Evgen Bavcar: cámara oscura

 

Por Eduardo Berti

 

Página 30, Buenos Aires, enero de 2000


 

         Evgen Bavcar no ve porque es ciego pero mira porque es fotógrafo. Lo curioso de su caso es que la absoluta oscuridad llegó antes que la fotografía. Luego de dos percances sucesivos --la pérdida del ojo izquierdo en un accidente con la rama de un árbol; la pérdida del otro, meses más tarde, debido a la explosión de una mina abandonada en el campo--  Bavcar perdió completamente la visión. Tenía once años y su despedida de la luz fue progresiva. Mientras su vista menguaba, rumbo a una ceguera irremediable, su madre le hizo ver todo lo que fuera posible, como quien proporciona a un ser querido el más completo y útil equipaje para un viaje.

          "Jamás me asomé a través de una lente fotográfica cuando aún veía", ha dicho Bavcar. "Tomé mis primeras fotografías cuando ya estaba ciego, y tuve la buena fortuna de conocer a un fotógrafo que me presentó su oficio como una profesión que yo podría ejercer".

         El pueblo donde nació Bavcar (el 2 de octubre de 1946) se llama Lokavec y queda en Eslovenia, a unos treinta kilómetros de Trieste, casi en la frontera con Italia. A los habitantes de Lokavec les tocó pertencer a la monarquía austro-húngara, luego ser italianos y después yugoslavos. El padre de Bavcar, proveniente de una familia de paisanos obreros, murió cuando Evgen tenía siete años. "Mi infancia estuvo marcada por las huellas de la última guerra", relata Bavcar en un libro llamado Le voyeur absolu que recopila fotos y escritos de su autoría.

         "Eslovenia es el único país que he visto. Sólo ahí la hierba es verdaderamente verde, porque sólo ahí el color que aprendí a atribuirle al pasto se asemeja al sonido de la palabra que utilizaba para describirlo. Pero para mí Eslovenia es, ante todo, una galería interior que me sirve como espejo para la creación de las imágenes de todos los demás países".

         Bavcar empezó a sacar fotos a los dieciséis años. Todos sus compañeros de colegio y sus amigos retrataban a sus novias; como a él también le gustaba una chica, no quiso ser menos y le pidió prestada la cámara a su hermana. Al término de su bachillerato, en 1967, Bavcar se puso a estudiar filosofía e historia en la Universidad de Ljubljana, en Eslovenia. Durante un año ejerció como profesor de geografía: el primer profesor ciego de la historia de su país.

         En 1972, viajó a París para estudiar filosofía estética en la Sorbona. Presentó su tesis de doctorado ("Arte y sociedad en la estética francesa contemporánea"), decidió permanecer en la ciudad, ingresó como investigador del C.N.R.S. (Centre Nationale de la Recherche Scientifique), publicó un trabajo sobre el expresionismo alemán según Adorno, Lukacs, Bloch y Benjamin, y en 1981 se naturalizó francés.

          Para estudiar filosofía del arte, Bavcar debió contar en muchas casos con la ayuda de "lazarillos estéticos". No fue sencillo. "La pintura, el cine, la arquitectura me resultan difícilmente accesibles. Por supuesto que existe la música, pero me suscita sentimientos ambiguos. He llegado a detestarla, pensando que algunos la han querido convertir en el único placer para los ciegos".

          Con la literatura le ocurría que, como "el aspecto visual de un texto difiere de su imagen sonora", si interrumpía demasiado a su lector para que éste le informara sobre la disposición de los signos ortográficos, "la comprensión del texto se volvía sumamente difícil". En el caso de la pintura y de las otras artes plásticas, solicitaba que le describieran las obras. Esto le daba "una idea intelectual, un sentimiento estético indirecto, y luego acaso un poco de placer". Pero al mismo tiempo debía andar con prudencia o recurrir a más de un asistente ("relator de imágenes") porque "a menudo las descripciones expresan en primer lugar todos los fantasmas del que observa el cuadro".

         "A fuerza de practicar, he llegado a amar algunos cuadros, sobre todo aquellos cuya descripción llevó más tiempo, por ejemplo las obras de El Bosco y El Greco. La escultura, por el contrario, me proporciona un sentimiento estético inmediato, si es que me autorizan a tocar las estatuas, cosa que no siempre ocurre".

         Por el carácter de sus estudios, Bavcar fue el primero en teorizar sobre su ocupación a primera vista paradójica y sobre los desafíos que proponen sus fotos huérfanas a los modelos establecidos de percepción. "Mi mirada no existe más que gracias al simulacro de la foto que ha sido vista por el otro", ha escrito. "Si en mis fotos las personas parecen algo diferentes es porque se encuentran tanto frente al objetivo como frente a sí mismas. La ausencia del ojo del fotógrafo acentúa la precariedad del instante irreversible que es la toma fotográfica. A causa de esta mirada ausente, la foto se transforma en una suerte de muerte redoblada. Las personas retratadas no pueden mostrarse de la forma habitual porque falta esa complicidad con el fotógrafo que les confirma su narcisismo".

         Hasta los treinta, Bavcar no fue sino un amateur que fotografiaba sobre todo paisajes y desnudos. Comúnmente invitaba a cenar a sus amigos, les tomaba una instantánea y se las obsequiaba, como una mirada demorada, antes de que partieran. Fue por esos años que puso un aviso en la revista Paris-Match ("Fotógrafo ciego busca modelos") y no recibió ni siquiera una llamada. "He aprendido mucho acerca del mundo visible gracias a la fotografía", sostiene. "Por ejemplo, de las mujeres. Sé que necesitan ser miradas y conozco bien la incomodidad que sienten ante alguien que no puede verlas".  

 

La galería interior

         Nadie sospecharía, viendo las fotos de Bavcar, que su autor es ciego. En primer lugar, sus encuadres son perfectos, hasta los más arriesgados. Cuando Thomas Soriano, un profesor de semiología de la Escuela Superior de Artes Decorativas de Strasburgo, le señaló este rasgo, Bavcar respondió que encuadra bien porque así lo quiere el público, que si por él fuera no encuadraría con tanto esmero, y que al hacerlo en cierto modo responde a una demanda. Pero también están las técnicas. Muchas de sus fotografías son fruto de montajes por superposición, un procedimiento de por sí dificultoso, hasta para un vidente. Las veces que Bavcar recurre al montaje, suele hacerlo para poner en juego colisiones de lugares distantes o de épocas remotas.

         "Regularmente, la pregunta acerca de cómo tomo mis fotografías se centra en el asunto del dominio técnico de realidades como la luz y las formas visuales que, por definición, deberían eludirme. Mi respuesta es que lo importante es la necesidad de las imágenes, no cómo son producidas. Esto significa simplemente que cuando imaginamos cosas, existimos: no puedo pertenecer a este mundo si no puedo decir que lo imagino a mi propia manera. La imagen no es necesariamente algo visual: cuando un ciego dice que imagina, significa con ello que él también tiene una representación interna de realidades externas, que su cuerpo también media entre él y el mundo".

         Bavcar dice que su fotografía parte de la oscuridad, que su hoja en blanco en realidad es negra, como una cámara oscura. A menudo sus trabajos muestran imágenes expuestas largamente: deja abierto el obturador mientras se acerca y recorre los objetos con una linterna o incluso con una vela. Para guiarse, se vale de su tacto o de algún asistente. El resultado es una especie de escritura con luz.

          "Mi punto de partida es el grado cero de la fotografía", señala. "Esto implica que mis imágenes vienen de la duración y no de los momentos aislados de una fijación instantánea. Me defino como un artista conceptual, y me siento muy cercano a todos aquellos que no consideran la fotografía como una rebanada de la realidad y sí como una estructura conceptual, una forma sintética de lenguaje pictórico. La dirección que he tomado está más próxima a la de un fotógrafo como Man Ray que a otros géneros como el reportaje. En vez de disparar una flecha en dirección de un momento fijo, me interesa la fotografía concebida como la reacción inmediata del fotógrafo. Mi estética surge en la expresión de una subjetividad aparentemente incomunicable, en algún lugar entre las imágenes de mis galerías interiores y la transparencia de un lenguaje reconocible: el mundo real, percibido en la mirada de otro."

         Cuando Bavcar expuso en el Centro Saint-Gervais de Ginebra, Suiza, el director artístico del lugar, Jacques Boesch, describió sus fotos como "un encuentro entre la cultura de Eslovenia y la influencia de (Gaston) Bachelard". La mención al autor de El derecho de soñar puede deberse a que, a veces erótico, otras veces trágico, Bavcar tiene un lado decididamente onírico y hasta ha realizado una serie de fotos alegóricas con ángeles, en explícito tributo a las Elegías de Duino del poeta Rainer Maria Rilke.

         "Todos somos ángeles caídos con la oportunidad única de introducir en este mundo de tinieblas un poco de luz, en memoria de lo que alguna vez fue", dijo Bavcar en un reciente reportaje. A su juicio, como fotógrafo ciego, él se halla en relación a la luz "en la misma posición que el teólogo respecto de Dios"; o sea que su trabajo "también puede entenderse como un gesto de teología negativa".

         "Mi anhelo de imágenes puede ser comparado con la voluntad de todos aquellos que quieren responder a las preguntas del mundo por sus propios medios. Prefiero crear mis propias imágenes que aceptar pasivamente lo que otros puedan imaginar en mi lugar. Como dice cierto proverbio ruso: 'Nunca hay que confiar en el ojo ajeno, sino solamente en el propio, aun si bizquea'. Como cualquier otro grupo que vive marginado, los ciegos han sido obligados a expresarse con las palabras de otros y en su nombre. Los momentos más importantes de mi vida han sido aquellos que suscitaron en mí una revuelta para reivindicar mi igualdad con respecto a los demás y la aceptación de mi diferencia. Mi sed de imágenes también consiste en combatir todos los lugares comunes acerca de los ciegos".  

 

Narciso sin espejo

         La primera muestra profesional de Bavcar fue en París, en abril de 1987, en un club de jazz llamado Sunset. Si bien en un principio muchos acudieron por curiosidad, para asistir a un fenómeno, pronto se comprendió que Bavcar era un verdadero artista y detonaron las críticas, la exposiciones y las entrevistas. Su apólogo fue Michael Gibson. La televisión de Ljubljiana realizó un film documental titulado Narciso sin espejo. La obra viajó a Italia, Alemania, España y Suiza. En 1991 se editó en Berlín un libro con sus fotos y textos del poeta y escritor Walter Aue. En 1992 se publicó Le voyeur absolu en Francia. En 1995 llegó el turno de un libro italiano (Nostalgia della luce) con textos de Esther Woerdehoff, Lanfranco Colombo y Ernesto Rossi.

         Las reacciones de sus colegas no fueron unánimes. "Algunos me apoyaron, en especial aquellos que conciben la fotografía como una actividad mental. Otros han sido muy agresivos, afirmando incluso que mi fama sólo se debe al hecho de que soy ciego. También están los que ven en mi trabajo una amenaza a su propia concepción de la fotografía". Uno de los grandes expertos en la materia le escribió a Bavcar diciéndole que originalmente había pensado que su procedimiento no era más que un tour de force, pero que más adelante se dio cuenta de que se trataba de una obra.

         Vuelto un personaje influyente, Bavcar participó en numerosos coloquios sobre literatura eslava y hasta colaboró para que su amigo, el novelista Boris Pahor, fuera traducido en Francia. También fue convocado para escribir el prefacio a La langue intime, novela de France Bevk (1890-1970), vicepresidente de la República de Eslovenia en 1947. El prefacio habla del "trauma que puede sufrir un niño cuando descubre brutalmente que su lengua ha sido prohibida, cuando debe sentir vergüenza de ella, esconderla o simplemente olvidarla para siempre", ya que "el rechazo a la lengua materna es también la negación de la memoria que ella porta, el rechazo a los sentimientos que ella resucita".

         En 1991, la directora de cine australiana Jocelyn Moorhouse filmó Proof, su primer largometraje, en el que el actor Hugo Weaving personifica a Martin, un fotógrafo ciego inspirado en Bavcar.  Una novela reciente, The Magician's Tale, del escritor David Hunt, tiene como protagonista a un tal Kay Farrow, también fotógrafo ciego. Hace cuatro años, un ejecutivo de la empresa Canon impulsó el proyecto de crear una asociación de fotógrafos ciegos. El caso de Bavcar no es el único, aunque sí el más elogiado y divulgado. En los Estados Unidos existen por lo menos otros tres: Terry Hammon, Richard Miller y John Dugdale. Los dos primeros nacieron legalmente ciegos. La historia de Dugdale es distinta: a los 37 años perdió tres cuartos de su vista por causa del Sida pero igual siguió trabajando, con "la poca visión que me queda en el ojo izquierdo, la necesaria para ver el contorno de las cosas", más la colaboración de asistentes que "me ayudan a hacer foco y encuadrar". La diferencia con el pasado, dijo Dugdale en un reportaje, es que "ahora las fotos empiezan en mi cabeza".

         Años después de Proof, otro cineasta, Joël Brisse, presentó en el Festival de Cannes un cortometraje (Les pinces à linge) también basado en Bavcar. Asimismo, Bavcar ha trabajado como actor en un breve film conceptual sobre Gaudi (El susurro de una línea, de Manuel Cussó Ferrer), en un documental sobre el Museo del Louvre (La mirada cercana) y un mediometraje suizo, Las alas de la noche.

         Fue en 1995 cuando Bavcar se vinculó con el plástico mallorquí Miquel Barceló, que por entonces preparaba una muestra de pinturas en bajo relieve sobre unas telas cuya superficie irregular había sido previamente deformada. Las poses de los modelos se adaptaban, según las indicaciones del pintor, a los huecos y las hinchazones de las telas. El encargado de fotografiar las sesiones fue Bavcar. El encuentro entre los dos artistas deparó un libro en braille, en el que las imágenes en relieve de Barceló conviven con un texto de Bavcar sobre la belleza del tacto.

          "Tengo los ojos en el extremo de los dedos", escribió cierta vez Bavcar, enemigo de las férreas distinciones entre los sentidos, amigo de "colorear" las voces de la gente que conoce. "Una vez me presentaron a un pintor que, para mí, tenía una voz roja. Al cabo de un rato me contó que el rojo era su color predilecto. Ahora que la monocromía ha invadido mi existencia, debo hacer un esfuerzo para conservar la paleta de matices, para que el mundo no sucumba a la monotonía y a la transparencia".

         El pasado mes de septiembre, una exposición consagrada a sus fotos (Espejo de los sueños) convocó a más de 7 mil personas en México. Por primera vez la obra de Bavcar visitaba un país de Hispanoamérica. El artista declinó la invitación "por razones de salud" pero envió un texto para que se leyera en la inauguración. El impulsor de la muestra fue el filósofo Benjamín Mayer Foulkes, director académico del departamento de semiótica de la Universidad de Anahuac.

         Lo primero que impactó a Mayer Foulkes fueron las fotos de Bavcar; luego su arrolladora personalidad. "Utiliza un sombrero de ala ancha que le impide golpearse todo el tiempo. Ha manchado con tinta sus anteojos. Lleva una bufanda roja como los artistas de Toulouse-Lautrec y un pequeño espejo colgado del saco para que las personas que dialogan con él vean su propio reflejo en lugar de incomodarse por estar frente a un ciego".

         La relación de Bavcar con la ceguera no siempre fue la misma. En un principio, "cuando la tomaba muy en serio", sus anteojos eran enormes y muy oscuros. Luego vino un período en que jugaba a negar la ceguera y hacía de cuenta que veía. Una vez, viajando en un autobús, mantuvo una larga charla acerca del paisaje con su compañero de asiento. "Lamentablemente él viajaba más mejos que yo y, para descender, tuve que buscar mi bastón, hasta entonces disimulado". En otra ocasión empezó a mantener largas charlas por teléfono con una mujer que ignoraba que él fuese ciego. Por temor a un rechazo, Bavcar prolongaba las conversaciones y demoraba la cita; hasta el día en que ella le dijo de encontrarse en un tono casi conminatorio. "Nos citamos en un café, munidos de una descripción recíproca. Para mayor verosimilitud, coloqué entre mis manos un diario y, sentado a la mesa, hice de cuenta que lo leía. Luego, entre el ruido de los juke-box, reconocí la voz del teléfono que me preguntaba por qué sostenía el revés el diario".

   

Nostalgia de la luz        

         Las fotografías de Bavcar, en blanco y negro, se agrupan por series temáticas: Vista táctil, Caricias de la luz, Nostalgia de la luz, Eslovenia. Algunas son desnudos femeninos con la impronta de esa suerte de mirada sublimada que es su lintera. Otras fotos, más realistas, narran un fugaz regreso a su pueblo natal.

         Bavcar se queja de la ideología tiránica que subyace en toda cámara fotográfica. "No fue concebida para los ciegos, como tampoco fue diseñada para los zurdos", dice. "Podría dar consejos técnicos útiles a los fabricantes de cámaras, en especial para la concepción de herramientas destinadas a los ciegos y los débiles visuales". Entre las invenciones que reclama figura la de un exposímetro parlante. En cuanto a la tecnología digital (en la que se ha especializado otro fotógrafo ciego, el ya mencionado Richard Miller), afirma que por el momento prefiere "la base más natural, noble y tangible" de la película clásica.

         La experiencia de Bavcar, maravillosa e inquietante, no termina de plantear preguntar, algunas técnicas, otras del orden de lo poético. ¿Cómo hace un ciego para aprehender con semejante sensibilidad una realidad palpable que yace sumergida en sus tinieblas desde hace cuatro décadas? ¿Cómo es posible describir lo que se desconoce?

         "El hecho de que la gente me interrogue con tanta insistencia acerca de por qué tomo fotografías, y de que se soprenda de que efectivamente tenga la capacidad para producir imágenes, es consecuencia de los prejuicios psicológicos, históricos y sociológicos acerca de los ciegos. Si las personas quedan perplejas es porque interviene su propia relación con la ceguera, a veces su temor, a modo de complejo de castración, o de una evocación directa de su propio complejo de Edipo. Puede que, desde la perspectiva de algunos --y esto es algo que comparto con muchos amigos ciegos y que he confirmado en numerosas experiencias--, yo represente una suerte de Edipo después del hecho".