Una lógica secreta

 

Por Ernesto Schoo

 

La Nación, Suplemento Cultura, 22.05.2002


 

LA VIDA IMPOSIBLE
Por Eduardo Berti-(Emecé)-182 páginas-($ 17)

Acertadamente cita el texto de la contratapa, como antecedentes, o antepasados de este libro de Eduardo Berti (argentino, nacido en 1964, actual residente en Francia), a Silvina Ocampo, Cortázar, Wilcock. Con ellos, comparte la curiosidad por la compleja trama de nuestras vidas y el abandono de la ilusión racional: por inconcebibles que parezcan algunos de sus relatos, nadie podría asegurar que en alguna parte, en algún momento, no se concreten. Y Berti consigue hacerlos verosímiles, gracias a la destreza en el manejo de un lenguaje que, sin ser del todo coloquial, se asegura, por su engañosa sencillez y su acento veraz, la complicidad del lector. (También Oscar Wilde pasó por aquí, con sus deliciosos apólogos.) Hay un reiterado mecanismo que, bajo distintas formas, produce similares resultados, las más de las veces asombrosos y casi siempre cómicos. No una comicidad explícita, estentórea, sino de una sutileza fuera de lo común, como en "Bovary", o "Un artista y su falsario". Este humor, no del todo negro pero sí bastante oscuro, no oculta las vetas de melancolía y de crueldad que recorren el conjunto: nada es lo que parecer ser, sospecha Berti, y la llamada realidad enmascara -bajo las apariencias del mundo de las cosas concretas- la atroz certeza de que el papel del hombre en la mecánica del universo no es de los más importantes. A la vez, el hombre es capaz de aportar a ese proceso inexorable, un ingrediente inesperado: la dimensión moral. La que no está ausente de estos cuentos, apólogos, parábolas, o como quiera denominárselos: textos a menudo mínimos pero casi siempre densos de significado.

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Berti no ahorra dardos contra la moda semiológica, el estructuralismo, la posmodernidad y otras intoxicaciones. En "Mi alfabeto", el narrador cuenta que su hermano, que momentáneamente abandonó el cultivo de la pintura por la poesía, "tuvo la ocurrencia de inventar, ya que no un idioma nuevo, un abecedario propio para el idioma acostumbrado". Los poemas resultan así ilegibles,"imposibles de recitar". No obstante, una editorial aspira a publicarlos, con la sola condición de que el autor revele las equivalencias de su alfabeto personal con el corriente. Pero el hermano, volcado de nuevo a la pintura, se niega: "La intención de su libro, aseguraba, era la de "hacer signo antes que significar"; en tal sentido, concluía, "nada más impertinente que una especie de clave de acceso"". Saque el lector sus propias conclusiones.
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La estructura de los textos es casi invariable: los lugares de la acción son infinitos -discurren de Madrid a Munich, de Hawai a Montecarlo; y el índice consigna ciento treinta y dos relatos-, en ellos se ha producido un descubrimiento, o ha ocurrido algo sorprendente, y sus consecuencias, o la explicación del fenómeno, son imposibles de expresar en términos lógicos. Y, sin embargo, obedecen a la secreta lógica del caos, tan implacable como la del orden aristotélico-tomista: sus protagonistas no están locos, aunque lo parezca, sino que son víctimas de circunstancias en que las leyes de la apacible andanza cotidiana, del sentido común, han dejado de funcionar, o funcionan al revés. Pero ellos, los protagonistas, no bajan la guardia y tratan de adaptarse y sobrevivir. Alguna experiencia tenemos de esto los argentinos.
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Con una prosa fluida, precisa, vigorosa, sin concesiones al criterio corriente de que sólo lo excrementicio es expresivo, la imaginación de Berti (autor también de un libro de cuentos, Los pájaros y de dos novelas, Agua -elogiada por Héctor Bianciotti- y La mujer de Wakefield , prolongación del clásico relato de Hawthorne) discurre libremente por los territorios que le importan: el cine, las artes plásticas, el periodismo. Y, por descontado, la literatura. Hasta se atreve a parafrasear (en el sentido de amplificar) el célebre cuento mínimo de Augusto Monterroso, considerado el más breve y significativo que se haya escrito: aquel del dinosaurio que sigue estando allí cuando el narrador despierta. Y Berti, dándole otra dimensión y tomando el punto de vista del dinosaurio, lo consigue, con felicidad. La misma felicidad que, página tras página, depara este libro singular.
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