La frontera de Europa

Por Camilo Marks 

Qué Pasa, La Revista, 1458: Lunes 22 al 29 de marzo 1999


 

Agua es una fábula que alcanza holgadamente el estatuto de novela. Berti no parece pretender otra cosa que contar una buena historia, rodeada de muchas anécdotas principales o tangenciales y lo consigue adecuadamente.

Corría la década de 1920 y Portugal era la última frontera de Europa, tanto económica como culturalmente. Sólo contaba con sus colonias en Africa, que estaban empezando a causar más perjuicios que beneficios, pues los barcos regresaban cargados de inmigrantes o ex colonos empobrecidos, a veces portadores de graves enfermedades infecciosas. El país iniciaba su industrialización y pocas ciudades habían alcanzado la prodigiosa iluminación que hoy conocemos como luz eléctrica. Luis Agua, joven gestor itinerante de una empresa de energía, viaja por las aldeas que rodean Coimbra, intentando convencer a los habitantes de las ventajas que en sus vidas tendría el cambio de las velas a las ampolletas y luego al alumbrado público. Pero en Vila Natal, caserío estancado en la era feudal y cercano a un inmenso castillo, no le va muy bien. La Iglesia estima que la luz artificial es obra del demonio y pocos osan oponerse.

El castillo, los parques y las vastas tierras aledañas están en manos de Fernanda, bellísima viuda que no puede disponer de esos bienes porque su difunto marido dictó un testamento obligándola a casarse si desea gozar de ellos. Naturalmente, no le faltan novios, aunque es difícil discernir si se le acercan por amor o por sus enormes riquezas. Entre ellas, destaca una pulsera que Fernanda lleva siempre consigo y se supone es la joya más cara del mundo. La situación se complica cuando aparece Acevedo, aviador solitario que tiene extraños tratos con la castellana. Estalla una epidemia de cólera que aísla a los ocupantes del feudo, de todos los pueblos vecinos y de Coimbra, forzando al gobierno a decretar un cerco sanitario que prohíbe los desplazamientos humanos...

Este es, en términos generales, el marco argumental de Agua, primera novela del argentino Eduardo Berti, saludada como un gran acontecimiento por la crítica trasandina y española. A grandes rasgos, tales elogios aciertan, ya que estamos frente a una obra culta sin exageraciones eruditas, original y curiosa, sin que ello se traduzca en falta de espontaneidad y, sobre todo, entretenida, graciosa, atractiva y escrita en un estilo transparente que permite lucir el talento del autor sin visibles esfuerzos.

Agua es una fábula que alcanza holgadamente el estatuto de novela. Berti no parece pretender otra cosa que contar una buena historia, rodeada de muchas anécdotas principales o tangenciales y lo consigue adecuadamente.

La obra recuerda, en tema y situaciones, a dos fenomenales éxitos editoriales de la década pasada y actual. Nos referimos a El perfume, de Patrick Suskind, y Seda, de Alessandro Baricco. No obstante, Berti escribe sin la concentrada violencia del alemán e ignora el exotismo diletante del italiano. Su libro, mucho más pausado y menos efectista, descansa en una trama suelta, pero perfectamente hilvanada.

Asimismo, Agua pertenece al tipo de relato lleno de personajes que no son propiamente personajes, sino nombres y caracteres destinados a cumplir funciones o vivir peripecias. En ese sentido, son intercambiables y al autor argentino claramente no le interesa la sicología. Tampoco le importan algunas abstracciones ni muestra inclinaciones por detenerse en dilemas que la obra insinúa, aunque muy a la pasada.

Tal indecisión narrativa puede ser problemática cuando la historia deja muchos cabos sueltos. Por momentos, parecería que eso va a ocurrir con Agua. Sin embargo, no llega a pasar y esta primera novela transcurre tan fácil y fluidamente como el elemento que le da su título.

Encontrado en: http://www.quepasa.cl/revista/1458/25.html