Reflexión y exotismo en un espléndido relato del escritor francés
La novela de la memoriaPor Eduardo Berti
La Nación, Suplemento Cultura, 21.04.1999
LA CUARENTENA
Por J. M. G. Le Clézio
(Tusquets)-358 páginas-($ 21)HACE treinta y cinco años un joven francés, J. M. G. Le Clézio, obtenía el premio Renaudot por Le procés verbal , una primera novela escrita bajo el influjo del nouveau roman y en cuyas páginas prácticamente lo único que sacudía la vida, la "pérdida de tiempo", del protagonista Adam Pollo (un "enfermo mental", según el autor insinúa y al fin confirma) eran jirones de vidas ajenas y experiencias hipotéticas: párrafos enteros en un futuro potencial.
Con el tiempo, Le Clézio pudo ir plasmando todo ese potencial que anunciaba su primer libro. Partió de Francia para vivir en diversos lugares de América o de Asia, fiel a la trashumancia de sus antepasados. Publicó algo más de veinte novelas. Habitó en México y más tarde en Albuquerque, Nuevo México. Escribió un libro sobre Frida Kahlo y Diego Rivera, así como relatos infantiles con ilustraciones de Georges Lemoine. Hoy, a los 59 años, ha conquistado el raro privilegio de ser al mismo tiempo popular y reputado. Sin embargo, a pesar de que su obra se cuenta entre las más destacadas y sólidas de la actual literatura francesa, Le Clézio no es un autor suficientemente traducido al español. Hace más de un año Eudeba publicó Mondo y otros historias . Ahora, desde España, llega La cuarentena y para muy pronto se anuncia Poisson d´or . Publicada en Francia en 1995, La cuarentena conforma, junto con Le chercheur d´or (1985) y Voyage à Rodrigues (1986), una suerte de trilogía de recuerdos familiares vinculados a la isla Mauricio, en el océano Indico, adonde la familia Le Clézio (originaria de Bretagne, Francia) emigró a fines del siglo XVIII. Menos fiel a la verdadera historia familiar, La cuarentena parece una rescritura fantástica y sublimada de aquellos dos libros anteriores, a tal punto que combina en una obra sola el diario del antepasado (la epopeya histórica que es Le chercheur d´or ) con el diario del descendiente que remonta sus huellas (la pesquisa que es Voyage à Rodrigues ). El protagonista de La cuarentena , Léon Archambau, tiene veinte años cuando se embarca rumbo a Mauricio en compañía de su hermano Jacques -ocho años mayor- y de Suzanne, flamante esposa de Jacques. A punto de alcanzar el destino, una epidemia se declara a bordo y todos los pasajeros -los europeos y los inmigrantes indios contratados para la recolección de caña- son obligados a pasar la cuarentena en la pequeña isla Plate, muy próxima a Mauricio. Pronto Léon, cuya madre es euroasiática, se ve asaltado por una sensación de familiaridad, de déjà vu . "Todo esto estaba ya en los más profundo de mí mismo", dice. "Como el recuerdo de un sueño". El conocimiento "anterior" parece mutuo: una enorme barracuda que va y viene por la laguna de la isla y que "muerde a los que no conoce", deja nadar en paz al recién llegado. Al episodio de la cuarentena (los exactos cuarenta días transcurridos entre el 27 de mayo y el 7 de julio de 1891), Le Clézio añade la historia de amor entre Léon y Suryavati, una muchacha que ya estaba en la isla cuando llegó el barco y cuyo origen es exactamente opuesto al de Amalia, madre de Jacques y Léon. Amalia, hija de indios, fue encontrada "errando por un bosque en las afueras de Allahabad" por un inglés llamado Charles William; Ananda -madre de Suryavati e hija de ingleses- fue recogida en las calles de Cawnpore por una mujer india. Ambos hechos, simétricamente inversos, ocurrieron durante la guerra de los cipayos, a mediados del siglo XIX. En Voyage à Rodrigues , Le Clézio retrató a su abuelo Alexis como "un hombre que habiendo creído en su libre arbitrio descubre de pronto [...] que sus pensamientos y sus actos, y aun sus sueños, vienen de antes de su propio nacimiento". Lo mismo que en aquel flaco y hermoso libro, la memoria es el tema central de La cuarentena : la memoria ancestral, la memoria inscripta en la sangre. Le Clézio ha forjado una esplédida novela valiéndose de réplicas y de juegos de espejos sumamente inquietantes. Uno es que la disposición de los desembarcados en la isla Plate reproduce al revés el mundo: los europeos en la orilla oriental, los indios en el otro extremo. Otro es que Mauricio está "fuera del mundo", es un exilio, pero, como en una fuga abismada, la isla Plate es el exilio de Mauricio y un islote aún más pequeño (el islote Gabriel, adonde son enviados los enfermos moribundos) es a su vez el exilio de Plate. Aunque el eje central de La cuarentena es el diario de Léon, un diario de dudosa autenticidad que en algo recuerda al de Robinson Crusoe (verdadera obsesión que atraviesa la obra de Le Clézio desde el epígrafe de su primera novela), dos capítulos a guisa de prólogo y epílogo están narrados por un sobrino nieto tan obsesionado por Léon que lo compara con Arthur Rimbaud. La comparación no es del todo gratuita porque Léon conoció a Rimbaud -lo vio tumbado en Aden, ya lastimado de muerte, en una escala de aquel viaje a Mauricio- y porque, en cierto modo, los pasajeros del barco vivieron en la isla Plate su "temporada en el infierno". En busca de la leyenda de su tío abuelo, el narrador, también llamado Léon (otro juego de espejos), pisa en 1980 la isla Plate y repite, al lado de una nativa, amante y cicerone, los gestos de su ancestro y de Suryavati, como una coreografía predeterminada, inmemorial. "Me he convertido en Léon, el que desaparece, el que da la espalda al mundo", reflexiona el otro Léon. Una frase perdida en una vieja novela de Le Clézio podría servir de epígrafe a este libro: "El futuro, ese enigma irritante, me aburre. Pero elegir el propio pasado [...], eso es lo que permite soñar".