Agua, de Eduardo Berti

Tusquets, Barcelona, 1998. 283 páginas.

 

Por Care Santos

 

La Razón, Suplemento el Cultural, 20 de diciembre de 1998



Es un hecho curioso la impermeabilidad de las diversas literaturas hispanas. Ya sea por la dificultad de rebasar las fronteras del propio mercado, o por una menos perdonable falta de interés, es bien poco lo que de cada una de las literaturas en español trasciende más allás de sus límites -físicos y políticos- en beneficio del lector universal. Sabedores de este hecho, Beatriz de Moura y Antonio López-Lamadrid, responsables de Tusquets editores, apostaron hace algunos años por ciertos mercados de América Latina, con la idea de publicar autores autoctonos -que difícilmente llegan al catálogo español, esto es : de España- y, a la vez, de dar a conocer allí lo mejor de sus fondos, con independencia de raigambres de ningún tipo. Al primer caso pertenecen Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) y esta su primera novela "Agua", cuyo éxito en Argentina le ha valido esta transposición de las fronteras, no sólo gracias a la generosidad del idioma común, ya que las versiones francesa y alemana de la misma verán pronto la luz.

El simbolismo -un simbolismo universal, desde luego- preside esta novela de Berti. La trama argumental nos sirve, desde el primer momento, un sugerente juego de significados que van mucho más allá de una primera lectura. Luis Agua, el protagonista principal, es un empleado de la compañía eléctrica encargado, durante el primer tercio de nuestro siglo, de llevar la luz a los más remotos pueblos portugueses. Vila Natal, la aldea imaginaria en la que recala, es la representación del ostracismo, igual que su castillo, eje de toda la acción, y sus inquietantes moradores. Todo es concéntrico y claustrofóbico en el pnteamiento: el castillo cautivo del pueblo, el pueblo preso de una epidemia o la epidemia que crece en un país atrapado por su falta de recursos. La mera localización espacial ya constituye un importante atractivo, y pronto comienza a desfilar una interesante galería de personajes extraños, todos interesados, todos impuros: del doctor Alves, preocupado en controlar la epidemia, al capitán Acevedo, enigmático aviador -símbolo de la libertad-, pasando por Broyz, el esposo engañado, o el mismo Agua. Todos ayudan al barroquismo de una trama deudora del misterio, que culmina en un desenlace imprevisible.

Berti lo pone todo al servicio de la arquitectura literaria, y no es de extrañar que la novela funcione tan bien, y se lea de un soplo: es casi un engranaje, nada le sobra, nada se echa en falta. Además, el autor derrocha algunas cosas, como ambición. Sin ella, es muy probable que se hubiera contentado narrando el misterio que lleva a los personajes de "Agua" de la más oscura decadencia al incipiente resurgir, y en el que tanto tiene que ver la electricidad como símbolo del progreso. Lo realmente ambicioso -lo memorable- es haber hecho eso sin olvidar al degustador de segundas lecturas, el que disfrutará con lo alegórico, con todo lo que no se dice, pero que también está ahí.