Una historia contada dos veces

 

Por Sylvia Iparraguirre

 

Página/12, 8 de agosto de 1999


 

El siglo XIX es el paraíso perdido de la literatura. La relación sin culpa que edificó ese tiempo entre el escritor y la realidad y que hoy ya no es posible -es justamente su gracia. El siglo XIX ha modelado nuestra conciencia literaria, los mitos que construyó la novela en su momento de mayor esplendor siguen allí como momentos incorruptibles. Sin embargo esta monumentalidad no paraliza. Leído restrospectivamente (y a la seducción de este resplandor sucumbió Eduardo Berti cuando escribe La mujer de Wakefield), el XIX toma la forma de una inmensa página en blanco donde todo fue posible: la representación del mundo creado por el hombre y la representación de la multiplicidad del hombre, en sus ideas y conflictos individuales, y en las formas que adquirió el sueño colectivo.

Nathaniel Hawthorne fue uno de los escritores que revelaron en el XIX la contracara del optimismo norteamericano, donde la inventiva mitológica de Whitman alcanzaba la dimensión de un sueño nacional. De la otra vereda de ese gran sueño colectivo existió la opinión de que esa sociedad era espiritualmente un desierto, y en ese desierto predicaron Poe, Melville y Hawthorne. En el libro Twice-told tales (Historias contadas dos veces, 1847), Hawthorne incluye el cuento "Wakefield": la historia de un hombre que dijo adiós a su esposa, se instaló a vivir a la vuelta de su casa y veinte años después, sin una explicación de por medio, regresa a su hogar y a la abnegada señora Wakefield. Si le creemos a Hawthorne, leyó en un periódico este suceso ocurrido en Londres. La anécdota, leída como un "caso" (el hombre que puede ocultarse en la multitud) lo impresionó vivamente y sucumbió a la tentación de armar un cuento con ella.

Lo que nos interesa ahora es la tentación de Eduardo Berti, que ha sentido la curiosidad de saber no ya sobre Wakefield sino sobre quién era la señora Wakefield y cuál fue su reacción ante la extravagancia de su marido. Para el lector que sabe del otro Wakefield, seguir las aventuras de Elizabeth se vuelve un juego complejo en el que participan dos siglos, dos autores y dos textos: uno breve, otro extenso. La literatura dentro de la literatura, como en "El fin" de Borges o en la "Biografía de Isidoro Tadeo Cruz",  que tienen el mismo propósito pero invirtiendo los términos o las dimensiones: del largo poema al cuento. Estamos en 1811, en un apacible hogar burgués londinense y tenemos un personaje central que, en el cuento original, no tenía relieves, era dependiente de su marido y tan anodino como cualquier personaje de segunda fila en la copiosa novelística de la época. Pero, ante nuestra agradecida sorpresa, la señora Wakefield comienza a desarrollarse, de una manera muy segura, hacia su propia definición como personaje, con humor, con ideas muy propias que va plasmando en un diario: "La gente se divide entre aquella que se siente a salvo del mundo y aquella otra que, por más que quiera, no consigue sentirse de ese modo". Bajo su aparente simpleza, ese diario oculta un incisivo sentido de la realidad y de los seres humanos. De golpe, Elizabeth ya es tan personaje como su marido. Wakefield, que creyó haber engañado a su mujer y está oculto a la vuelta de su casa, es ahora el engañado: con la impremeditación de los actos desesperados, Elizabeth también se disfraza, acecha la casa a la cual se ha ido a vivir su incomprensible marido y, en el colmo de la persecución, un día se cruzan (los dos siguen su camino arrastrados por la multitud).

La gran incógnita del cuento de Hawthorne (¿por qué se fue Wakefield?) pasa a se aquí ¿qué hará, que será capaz de hacer ahora la señora Wakefield? La novela se abre hacia escenas de la vida conyugal. Esta pareja, tan apoltronada en su casa burguesa, que habla y se interroga muy poco y que ya hace rato que ha pasado el estado de la pasión, es lanzada por el acto del marido a un escenario incierto de actitudes y decisiones súbitas, sobre las que hay que improvisar sobre la marcha. La pareja, pero sobre todo ella, la señora Wakefield, empieza a mostrar hasta dónde puede llegar cada uno con independencia del otro, hasta dónde conduce la libertad. Sorpresa: estos actos, sobre los que la señora Wakefield reflexiona, le darán una medida de sí misma que ni soñaba tener, aunque potencialmente los contenía. La mujer de Wakefield cumple con su propósito reparador: las entrelíneas en las que apenas existía se han abierto en un enorme espacio de existencia. El siglo XIX, como los clásicos leídos por Italo Calvino, nunca termina de decir lo que tiene que decir. La mujer de Wakefield existe en el hueco dejado por Hawthorne y encuentra su culminación en una cita de Don Quijote, libro al que Wakefield parece haber leído sin cesar en su destierro. De este modo la novela va de la literatura a la literatura, y se diría que en este gesto final está la voluntad, la honestidad, que cierra esta historia contada dos veces.