Pasarela marxista

Oscar Niemeyer, el edificio del PCF y su "mutación"

 

Por Eduardo Berti

 

Revista Gatopardo, Bogotá, noviembre de 2001


           

            El por entonces presidente de Francia, Georges Pompidou, invitó al célebre arquitecto modernista Oscar Niemeyer a un almuerzo con sus colegas franceses. En medio del almuerzo no tardó en surgir el tema del diseño audaz y majestuoso de la sede central del Partido Comunista Francés, obra del propio Niemeyer a finales de los sesenta. Tantas alabanzas recogía el edificio que hasta el presidente Pompidou, reconocido hombre de derecha, debió por fin admitir con una sonrisa que "esa sede es la única cosa buena que han hecho los comunistas".

         Casi tres décadas pasaron de esta anécdota (contada por Niemeyer en su libro de memorias) y la dirección actual del PCF, con Robert Hue a la cabeza, parece decidida a que este carismático edificio que algunos vecinos apodan "la bola blanca" y otros "el plato volador" sea una de las piezas centrales en su estrategia para rejuvenecer la imagen algo vetusta del partido.  

         En diciembre pasado el PCF cumplió ochenta años y los festejos incluyeron un largo discurso de Robert Hue que, por momentos, tuvo mucho de mea culpa. "El internacionalismo, valor fundamental de comunismo francés" fue traicionado en más de una ocasión por "el apoyo incondicional a la Unión Soviética", dijo el secretario nacional. El partido, "en el marco de un terrible enfrentamiento a escala universal entre capitalismo y comunismo", acabó "obedeciendo los dogmas estalinistas". 

         Lejos del 28,6% de votos cosechados en 1946 o del 21,5% que obtuviese el candidato Jacques Duclos en las presidenciales de 1969, la última elección deparó a Hue apenas un 9 por ciento. Por su parte L'Humanité, el diario oficial del partido, pasó de vender 110 mil ejemplares en 1988 a unos 55 mil en 1998 (según Yves Santamaria en su Histoire du PCF), aunque aquí también debe tenerse en cuenta la merma en el tiraje de todos los demás matutinos franceses.         

         "Los que dicen que comunismo rima con arcaismo están equivocados, rima con modernidad", viene repitiendo Hue en sus últimas apariciones. Hace poco, el secretario nacional y una quincena de personas escaparon a una condena judicial por financiamiento ilegal para las actividades del partido, ya que el juicio fue anulado casi al borde de que el tribunal dictara la sentencia. 

         Frente al polémico pasado y al mediocre presente, a casi nadie asombra que el PCF escoja mirar al futuro. Para la dirigencia hay una proiridad: las nuevas generaciones. Por ello, en ocasión de la fiesta aniversario, el edificio de Niemeyer albergó un agitado baile tecno con DJ Proze y DJ Rubin Steiner, cuyo afiche traía la foto de algo parecido a un ovni más la leyenda "Marx attaque", en obvia alusión al film de Tim Burton: Mars attacks ("Marte ataca").  

         No se trató de un gesto aislado de ruptura o "mutación" --por usar las palabras de Hue--, ya que algunos meses antes, la noche del 12 de octubre, el ex bunker impenetrable había servido como marco deliberadamente retro para el desfile de moda de la colección primavera-verano de la famosa marca Prada, mientras que dos semanas más tarde se inauguraba en el vasto hall central una muestra de esculturas y pinturas bajo el título --inconcebible, hasta hace poco-- de "Jesús y la humanidad".  

         Muchos entienden que el PCF vive una profunda crisis financiera y que, frente a los gastos de mantenimiento que insume su edificio central, la solución pasa por alquilarlo cada tanto al precio de 300 mil francos (unos 40 mil dólares), que es lo que debió pagar la gente de Prada.   

         Las críticas ante la estrategia de "mutación" no son escasas y provienen tanto de militantes históricos como de intelectuales de diversas ideologías. En oportunidad del desfile de Prada, que el diario Le Figaro satirizó como "after-Pravda" (jugando con el nombre del antiguo periódico oficial de la ex URSS), un grupo de 700 partidarios expresó su repudio. Algunos días después, en las páginas del matutino Le Monde, el profesor de la Sorbona Thomas Clerc escribía: "Con sus manequins fuera de la realidad, con su ultra-snobismo, Prada representa exactamente lo opuesto del comunismo. (...) La casa de modas ha reducido el comunismo (con el asentimiento del partido) a un puro signo en el que la 'alegría colectiva' no viene acompañada de ninguna dimensión política, pero en el que el kitsch y la nostalgia tienen un verdadero peso ideológico. (...) Vender el alma ya es grave, pero escoger para ello a su peor enemigo y hacerlo en su propio cuartel general es auténticamente surrealista. (...) Hacerse mantener en estado de coma por un adversario, ¡vaya muerte despreciable!"

          

La curva libre

      El arquitecto brasileño Oscar Niemeyer tenía 57 años de edad cuando, a raíz del golpe de estado de 1964 que derrocó a Joao Goulart, debió emigrar a París. Allí trabó contacto entre otros con Aragon, Jean Genet y André Malraux. "Fue gracias a este último que pude desarrollar mis proyectos profesionales en Francia", recuerda hoy que tiene 93 años y reside nuevamente en su querido Rio de Janeiro. 

         Discípulo del urbanista Lucio Costa, heredero y continuador de la primera camada de arquitectos modernistas (Gropius, van der Roche y sobre todo Le Corbusier), Niemeyer se hizo mundialmente famoso por dos obras: el edificio de la Naciones Unidas y la ciudad de Brasilia. Menos reputados pero igualmente importantes son otros trabajos suyos como, por ejemplo, el Sambódromo de Río (1983/4), los cuarteles centrales de la editorial Mondadori en las afueras de Milán (1968/75), la Casa de la Cultura en Le Havre (1972-82) o el Memorial de América Latina y el Edificio Copan (1951-57), ambos en la ciudad de San Pablo. 

         La sede de la ONU fue ideada a dúo con Le Corbusier, a quien Niemeyer conoció por vez primera en Brasil, en 1936. Las obras de Brasilia se iniciaron durante la presidencia de Juscelino Kubitschek (1956/61), con quien Niemeyer venía colaborando estrechamente desde algún tiempo atrás, cuando Kubitschek era diputado, alcalde de Belo Horizonte o gobernador de Minas Gerais. La premisa que recibió Niemeyer fue la de erigir una ciudad moderna, "la más bella capital del mundo". Algunas obras de Brasilia, como la inconfundible Catedral con las esculturas de Alfredo Ceschiatti, fueron recién finalizadas en plena dictadura del general Médici.  

         Era un secreto a voces que Niemeyer militaba, desde mediados de los cuarenta, en el Partido comunista brasileño; visto como uno de sus adherentes más populares, al lado de Joao Saldanha (aquel periodista y asesor técnico de la fabulosa selección de fútbol de Brasil '70), en 1945 había donado una casa heredada de su prima Milota al dirigente y amigo Luis Carlos Prestes. "La casa fue residencia familiar, comisaría, burdel y agencia de arquitectura antes de convertirse en la sede del Comité Metropolitano del Partido, en Río".  

         La dictadura no tardó en vigilarlo, en ponerle trabas. Al regreso de un viaje por Europa lo sometieron a un interrogatorio; le preguntaron si era cierto que había escrito para una revista soviética y qué pensaba de Cuba. Acto seguido rechazaron su proyecto de aeropuerto de Brasilia porque era circular, aun cuando años más tarde se harían de esa manera no sólo el Charles de Gaulle sino el propio Galeao de Río. "La policía política me convocaba más y más a menudo. La presión creía. La universidad fue ocupada". Pronto el demiurgo de Brasilia debió formar parte de la legión de exiliados políticos, junto con Darcy Ribeiro y otros personajes de prestigio. 

         Aunque su estancia en París no fue muy prolongada, ya que luego residió un tiempo en Argelia (donde llegó a diseñar el proyecto nunca realizado de una nueva capital, que incluía una mezquita flotante), Niemeyer dejó tres obras plasmadas en Francia: dos en las afueras de París, la Bolsa de Trabajo de Bobigny (1972-80) y la Casa de la Cultura de la Place Gambetta (1972-82); otra, la sede del PCF, en el noreste de la capital, no muy lejos de la Gare de l'Est. 

         Los principales dirigentes comunistas de los años sesenta (Georges Marchais, Roland Leroy, Jacques Tricot) convocaron a Niemeyer para que edificara una nueva sede "en total libertad" y en colaboración con tres arquitectos nativos: Jean Prouvé, Jean de Roche y Paul Chemetov. El antiguo local central, ubicado en la calle Peltier, carecía de playa de estacionamiento y de una gran sala para reuniones.  

         "Elaboré en pocos días el plano", relató Niemeyer en un viejo número de la revista La Nouvelle Critique. "El proyecto me atraía dado que demandaba una arquitectura simple, inventiva y diferente, capaz de expresar ese mundo sin prejucios ni injusticias que es el objetivo del comunismo. (...) Pero también procuré responder a las exigencias generales que planteaba el caso, por ejemplo la de prever un inmueble bien protegido, con entradas discretas y fácilmente controlables".  

 

Un Pan de Azúcar en París

 

         Para levantar el edificio se escogió no sólo el mismo sitio en el que había funcionado en la década del treinta el "Comité anti-fascista internacional", sino también un terreno -- al decir de Georges Marchais-- "rodeado de lugares cargados de historia": el parque Buttes Chaumont, el canal Saint-Martin, los barrios de Belleville et Barbès. Los diseños dieron comienzo en 1965, el mismo año de la muerte de Le Corbusier. La sede fue oficialmente inaugurada en agosto del '71, pero los trabajos continuaron a lo largo de una década, hasta junio de 1980.  

         La dirigencia de aquella época (post-Mayo 68) intentaba tomar cierta distancia del periodo de mayor ortodoxia estalinista, que muchos historiadores ubican dentro del arco comprendido entre 1947 (fecha de una entrevista secreta, en Moscú, entre Stalin y el entonces secretario general Maurice Thorez) y 1958.  

         En tal sentido, el diseño de Niemeyer parece repulsar el pasado. El lugar puede describirse como un corpulento edificio futurista de seis pisos, de fachada ondeante e íntegramente vitrada, a cuyos pies corre una muy amplia esplanada interrumpida a un costado por algo que remite de inmediato al Pan de Azúcar o algún morro carioca --al menos, a ojos de un sudamericano-- y que no es otra cosa que una cúpula blanca que empieza en el subsuelo y asoma a la superficie. 

         "El sitio rechaza la menor convivencia con las casas vecinas de estilo haussmaniano", observó Gilbert  Luigi en su ensayo Oscar Niemeyer, une esthétique de la fluidité. Pero no es menos cierto que también "resulta una especie de injerto artificial", como señala Philippe Robrieux, dirigente estudiantil que en plena efervescencia del 68 renunció al PCF y que es autor de una Historia interior del Partido Comunista Francés (editorial Fayard) en cuatro gruesos tomos y de otro libro, La secta, que para estupor de algunos incluía --ya en su primera edición de 1985-- un anexo con copias facsimilares de las solicitudes de ingreso al partido, tal como debían completarse en los años años cuarenta y cincuenta. 

         Las pocas críticas que recogió la nueva sede de Niemùeyer fueron más bien de orden ideológico y apuntaron a que; por su modernismo, el edificio está lejos de inscribirse en la tradición del viejo París popular. "En el orden simbólico", especula en su libro Robrieux, "se diría que ese divorcio anunciaba otro, más profundo, entre el proletariado y el partido". 

         Durante muchos años la sede representó una fortaleza inexpugnable; en especial la cúpula (el "búnker") donde se celebran los mitines del comité central. El lugar pudo recorrerse en plan turístico desde findes de los años ochenta. El actual encargado de las visitas guiadas, Vincent Benoît, entrega algunas cifras y datos de interés: 20.000 metros cuadrados de superficie total, 11.000 metros cuadrados de hormigón. ¿Cuánto dinero costó la construcción? Difícil precisarlo porque aquellos fueron tiempos de inflación, aunque se sabe de una inversión incial de unos 350 millones de viejos francos. 

         La visita permite descubrir cinco pisos de oficinas con paneles movibles y desplazables, un sexto piso que hace las veces de salón comedor, una terraza de vista privilegiada, tres pisos en subsuelo (en dos de ellos hay parkings) y dos grandes salas de reuniones.  

         Enfrente se encuentra la plaza Colonel Fabien, en homenaje a un héroe de la resistencia antinazi (Pierre Georges, alias Fabien) que en plena ocupación de París asesinó por sorpresa, en un andén de la estación de métro Barbès-Rochechouart, a un alto militar alemán.  

         En una esquina cercana, un bar lleva por nombre "Brasilia", homenaje al hombre que alteró el paisaje del barrio siendo fiel a sus principios estéticos: "No es el ángulo recto lo que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, inventada por el hombre. Sólo me atrae la curva libre y sensual, la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida. De curvas está hecho el universo, el universo curvo de Einstein".    

 

Di Caprio y Cristo en el PC

        

         Leonardo di Caprio, las modelos Stella Mc Cartney y Adriana Karembeu y el factótum de los Sex Pistols, Malcolm McLaren, fueron algunos de los mil doscientos selectos invitados al desfile de la casa Prada en plena Plaza Colonel Fabien. Los organizadores, sin embargo, debieron dejar pasar finalmente a unas cinco mil personas. Tan poderoso resultó el impacto de la elección del lugar que todas las cadenas de tevé se hicieron presentes para cubrir el "hecho histórico".  

          Patrizio Bertelli, marido de la diseñadora Miucca Prada y capo máximo de la empresa italiana, aprovechó la ocasión para presentarse al lado de su nuevo aliado comercial Bernard Arnault, para muchos "el hombre más rico de Francia". A un costado, más humilde en sus propósitos, Gérard Fournier, responsable de los servicios generales de la sede comunista, declaraba que "la nueva actitud del partido es la gran apertura" y anunciaba la inminente inauguración de una muestra dedicada a Jesucristo.    

         Mientras Robert Hue llegaba a la sede declarando a viva voz que "tuvimos, durante demasiados años, una actitud de cerrazón", el jefe del servicio político de l'Humanité, Bernard Frédérick, le explicaba a una periodista de Les Inrockuptibles que "los comunistas tenemos una tradición de vínculos con el mundo de la moda" y que "a la gente le hace bien todo lo que la embellece". La periodista publicó su artículo bajo el título de "Fin de parti" ( juego de palabras entre fiesta o "party" y "partido") y comparó lo ocurrido con ese ambiente de "elegante decadencia" que se encuentra en ciertos films de Felllini, como La Dolce Vita. 

         "A pesar de todo lo que pueda decirse", escribió al día siguiente el cronista del diario Le Monde con inocultable ironía, "el PC sigue siendo el partido de los trabajadores. La prueba: Robert Hue fue a ver el desfile sin su mujer porque, tal como explicó, 'ella es enfermera y mañana tiene que levantarse muy temprano'."  

         No obstante las muchas reacciones que produjo, el de Prada no fue el primer desfile de moda en la sede central del PCF. Hubo otro, tres años atrás, a cargo de un joven diseñador independiente norteamericano: André Walter. Y en la última década la sala mayor de reuniones también se empleó "para producciones de fotos o para filmar la publicidad del perfume 'Eau Sauvage' de Cristian Dior y el videoclip de un artista francés llamado Nutea", como informa Vincent Benoît. "En cambio, se rechazaron pedidos para rodar aquí avisos publicitarios de automóviles o teléfonos celulares. La política es clara; el espacio sólo se alquila para actividades vinculadas con el arte, entre las que se cuenta la moda."  

         Menos polémica y mediática fue la muestra artística Jesucristo y la humanidad, que reunió hasta el primero de diciembre a treinta pintores y escultores contemporáneos. Lo llamativo del caso es que numerosas citas de la Biblia fueron colocadas al pie de algunas obras, entre ellas tres enormes trípticos: "Movimiento de cólera de Jesús ante los mercaderes del templo" de Jean-Pierre Jouffroy, la "Transfiguración" de Xavier Longobardi y la "Crucifixión" del argentino Antonio Seguí. 

         Con todo, lo más jugoso de la muestra, al margen de algunas obras excelentes (como la "Pieta" de Bernard Buffet) o del añadido --a modo de "fuera de programa"-- de un cuadro de Durero, fueron las impresiones volcadas por los visitantes en el diario de la exposición, puesto cerca de la entrada sobre un atril: "Una bella cosa per il Partido", escribió alguien en italiano. Otros conceptos: "sorprendete iniciativa", "la mediación del arte permite todos los diálogos", "idea fabulosa", "asisto a un milagro", "bravo por la tolerancia". Alguien quiso poner que "Jesús fue el primer comunista" y otro quiso recordar que "Juan Pablo II condena todavía la pena de muerte". Casi al final llegó el turno del infaltable sarcástico: "Ahora lo tengo claro: ni Marx ni Jesucristo".