Reportaje a Jean Pierre Bernès: Un Sancho de Borges

 

Por Eduardo Berti

 

Tres puntos, Buenos Aires, septiembre de 1999


 

        En 1975, Jean Pierre Bernès pidió ser enviado a la Argentina para trabajar como agregado cultural en la embajada de Francia, con un profundo y secreto motivo: conocer a Borges, ese escritor que lo deslumbraba. Muy pronto tuvo la oportunidad, en un asado. Se le acercó, conversaron y lo llevó en auto de regreso a su casa de la calle Maipú. Antes de despedirse, Borges le dejó un acertijo: ¿quién era el autor de aquel poema que rimaba, en francés, "jusqu'au" con "Vasco"?  «Averígüelo y nos volvemos a ver», desafió Borges. Incansable, Bernès halló la respuesta: era Mallarmé.

        Nueve años más tarde, Bernès recibió la misión de coordinar y establecer la edición de las obras completas de Borges en francés. Corría 1984. Bernès ya estaba de vuelta en Francia; Borges, a esta altura su amigo, fijó con él las pautas de trabajo. Los dos tomos fueron por fin publicados entre 1993 y 1999, dentro de la colección "La Pleiade" de editorial Gallimard, y hoy son considerados como un modelo a seguir en todos los idiomas.

        Bernès, que gusta definirse como "el Sancho de Borges" y que se desempeña en la actualidad como docente de la Sorbona, dialogó con trespuntos en París, mientras se dispone a escribir una biografía de Borges que incluirá una serie de reportajes inéditos. "Hay muchas confidencias, algunas inesperadas. Creo que Borges recién dijo todo al final de su vida. ¿Por qué me eligió como confesor? No lo sé. Tal vez porque yo estaba allí, disponible".

 

 

Qué fue lo que más le sorprendió de Borges cuando lo conoció? 

Su naturalidad y su obsesión literaria. Su gusto por la conversación y su inmensa generosidad. Hacía creer a cualquiera que era un interlocutor a su altura y que podía entrar en su juego. También su sentido del humor. No daba la impresión de tomarse en serio, no era un intelectual. Creo que han deformado su imagen. En realidad era sumamente sensible. Quizás algo... no digo egoísta, pero sí un poco reservado o depresivo. 

En su edición de la Pleiade, usted presenta a continuación de algunas obras pequeños apéndices con poemas y textos "al margen". ¿Se trata de una solución salomónica entre las exigencias de una obra completa y los criterios de selección del Borges que, se sabe, era severo con su producción? 

Estos son textos que Borges deseaba ver reconocidos, integrados a la obra, pero marginalmente. La noción de margen es muy importante en  Borges. El margen para él es el centro en tren de hacerse. La realidad es que Borges no quería excluir estos textos pero tampoco quería darles un estátus definitivo. Por eso han sido publicados, como un eco, con una tipografía diferente, algo más pequeña. 

La Obra Completa cierra con una selección de correspondencia inédita. Las cartas pertenecen a la juventud de Borges. ¿El mismo le dió la pista de cómo hallarlas? 

Borges acababa de leer la correspondencia de Kafka, que lo sorprendió mucho. Le pregunté si le gustaría publicar algunas cartas y me dijo: "Si Kafka lo hizo, Borges puede hacerlo". Le expliqué que necesitaba  su ayuda para encontrarlas. Entonces me dio algunas orientaciones, casi todas relativas a sus años de juventud. Aunque siempre se había negado a publicar escritos de su periodo ultraísta, ahora ocurría lo contrario, tal vez a causa de su edad. Cuando uno es anciano, la memoria remonta hacia el pasado. Más aún, antes de su muerte, Borges hablaba mucho de esos tiempos. Me recitaba versos enteros de sus viejos amigos ultraístas españoles y decía: "Esto es muy malo". Yo le preguntaba: "¿Por qué se acuerda usted de esto, Borges?" El respondía: "Caramba, por la amistad". Eran recuerdos más afectivos que literarios. Entonces me habló de Abramovich, un amigo de Ginebra, y de Jacobo Sureda. Se acababan de encotrar en España unas cartas de Borges a Sureda. Borges me dijo que Sureda había sido su gran amigo de esta época. Pero Sureda pertenecía a una familia numerosa y las cartas habían sido repartidas entre muchos herederos. La empresa de hallarlas fue difícil. La dificultad está justificada por el interés de estas cartas que muestran un Borges inesperado: libre, travieso, algunas veces agresivo y polémico. 

¿Se podría decir un Borges más carnal? 

Sí, eso también. Ya que incluso hay pasajes eróticos. Pero yo me pregunto si esos pasajes que hablan de un burdel de Barcelona no se limitan al placer de las palabras. Si no se trata de un erotismo virtual. De una provocación retórica.  

¿Existen otras cartas, aparte de las incluidas en la Pleiade?  

Quedan unas cartas inéditas, muy interesantes, a un amigo argentino, Roberto Godel. Pertenecen a un coleccionista privado pero los derechos de edición dependen de la sucesión Borges. Con Godel, compañero de colegio en Buenos Aires, Borges mantuvo una relación epistolar mientras estaba en Suiza, en tiempos de la Primera Guerra. En las cartas hay incluso consideraciones estratégicas. Se ve a un Borges deseoso de que el conflicto termine y partidario del pacifismo. El tono, evidentemente, depende del destinatario. Godel era un verdadero amigo pero no representaba lo que Sureda. Pienso que Sureda fue un verdadero alter ego, el hermano varón que Borges no tuvo. Para Borges la amistad entre los hombres debía ser viril y tener raíces casi mitológicas. 

En tal sentido, ¿cómo describiría usted la amistad entre Borges y Bioy?  

Aunque hay la apariencia de una gran proximidad, esa relación era muy "victoriana" y distante. Espero curioso la publicación de los diarios íntimos de Bioy, a ver si echan luz a ese vínculo. Borges y Bioy vivían en mundos diferentes. Compartían la literatura y algunas lecturas, pero no sé si hubo entre ellos una genuina intimidad. Creo, sí, que su encuentro fue capital para su obra, sobre todo para la de Bioy. Lo que muchos ignoran es que Borges, de joven, siempre tuvo la necesidad de entablar amistades con gente de más edad. Con Macedonio Fernández, amigo de su padre. Con Cansinos Assens o Pedro Luis de Gálvez, diecisiete años mayor. Pero el destino puso en su ruta a Bioy, y Borges se encontró con un amigo mucho más joven. Esto arrojó un vínculo un poco paternal. 

Durante cuatro años, una o dos veces por semana, usted fue a cenar con Borges en casa de Bioy y Silvina Ocampo. O sea que fue un testigo privilegiado de esa amistad. 

Aquella era una amistad de a tres. Victoria Ocampo, que era psicóloga, los apodaba "el trío infernal". Yo diría, por mi parte, que eran una versión argentina de los "enfants terribles" de Cocteau. Y los más terribles eran Silvina y Borges. Lo curioso es que esta relación se daba siempre de dos porque a Borges le costaba mucho mantener un diálogo con más de un interlocutor. Si Borges trabajaba con Adolfito en su escritorio, yo estaba con Silvina en otra habitación. Luego, a la mesa, ocurría lo mismo: no éramos cuatro sino dos series de dos. Muy raramente interveníamos todos, salvo cuando uno pronunciaba un verso en español o en francés y todos recitábamos, como en un juego, a ver quién llegaba antes al final del poema. A veces, en verano, los encuentros terminaban en Plaza Francia. Ibamos a un banco de la plaza para seguir conversando.  

¿De qué cosas conversaban? 

Se hablaba mucho de los ausentes. Y lo más divertido era el costado chismoso. Existía una suerte de código secreto. La gente era mencionada con sobrenombres: "El peronista mundano", "La mierdita".  

¿Y usted sabía de quién se hablaba? 

Claro, si lo había visto cinco minutos antes...  A lo sumo, Silvina se encargaba de decirme quién era. 

Lo único que falta en los dos tomos que usted ha compilado y anotado son las obras en colaboración. ¿Por qué? 

Esto fue excluido por Borges desde el comienzo. El no quiso. Yo no sé si esas obras están verdaderamente hechas en colaboración. Tengo una carta terrible que me escribió Ibarra, un gran amigo de Borges y uno de sus primeros traductores al francés. Allí dice, textualmente: "En cuanto a la obra con Bioy, los vi trabajar juntos y puedo afirmar que es un 90 por ciento de Borges". Sospecho que Ibarra exageró un poco en este caso. Sin embargo, dejando de lado a Bioy, Borges nunca encontró un partenaire adecuado para escribir a dúo. Las mujeres a las que generosamente llamó coautoras no fueron, en verdad, más que colaboradoras. Y como esto corresponde a su época de ceguera, se puede pensar que ellas, más que escribir con él, lo ayudaban a encontrar los documentos. Porque no se siente una escritura compartida, sino su omnipresencia. 

El momento en que se encuentra una escritura diferente es en los textos escritos junto con Bioy, precisamente. 

Porque Bioy le aportó otra dimensión, un lado sarcástico y un lenguaje que Borges no conocía bien. Aunque era un gentleman, Bioy frecuentaba ambientes no ortodoxos, un poco marginales, y adoraba utilizar palabras del argot. El comienzo de su obra en colaboración me resulta interesante. Y podrían haber ido más lejos si al final su trabajo no se hubiese convertido en un sistema, en una suerte de ritual repetitivo.     

¿Cómo fue su último encuentro con Borges? 

Lo recuerdo perfectamente. Fue en Ginebra, a comienzos de junio de 1986. Estábamos trabajando. Releíamos las obras, revisábamos las traducciones. De pronto me propuso un recorrido por la historia de la literatura universal. Era como el juicio final, porque yo escogía un país y él nombraba los dos o tres escritores de su preferencia. En algunas casos, el primer nombre venía enseguida. En Italia, Dante; en Inglaterra, Shakespeare; en España, Cervantes. Con respecto a Francia, Borges no encontraba ninguno emblematico. Finalmente eligió a Montaigne. Luego dudó entre Voltaire o Verlaine. En Voltaire veía la calidad deslumbrante del francés clásico, mientras que Verlaine encarnaba, para él, la poesía en estado puro. Para Borges la poesía era en esencia música. Claro que desarrolló esta idea un poco tarde, cuando quedó ciego y dictaba los poemas subrayando su cadencia. 

En estos momentos existe en la Argentina un movimiento para repatriar los restos de Borges. 

Me reservo la opinión... aunque, vea, él deseó ser enterrado en Ginebra. Mejor que lo dejen allí en paz. Además, ¿por qué no no dejarlo en el centro de Europa, dada la dimensión de su obra? Por supuesto que Borges es argentino, nadie lo discute. Pero pienso que esta especie de recuperación colectiva de Borges es algo excesiva y no de muy buen gusto. Más aún cuando se sabe que tres cuartos de los argentinos llegaron al país descendiendo de un barco. Por otra parte, cabe recordar que Ginebra representaba para Borges algo así como la infancia y como un oasis de paz . Un mundo fuera de la historia, de la geografía y de los conflictos que, en algunas cartas, él compara con la isla de Robinson. Espero que los argentinos no estén enojados por esta ausencia suya. Seguro que Borges ve la Argentina desde Ginebra. Que no la olvidó.