Entrevista

Fuera de foco

 

Juan José Becerra

 

Los Inrockuptibles, agosto de 1999



Indeciso entre una prosa clásica y un mar de fondo contemporáneo, Eduardo Berti ha creado con sus ficciones leves y extraños mundos posibles, ligeramente desenfocados. Como un Pierre Menard contemporáneo, Berti continúa en La mujer de Wakefield la tarea que Nataniel Hawthorne había empezado hace doscientos años, perdiéndose en las multitudes de Londres del siglo XIX. 

 

Con ese gesto de autoridad que señalaba que toda la literatura podía ser sumada y reproducida como maqueta, Jorge Luis Borges construyó un sistema de lectura en el que el canon personal serruchaba el piso de las tradiciones instauradas e instauraba, al mismo tiempo, la idea de tradiciones paralelas. Esa operación -mitad clásica, mitad moderna- echó a rodar ciertos nombres propios y desempolvó algunos textos más o menos marginales. Entre ellos, Wakefield, el relato de Nataniel Hawthorne que cuenta la historia del hombre que abandona a su mujer so pretexto de un viaje -el típico cuento del argentino que sale a comprar cigarrillos y no vuelve-, recomendado con una insistencia que Borges sólo reservaba para sus obsesiones. Si en ese relato hay un contenido, que desarrolla la duda del Hombre y el martirio de la decisión, la presencia fuerte de una forma es tal vez lo que despierta el interés del autor de "El Aleph". Todo lo que allí sucede tiene lugar fuera de campo, en un plano invisible a la narración y a un narrador que es, en gran medida, un convidado de piedra de su historia. En La mujer de Wakefield, de Eduardo Berti, el relato se instala en los vacíos del texto de Hawthorne, como si la perspectiva de su fuera de campo se diera vuelta sobre sí y agregara a aquel plano una mirada más. Berti diseña una novela de fragmentos regulares, a la que añade un tono sostenido y una prosa clásica que da cuenta de un mar de fondo contemporáneo. La mirada del narrador nunca termina de dar de lleno en el objeto, y esa aproximación difusa va construyendo un clima que, más que Londres y la época, es el habitar de sus personajes. "Lo del fragmento tal vez sea una cuestión musical", dice Berti. "Soy muy melómano, y tal vez esa cosa del leitmotiv y de la frase, y de ir incorporando líneas melódicas, tenga que ver con la música, con esa estructura que se ramifica y también se repite. Sin embargo, también es lineal, porque tiene una cosa deudora de los diarios, que hace que el paso del tiempo vaya marcando los compases de espera. Por otra parte, no quise que en el texto se explicaran las razones de la ausencia de Wakefield. Eso no iba a orientarme hacia el registro adecuado, además de que iba a ser muy complicado explicar las modificaciones de un personaje que viene haciendo lo mismo desde hace doscientos años."

La mujer abandonada por Wakefield -las razones son la fuerza mayor- cambia de hábitos, desarticula poco a poco su vida de lapa o de sombra detrás del hombre proveedor y se convierte en otro personaje. "Es que Wakefield, continúa Eduardo Berti, actúa como un mediador entre su mujer y el mundo, por eso su ausencia lo agiganta cuando la abandona. Ahora ella debe encontrar sus propias mediaciones con el mundo, y allí comienza un momento de gran transformación. Todo eso se da en medio del nacimiento de la modernidad. Porque ¿a quién se le ocurre que su marido puede estar escondido a la vuelta de su casa? Ese, creo, es un fenómeno que sólo puede darse en una gran ciudad."

Esa ciudad es Londres, un lugar que Berti no conoce pero que refiere como lo que verdaderamente es: un paisaje de Charles Dickens, con hombres extraños, casi siempre vehículos de secretos, paraguas y bombín. Para el autor de Agua, "el hecho de escribir sobre Londres sin conocerla se debe a que si la conocía antes de escribir la novela, me iba a encontrar con skinheads y esas cosas. Preferí buscarla en la literatura y encontrarla en Dickens. El trasfondo de la novela, y esa idea de ser anónimo en la multitud, me parecen asuntos dickiensianos".

Hay un telón social en La mujer de Wakefield, que acaso Eduardo Berti retome de Agua, donde sus personajes resisten el avance de las novedades tecnológicas (allí se trataba de la llegada de la luz eléctrica a un pequeño pueblo del interior de Portugal). Esa tensión entre el hombre y la máquina es, para él, "una discusión de hoy. A mi me gustan mucho las novelas donde a los personajes les ocurren cosas más allá de lo que ellos puedan registrar. Por eso me interesó incorporar acontecimientos que aparecen como un mar de fondo social y que siguen siendo actuales. Esa discusión acerca de la revolución tecnológica de hace doscientos años es un fenómeno que básicamente aún sigue siendo contemporáneo. También son cuestiones que pueden relacionarse con Agua, aunque en mi primera novela la resistencia a la incorporación de nuevas tecnologías no la hacen los poderes como el Estado o la Iglesia, sino los trabajadores. Me parece que ponerse del otro lado del espejo para contar la historia de Wakefield es también un modo de contar el progreso desde otro punto de vista.

Eduardo Berti ejerció el periodismo cultural durante varios años y aún conserva sus labores de guionista de documentales. Pero ese recorrido lleno de alteraciones, que lo ha hecho lidiar con una variedad de objetos -discos, libros, islas de edición- lo han ido desplazando de esos ámbitos hacia lugares más íntimos y menos relacionados con los grandes relatos públicos. "¿Por qué mis relatos suceden en momentos pretelevisivos de la historia? La verdad es que no lo sé, sobre todo cuando en este momento estoy terminando unos documentales sobre la radio y el tango, dos emblemas pretelevisivos. Supongo que debe ser un sino. Si escribo clásico es porque mis gustos literarios pasan por ahí, y porque la literatura de estos años, aunque hay cosas que me gustan, ha producido algo muy coloquial, un estilo de inmediatez periodística, que no me convence. No me parece una literatura atractiva en su desarrollo, tal vez porque yo vengo del periodismo y debo hacer algo que no se relacione con eso. También puede ocurrir que yo sea un tipo clásico. Incluso hasta en lo menos clásico, como el rock, mis gustos son clásicos. Quiero decir que me gustan Spinetta y los Beatles. No soy un chico punk. Me gusta la literatura que pueda contar una historia y construir un clima."

 Leves y autónomos, los mundos posibles de Berti se imponen por su propio peso a cualquier regulación histórica. Fieles solamente a las obligaciones de la trama, sus relatos rebalsan de detalles que la historia, atraída por la fuerza de gravedad de la ficción, se encarga de verificar. Extraña inversión temporal, por la cual la literatura, indiferente como un reloj que adelanta, corre por delante de un referente que la alcanza y se somete a su ley gracias al delicado ajuste que Berti le impone: "Antes de escribir La mujer de Wakefield yo tenía la idea de hacer algo más contemporáneo que Agua, algo que al escribir no hiciera que me preguntan: "Esto que estoy describiendo, ¿existía?' Fue demoledor escribir La mujer de Wakefield, porque escribía un párrafo sobre la policía de Londres, y de inmediato me preguntaba si en ese momento existía la policía. Lo mismo me pasaba cuando algún personaje cruzaba un puente. Yo no sé si eso es clave, pero me interesa que esos detalles estén cuidados. Para ajustar esos detalles, estudié planos de Londres y recorridos por la ciudad a través de libros, y los Textos inconclusos y gérmenes de ideas, de Hawthorne, que es lo que más me gusta de él, junto con dos o tres cuentos. Después desarrollé dos estructuras: una que es la del narrador, y otra donde imaginé el diario de la mujer. Yo observé, por otra parte, el registro que emplea Hawthorne en su relato: ese registro doble con esos momentos en los que el narrador les advierte los peligros a sus personajes. Me gusta el tono de extrañamiento que hay allí, donde se conjetura y reflexiona pero nunca se llega a una conclusión. También reparé en el hecho de que Hawthorne extrae esta historia de un diario, con lo cual aparece esa idea que tanto me gusta del ladrón que le roba al ladrón. Me gusta ese tono, no sólo de ese relato, sino el de la literatura clásica que se dirige al lector y explica el procedimiento narrativo".

Los personajes de Berti son temerosos de su suerte, y flotan o se hunden en un mar de duda y solipsismo. Son héroes de interiores que no conocen el zumbido excitante del mundo exterior y sienten hacia él cierto horror antropológico: el de advertir que se parecen a sus diferentes. Son héroes de una literatura clásica pero marginal, abandonados a la suerte de una épica menor donde una cara derrota es un triunfo. Berti hereda esa categoría de personajes porque le gusta la idea "de un escritor que continúa lo que comenzó otro, pero también la de poder incorporar algunas cosas contemporáneas a esa continuidad. Me parece que en mi libro hay algo teatral, pero también algo cinematográfico. También hay doscientos años de literatura en el medio con lo que uno puede jugar: la aparición de una lectura de El Quijote, o la aparición de Lord Byron que hace un cameo por la novela, más como político que como poeta. Recoger lo clásico tiene la ventaja de poder introducir cambios de estilo. Hay dos o tres capítulos en los que trabajo más la frase larga, con comas, de un modo más envolvente que el estilo clásico. Pero ese gesto no va dirigido contra esa literatura posterior a Cortázar, porque hay algunas poéticas, como la de Juan Martini, que me gustan mucho. Saer también me encanta porque, justamente, es él quien rompe con esa estética coloquial. Me gusta cierta literatura difícil de clasificar, ciertos textos, digamos, rioplatenses, anteriores a Cortázar, como los cuentos de Quiroga y Felisberto Hernández, pero también los de Gombrowicz o Macedonio Fernández. Esa tradición de lo inclasificable es la que me interesa.

La mujer de Wakefield (Tusquers), 247 páginas, 15 pesos.