La vida en pocas palabras

 

Por Eduardo Berti

 

Revista Tres Puntos, Buenos Aires, 9 de mayo de 2002


 

         Siempre me atrajeron esos libros de textos cortos que invitan a ser leídos libremente, en un abrir azaroso de páginas. No me refiero con esto tan sólo a los volúmenes de misceláneas o de prosa poética sino también a los cuadernos de apuntes y los diarios de escritores (algunos inolvidables, como los de Hawthorne, Butler o Somerset Maugham) y, en especial, al género de la llamada "ficción hiperbreve".  

         La vida imposible, hecho de un centenar de pequeños relatos, anhela pertenecer --y no estoy diciendo que lo logre-- a lan tradición del texto breve que tabn eximios representantes ha tenido en América Latina, desde Augusto Monterroso, Virgilio Piñera, Julio Torri o J.J. Arreola hasta los más cercanos Bioy Casares, Cortázar, Silvina Ocampo, Marco Denevi o J.R. Wilcock, por citar unos casos.  

         La brevedad trasciende los géneros literarios: es una poética y una actitud. Esto no ha sido obstáculo para que muchos estudiosos demarcaran las fronteras entre novela, nouvelle, cuento y cuento corto basándose precisamente en criterios de extensión. Enrique A. Imbert, por ejemplo, indicó en un libro ya casi canónico que un cuento suele abarcar entre 2 mil y 30 mil palabras y que un cuento breve nunca supera las 2 mil. Puede que la frontera del cuento hiperbreve sean las 500 palabras.  

         "El cuento breve es el grito lírico frente al destino humano". Cito esta frase de Frank O'Connor para reivindicar un género muchas veces marginado. Algo me dice que el microcuento está lleno de futuro. Y digo esto pese a la presión de muchas editoriales que a menudo hacen de la novela un requisito insalvable.  

         En Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino preconizó que "en los tiempos cada vez más congestionados que nos aguardan, la necesidad de literatura deberá apuntar a la máxima concentración de la poesía y del pensamiento". Las formas breves le interesaban al italiano por su exigencia estilística, por su "densidad de contenido" y porque, tal como en los cuentos policiales, encarnan "una batalla contra el tiempo". Debo mostrarme de acuerdo con él y en contra de quienes han querido llamar "ficción súbita" a toda literatura concisa. Temo que el mote se preste a confusiones porque un microrrelato nada tiene que ver, a mi juicio, con esas partidas de ajedrez en las que los campeones proceden deprisa, enfrentados de repente a una tropa de rivales.  

         Es verdad que hay algo súbito a la hora de la lectura. Es verdad que casi todos los textos que conforman La vida imposible aparecieron más o menos de improviso, como una idea poética o como una imagen de límites abarcables (por esto mismo, me arriesgo a pensar, el japonés Kawabata dijo de sus escritos más pequeños que cabían en la palma de una mano); huelga decir que detrás de esta impresión de espontaneidad hay un trabajo de paciente orfebrería.

 

Placer del juego

           No miento si digo que La vida imposible se gestó casi sin querer, en paralelo a mis otros libros de ficción. Cuando hace casi diez años publiqué

mi primera colección de cuentos (Los pájaros), ya había escrito una treintena de textos hiperbreves. Trabajando en mi segunda novela (La mujer de Wakefield), revisando carpetas y viejos papeles, me encontré con que tenía más de doscientas miniaturas y tomé la decisión de pasarlas en limpio, corregirlas, seleccionarlas.  

         Al hacerlo, acaso incentivado por la empresa, agregué una docena de nuevos textos, los únicos que inventé adrede ya con una imagen de libro en la mente.  

         Alguien me ha señalado que muchos cuentos de este libro son fábulas bonsai. Acepto la idea porque la invención de una historia o de un hecho está en la base de cada relato. Se trata, eso sí, de fábulas sin fines didácticos, por el placer del juego, la escritura y la imaginación. Al mismo tiempo siento que este libro ofrece más de un abordaje. Aun cuando algunos motivos se repiten (dobles, inversiones, animales que hablan, artistas que experimentan), tengo claro que me he movido dentro del amplio espectro de lo que suele llamarse formas simples: leyendas, mitos, casos, recuerdos y anécdotas.    

         Algunas historias se alinean como un conjunto de noticias inauditas. Puede que el periodismo imposible a lo Ripley haya ejercido --créase o no-- cierta influencia sobre este libro. Y me animo a decir, también, sobre buena parte de mi generación, aunque a mí no me interesa como objeto kitsch fácilmente satirizable y sí, en cambio, como registro para ajustar cuentas con el otro periodismo: el demasiado posible, el demasiado codificado al punto que acaba siendo una suerte de lenguaje burocrático. Un apotegma reza que la prosa literaria debe distanciarse todo lo posible del lenguaje de los diarios. Estoy de acuerdo como declaración de principios, como punto de partida y no como límite; porque no es menos cierto que la literatura posee el don de asimilar cualquier jerga más o menos cristalizada para hacer de ella un instrumento, siempre y cuando le sea conveniente. La Noticias en tres líneas de Félix Féneon, o incluso ciertos textos de El imitador de voces de Thomas Bernhard, son un perfecto ejemplo de lo que quiero argumentar: un periodismo espurio, puesto a extraer elementos particulares.  

         Al margen de esto hay otras operaciones: La vida imposible puede verse como un compendio de libros, películas, cuadros y diversas obras que, lo admito, jamás realizaré por falta de tiempo y de oficio (no soy pintor ni director de cine, apenas me atrevo a llamarme escritor) y porque, en muchas casos, se trata de ideas que son más interesantes como casi ajenas que como propias.  

         David Lodge dijo cierta vez, acerca de las novelas lúdicas o "potenciales" de escritores como Georges Perec o Walter Abish, que resulta más interesante leer los comentarios acerca de ellas que adentrarse en sus páginas. Mi tarea, en buena parte de mis microrrelatos, ha pasado por inventar obrar que jamás realizaré, a fin de efectuar así y todo una crítica o un análisis de ellas. Hay, lo reconozco, ecos borgeanos. No obstante, siento que Borges, si bien usó magistralmente la estrategia de comentar obras hipotéticas, limitó este procedimiento al mundo homogéneo de los libros o, si se quiere, de la literatura y de las ideas filosóficas. Quedaba, en consecuencia, la oportunidad de probarlo un poco más allá de esas fronteras.  

         Para terminar, sin un rasgo general recorre este libro tal vez sea la primacía de la trama sobre la indagación en torno a los personajes. Mientras que en mis dos novelas usé el nombre de un personaje central a la hora de escoger un título, en La vida imposible los seres que van desfilando no tiene nombre; apenas una inicial en ciertos casos. He escrito, y calculo que seguiré escribiendo, novelas. He escrito y me propongo escribir más cuentos de extensión "normal". No sé si voy a escribir otro libro así. En cualquier caso, la experiencia ha resultado inolvidable.  Y espero que lo lectores que se acerquen encuentren por lo menos una porción de toda esa dicha.