Inteligente reflexión sobre la justicia ausente 

Nota publicada en la Revista Cultura Segunda Época, octubre de 2000 (Buenos Aires)

Araceli Otamendi


 

Con una estructura narrativa equivalente a la del cuento de suspenso, el ciclo de unitarios Tiempofinal (los creadores lo escriben así, todo junto), emitido por Telefé, instaló en una de sus emisiones uno de los temas más controvertidos de las últimas décadas de la historia argentina. El ciclo de historias que se inician, se desarrollan y terminan en tiempo real, con una trama narrativa equivalente a la de un cuento policial, con personajes y situaciones reales, emitido los jueves por Telefé, ha venido a llenar un vacío en la televisión argentina, y se ha convertido en un espejo de situaciones en el que el principal ingrediente es el suspenso y donde los espectadores argentinos pueden mirarse y reconocerse.

En el caso de la emisión del unitario llamado “El electricista”, ha podido reconocerse también uno de los capítulos más negros de nuestra historia.

Aquella paradoja que Borges señaló en Otras inquisiciones: “El propósito de abolir el pasado ya ocurrió en el pasado y – paradójicamente – es una de las pruebas de que el pasado no se puede abolir. Tarde o temprano vuelven todas las cosas y una de las cosas que vuelven es el proyecto de abolir el pasado”, se cumplió en dicho capítulo, porque durante esa emisión de Tiempofinal, el pasado de los argentinos y el proyecto de abolir el pasado volvieron.

“El electricista” con guión y dirección de Sebastián Borensztein y producción de Alejandro Borensztein, interpretado por Ricardo Darín como Juan, Carola Reyna en el papel de Clara, Juan Manuel Tenuta como el electricista y Vando Villamil como Marcelo, todos ellos excelentes en sus interpretaciones, instaló el tema de la represión de los años setenta y las heridas no cicatrizadas en la sociedad argentina actual.

La historia de “El electricista” se inicia cuando Juan, un arquitecto de unos cuarenta años, llega a su casa, saluda a su mujer, Clara, y ésta, inmediatamente después de felicitarlo por su cumpleaños y anticiparle que le dará un regalo ni bien se queden solos, le dice que le pague al electricista que ha estado haciendo unos arreglos y todavía está ahí, en la cocina.

Apenas Juan intercambia algunas palabras con el electricista, la voz de éste trae a la memoria de Juan los recuerdos de las torturas padecidas durante la represión, en la época de la dictadura militar. El recuerdo de la picana eléctrica, los gritos de dolor y la voz del torturador, todo junto se hace presente en la mente de Juan, como si un río caudaloso en una creciente le hubiera traído de golpe toda la resaca que arrastraba. El espectador se encuentra así con el enigma y el suspenso: el electricista ¿es o no el torturador que aplicaba la picana eléctrica a Juan, quien está ahí en la cocina? En apariencia, el electricista es un hombre humilde que ejerce su oficio, arreglando instalaciones y artefactos eléctricos. Pero ¿y el pasado? El espectador tiene noticias del pasado a partir de los recuerdos de Juan. A partir de aquí se inicia el conflicto y el espectador comparte la angustia de Juan. Inmediatamente, éste le comunica a Clara, su mujer, la situación. La voz del electricista es la del torturador que veinte años atrás aplicó a Juan la picana eléctrica.

Será Clara, entonces, el personaje que represente  la razón: ¿Y si el electricista no fuera quien torturó a Juan en el pasado? ¿Por qué no otorgarle el beneficio de la duda? No olvidemos que la duda siempre trae beneficios. Pero Juan quiere la confesión del electricista, no lo dejará ir hasta que confiese, y busca entonces un revólver cargado para hacer justifica. Aquí comienza a desarrollarse la idea de venganza y de justicia por mano propia. Si el electricista es el torturador al que Juan no pudo olvidar, ese personaje, debe confesarse culpable. Juan se toma su tiempo: vuelve a la cocina y le encarga un nuevo arreglo de un artefacto doméstico al extraño. La trama se retarda y el suspenso continúa atrapando al espectador. El electricista se describe a sí mismo, mientras realiza el arreglo, como un padre de familia, con tres hijos, cuyo oficio ejerce desde hace años. También tiene problemas de salud, en este caso de hipertensión. Deberá hacerse un chequeo en el Hospital Naval. Estas últimas palabras alarman a Juan, quien tiene la certeza, a partir de este momento, de que el electricista es la persona que lo torturó. ¿Por qué el Hospital Naval?, se arriesga a preguntarle a Juan. “Mi mujer trabaja ahí como cocinera”, responde el electricista. “La venganza privada siempre tiene un carácter inquietante. Es tanto más pura cuando está fundada sobre un odio más concreto”, dice Simone de Beauvoir.  Entre este deseo de venganza y de  ejercer la justicia por mano propia, por un lado, y otorgarle al electricista el beneficio de la duda, como pide Clara, por el otro, va transcurriendo el unitario. Juan necesita confirmar con alguien que se trata de ese torturador y es entonces que le pide a Clara que llame a Marcelo, compañero de militancia de los años ´70 y que ha soportado también torturas y la muerte por torturas de su mujer embarazada. Juan le pide a Clara que ate al electricista a una silla, mientras lo interroga. Clara obedece ante la exaltación y el odio de Juan, pero no deja de aportar su raciocinio: qué ganará Juan si mata al electricista. La venganza, reflexiona Clara, igualará a Juan con su torturador, si es que efectivamente lo es. Al llegar Marcelo, exaltado por la casi certeza de Juan de tener el torturador de ambos en la casa, es una vez más Clara, representando la racionalidad, quien le pide a Juan que reflexione: ¿Y si el electricista no fuera el torturador? El espectador tiene tiempo de reflexionar. Porque en el caso de que la venganza tenga el carácter más auténtico, ¿cómo estar seguro de que el vengador no se deja llevar por esa voluntad de poderío que duerme en todo hombre? La sociedad no autoriza la venganza privada, dice Simone de Beauvoir.  La trama mantiene así el suspenso. El espectador duda: ¿el electricista es o no el torturador? Marcelo escucha detrás de la puerta de la cocina las palabras del electricista, mientras Juan apunta a éste con el revólver: “Soy un electricista, un hombre humilde, padre de tres hijos, mi mujer trabaja como cocinera en el Hospital Naval”. Marcelo no duda: ese hombre que está ahí en la cocina de la casa de su amigo es el hombre que lo torturó y que torturó a su mujer embarazada. Marcelo le quita el revólver a Juan, le apunta al electricista y dispara en la sien del torturador. Pero el revólver está descargado. Una vez más el raciocinio de Clara está presente: ella tiene en sus manos las balas que quitó el revólver. El electricista, ya quebrado, sigue recitando su papel: es un pobre hombre, padre de tres hijos, su mujer es cocinera del Hospital Naval. Afuera, al lado de la cocina, Juan, Marcelo y Clara discuten: “Ya lo mataste”, le dice Juan a Marcelo, “aunque el revólver no tenía balas, vos disparaste”.

Lo que el espectador venía prediciendo que iba a ocurrir, como en las mejores novelas policiales, ocurre: el estrépito en la cocina anuncia la muerte del electricista. Un ataque cardíaco y el electricista yace en el suelo: una medalla con la sigla ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) confirma las certezas de Juan y de Marcelo. Y también se oyen las últimas palabras que pronuncia antes de morir el ex – torturador: “Deberíamos haberlos matado a todos”.

Si el tema de la tortura y de los desaparecidos estaba ausente de la televisión argentina, seguramente no era por una consigna del tipo “de eso no se habla”, sino porque tal vez es un tema que duele a los argentinos, porque las heridas están abiertas y el tema de debate más importante sea la justicia presente y no la justicia ausente, la justicia presente y no la venganza, la justicia presente y no la sangre. En definitiva: la justicia.

 

© Araceli Otamendi – Todos los derechos reservados

Nota publicada en la revista Cultura Segunda época- Octubre de 2000.