrado
del libro— en un remate contundente donde
el sistema de escritura se relanza a sí
mismo: “A vos voy a recordarte siempre con
tu última cara de odio; y a tu marido, a
través de algunos olores, de palabras que
sólo yo oí, de algunos miedos confesados
entre lágrimas, del aliento en la nuca para
sorprenderme, de las cosas pequeñas que se
hacen fuera de la cama”.
Con
la burguesía como escenario, Dormir juntos
una noche abarca una burbuja que en la
narración se torna universo toda vez que
requiere de personajes con nombre y
apellido, hábitos recurrentes, objetos que
los representan y ambiciones que los
particularizan. Ergología que sería
intrascendente si no estuviera hilvanada por
conductas que hacen, a posteriori, cada uno
de tales atributos jamás intercambiables.
En efecto, los atributos pertenecen a sus
dueños tanto como sus propiedades
materiales, agregándoles un plus de
coherencia irracional a aquellos actos a los
que las palabras les quedan
irremediablemente pequeñas. En una
literatura que, durante las últimas dos
décadas, tematizó hasta la apología el
realismo minimalista, la marginalidad y el
reviente, los cuentos de Quiroga brindan un
cosmos apaciguado para la miseria humana
tanto como para la belleza. |