Una nueva perspectiva

Respuestas de Eduardo Berti a un cuestionario enviado por Christian Kupchik, de la revista "Elle" de Buenos Aires, con objeto de un artículo sobre artistas y escritores argentinos que viven en el extranjero.

Publicado en "Elle", mayo de 2003.


 

         Me fui de la Argentina a fines de 1998, todavía con Menem en el poder. Ya se veían las grietas en el decorado pero no me fui por razones económicas, como está ocurriendo en líneas generales con la última oleada. En mi caso, hacía bastante que planeaba vivir por lo menos un tiempo en el extranjero, en busca de una experiencia que podría tildarse de educativa: contra la estrechez de miras del provincialismo.

         Nunca he tomado esta emigración como definitiva, por más que (quién sabe...) acabe siéndolo.

         Una de las mejores cosas que me han dado estos casi cinco años afuera es una mayor perspectiva y un contexto más rico para ver a la Argentina. De cada diez compatrioras que vienen a visitarme a Francia, por lo menos con siete de ellos termino teniendo un mismo diálogo sobre cuán italianos somos los argentinos en nuestro lenguaje corporal (no verbal), entre otras cosas. Conocer una por una las culturas euorpeas (que en nuestra tierra se encuentran todas mezcladas) permite estos y otros descubrimientos.

         El hecho de estar creando lejos de mi país ha producido, además, una especie de efecto liberador que no es tan asombroso en sí pero que, en lo que a mí respecta, resulta nuevo. Nunca me interesó la literatura hiper-realista que pretende --o acaba siendo-- un documento sociológico. Siempre he buscado en mis libros una cierta distancia frente al costumbrismo, ya sea por intermedio de la fantasía o la imaginación como del extrañamiento. Tras dos novelas ambientadas en Europa (Agua en Portugal, La mujer de Wakefield en Inglaterra) estoy escribiendo, aquí en Francia, una historia que transcurre en la Argentina. Intuyo que una nueva perspectiva con respecto a mi país es lo que ha vuelto posible este hecho.

         Dos de las cualidades argentinas que más echo en falta son la calidez del trato humano y el culto de la amistad. Soy muy crítico de las relaciones humanas en Europa; y ni hablemos de París, donde reina una profunda soledad y un gravísimo individualismo. Esas cosas las extraño en mi vida cotidiana, del mismo modo que añoro -por ejemplo- el sol de los inviernos porteños. Pero no creo que esto afecte de forma especial mi proceso creativo.

         La patria de un escritor es la lengua, no una región geográfica determinada; dejemos esto para los políticos. Una de las dificultades de vivir en un tierra donde se habla otra lengua es el  riesgo de perder fluidez debido a la fuerte presencia del otro idioma. Yo no me creo amenazado por esto. Y explico por qué: sigo leyendo y escribiendo en español tanto como antes; mi mujer es argentina; en nuestro núcleo de amigos hay muchos hispanohablantes; trato de viajar más o menos seguido a la Argentina y de no perder el contacto (vía e-mail o teléfono) con mis amigos. Distinto sería si mi pareja fuese francesa o si tuviese que trabajar varias horas a la semana en un ámbito donde no se habla sino francés.

         En simultáneo, creo que la distancia es buena, en lo que respecta a la lengua, porque trae consigo una mayor autoconsciencia. Cada tanto hago descubrimientos que, habiéndome quedado en la Argentina, tal vez no habría hecho. La semana pasada, por ejemplo, mientras un tipo le decía al otro "casse toi" (expresión de argot local, que en nuestro lunfardo se traduciría por "rajá de acá"), me puse a pensar que "casser" en francés quiere decir "romper" (aplicado sobre todo a vasos o cristales) y que "rajar" no es, en el fondo, tan distinto. Habría que ver qué piensa José Gobello de esto ¿no?