El amor es un asunto de familia
Por Eduardo Berti
La Nación, Suplemento Cultura, 02.03.2003
En esta entrevista, Gonzalo Garcés habla de su tercera novela, El futuro (Seix Barral). En ella, el escritor argentino narra una historia en la que la pasión y las relaciones entre padre e hijo tienen como fondo el recuerdo de mayo del ´68 y la huelga que alteró la vida de Francia a fines de 1995Un hombre viaja de Chile a París para visitar a su hijo, radicado allí desde hace varios años. Su idea es quedarse unas pocas semanas pero dos hechos alteran sus planes: la primera noche es cautivado por una hermosa desconocida que resulta ser Mona, la mujer de su hijo; días después estalla una tremenda huelga de transportes que forzosamente pospone su retorno.
A tres años de la edición de Los impacientes , que le valió el Premio Biblioteca Breve 2000 (en cuyo jurado estaban, entre otros, Guillermo Cabrera Infante, Luis Goytisolo y Pere Gimferrer), Gonzalo Garcés da a conocer en estos días su tercera novela, El futuro . "La mayoría ha fantaseado alguna vez con que su padre lo oprime, lo mata o le codicia la mujer", estima el autor, que ha escrito su libro desde el punto de vista de Miguel, el personaje del padre. "De hecho, hay bastante literatura sobre el tema: por ejemplo, la novela El hombre que mira , de Moravia. En cambio, contar lo que le pasa a un padre que realmente se enamora de la mujer de su hijo y que al fin de cuentas es un tipo normal -y no un perverso- me pareció de verdad un desafío." Aunque se trata obviamente de una ficción, en El futuro hay elementos muy cercanos a la biografía de Garcés, que nació en Buenos Aires en 1974 y está radicado en París desde hace unos ocho años: Joaquín, el personaje del hijo, habita en el mismo barrio de Montmartre donde vive el autor; el padre de Garcés es chileno, lo mismo que Miguel. Pero allí se acaban los paralelos. "Digamos que usé a fondo cosas que conozco bien -indica Garcés-. No porque me importasen en sí, sino para darle vida al libro." Garcés tenía el germen de esta historia desde hace varios años. En realidad, primero escribió un texto breve donde un sujeto recién llegado a París llamaba a un amigo de juventud. "Quedan en verse, pero antes de cortar él le pregunta al amigo: `Che, ¿vos creés que nos vamos a reconocer?´ El amigo le dice: `Sí, yo no estoy muy cambiado. Bah, eso me parece. A ver, dejame que me mire´. Se hace un silencio en la línea y él entiende que el amigo está viendo en el espejo algo que, tal vez, no debió ver. Es más, sospecha que no van a encontrarse. Y al cabo de un momento, sin decir nada, cuelga. Todo esto era contado en primera persona. Nunca pude insertar esta escena en la novela, pero el personaje de Miguel salió de ahí." Si la novela precedente de Garcés ponía en escena a unos "jóvenes viejos" que parecían, tal como lo indica el título, "impacientes" por crecer, en el centro de El futuro hay un hombre maduro pero infantil, que a todas luces se resiste a crecer. ¿Se trata de una contracara? Garcés piensa que la inmadurez de Miguel es sólo "una parte del asunto" y prefiere ver a su personaje como "un inconstante que se enamora de la mujer de su hijo, aunque al principio no hace nada al respecto, y que en política opina un día una cosa y otro día lo opuesto, hasta que se le viene encima la huelga y, a partir de ahí, sus opciones se vuelven más graves porque al quedar varado en París lo de Mona deja de ser un juego". En cuanto a la huelga de 1995, Garcés dice que le interesó por lo que tuvo de " revival levemente desmejorado" de las revueltas míticas de los años sesenta. "¡Yo no daba pie con bola! -recuerda de su propia experiencia en el marco de esa huelga-. Recién llegaba, apenas hablaba francés y no tenía amigos. De golpe dejó de funcionar el transporte, había marchas todos los días, la gente debatía a los gritos en las esquinas y se empezaron a vender cantidad de patines y de bicicletas. Vos hacías dedo y los coches te llevaban. Yo iba a mi curso de francés en barco, que era gratuito. Parecía que podía pasar cualquier cosa: que voltearan al gobierno, que Francia saliera de la Unión Europea. Reinaba una excitación enorme, un ambiente muy erotizado. Aunque relativamente inofensivo, visto desde, digamos, la Argentina." Todo lo que se cuenta en El futuro acerca de la huelga es verdad: que se produjo entre noviembre y mediados de diciembre de 1995; que se inició en protesta contra las reformas de la seguridad social; que empezó en el sector público y se extendió luego a la Universidad, el correo, el Banco de Francia y la compañía de electricidad; que el desempleo aumentó un 2,3 por ciento y que incluso el ingreso en el sistema de moneda única europea se vio comprometido. "Como dijo el poeta alemán, todo sucede dos veces: primero como tragedia, después como farsa -dice Garcés-. Para Miguel esa huelga termina siendo una especie de parodia de su propia juventud." Hay una escena, de hecho, en la que Miguel va a una manifestación con Mona. Es un relato doble, donde él habla con Mona mientras revive una vieja marcha de 1969. Según Garcés, "se entiende que lo real, para él, es aquello y no lo que está viviendo en ese momento". En las primeras páginas de El futuro puede leerse que "hay un día en que el hijo se convierte en juez". ¿Constituye la novela de Garcés una crítica al papel que como padres cumplieron los miembros de la llamada generación del sesenta? "Miguel no representa a una generación, es un caso particular, hasta diría un caso raro. Su época lo marcó, seguramente, pero eso nos pasa a todos -afirma-. Lo que sucede es que el mito de esa generación es tan fuerte que impidió, por mucho tiempo, sacar de ahí una literatura de verdad, es decir, una literatura de personajes. A mí me gusta pensar que ese mito se va atenuando, que hoy ya es posible darle a un personaje el contexto histórico de esos años sin caer en el homenaje, la parodia o la denuncia. Yo quise contar la historia de un hombre confundido, como lo estamos la mayoría, más allá de la época. Confundido en Austerlitz, en Macondo o en los años sesenta, en el fondo no importa mucho." Pero la indagación en torno a los años sesenta no termina allí. En El futuro , Joaquín, el hijo, trabaja como realizador de documentales para la televisión y tiene como proyecto personal un film dedicado a cierto Raymond Bulteau, un intelectual de izquierda que Garcés imaginó siguiendo los modelos de Althusser o de Régis Debray y que en el libro representa a la izquierda científica y ortodoxa, en oposición a esa gauche divine , hedonista, de la que no sólo proviene el personaje del padre sino también los antiguos amigos que éste reencuentra en París: la argentina Sofía Luisa que en los 70 frecuentaba La Paz y el "movimiento psiconalítico-literario" de la época, y sus ex compañeros de estudios Alfredo y Dino, el primero un "poeta étnico" ahora en la ruina económica, el segundo un genio que "había traducido el Tao te king antes de cumplir los veinte", pero que, al momento de la llegada a París de Miguel, tiene cirrosis y se halla gravemente internado en un hospital. "Para el personaje de Bulteau -explica Garcés- también me interesó mucho un estudiante llamado Robert Linhart que a principios de los sesenta fundó el primer partido maoísta de Francia. Era un tipo muy raro, muy brillante, que provocaba grandes odios y amores, y al que le pasó una cosa terrible: cuando empezaron los disturbios del 68, él los interpretó como una conspiración burguesa. Se negó totalmente a participar. Se enfrentó con su partido. Y en lo más caliente del debate tuvo un brote psicótico, le escribió una carta de insultos a Mao y trató de matarse. Linda ironía ¿no? El estudiante más revolucionario de París pasó todo el 68 internado en una clínica." Cuando termina el documental, Joaquín averigua que el único hijo de Bulteau, muerto a fines de los años 60, no fue víctima de una enfermedad -como se creía hasta entonces- sino que fue asesinado por el filósofo. Garcés cree que la figura de Bulteau funciona en El futuro como imagen invertida frente a "la amable inconstancia de Miguel", y frente a lo que, en la novela, el personaje del filósofo tilda de "izquierda sensual". "Con ese epíteto -añade el autor- no hago más que reproducir el reproche que les hacían los comunistas ortodoxos a los piantados del 68: `Esto no es la revolución, camaradas, ustedes están de joda´. Bulteau en efecto pertenece a la izquierda `sacrificial´, ansiosa de morir por la causa, que fue derrotada en 1968. Pero acá está su drama personal: que en la imposibilidad de sacrificarse él (porque en Europa, al menos, ya no se fusilaba a los sediciosos) elige sacrificar a su hijo. Esa parece ser la aberración de ciertos mártires frustrados. Y de eso trata, también, esta novela." Gonzalo Garcés tenía tan sólo 22 años cuando su primera novela, Diciembre , salió editada en Buenos Aires. Con cierta distancia, hoy piensa que "salvo excepciones, uno no puede escribir novelas antes de los treinta años", y hasta enarbola una mueca mitad de asombro, mitad de incredulidad para decir que aún no se explica bien "por qué Los impacientes ganó el premio Biblioteca Breve" que cada año otorga en Barcelona la editorial Seix Barral. Pese a los calurosos elogios de Carlos Fuentes o de Abelardo Castillo (a quien considera su maestro en el marco de la literatura argentina), pese al talento y la solidez que ya mostraba en esas páginas, Garcés prefiere afirmar que El futuro es "en cierta forma mi primera novela" o que, en todo caso, "es mucho mejor que mis otros libros". "No puedo saber, por supuesto, cuánto vale en términos absolutos -precisa-. Pero si tuviera que explicarles a los lectores eventuales por qué sostengo que es mi mejor novela hasta la fecha, les diría: fíjense en el personaje de Miguel, qué tipo insoportable y sin embargo querible. Fíjense en sus peripecias. Miren el retrato de París patas arriba. Y si es posible, cada tanto, ríanse un poco. Con eso estoy hecho."