Tango que fuiste y serás

 

Por Eduardo Berti

 

Revista Tiempo, Madrid, mayo de 2000


 

         Durante varias décadas a partir de finales de los años cincuenta, el tango pasó a ser en la Argentina la "cultura de los padres" y, salvo excepciones como Julio Sosa, Piazzolla o Goyeneche, no se le concedía más trato que esa esforzada condescendencia que los jóvenes suelen mostrar a los ancianos. Eran tiempos "desarrolllistas". Tiempos de peronismo proscripto y de una sociedad que daba la espalda al pasado, sobre todo al rol de la Argentina en la Segunda Guerra (debate que aún, en el fondo, incomoda). El tango era el objeto de burla predilecto de la "nueva ola".

        Esto ha cambiado en los últimos tiempos. No es raro que, hoy, una muchacha de veinte tome clases de baile con un milonguero de raza. Tampoco es inusual la existencia de conjuntos musicales cuyos miembros promedian los veinticinco. Hasta hace poco se creía que los bandoneonistas eran una especie en extinción; ahora es frecuente ver ejecutantes menores de treinta, incluso muchas mujeres. Un turista que aterrizaba en Buenos Aires hace quince años debía buscar los vestigios tangueros con paciencia de arqueólogo; hoy basta encender la TV para encontrarse con un canal especializado. No es que el tango esté por todas partes, como en la década del cuarenta; pero ha vuelto a ser palpable, a manifestarse. Y después de mucho tiempo se le puede volver a imaginar un futuro.

         El renacer ha sido suficientemente analizado en el último lustro. Para algunos tiene motivos políticos: ante la mundialización o globalización, se han revorigorizado las culturas regionales, los rasgos particulares. Y si el rock (cultura universalista, aunque en una versión rioplatense) fue acaso la vía de expresión por excelencia de los jóvenes argentinos bajo la dictadura de Videla que negaba la existencia del mundo y cercaba sus crímenes con una "cortina de hierro", ¿por qué no pensar que el tango (cultura localista, aunque de alcance e influencias universales) ha sido una suerte de respuesta a la política del gobierno de Menem que plantó una indiscriminada bandera de remate?

         Existen asimismo explicaciones del orden cultural. El éxito en Broadway y París, hace diez años, del espectáculo "Tango argentino" volvió a dar al baile una preeminencia sobre la música, o al menos una estatura equivalente. Desde los tiempos de Gardel y Canaro, los bailarines en escena habían sido poco menos que un lujoso aditamento de las grandes "orquestas típicas". El renovado interés por el baile de tango --en Japón, en Norteamérica, en Europa-- abrió, si cabe así decirlo, un espacio y un negocio estimulantes. Llegado el momento de tomar clases de tango, casi todos buscan la ventajosa tutela de un profesor argentino; de allí que muchos jóvenes (más en estos momentos de desempleo) descubran en el dos por cuatro una salida laboral antes impensada.

         Todos estos análisis, aunque con bases ciertas, resultan a un mismo tiempo insuficientes porque hay algo más profundo, algo del orden de lo inmemorial: el tango, al fin y al cabo, es fiel espejo de la esencia de lo argentino; y algo así como un instinto de conservación sería lo que impide su retiro. El tango, con su mezcla de intimidad y audacia, da cuenta de esa cruza entre melancolía y grandilocuencia, tan típicamente argentina. También refleja esa mirada trágica y compadrita, ese humor o esa bronca poéticamente elegantes. (Decimos con Discépolo que "el tango es un pensamiento triste...", sí, aunque que se puede silbar feliz o bailar sensual). El tango no nos emociona cuando es moral prescriptiva o cuando se hace paradigma obligatorio, como una asignatura de la escuela. Pero no es raro que mucho del mejor rock, de la mejor literatura, del mejor cine surgidos de la Argentina contengan, aunque sea en un rincón, marcas tangueras no forzosas ni explícitas. Y esto se debe quizás a que --excepción hecha del fútbol y, en menor medida, de los sainetes teatrales de hace casi ochenta años-- el tango ha sido el gran vehículo de encuentro y amalgama de una sociedad heterogénea, hecha de olas y mareas inmigratorias.

         Se dice que la voz "tango" vino del Africa pero están los tangos andaluces pero la música tiene algo de habanera pero el lunfardo es una mezcla rara de dialectos italianos pero el bandoneón proviene de Alemania pero el choque con la bohemia parisina afrancesó en cierto sentido sus fraseos, y todo esto sin olvidarse de los valses, ni de la presencia de los rusos, los polacos y los "turcos", ni de la sangre entre india y española de las milongas pampeanas, ni del tango surgido en el Uruguay. 

         El tango sería, en resumidas cuentas, un elemento constitutivo, "genético" y reacio a las gruesas categorías de pasado y futuro. El tango sería, como bien escribió Borges y cantó Edmundo Rivero, algo que fue y será. Algo ajeno a los crímenes de la moda como todo lo que es fundacional.

         Para algunos próceres del tango (como el recién fallecido Enrique Cadícamo), el tango nunca tendría que haber pensado en cambiar. "El tango no es un automóvil que se debe actualizar cada temporada", me dijo Cadícamo, hace ya algunos años, en un reportaje. Como paradigma postulaba el vals vienés o el bal muset, que se han vuelto tradición inalterable. Para otros, como Astor Piazzolla y sus muchos continuadores, el modelo ha sido en cambio el jazz. ¿Qué hay en común entre Miles Davis y la vieja era del ragtime? El jazz y el tango así entendidos proponen un movimiento sin tregua, un estética en permanente ebullición, una progresión de estilos y actitudes que estimula y admite las convivencias. Me agrada más esta última postura, sobre todo cuando las innnovaciones se hacen sobre bases responsables y sólidas. Me gusta también porque se acerca a aquella tan feliz definición: la del tango como una "posibilidad infinita".