Comentario de La vida imposible en revista Rolling Stone, Argentina.

Por Guillermo Saavedra


        
  
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ada hay que incite más a la adicción que aquello que se administra en mínimas dosis. No es posible una única pastilla de goma o un único grano de maní, del mismo modo que un videoclip apenas abre el apetito de la vista para devorar el siguiente. Con su nuevo libro, La vida imposible, Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) propone esa clase de fruición: historias convertidas en grageas, pildorillas narrativas para saborear en el viaje o llevar de regalo a una cabeza demasiado reticente a los relatos de larga duración del siglo XIX. Pero, aunque sus textos pocas veces superan la página y media de extensión, no se trata de un libro minimalista, a la manera de Richard Ford o Raymond Carver. Es en un gusto más bien clásico que se templa el paladar del autor de estas historias. Allí donde conviven la fábula y el apólogo, la parábola y el diario de notas, Berti ha ido a buscar la economía de un abanico de concisiones. Estas no constituyen tanto cuentos como hechos, reflexiones, sueños y recuerdos que una voz neutra consigna con un tono que está más cerca del periodismo que de la literatura lujosa. Con gesto de perro que se hace el muerto, las voces que narran van desplegando asuntos del pasado remoto y de una improbable actualidad, experiencias personales y peripecias ajenas. Lo que cuentan es muchas veces estrafalario, casi siempre asombroso y algunas veces fantástico. Se sostiene en la repetición, la simetría y las inversiones, pero también en la desmesura, el caos y las variantes más bizarras del azar. Hay anécdotas muy cómicas y otras acuñadas con el preciosismo de una metáfora poética. A lo largo del libro, campea una suerte de bajo continuo de la ironía, una letanía que parece susurrar que "la vida imposible" es la que todos vivimos.

         Cuesta no pensar en Borges, a la hora de ubicar en un estante de la biblioteca a este libro de hojaldre. No porque lo evoque su contratapa sino porque el insidioso y venerable viejo definió, con Historia universal de la infamia, una forma lapidaria de trabajar la ficción en límites apretados. Pero sería injusto mentarle el padre de esta forma a un autor y unos textos que se muestran atentos a tradiciones más anchas en tiempo y espacio: los sugestivos apuntes para futuros relatos que Nathaniel Hawthorne dejó sin desarrollar y hoy se leen como joyas deliberadamente incompletas; las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, que el propio Borges saqueó sin remordimientos; los misteriosos cuentos breves de Kafka, de resonancias bíblicas; y, más cerca de estos días, los aportes a la brevedad de talentos diversos como Giorgio Manganelli, Augusto Monterroso y Ermanno Cavazzoni.

         En cualquier caso, este engañoso catálogo de exigüedades lleva la marca personal de Berti: la búsqueda cautelosa del placer del texto a partir de gestos tan sutiles que harán creer a más de un lector que la inteligencia es un mérito propio.