Roberto BolañoSantiago Gamboa
Revista Cambio.com, 21 de julio de 2003
Esta mañana muy temprano al regresar del aeropuerto, a donde había ido para dejar a un amigo, encendí el computador y, luego de leer algunos insulsos titulares, llegué a uno que me golpeó en la mandíbula, aunque debería decir que me golpeó el corazón: "Fallece a los 50 años el escritor chileno Roberto Bolaño". Un ataque hepático, un coma de diez días y luego la muerte. Me levanté del computador, incrédulo y, sobre todo, asustado, asustado de que fuera cierto, así que marqué varias veces los números de Roberto, su casa, donde nadie contestaba, y luego su celular, que tenía un helado aviso anunciando estar apagado o fuera de red. Entonces, con más miedo aún, llamé a Rodrigo Fresán, a Barcelona. Se volvieron todos locos, le dije, ¿viste lo que andan diciendo de Roberto? Pero Rodrigo, que era su mejor amigo, me confirmó la noticia.
Como suele suceder, me pasó por delante la película de mi amistad con él, desde la primera vez que lo vi en Roma, en el año 2000, hasta hacía apenas dos semanas, cuando nos despedimos en el aeropuerto de Sevilla, tras un congreso de narrativa latinoamericana en el que Roberto fue entronizado como el tótem de toda una generación. Pasaban las imágenes y de nuevo lo vi hablar de Stendhal en Civitavecchia. Lo vi en su ascético estudio de Blanes (Cataluña) mostrándome su lema: Et in Esparta ego. Escuché su voz diciendo: "Hay cosas que uno escribe para que nadie las vea. Que sólo dios podría ver".
Yo creo, pero ésta es una opinión muy personal, que Roberto Bolaño era un verdadero genio de la literatura. Incluso diría que era un genio a secas. Pero lo mejor de Roberto no estaba sólo en sus libros, sino también en él, y esto, a pesar de ser una persona terca y radical como pocas, un escritor implacable en sus opiniones y juicios, lo que le valió mil enemistades. Era sincero y ponía la literatura por encima de todas las cosas.
Hay que leer y releer a Bolaño. Es el mejor. En él está toda la literatura contemporánea, y mucho más. Está la más vigorosa unión entre escritura y vida, entre cultura e imaginación, entre ficción y erudición. Una de las noches del congreso de Sevilla, cuando nadie podía siquiera imaginar que iba a morir, Roberto nos contó 22 versiones de un mismo chiste, un chiste muy sencillo y hermoso: Un hombre entra a un bar y se acerca a una mujer. Le dice: ¿Cómo te llamas? Ella contesta: Nuria. Él dice: ¿Quieres hacer el amor conmigo? Ella responde: Pensé que nunca lo dirías. Jorge Volpi, Rodrigo Fresán, Ignacio Padilla, Fernando Iwasaki, Adolfo García Ortega y otros escritores lo escuchamos con júbilo, y, de algún modo, en el recuerdo, esta anécdota se ha transformado en una gran (y última) lección de literatura. Ahora Roberto está muerto y el mundo, en apariencia, sigue siendo el mismo. Pero no es el mismo. No sé cuánto tiempo habrá que esperar para que surja otro escritor de la talla de Roberto Bolaño, si es que aparece, y yo daría la vida por no haber tenido que escribir esta columna. Sólo me consuela (aunque en realidad no me consuela) imaginar que sí existe el más allá, y que ahora Roberto está sentado en un cómodo sillón del cielo, fumando y charlando, o mejor aún, parafraseándolo, imaginar que su espíritu vaga por estepas desiertas observando aquella inquietante tormenta "que no está localizada en el cielo de Europa sino en el espacio que media entre planeta y planeta, una tormenta sin ruido y sin ojos que viene de otro mundo, un mundo que ni los satélites que giran alrededor de la Tierra pueden captar, y donde existía un hueco que era su hueco, una sombra que era su sombra". Adiós Roberto. Adiós.
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