El rescate de un clásico de culto

Por Eduardo Berti

 

La Nación, Suplemento Cultura, 15.12.2002


 

Escrito durante los años de la dictadura y editado por primera vez en España, en 1985, por Anagrama, Vudú urbano fue el primer libro de autor argentino publicado en la prestigiosa colección Narrativas hispánicas de esa editorial. Veinte años después de su aparición, el libro de Edgardo Cozarinsky se revela como una mezcla de nostalgia y de impensada actualidad.

Fue en 1985. La editorial Anagrama lanzó un libro llamado Vudú urbano y su autor, Edgardo Cozarinsky, se convirtió en el primer argentino publicado en la colección Narrativas hispánicas y en el segundo no español, después de Sergio Pitol. La colección no era tan vasta por entonces: Vudú urbano portaba en su fino lomo el número 15. Más llamativo era que el libro tuviese no un prefacio, sino dos, y a cargo de dos prologuistas de lujo: Susan Sontag y Guillermo Cabrera Infante. La norteamericana definió la obra como un "tratado sobre el exilio" a cargo de "un borgiano tardío". El cubano saludó la aparición de un libro "a contracorriente".

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A pesar de tales padrinos, o a lo mejor gracias a ellos, el libro de Cozarinsky obtuvo un éxito "de estima", más que de ventas, y no tardó en convertirse en Buenos Aires en una especie de objeto de culto, casi secreto, quizá hasta el presente, ya que Emecé ha decidido reeditarlo o, mejor dicho, editarlo por primera vez en la Argentina.
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Cozarinsky llevaba once años radicado en París cuando se hizo público Vudú urbano . Había obtenido en 1973, compartido con José Bianco, el premio LA NACION en el rubro ensayo. Pero era conocido sobre todo por su libro Borges y el cine ( Borges en/y/sobre el cine en su versión definitiva de 1978) y por su tarea como cineasta: desde Puntos suspensivos (1971), hasta La guerre d´un seul homme (1981). "Hago películas para no estar solo y escribo para poder quedarme solo", declaró hace un par de años.
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Concebido en el primer domicilio propio y estable que Cozarinsky tuvo en París (un studio en la rue des Acacias, en un edificio habitado por periodistas y prostitutas de las que hacen las calles vecinas al Arco del Triunfo), Vudú urbano se compone a grandes rasgos de dos partes: el relato "El viaje sentimental", cuyo título remite a Laurence Sterne, y una serie de escenas, reflexiones y recuerdos: trece "tarjetas postales" dignas de un agudo flâeur , escritas inicialmente en inglés -un inglés de extranjero en Francia- y traducidas más tarde al español.
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Contra lo que pudiera pensarse, el autor empezó por lo que quedaría al final, por las "postales", inspirado en un texto de Michel Leiris, De la littérature considérée comme une tauromachie . Sólo a la postre acuñó la historia madre, que obra como eje central: en ella, un argentino encuentra su propio pasaje de avión Buenos Aires-París-Buenos Aires y comprueba que el último tramo, el del regreso, nunca fue utilizado.
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Escrita entre el Mundial de 1978 y la fugaz presidencia de Viola, un general ojeroso cuyo apellido expresaba con muy poco disimulo lo que se le estaba haciendo al país, esa historia madre propone un territorio "extrañado" en el que Buenos Aires y París se amalgaman, se sobreimprimen (no es impertinente emplear la nomenclatura del cine), un poco a la manera de Cortázar, pero no tanto para crear una tercera ciudad, como lo es la Santa María de Onetti, sino para ver con otra perspectiva qué ha sido y qué queda de "la ciudad donde nací y me crié", de "la ciudad donde todo ocurrió", de esa ciudad de la que no se puede huir porque "no se puede huir del paisaje de nuestros sueños", como reza uno de los tantos epígrafes que atraviesan el libro.
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Cuentan los que saben que a Jorge Herralde, legendario editor de Anagrama, le habló no de Vudú urbano pero sí de las "postales" Juan Goytisolo, porque había leído algunas en Espiral , revista que Julián Ríos editaba en Madrid. Según parece, Herralde aceptó pero quiso un prólogo a cargo de un peso pesado pues le parecía un libro difícil, anómalo. Cozarinsky se sentía incómodo. "Finalmente -rememora hoy- Cabrera Infante se enteró por Herralde y lo comentó con Susan Sontag. Y un día en que almorzábamos los tres, en España, ocurrió esto: Susan dijo que había terminado el prólogo y Guillermo, sorprendido, dijo que él todavía estaba escribiendo el suyo. Parece que cada uno había entendido que era el único responsable ante la editorial."
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La reedición de Emecé hará, sin duda, mucho más que subsanar la errata de la página 124 de la edición primigenia en la que faltaba una línea. Si un libro puede tildarse de clásico cuando -siguiendo la célebre definición- nunca termina de decir lo que tenía para decir, Vudú urbano se revela, releído a más de veinte años de su gestación, como una mezcla de nostalgia y de impensada actualidad. No sólo porque el colectivo 303, la revista Billiken , el fantasma "gris y azul" de Eva Perón y la sombra de Victoria Ocampo conviven con cierta muñeca "Miami Lulú", que evoca una plata dulce revivida no hace tanto. No sólo porque los cambios que el narrador advierte en la geografía de Buenos Aires podrían ser los de hoy ("¿Decían que imita a París? Pues ahora ni siquiera imita a Los Angeles: imita a Caracas, a Mexico City"). No sólo por eso. Basta leer que, ya en 1977, Cozarinsky escribía: "Si miramos hacia atrás, la Argentina se nos aparece como una arena privilegiada donde la bancarrota de sociedades más sólidas fue puesta en escena más temprano y brutalmente".
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O asimismo: "Durante casi un siglo y tres cuartos, una variedad de ficciones políticas y sociales fueron proyectadas, como tantas diapositivas, sobre la pantalla argentina: despotismo ilustrado, baño de sangre folklórico, democracia liberal, depredaciones militares y populistas. Lo único que tenían en común era la índole frágil de una ilusión óptica. Calles, provincias enteras cambiaron de nombre pero sus habitantes no desecharon su escepticismo. Las constituciones, promulgadas o anuladas, fueron variablemente ignoradas. Alguna gente se hizo rica, otra fue asesinada. Cuanto menos firmes sus convicciones, con mayor vehemencia un nuevo gobierno invoca tradiciones, un estilo de vida, ética y religión; la gente parece abandonar un minuto su atareado sonambulismo para asentir, y luego vuelve a ocuparse de lo suyo".
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Sin abandonar el cine ni mucho menos su tarea como documentalista (de hecho, acaba de realizar un trabajo sobre Chaplin), Edgardo Cozarinsky se ha volcado últimamente más de lleno a la literatura. El año 2001 marcó la salida de dos libros ( El pase del testigo y La novia de Odessa ) y ahora prepara, sin prisa, una novela. Aunque se trata de un reencuentro un tanto postergado (no publicaba desde Vudú urbano ), no le ha ido nada mal: los excelentes cuentos de La novia de Odessa han sido ya editados en francés por Actes Sud y serán en breve traducidos al inglés por Harvill, otra prestigiosa casa editorial. Al justo rescate de Vudú urbano se sumará, pronto, una nueva edición en España de su libro sobre Borges y el cine.