A propósito de la vida y la obra del poeta ecuatoriano Alfredo Gangotena

La sombra es epidermis

Por Eduardo Berti

 

Suplemento "Babelia", El País, Madrid, marzo de 2002


 

         El ecuatoriano Alfredo Gangotena forma parte de ese lote de poetas latinoamericanos que vivieron en París y escribieron en francés a principios del siglo veinte. Lo particular es que a diferencia de Vallejo, de Huidobro o de su compatriota Carrera Andrade, él fue profundamente bilingüe y, lo mismo que el surrealista César Moro, escribió en francés lo más significativo de su obra. 

         Nacido en Quito en 1904, en el seno de una familia aristocrática, se radicó en Francia en 1920. Estudió allí ingeniería y frecuentó salones literarios en los que trabó amistad, entre otros, con Max Jacob, Jean Cocteau, Valéry Larbaud o Jules Supervielle, a quien le impresionaba la "originalidad" de ese poeta incipiente y a la vez "difícil, bello y sombrío". 

         Gangotena no publicó en vida muchos libros: Orogénie (1928); Absence (1932); Nuit (1938). Firmaba a ratos Alfred, sin "o" final. Se inclinaba hacia una escritura de tono místico. Y hay una imagen recurrente en sus versos, traducidos por Filoteo Samaniego al castellano: "El amoroso y cálido reciento de las cortinas", "los sombríos pliegues de mis cortinas", "se ciñen las llamas de las cortinas a las cañas de mis arterias". La explicación para esto último es simple: Gangotena era hemofílico desde los 15 ó 16 años. 

         Otro poeta de salud endeble, el belga Henri Michaux, fue su amigo y escribió: "Esa enfermedad atroz lo ponía a la merced de un diente arrancado, de una simple infección. Lo llevaba a un miedo continuo, prácticamente fuera del mundo". Años más tarde, Coiran admitiría que poco y nada era "más agradable" que conversar con Michaux a propósito de enfermedades. Como sea, la hemofilia parece haber intensificado en Gangotena una sensibilidad misántropa, detectable sin esfuerzo en algunos títulos de poemas (El solitario; Partida) o en pasajes donde "la sombra es epidermis" o donde un "huracán de todas las lágrimas" se abate "sobre mi desolación". 

         Aunque afirmaba que Francia era su "patria espiritual", Gangotena invitó a Michaux a su tierra natal. De la experiencia nació Ecuador (1929), un curioso diario que se puede comparar con las Impresiones de Africa de Raymond Roussel, ya que ambos libros constituyen una sátira a la literatura itinerante que por ese tiempo practicaban Albert Londres, Paul Morand o Blaise Cendrars. Utilizando las técnicas de los escritores viajeros, Michaux se propuso, según el crítico y traductor Claude Couffon, "destruir el mito de la aventura y su peligro más evidente: el exotismo". Ecuador afirmó que a veces se puede ir hasta el otro extremo del mundo y no aprender, por ello, nada revelador. No debe asombrarnos, en consecuencia, que Henri Michaux también escribiera una obra llamada Lejano interior. 

         En rigor, aquel viaje por Ecuador, efectuado en 1927, inlcuyó un tercer viajero: André de Monlezun, a la sazón cuñado de Gangotena. La publicación del libro de Michaux indignó a muchos ecuatorianos que lo juzgaron injurioso. Así y todo, Gangotena defendió a su amigo. Y en 1932, reinstalado en América, más acorralado que nunca por la enfermedad, le dedicó al belga un extenso poema en el que se retrata "venido desde lejos, como un cadáver" y "con un astro desnudo en el alma". 

         Tras un platónico idilio con Marie Lalou --otra poeta de salud precaria--, Gangotena publicó una obra en español (Tempestad secreta, 1940), pasó un tiempo en Chile y murió en Quito, en diciembre de 1944. El francés Julien Lanoë observó en su poesía la opresión de una naturaleza violenta, muchas veces representada por los Andes, sobre un cuerpo frágil pero asimismo sobre una moral en sufrimiento. Henri Michaux, más gráfico, habló de un artista en estado de "petrificación personal". Al ingeniero minero que era Gangotena le habría gustado esa definición.