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AUSENCIA
DE DIOS
Digamos que te alejas
definitivamente
hacia el pozo de olvido
que prefieres,
pero la mejor parte
de tu espacio,
en realidad la única
constante de tu espacio,
quedará para
siempre en mí, doliente,
persuadida, frustrada,
silenciosa,
quedará en mí
tu corazón inerte y sustancial,
tu corazón de
una promesa única
en mí que estoy
enteramente solo
sobreviviéndote.
Después de ese
dolor redondo y eficaz,
pacientemente agrio,
de invencible ternura,
ya no importa que use
tu insoportable ausencia
ni que me atreva a preguntar
si cabes
como siempre en una
palabra.
Lo cierto es que ahora
ya no estás en mi noche
desgarradoramente idéntica
a las otras
que repetí buscándote,
rodeándote.
Hay solamente un eco
irremediable
de mi voz como niño,
esa que no sabía.
Ahora que miedo inútil,
qué vergüenza
no tener oración
para morder,
no tener fe para clavar
las uñas,
no tener nada más
que la noche,
saber que Dios se muere,
se resbala,
que Dios retrocede con
los brazos cerrados,
con los labios cerrados,
con la niebla,
como un campanario atrozmente
en ruinas
que desandara siglos
de ceniza.
Es tarde. Sin embargo
yo daría
todos los juramentos
y las lluvias,
las paredes con insultos
y mimos,
las ventanas de invierno,
el mar a veces,
por no tener tu corazón
en mí,
tu corazón inevitable
y doloroso
en mí que estoy
enteramente solo
sobreviviéndote.
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