El amor y la cotidianeidad como territorios para la especulación

Eva Grinstein

El Cronista, 15 de junio de 1999


 

Tusquets acaba de publicar "La mujer de Wakefield", novela de Eduardo Berti que cita y reconstruye un relato breve de Nathan¡el Hawthorne.

Con la misma meticulosidad invertida en la construcción de su primera novela, Agua (Tusquets, 1994), el escritor Eduardo Berti hilvanó la morosa sucesión de pequeños hechos y grandes observaciones que estructuran su nueva obra, La mujer de Wakefield. Subyugado por el planteo básico de Wakefield, relato breve de Nathaniel Hawthorne, Berti reescribe la historia original apropiándose de diversas posibilidades narrativas hipotéticamente contenidas en el lapso de veinte años que proponía el cuento. Berti celebra la literatura como reino de las decisiones, como territorio de la duda en el que a cada instante es preciso optar. Mediante múltiples reflexiones metatextuales que abordan los deliciosos avatares del oficio, Berti rinde varios homenajes y también exalta su propia condición de escritor.

La mujer Wakefield es una respetable ama de casa londinense que, un día cualquiera a principios del siglo pasado, es abandonada por su marido. El señor Wakefield, parco y misterioso, aduce un viaje urgente y parte con una valijita. Poco después, la mujer descubre una absurda verdad: su esposo se ha mudado a la vuelta de su casa. Berti se entromete en esa extraña relación que unirá al matrimonio durante los veinte años siguientes hasta que el hombre decida regresar, tan silencioso como se fue.

  Auténtica estratega de la cotidianeidad, la señora Wakefield urde planes para destrabar la situación delirante en la que la ha sumido Wakefield. Persigue a distancia a su marido en sus erráticas caminatas por la ciudad; pasa una temporada como huésped de su hermana, en las afueras; traba relación con la encargada de la casa donde vive Wakefield; adopta el crespón negro de viuda y hasta evalúa la perspectiva de aceptar a otro hombre que se ha enamorado de ella. Las elucubraciones solitarias de la señora nutren la novela y acentúan cierta frialdad de una compleja historia de amor en la que el amor se reduce a un ejercicio especulativo.

  Como trasfondo, Berti delinea -aunque no desarrolla en profundidad- la resistencia del movimiento luddita contra las máquinas de la Revolución Industrial. La lucha encabezada por Ludd funciona como denuncia de las primeras fisuras de un sistema socio-económico tendiente a la alienación. La señora Wakef¡eld, cuyo máximo devaneo intelectual consiste en el registro de sus pensamientos en un diario íntimo, no comparte la desesperación de los obreros relegados por el "progreso", pero se deja sensibilizar por su protesta y tratará, incluso, de evitar que ajusticien a los rebeldes.

  En su utilización de los recursos del lenguaje, Berti vuelve a permanecer a salvo de costumbrismos y subjetivismos. Como  en  Agua -que transcurría en Portugal, al ritmo del descubrimiento de la electricidad-, aquí reaparece una valiosa neutralidad que recupera hechos e ideas por su propio peso. Menos hilarantes y más melancólicas, las palabras de Berti acompañan a la mujer de Wakefield y se ofrecen en medidas exactas para hacer el seguimiento de sus pasos. Sin caer en excesivos lirismos, y sin desapasionarse del todo, el escritor presenta su novela: un péndulo siempre equilibrado en el que las explicaciones se alternan con lo que de ninguna manera puede ser explicado.

Si bien el autor, en declaraciones, ha sostenido que la curiosidad es lo que motiva la partida -a medias- de Wakefield, afortunadamente para el lector es éste uno de los aspectos que permanecen en la oscuridad. Ni Wakefield, ni su mujer, ni sus allegados comprenden ese gesto que, sin embargo, condiciona todos sus movimientos posteriores. La existencia de secretos no revelados refuerza el interés de una trama que invita a cultivar la perplejidad y la incertidumbre.

Berti, afianzado en su calidad de novelista, crea una ficción verosímil con menos aventuras, humor y sorpresas que en su publicación anterior. La mujer de Wakefield, afecta a una sencilla cosmovisión dialéctica, divide siempre el mundo en un par de opuestos. Parafraseándola, se podría decir que los escritores se dividen entre los que sucumben a la parafernalia estilística, y los que se devanan los sesos por pensar argumentos originales. Curiosamente, Berti es un gran escritor y no encaja en ninguna de las dos categorías.