Con agua, se hizo la luz

Un narrador joven que se desmarca de las modas literarias y apunta alto.

 

Por Christian Kupchik

Elle, julio de 1997



Agua
, de Eduardo Berti. Tusquets Editores, Buenos Aires, 1997, 263  páginas.


Dentro del desolador panorama de la nueva narrativa nacional (no por falta de talentos sino de posibilidades para que puedan exhibirse), la aparición del título de un joven escritor en el marco de una editorial seria y bien posicionada en el mercado siempre es recibida con un guiño a la esperanza.

  En este caso, se trata de Agua, primera novela de Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964), quien, además de una extensa carrera como periodista y guionista televisivo, había debutado en el terreno de la literatura con el volumen de relatos Los pájaros (1993). Si uno se deja influir por los antecedentes de todo autor, Agua puede llegar a sorprender en más de un sentido. Berti, cuya trayectoria profesional lo vincula a la estética del rock, eligió para su novela no sólo un tiempo y un espacio que nada tienen que ver con los puntos coyunturales de nuestra realidad, sino también un tono narrativo que marcha casi a contrapelo de los registros de su generación.

  En términos generales, la novela en nuestro país, durante los últimos años, parece pendular entre la "obligatoriedad" de un relato histórico y el automatismo de la consigna "yo-cuento-una-historia", sin más previsión ni pretensiones que concluir una pequeña anécdota apoyada en la linealidad de sus convenciones y jugando con la complicidad del aquí y ahora. Eduardo Berti rompe con estos esquematismos para buscar sus fuentes y recursos en otro traje. Para decirlo de algún modo, su obra es "clásica", en el mejor sentido del término. Esto es, se ajusta a un lenguaje preciso, medido, por momentos exquisito, y a una trama que no deja de sorprender.

  Su título no alude al agua (si bien no es menor la resonancia de su significado), sino al apellido de uno de los personajes centrales de la trama. Luis Agua trabaja para una empresa británica que se ocupa de traer luz a villorrios que todavía habitan en la oscuridad, en el Portugal de 1920. El lugar y el tiempo para la historia quiebran los  parámetros conocidos y el lector se ve sumergido en un marco cuya neutra realidad podría ser cualquiera. Agua decide mudar su estancia de Coimbra a una aldea insignificante conocida como Vila Natal. Allí descubre una historia que hará de hilo conductor de la narración (hilo de luz, para ser justos con el protagonista). En un portentoso castillo cercano, vive casi en la miseria Fernanda Antunes, una hermosa viuda a quien su marido dotó de una extraña herencia: sólo podía acceder a sus bienes a través de un nuevo matrimonio. Soportó como pudo la memoria de su difunto esposo pero las privaciones económicas la llevan a cumplir con el legado.

  Un joven médico que decidió no ejercer la profesión, al volver al pueblo natal, se enamora de la viuda. Ella acepta la proposición a cambio de que, una vez consumado el matrimonio, Broyz (tal su nombre) se marche del poblado a cambio de un tercio de la herencia. El hombre acepta pensando que su amor la convencerá d elo contrario. Pero no cuenta con que ella sigue unida a su primer esposo y se deja caer lentamente hacia la muerte, no sin antes conminarlo varias veces a que se aleje del castillo. Replegado en un altillo, odiado por todos los sirvientes y también por los habitantes del pueblo que trarducen su amor por codicia, Broyz se desploma en el desconcierto. Cuando Fernanda muere finalmente, queda como rey poderoso de un reino desierto.

  A partir de allí, se abren otros ejes narrativos, en donde la luz que porta Agua divide con claridad las posiciones de todos en Vila Natal: la lucha entre el "oscurantismo" (representado por el cura, quien aduce que la luz es un efecto demoníaco para combatir la noche) y el "iluminismo" al que aspiran los notables del pueblo, son algo más que el contrapunto entre civilización y barbarie. Esa lucha, propone Berti, involucra también a todas las tensiones humanas que caben en la pasión. El amor, la venganza, la avaricia y la muerte son tratados en esta novela singular desenfocados de su habitual carga para ser "iluminados" de una forma nueva.

  Eduardo Berti eligió un tono sobrio, preciso, para esta ópera prima que lo ubica ya en un lugar destacable de nuestra literatura. A su modo, a través de Agua, él también nos trajo algo de luz.