Agua electrizada

 

Por Fermín Rodríguez  

 

Los Inrockuptibles, junio de 1997


 


Novela de aventuras, la luz de la ficción brilla progresivamente entre las cuatro paredes de un misterioso castillo, centro de atracción de múltiples tramas.

EDUARDO BERTI Agua (Tusquets), 238 páginas, 16 pesos.  

 

En los últimos años, impulsada por aires editoriales propicios, la corriente principal de la novela argentina circula por las aguas tranquilas de la narración histórica y la biografía. El relato, la sucesión de acontecimientos, fluye según el orden tranquilizador del antes y el después, del antes como causa del después, hasta desembocar en el puerto seguro del narrador, donde se amarra el sentido. Narrar aventuras, en cambio, implica arrancar una experiencia del cauce normal y previsible de los acontecimientos: una experiencia se convierte en aventura cuando es arrancada del contexto de la vida cotidiana, cuando abandona el curso cristalino y lineal de la historia. La historia y la aventura son las dos experiencias narrativas que se disputan los espacios de Agua, la primera novela de Eduardo Berti. Luis Agua, un gestor de una empresa de energía, intenta que los habitantes de un pequeño pueblo portugués instalen la luz artificial. Su arribo, celebrado por los vecinos burgueses -el bando "iluminista" , será la gran oportunidad para la aldea de sumergirse en la corriente del progreso, de ingresar a la historia del siglo que comienza. Tan al margen de los nuevos tiempos como los "oscurant¡stas" -campesinos y artesanos devotos de la iglesia, que ven en la luz eléctrica un invento demoníaco-, se encuentra el castillo medieval que domina la comarca, habitado por los Antunes Coelho, una familia de terratenientes moribunda. Cuando el apellido desaparece con la muerte del último de los Antunes, cuando la sucesión de generaciones se interrumpe, sobreviene el tiempo de la aventura: un tiempo afuera del tiempo, donde las jerarquías se reordenan, el poder se redistribuye, la herencia se reparte, la propiedad se discute. Hay aventura cuando un nombre propio -piedra fundamental de la identidad- se desprende de su portador y se pone a circular como una moneda, de mano en mano, de boca en boca. En la novela, los nombres propios se intercambian, se falsean, se duplican, se devuelven. Y no sólo circulan nombres: los personajes intercambian dinero, objetos, trabajo, títulos, servicios, alojamiento, historias, rumores, enfermedades. Esta sustitución desenfrenada tiene limites precisos: funciona dentro de espacios cerrados, la zona de exclusión impuesta por una peste o las habitaciones prohibidas de la fortaleza. Como la luz artificial que progresivamente va revelando los secretos del castillo, la novela de aventuras es un artificio, una invención que brilla con luz propia entre las cuatro paredes del lenguaje. No necesita de las ventanas a través de las que el realismo pretende percibir los hechos: puertas adentro, la ficción crea espacios, arma jerarquías, teje complots. Temblores de lucha de clases que se disputan el dominio del castillo -criados vs. amos, campesinos vs. burgueses- resquebrajan las paredes de la torre, que se derrumba progresivamente a medida que la peste, irreversible y democrática, arrasa con la aldea.

Sólo un aviador puede trazar con su nave la línea de fuga que le permite desprenderse de toda atadura, de toda determinación. De algún modo, las evoluciones de su nave por los cielos de la ficción -que recuerda a los cielos que explora la escritura de Bioy Casares- repiten la aventura de los nombres propios. Y cuando baja a tierra, el avión se posa sobre la superficie como un nombre devuelto a la cosa que designa: el vuelo interrumpido marca la recaída en la historia, el fin de la aventura, el regreso a las tierras seguras del sentido.