Witold Gombrowicz, una semblanza

 

Por Eduardo Berti

 

Revista Lea, Buenos Aires, febrero de 2002


 

         El 21 de agosto de 1939, un trasatlántico de bandera polaca llegaba a Buenos Aires. Era el Chrobry, que hacía su viaje inaugural, con una comitiva de personalidades. La noticia de su arribo mereció un breve recuadro en La Nación. Se informaba allí que había tres escritores entre los viajeros; uno de ellos, "Witol (sic) Gombrowicz, un humorista moderno, de vasta cultura".

         Witold Gombrowicz tenía en aquel tiempo 35 años. Nacido en la nobleza rural, educado en un colegio católico de Varsovia, recibido más tarde de abogado, llevaba publicados tres libros: un volumen de cuentos (1933), la pieza de teatro Yvonne, princesa de Borgoña (1935) y la novela Ferdydurke (1938), "libro inclasificable" al decir de Bruno Schulz, otro brillante escritor de su generación. Aunque incipiente en apariencia, la literatura de Gombrowicz estaba por entonces delineada. En los relatos y en la novela (para muchos, su obra maestra) se encontraba ya plasmada una de sus ideas centrales: que el hombre vive atrapado "entre Dios y la inmadurez", entre lo acabado (la "forma") y lo imperfecto; que cuanto más se siente amenazado por la muerte, más nostalgia le inspira "el movimiento ascendente de la juventud".

         Lejos estaba de imaginar Gombrowicz, cuando su barco zarpó del puerto de Gdynia, que en pleno viaje estallaría la Segunda Guerra y que él resolvería quedarse en la Argentina. El país le impresionó como una especie de "torre de Babel", dado el múltiple aporte inmigratorio. De la sociedad porteña le llamó la atención esa "cultura burguesa tan poderosa que la hace parecer más cercana a París o a Roma que Polonia". Pero los primeros tiempos fueron duros, como lo revela esa sátira semiautobiográfica que es su segunda novela Trasatlántico (1951).

         Gombrowicz se alojó primero en Flores, en la calle Bacacay; luego habitó diversas pensiones, entre ellas una en Tacuarí 242. Poco a poco se fue vinculando con los artistas locales: Roger Pla, Antonio Berni, Leonides Barletta. Escribió en revistas como El Hogar o Aquí está, y en La Nación, gracias a Arturo Capdevila y Eduardo Mallea. Hasta llegó a colaborar, bajo el seudónimo de Mariano Lenogiry, en una revista católica llamada Criterio.

         Cuando la guerra terminó y quedó establecido en Polonia un gobierno comunista, Gombrowicz comprendió que el exilio iba ser largo. Corría 1945 y tomó dos decisiones capitales: alquilar una habitación; conseguir que Ferdydurke se tradujese al español. La habitación de la casa de Venezuela 615 fue la misma que ocupó hasta el fin de su estancia porteña. La traducción de la novela, financiada por su amiga Cecilia Debenedetti y a cargo de un comité colectivo presidido por los cubanos Virgilio Piñera y Humberto Rodríguez Tomeu, se llevó a cabo en el primer piso de la confitería Gran Rex, donde  funcionaba desde 1941 una sala de ajedrez regenteada por el también polaco Paulino Frydman. La versión fue sometida al veredicto de Ernesto Sábato, a quien le desconcertaron ciertos giros: que dijera, por ejemplo, "carro" en vez de "coche".  

          La revista Sur, que tanto influía sobre los gustos literarios, ignoró olímpicamente Ferdydurke. "No nos gustó, lo descubrimos más tarde", diría Silvina Ocampo. El desencuentro fue mutuo, porque a Gombrowicz nunca le entusiasmaron mucho las ficciones de Borges, cuya metafísica le parecía "compleja, esteril, aburrida y poco original".  "No es Borges quien me irrita", se explayaría en 1962, "son los borgianos, ese batallón de estetas".

         Opiniones como estas cimentaron su fama de polemista, que él mismo alimentaba en las tertulias de los cafés La Fragata, El Palomar o El Querandí. El sofista polaco que se presentaba como conde y resumía su ideología en "la simple negación de todo lo que afirma mi interlocutor", acabó reuniendo un séquito de jóvenes seguidores, tanto en Buenos Aires como en Tandil, ciudad a la viajó varias veces entre el '57 y el '60. Eran ferdydurkistas el filósofo Alejandro Rússovich, el físico y matemático Juan Carlos Gómez, el escritor Jorge Di Paola, el periodista y poeta Miguel Grinberg o el dibujante Mariano Betelú.

         Los años que pasó como empleado del Banco Polaco de Buenos Aires (1948/55) fueron acaso los más prolíficos de su exilio. Aunque una ex compañera admitió que "nadie en el Banco creía en él ni leía los libros", por esos años Gombrowicz comenzó la novela Cosmos y escribió la obra teatral El casamiento (elogiada en su oportunidad por Camus y Martin Buber) y la novela Trasatlántico, cuyo personaje/narrador vive aventuras homosexuales en la estación Retiro, de las cuales muchos aún discuten si reproducen o no su experiencia personal.

         Fue gracias a una beca que Gombrowicz pudo regresar a Europa, en 1963. Pasó por Alemania y luego viajó a Francia. No volvió a pisar Polonia, ni tampoco la Argentina, a pesar de que las cartas enviadas a Buenos Aires (y firmadas Toldo, Witoldo o W.) proclamaban su regreso. Graves problemas de salud se lo impidieron. Concoció entonces a quien sería su mujer, Rita. Se estableció en Vence y contempló la llegada "un poco tardía" de su consagración mundial: premio Formentor '67 (Borges lo había obtenido años atrás), obras teatrales estrenadas en París y en Estocolmo (en los años noventa el mismísimo Ingmar Bergman montó Yvonne en Suecia), dos últimas novelas (La pornografía o La seducción; Cosmos) ampliamente traducidas. El escritor Dominique De Roux le propuso realizar un libro de reportajes donde Gombrowicz se proclamó "existencialista" antes que Sartre y "estructuralista antes que todos los demás". Luego de su muerte, en 1969, salieron a la luz obras inéditas: diarios personales, un curso informal de filosofía y la novela inconclusa Los hechizados, a la que Thomas Bernhard rindió recatado homenaje en su libro Trastorno, donde un personaje secundario (el jardinero) se llama precisamente Gombrowicz. No es el único caso: Rayuela de Cortázar, Respiración artificial de Piglia y hasta los escritos sobre la novela de Milan Kundera mencionan o rinden merecido tributo a su literatura tan inspiradora.