Da Vinci & Maquiavelo

 

Por Eduardo Berti

 

Página 30, Buenos Aires, febrero de 2000


 

         Leonardo Da Vinci y Nicolás Maquiavelo se encontraron por primera vez alrededor de 1502, probablemente en la corte de Cesare Borgia. Por entonces el primero estaba trabajando como arquitecto e ingeniero para Borgia, mientras que el segundo era miembro destacado del gobierno de Florencia. Un año más tarde, de regreso ambos en Florencia, trabaron amistad y elaboraron en conjunto un proyecto tan ambicioso como revolucionario: el de canalizar el río Arno para modificar su cauce.

         Más de una década llevaba Da Vinci evaluando las ventajas de este plan que, según sus cálculos, volvería navegable el Arno, dotaría a Florencia de un puerto con salida al mar e irrigaría todo el valle en torno a la ciudad. Siendo responsable de la política militar de Florencia, Maquiavelo ordenó a fines de 1503 poner en marcha el proyecto pero con el objetivo adicional de privar a la enemiga ciudad de Pisa de las aguas del Arno y así ganar finalmente una guerra que llevaba ya diez años.

         Los pormenores de esta breve y misteriosa alianza entre dos de los hombres más famosos e influyentes del Renacimiento son ampliamente reflejados por el profesor norteamericano Richard D. Masters en su libro Fortune is a River, que él mismo ha definido como "un trabajo casi detectivesco en el que tuve que investigar, para colmo, sin la ayuda de testigos vivientes".

         "A casi todo el mundo le sorprende saber que Leonardo y Maquiavelo se conocían y trabajaron juntos", ha señalado Masters, para quien hay una "gran asimetría" entre quienes estudian el Renacimiento italiano. Algunos historiadores del arte aceptan que Da Vinci conoció a Maquiavelo entre 1503 y 1505, cuando trabajaba al servicio de la república florentina. "En cambio --dice Masters--, quienes estudian teoría e historia política suelen ignorar por completo estos hechos".

 

El río  

         En los siglos XV y XVI, Italia estaba dividida en numerosas regiones: entre ellas, el territorio papal (con su capital, Roma), el reinado de Nápoles, los ducados de Milán, Ferrara o Módena , y las repúblicas de Génova, Venecia o Florencia. Centro de artes y comercio, la ciudad de Florencia albergaba un poder ejecutivo --una asamblea política llamada Signoria-- cuyos miembros se elegían por sorteo. Además de la Signoria, existían otras instancias de poder: los Buonomini, los Gonfalonieri y los Dieci, estos últimos responsables de las decisiones militares. El sistema distaba de ser democrático porque, en primer lugar, para tener derecho a integrar estos consejos debían cumplirse infinidad de requisitos y, segundo, porque en periodos como el de Lorenzo el Magnífico (1476-1492) el sorteo era manipulado poniendo en las bolsas nada más que nombres de personas partidarias de los Medici. Un historiador llegó a afirmar que la política en Florencia no era sino una suma de intrigas entre "mafias familiares". Aun así, la ciudad resultó un caldo de cultivo para innovaciones artísticas e iniciativas económicas.

         Entre los contínuos y frecuentes conflictos entre distintas regiones o ciudades de Italia, hubo entre fines del siglo XV y  comienzos del siglo XVI una larga guerra que enfrentó a Florencia con Pisa. El motivo de la guerra fue que Pisa bloqueaba el libre uso del río Arno y complicaba los negocios de los comerciantes florentinos. La rebeldía de los pisanos ante el poder de Florencia y la rivalidad entre las dos ciudades es tan antigua que ya en su Divina Comedia el florentino Dante Alighieri, además de hablar de energía hidraúlica, imaginaba un método para castigar a Pisa que consistía en eliminar dos islas, de modo que el río desbordase e inundara la ciudad. "A comienzos del siglo XV", escribe Masters, "el arquitecto Bruneleschi convenció al gobierno florentino para que pusiera en práctica esta estrategia contra la ciudad de Lucca y en vano intentó represar y luego liberar el río Serchio".

         El desarrollo histórico de Florencia estuvo desde siempre ligado al Arno. En 1347, el gobierno florentino consideró por primera vez un proyecto para volver navegable el río. La ciudad de Milán había logrado algo por el estilo en el valle del Po, a partir del siglo XII, gracias a la construcción de una red de canales.

         Leonardo Da Vinci tenía unos treinta años cuando llegó a Milán, en 1482 o 1483. Había estudiado y trabajado hasta entonces en Florencia; había conocido, entre otros, a Américo Vespuccio ("Vespuccio me dará un libro de geometría", dice uno de sus cuadernos), a Benedetto Aritmetico (especialista en ingeniería y mecánica) y a Paolo del Pozzo Toscanelli, el astrónomo cuyo mapa indicando la alternativa de una ruta occidental a la India guiaría el primer viaje de Colón, en 1492. "Entre los mapas de Toscanelli --señala Masters--, había uno, hecho en 1474, con la forma de un globo".

         La corte de Ludovico Sforza recibió a Leonardo no como como científico, tampoco como pintor, sino como músico. Poco tiempo atrás, el genial Da Vinci había inventado un laúd de plata que semejaba la cabeza de un caballo. Para cimentar una alianza política entre Florencia y Milán, Lorenzo de Medici envió a Leonardo con su instrumento a la corte de Sforza. Su estadía en Milán duró casi veinte años. La ciudad estaba en guerra con Venecia, y Da Vinci aprovechó la primera oportunidad para presentarle a Sforza sus muchas invenciones militares: puentes móviles, catapultas, minas, morteros y hasta un "carro cubierto", precursor de lo que se conocería como tanque.

         Alrededor de 1487, Leonardo fue invitado a participar en la reparación de la catedral de Milán. "Es muy probable -- supone  Masters-- que entonces conociera al arquitecto Luca Fancelli, quien ese mismo año le había escrito a Lorenzo de Medici, en Florencia, proponiéndole construir canales que volverían navegable el Arno".  Por esa fecha es que Da Vinci empieza a elaborar proyectos de planificación urbana y de canalización de ríos. En sus cuadernos de 1490 figura el plan de canalizar el río Adda, al norte de Milán. Y aunque esta obra no fue llevada a cabo por el régimen de Sforza, finalmente fue financiada en 1516 por el rey francés Francisco I.

         Según estima Masters, fue durante estos meses que nació en Leonardo la idea de alterar el curso del río Arno. En su legendaria biografía de Da Vinci, Giorgio Vasari se refiere vagamente a estos proyectos. Los planos, dice Masters, recién fueron descubiertos en Madrid hace menos de treinta años.

          

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        Nicolás Maquiavelo fue nombrado segundo canciller de la república de Florencia a los 29 años. ¿Cómo obtuvo a una edad tan precoz semejante posición? Las teorías son múltiples. Algunos sostienen que fue Bartolomeo Scala, primer canciller entre 1464 y 1497, gran amigo de Bernardo Maquiavelo (padre de Nicolás), quien proporcionó al hijo sus mejores contactos.  

         A Maquiavelo le tocó asumir en tiempos turbulentos: 1494 había sido el año del vertiginoso ascenso al poder de Savonarola, cuya campaña de puritanismo llegó a su apogeo con las "hogueras de las vanidades" que organizó en 1497, y en las que sus más fieles seguidores arrojaron a las llamas los objetos que consideraban lujuriosos. Un año más tarde, Savonarola fue depuesto y quemado vivo, y un nuevo gobierno se formó con Maquiavelo en sus filas.

         "Durante sus dos primeros años en el gobierno --escribe Masters--, Nicolás estuvo particularmente ocupado con dos problemas: la revuelta de Pisa y las relaciones diplomáticas con Francia, un factor importante en los conflictos de la ciudad con los otros poderes italianos".

         Florencia controlaba Pisa desde 1406, a pesar de que en los últimos tiempos los enemigos de la ciudad (Venecia y Milán, especialmente) habían intentado alterar esta circunstancia. Fue en 1494, después de que Carlos VIII de Francia invadiera Italia y capturara Pisa, que empezaron los problemas para los comerciantes de Florencia. Hacia 1498, fecha en que Maquiavelo asumió como segundo canciller, la recaptura de Pisa era obsesión entre los florentinos. La campaña empezó de inmediato. En mayo de 1499, Maquiavelo escribió el que se juzga su primer documento estatal: Discurso de la guerra pisana.

         El ejército de Florencia, al mando de Paolo Vitelli, y en alianza con Milán, había derrotado a los pisanos y parecía a punto de reconquistar la ciudad, cuando las tropas del rey francés Louis XII llegaron a Italia y depusieron al duque Ludovico Sforza. "Enseguida --cuenta Masters--, con la asistencia del Papa Alejandro VI, notoriamente corrupto, el rey Louis ayudó al hijo ilegítimo del Papa, Cesare Borgia, a conquistar Imola y Forli". Ahora Florencia tenía dos amenazas potenciales: la de Borgia (al este) y la de la guerra irresuelta con Pisa (al oeste).

         Como las tropas francesas eran mercenarias y cobraban por hacer la guerra, el gobierno florentino se las ingenió para conseguir sus favores y revigorizar la campaña contra Pisa. Los franceses aceptaron pero, en la mitad de la ofensiva, pidieron más dinero y amenazaron con abandonar. En abril de 1502, Florencia firmó un acuerdo con los franceses: el ejército tomaría Pisa a cambio de un pago de cuatro mil ducados anuales durante tres años.

         Mientras tanto, tras la caída de su patrón Sforza, Da Vinci estaba buscando financiamiento para sus obras e investigaciones. Volvió a Florencia en 1500 y rechazó una oferta de Cesare Borgia para trabajar a sus órdenes pero, un año más tarde, "por razones desconocidas", cambió de parecer y fue a desempeñarse como su arquitecto e ingeniero general.

         Escribe Masters: "Algunos dicen que lo hizo por estatus (...). Otros piensan que los poderosos de Florencia pueden haberle sugerido aceptar para que convenciera a Cesare de expandir sus dominios en otra dirección y para que además trabajara como informante o espía". Una tercera explicación es el dinero, pero Masters se inclina por la segunda teoría.

         En octubre de 1502, Cesare Borgia se instaló en Imola, junto con su asesor Da Vinci. La pequeña ciudad, ubicada entre Bologna y Rimini, debió ser fortificada. Leonardo trazó un minucioso mapa de Imola, considerado uno de los más exactos de su tiempo. Aquel mismo mes, el gobierno florentino envió una comitiva a través de los Apeninos para negociar con Cesare. Fue entonces, sugiere Masters, cuando Maquiavelo y Leonardo se vieron las caras por primera vez.

          "Para 1502, Leonardo era un hombre famoso", señala Masters. Sin embargo, cosa curiosa, los abundantes informes redactados por Maquiavelo y enviados a Florencia no lo nombran ni una sola vez. Acerca de lo ocurrido el 1° de noviembre, Maquiavelo reporta que después de haberse entrevistado con Messer Agobito, uno de los asesores de Borgia, habló además con "otro que también está al tanto de los secretos del señor". El informe del 3 de noviembre consigna una "larga" charla con "uno de los principales secretarios" de Cesare, quien "ha confirmdo todo lo que puse en mis cartas"; el del 8 menciona a cierto "amigo". Si esta persona era Leonardo, como infiere Masters, ¿qué razón podía tener Maquiavelo para soslayar su identidad? En el Renacimiento italiano las cartas eran muchas veces interceptadas. Muchos informes estaban escritos en código. Si su nombre hubiese sido mencionado, el 'amigo' de Maquiavelo habría corrido peligro de muerte.

                 

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         Los documentos existentes prueban que Leonardo y Maquiavelo estaban trabajando codo a codo en el verano de 1503, entusiasmados con su plan de alterar el cauce del río Arno. En su libro, Masters sugiere que el segundo canciller fue el hombre clave que recuperó a Leonardo de las huestes de Cesare y lo repatrió a Florencia.

         Por más que Maquiavelo había obtenido muy buenos resultados en sus negociaciones con Borgia, el persistente problema de Pisa quedaba sin resolver. Ante la ineficacia de las tropas francesas, Maquiavelo sugirió entonces la creación de una milicia ciudadana. La aristocracia de Florencia, por temor a que este ejército se volviese en su contra, objetó la idea.

         La primera misión que Da Vinci recibió del poder florentino fue la de erigir un fuerte inexpugnable en torno a la ciudad rival. ¿Quién otro, más que Maquiavelo, estaba al tanto de las virtudes de Leonardo como constructor de fortalezas?, se pregunta Masters. Poco después, en julio de 1503, Leonardo visitó Pisa en calidad de engeniero hidraúlico (maestro di acque). El registro de actividades de la Signoria de Florencia habla de "...la expedición (de) Leonardo al territorio de Pisa para desviar el Arno". Luego de dos derrotas sucesivas, al ver que la guerra se extendía de una manera inaceptable, la Signoria se había puesto a discutir la ejecución de una estrategia tecnológico-militar.

         Indica Masters que Leonardo forjó dos planes: uno pacífico y económico; otro, decididamente militar. El primer plan, que desviaba el curso del Arno hacia el Norte, hacia Pistoia, ofrecía en teoría más beneficios en materia de irrigación y salida al mar, pero de nada servía para perjudicar a Pisa.

         A Da Vinci le interesaba sobremanera que Florencia tuviese salida directa al mar. Lo mismo pensaban muchos lugareños poderosos porque, aun cuando el primer viaje de Colón era famoso entre los italianos, el interés por el Nuevo Mundo se había renovado notablemente tras la primera expedición del florentino Américo Vespuccio. A diferencia de Colón, que murió persuadido de haber llegado a India, Vespuccio proclamó la existencia de un nuevo continente. Los mapas tuvieron que cambiarse. Los florentinos sintieron orgullo por la hazaña de su hijo; los comerciantes se pusieron de inmediato a especular qué ocurriría si las expediciones pudiesen zarpar de la propia Florencia, en lugar de hacerlo desde Cadiz o Lisboa.

         Mientras la Signoria debatía la conveniencia del proyecto Arno, Leonardo se puso a trabajar en un retrato que se ha vuelto, con el tiempo, acaso el más famoso en la historia del arte occidental: "La Gioconda". Según Masters, "las investigaciones más recientes han confirmado lo que afirmaba Vasari", es decir que la Gioconda no fue otra que Lisa di Antón María di Noldo Gherardini, tercera esposa de Francesco di Bartolomeo di Zanobi del Giocondo.

         "El fondo del cuadro ha sido descripto como un paisaje surrealista --escribe Masters--, en parte porque ofrece una visión desde un punto de vista aéreo, desde muy alto". Esta perspectiva, inventada por Leonardo, "es la misma que utiliza en sus planos de montañas y colinas y en los borradores con sus preparativos del proyecto Arno". Un crítico ha observado que en el paisaje de fondo hay una fortaleza similar a la que Da Vinci venía de edificar en Pisa. En cuanto al río que desciende plácidamente a espaldas de la Gioconda, sostiene Masters que "incluso mientras retrataba a la esposa de uno de los más sólidos ciudadanos de Florencia, Leonardo parecía seguir pensando en el proyecto que lo unía a Maquiavelo".

 

El plan de Leonardo

        Incapaces de conquistar Pisa por la fuerza militar, los floretinos finalmente votaron a favor del plan de Leonardo Da Vinci. Corría agosto de 1504 cuando Maquiavelo anunció la designación de un ingeniero hidraúlico llamado Colombino para llevar a cabo la obra. El tal Colombino pidió dos mil obreros y se puso a trabajar, pero pronto Maquiavelo adviritió que el ingeniero no cumplía al pie de la letra el proyecto de Leonardo.

         "Leonardo había calculado que remover el equivalente de un metro cúbico de tierra le llevaría dos días a cada trabajador", explica Masters. Frente a los 2 mil hombres pedidos por Colombino, en sus cuadernos Leonardo había estimado la necesidad de 54 mil. Conciente de que semejante cantidad sería un problema, Da Vinci había emprendido el diseño de "numerosas máquinas" para remover la tierra y cavar zanjas o acequias.

         Según los planes de Leonardo, para hacer el canal de desvío primero debía construirse un dique temporario, y tras este dique una zanja más profunda que el Arno, de modo que el agua, una vez liberada, fluyese naturalmente por el nuevo cauce. Pero Colombino no sólo erró los cálculos y desacató el plan de Da Vinci, sino que nunca pensó con seriedad en la indudable utilidad de las máquinas excavadoras.

         En septiembre, a un mes de empezada la obra, Maquivaelo advirtió a la Signoria que la zanja de Colombino era menos profunda que el río Arno y que esto traería "efectos negativos". Seguramente fue el propio Leonardo quien le sugirió este párrafo. Lo cierto es que el Arno, en el primer intento de desvío, no tardó en volver a su cauce verdadero. Para colmo, una tormenta estalló y "parte de los trabajos se colapsaron", como señala Masters. Los pisanos comprendieron de inmediato lo que tramaban sus enemigos y en cuestión de una semana destruyeron los diques y rellenaron las zanjas. La guerra continuaría por otros cinco años. El sueño de Da Vinci y Maquiavelo fracasó sin remedio pero el gobierno de Florencia fue capaz de discernir que los errores habían estado en la ejecución y no en el plan original.  

 

Sueños fabulosos  

         A pesar de su traspié, tanto Leonardo como Maquiavelo continuaron, cada cual por su lado, imaginando sueños en más de un sentido fabulosos. De 1506 a 1519, Da Vinci pudo aplicar con éxito sus teorías hidraúlicas en Milán, en los territorios papales y en Francia; asimismo, entre muchos otros inventos, concibió un espejo curvo (una suerte de telescopio) y experimentó con un "pájaro gigantesco", pionero de la aviación.

         Maquiavelo, por su parte, llegó a crear las milicias ciudadanas que finalmente capturaron Pisa, pero acto seguido cayó en desgracia, cuando los Medici recuperaron el poder. Creyéndolo un conspirador, los partidarios de Giuliano di Medici lo torturaron y encarcelaron. Maquiavelo, que tenía 43 años, se puso a escribir una guía práctica de política para Giuliano, con el objeto de llamar su atención y así reconquistar un puesto de influencia. No consiguió lo buscado pero el texto acabó siendo El Príncipe, su obra más recordada y uno de los libros fundamentales de teoría política. En sus últimos años, obstinado y orgulloso, se propuso triunfar como hombre de letras. Se enamoró de una joven actriz y cantante (Barbera Salutati); escribió poemas y obras teatrales como La Mandragola y Clizia, esta última la historia de un padre y un hijo apasionados por una misma mujer; murió en 1527 y enseguida --unos cuarenta años después, estima Masters en su libro-- el adjetivo "maquiavélico" empezó a divulgarse como sinónimo de engaño, falsedad, doble moral o astucia inescrupulosa.

          Alrededor de 1590, el dramaturgo y poeta Christopher Marlowe puso en escena a un personaje llamado Maquivaelo en su obra El judío de Malta, e intentó redimirlo contra aquellos que "hablan abiertamente contra mis libros" pero "sin haberlos leído". Años después, Shakespeare estrenó su obra La tempestad, de la que Masters se pregunta si Da Vinci no ha sido el modelo para el personaje de Próspero.

         Sin duda, el tiempo ha ido simplificando la imagen de Leonardo y Maquiavelo, dos hombres de intereses muy diversos, como correspondía en los años renacentistas. Y si en el caso de Leonardo el artista y el inventor han eclipsado al estratega militar y al asesor de gobernantes, con Maquiavelo ha ocurrido lo contrario: pocos recuerdan hoy sus veleidades artísticas. "Maquiavelo empezó su carrera en una posición de prestigio y poder, para morir pobre y degraciado. Leonardo empezó como un modesto aprendiz y terminó como asesor de un poderoso rey", afirma Masters, quien ubica al proyecto del río Arno como uno de los puntos principales en el quiebre de ambas vidas.

         ¿Qué aprendieron ambos del fracaso del proyecto?, se pregunta el norteamericano. Es difícil decirlo, responde, porque Leonardo dejó pocas reflexiones acerca de esta empresa y Maquiavelo apenas alguna que otra mención velada.   

         De los axiomas fundamentales que presenta El príncipe (que la historia la escriben los que ganan; que la suerte es estar en el lugar adecuado en el momento correcto, etcétera), Masters sospecha que al menos uno (de la necesidad de un lider eficaz que sepa ejecutar un plan con virtuosismo) se debe bastante a la experiencia del río Arno. Pero también está ese famoso pasaje del capítulo 25 de El prícipe donde Maquiavelo compara la "fortuna", e incluso la historia humana, con un río. "Durante mucho tiempo se creyó que esto no era más que una metáfora", escribe Masters en su libro. "Ahora sabemos que también refleja una experiencia práctica".