Selección de relatos

 

La vida imposible, de Eduardo Berti (Emecé)


 

Caso del reloj

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En un pequeño pueblo de Guatemala hay un extraño reloj de arena. No mide ni medio metro de altura y ocupa el centro de una plaza colonial, presidida por una iglesia del siglo XVIII. La alcaldía ha contratado a cuatro hombres para que mantengan aseado el reloj -atracción principal en cien kilómetros a la redonda- y para que lo den vuelta sin tardanza toda vez que se haya agotado. Esto último no es simple dado que la arena nunca cae a igual velocidad por el cuello: en ocasiones se toma diez minutos, en otras demora hasta cuatro o cinco horas, sin que haya entre cada vaciarse ninguna clase de secuencia lógica. Sin embargo, si se observa con cuidado, se verá que los guardianes siempre acaban dando vuelta la clepsidra veinticuatro veces por día, ni una más ni una menos, como si cada período establecido por la arena equivaliera, para el reloj misterioso, a cada una de las horas que conforman un día.
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La última mujer
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Ella sentía tanto pudor que evitaba desvestirse en su presencia. Un pudor desmedido, observó él. Un pudor que ocultaba, se diría, algún misterio. Por fin le dio la espalda, se quitó la blusa y volteó enseñándole unos senos puntiagudos, aunque cruzando los brazos a la altura del abdomen. "¿Ves?", le dijo sin mirarlo. "Ningún hombre vio antes esto", y le mostró en consecuencia su asombroso cuerpo sin ombligo.
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"Cuando nací -contó-, no hizo falta cortar el cordón umbilical. Tiraron de él y mi ombligo se arrancó, limpio y entero, del vientre. Mi padre me puso Eva, como la primera mujer que, al nacer de la costilla de Adán, también carecía de un ombligo. Mi madre se sobresaltó y, en un arranque de superstición, exclamó que si la primera mujer había nacido sin ombligo, ahora yo podía muy bien ser la última. Los médicos rieron de buena gana;aun así, hasta que en el ala contraria no nació la siguiente niña, una incertidumbre (no sé si exagerada) reinó en aquel hospital".
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El escuchó en silencio su relato y se rió de la misma forma que los médicos parteros. Luego recorrió con la lengua el vientre liso. Yla amó como si en efecto fuera la última mujer en la tierra.
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Una voz distinta
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Conocí a una mujer, la abuela de un amigo, que cada día se levantaba con una voz distinta. No se trataba de un desplazamiento gradual del timbre hacia un registro más grave, como suele ocurrirle a tanta gente, sino que cada mañana desde la oscuridad de su garganta parecía nacer una voz nueva, independiente de la voz anterior. Nada me asombró al frecuentarla como la coherencia de sus opiniones. A pesar de tan ancha variedad de voces, pocas personas he visto más consecuentes en materia de ideas.
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El traductor apresurado
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Un muy novato editor de París, que dirigía una colección que daba preponderancia a los libros clásicos (no por amor a las "obras inmortales", sino porque los literatos muertos no pretenden cobrar regalías), dio a traducir la novela Vathek , de William Beckford, sin saber que el inglés la había escrito originariamente en francés y que la versión que él tomaba como el texto madre no era otra cosa que la traducción del reverendo Samuel Henley. El traductor que recibió el encargo -un afable especialista en letras góticas- nada dijo del error;muy al contrario, fijó sus honorarios y apareció a los diez días en la casa editorial con la labor cumplida, vale decir, con una copia fiel, letra por letra, del original francés de Beckford. El editor se quedó atónito. Ya le habían dicho que este traductor era muy eficiente, pero tal celeridad le resultaba inconcebible.
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Transcurrieron dos meses y el especialista en letras góticas recibió un llamado del editor. "La traducción está bastante bien pero me he permitido introducir algunos cambios para nada relevantes". Decidido estaba el traductor a confesarlo todo, a aclarar el malentendido, cuando escuchó que el otro le recomendaba: "No se apresure tanto la próxima vez. Es innecesario y se nota".
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Por aproximación
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Antes de cruzarme con algún conocido al que no he visto por años, los días previos empiezo a encontrarlo por aproximación. Esto significa que dos días antes me cruzo por azar con un extraño que me recuerda vagamente a este conocido, y horas más tarde, o un día después, vuelvo a cruzarme con otro extraño todavía más parecido a este amigo que anuncia así su reaparición. En ocasiones la aproximación es breve:una o dos caras similares y por fin el sujeto original. Pero en otras oportunidades la cadena se prolonga a tal punto que los eslabones finales, me refiero a los últimos transeúntes desconocidos, en la práctica resultan casi idénticos a aquel querido amigo. Varias veces he llegado a saludarme con uno de estos sosías. Otras he inferido que en verdad se trata de quien pienso, sólo que ya me ha olvidado o finge no reconocerme.
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Caso del director
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En Holanda, un director de cine fue inculpado de asesinar a ocho actores que, en los años precedentes, habían trabajado bajo su tutela. El motivo de los crímenes, según la policía de Amsterdam, es que el cineasta nunca pudo sobrellevar el hecho de que sus actores interviniesen en películas de otros. En un reportaje de hace ya dos décadas, el director se había manifestado en contra del star system . "Los actores de cine, excepto aquellos pocos que realmente saben caracterizarse, no deberían interpretar más que un personaje en la vida", dice aquella entrevista que fue de preciosa ayuda a la hora de las pesquisas.
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Las manos al revés
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Aseguran que a mediados del siglo XIX hubo en Irlanda un delicioso pianista que interpretaba de memoria y con enorme maestría el repertorio completo de Bach, aunque de un modo más que inusitado: cruzando sin cesar las manos, invirtiéndolas, tocando lo dispuesto para la izquierda con la mano derecha y viceversa. Ha sobrevivido el testimonio escrito de un pastor que alcanzó a verlo en escena, ya muy anciano: "¿Cómo puede brotar música tan dulce de este cuerpo que lucha por no anudarse, de estas manos que ignoro por qué razón insondable el Señor quiso poner al revés?"
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Noticias antes de tiempo
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Un influyente matutino de Bruselas publicó, a lo largo de tres meses y a ritmo de una por día, una serie de breves informaciones de índole local -siempre arrinconadas en la página ocho-, que al momento de la salida del diario aún no habían ocurrido pero que se cumplían inexorablemente a las seis de la tarde, para salir a la mañana siguiente en los otros periódicos de Bélgica. El fenómeno fue detectado por un ex maestro de escuela que presentó una demanda acusando al director del matutino de "promover hechos desgraciados y/o delictuosos". Para que estas noticias se realizasen había sido necesario -alegaba el demandante- que alguien allegado a la redacción cometiera el incendio, el secuestro, el robo o el crimen allí profetizados. Nada pudo probarse en tribunales. el director se negó con terquedad a revelar cómo obtenía dichas "primicias", amparándose en la "confidencialidad de sus fuentes". El juez fijó, no obstante, una multa abultada contra el matutino por haber divulgado "noticias antes de tiempo".
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La repetición
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Mi existencia es muy curiosa:todo hecho vuelve a sucederme, no importa su relevancia. Condenado a la repetición, espero otra vez los buenos momentos y temo el retorno de aquellas desgracias que he debido soportar. De mi vida, existe un solo hecho que no se ha repetido:mi nacimiento;aunque me parecer recordar otro parto y otro vientre que no es el de mi madre. Pocas veces aguardé en vano que un episodio volviera a ocurrirme. En tales casos, si algo no consigue repetirse, de inmediato descubro mi obtusa confusión: aquel acontecimiento que yo suponía primero renueva, en verdad, algún hecho olvidado. Este texto, por ejemplo, a veces pienso que volveré a escribirlo, otras veces creo que es la copia de otro.
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Una criatura del pasado
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El bisabuelo de mi amiga T., al cumplir los noventa y cinco años, empezó a hablar únicamente en pretérito. Decía "fui al baño", se incorporaba e iba. Decía "me fui a dormir", se incorporaba e iba derecho a la cama. El anciano, afirma mi amiga, había cobrado entera conciencia de que no era sino "una criatura perteneciente al pasado".
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Alguien igual
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De nacer alguien igual a mí, le ocultaría mi existencia y mi experiencia. Sacaría provecho de la circunstancia de saber sólo yo su identidad, para que mi vida reiniciada en él por fin echase luz sobre mis actos.
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Una máquina curiosa
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En un film polaco de hace algunos años, el protagonista oye hablar de una máquina fantástica que, con sólo examinar una fotografía, determina si los individuos allí retratados están hoy vivos o muertos. Como la realidad imita al arte, un matrimonio de científicos suizos ha anunciado la invención de un artefacto de propiedades análogas: una máquina copiadora de fotos que, según cómo se emplea, aparta lo que ya no existe de lo presente. Así, de una foto tomada hace treinta años y en la que se ve un grupo de seis personas, el aparato proporciona dos fotos diferentes:una con quienes aún permanecen vivos, otra con los que están muertos. En ambos casos los ausentes han sido reemplazados por más paisaje de fondo, como si una grúa infalible los hubiese arrancado sin dejar rastros. Resultado de esta máquina curiosa, los muertos pueden congregarse sin perder la juventud mientras los vivos quedan abrazando por la espalda un espacio vacío:el aire que antes ocupaba un ser humano.
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Un artista y su falsario
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Un famoso pintor italiano consiguió el teléfono del falsificador que, a su entender, lo imitaba con más talento y le propuso montar una exposición a dúo, denominada Un artista y su falsario . "Por esta vez", escuchó el imitador, "queda usted libre de copiar al dedillo y debe, en cambio, inventar cuadros que a los ojos del público sean dignos de confrontación con los genuinos".
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Temeroso de que la conversación fuera una trampa, que estuviera registrándose para ser empleada en su perjuicio, el falsario empezó por alegar que él jamás había copiado a nadie;pero tanto le atraía la perspectiva de codearse con un maestro, tanto le entusiasmaba poder crear con libertad, que al cabo de una consulta con su abogado aceptó el audaz convite, a condición de que sus cuadros no llevasen firma alguna porque -al decir del letrado- "cualquiera de las dos firmas posibles constituiría una suerte de admisión del delito". El pintor italiano aprobó al instante esta cláusula, hizo una oferta económica imposible de rechazar y le encargó once cuadros que correspondieran a su "etapa azul" o, si se prefiere, al estilo cultivado entre 1990 y 1996.
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Cuando llegaron las once obras apócrifas, el pintor ya había terminado las once originales y descubrió con sorpresa que un cuadro del imitador era muy similar a una de sus obras. De cara a la exposición, el parecido no constituía un problema;por el contrario, el pintor hallaba en él un atractivo. Lo que en realidad lo alarmaba era la superioridad del cuadro espurio, a tal extremo que hasta parecía resolver con total autoridad los problemas que anunciaba, timorato, el original.
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A la semana de inaugurada la muestra, el corresponsable anónimo concurrió a la galería. Lo hizo de incógnito, por consejo de su prudente abogado, y a punto estuvo de soltar un grito cuando vio, entre las once telas a la derecha ("los cuadros del falsario", rezaba un cartel), una que no era suya, y recíprocamente, entre las obras a la izquierda, aquella que suponía su mejor creación, coronada con la firma ostentosa del italiano.
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Caso del niño y el mago
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La policía de Montecarlo busca desde la semana pasada a un niño de cinco años, desaparecido en la fiesta de su propio cumpleaños. El mago que animaba la velada no pudo concluir su truco más famoso, que consiste en introducir a la gente en una jaula hermética para volverla invisible, porque falleció en pleno acto, culpa de un paro cardíaco. La joven que asistía al mago se declaró incompetente cuando la concurrencia, muy alarmada luego de comprobar que la jaula seguía vacía, le exigió la devolución pronta del niño.
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Los sueños de mi hermano
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Parece mentira, lo sé, pero hubo un tiempo en que mi hermano soñaba exactamente lo mismo que había vivido de día. Era como si alguien filmase su actividad diurna para proyectársela en las noches, inalterable, minuciosamente igual, hasta el detalle más nimio. En suma, mi hermano vivía cada jornada dos veces:una siendo el protagonista a conciencia y otra, por así decirlo, como espectador durmiente.
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"Mis sueños son ecos perfectos", sostenía desconsolado. "Ecos que premian o castigan mis actos del día". Yo no podía coincidir con esta idea pero entendía, sin esfuerzo, su sentir: toda vez que mi hermano había tenido un día satisfactorio, se alegraba porque le esperaba un grato sueño;toda vez que había tenido un mal día, rezongaba: "Lo peor es que me toca revivirlo". A tal extremo esto era así que, después de una de esas "jornadas negras" que cualquiera desearía desterrar de su memoria, mi hermano resolvió pasar la noche en vela; pero de nada le sirvió el ardid porque al caer dormido a la noche siguiente soñó con los dos días consecutivos, incluido el intervalo del insomnio.
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Alarmado por este mal, harto de no poder servirse de las noches para olvidarse de su existencia cotidiana, mi hermano consultó a psicólogos y médicos. Hasta corrimos a ver a una mentalista llegada de Nepal, quien nos contó que había tratado tiempo atrás un caso similar:el de cierta mujer obesa que irremediablemente soñaba con los días por venir.
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Nadie aún puede explicarse cómo ni por qué, luego de muchos tratamientos inservibles, mi hermano comenzó a sanar solo en cuestión de pocos meses. Me atrevo a describir ese proceso como una "liberación gradual":por más que los actos del día seguían siendo el eje central de sus sueños, él se apartaba noche a noche un poco más de lo verídico. Primero alteraba minúsculos detalles;más adelante fue intercalando, entre los hechos reales, otros que eran lejanos o inexistentes.
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Cinco semanas pasaron hasta que llegó su primer "sueño autónomo", que no guardaba ni la menor relación con lo vivido en la jornada precedente. Recién allí, entre gestos victoriosos, mi hermano se dio por curado. Pero a partir de la mañana siguiente ya no pudo relatarnos ningún sueño;amanecía ahora con la memoria en blanco;murmuraba que los sueños se escurrían entre sus dedos. Pronto lo oímos sentenciar: "Tanto alenté su autonomía y ahora, qué recompensa irónica, he acabado por perderlos".