Texto leído en el funeral de Roberto Bolaño.
Jorge Herralde
Barcelona, Tanatorio de Les Corts, 16 de julio de 2003
Sabíamos que Roberto no era un malade imaginaire, sino todo lo contrario, un artista seriamente enfermo. Pero después de tantos años nos había (casi) contagiado de aquella actitud respecto a su salud: altiva, testaruda, desafiante, estoica, kamikaze, avestruz (hipótesis no excluyentes, sino acaso insuficientes). La resistencia pasiva pero obstinada ante la necesidad de ponerse en lista de espera para el ineludible trasplante. Una decisión aplazada, quizá una coartada, por la determinación de acabar con la gran novela en la que llevaba años trabajando.
Durante este último semestre de su vida, aparecen indicios que permiten imaginar, retrospectivamente, algo así como una despedida implícita (o acaso como una suerte de amuleto para conjurar una despedida forzosa).
Por ejemplo, Roberto, que tantos plantones había dado a sus editores europeos, este año visitó Londres, invitado por su editor Christopher MacLehose, que había publicado Nocturno de Chile. También París y Turín, viajes en los que Lali y yo coincidimos con él, invitado por Christian Bourgois y por Elvira y Antonio Sellerio. E incluso, hace unas pocas semanas, asistió a un encuentro de escritores latinoamericanos en Sevilla, en el que fue consagrado como el mejor y más influyente novelista de su generación, por total unanimidad.
Más indicios. El lunes 30 de junio por la tarde vino a Anagrama, a efectuar una de sus prolongadas visitas. Conversó con Teresa e Izaskun, las responsables de edición y producción, y también con Lali, quien se ocupa de sus derechos extranjeros, la carrera de traducciones de sus obras es imparable. Había llegado incluso a Estados Unidos, donde la prestigiosa editorial New Directions publicará este año Nocturno de Chile, arropado por una cita elogiosísima de Susan Sontag, quien proclamaba en todas sus cenas de Nueva York que Roberto era un escritor extraordinario que ningún lector digno de tal nombre debería perderse, un must.
Luego, Roberto entró en mi despacho, con manuscrito inesperado en ristre, un libro de cuentos, espléndido, El gaucho insufrible, para que se editara en otoño, siguiendo su fetichismo de publicar un libro al año (por lo menos) en Anagrama, un ritual que se había ido cumpliendo, desde Estrella distante, en 1996. Penúltimos indicios posibles: mucho más que en sus libros anteriores, en los cuentos figuraban numerosas dedicatorias.
Empezamos una de aquellas conversaciones fluviales, tan características de Roberto. Hicimos el consabido repaso del estado de la cuestión de la literatura latinoamericana y también española. Como es sabido, Bolaño era un lector insaciable, con criterios muy estrictos: grandes entusiasmos y también un profundo desdén por aquellos escritores que banalizaban o prostituían la literatura y a los que propinaba sarcasmos demoledores.
Y finalmente habló largo rato de 2.666, su gran novela, que había ido creciendo, no de forma incontrolada pero sí con un tonelaje alarmante, de cada vez más difícil manejo editorial. Primero se había tratado de un libro de más de mil páginas, y seguía creciendo. Luego decidió partirlo en dos volúmenes muy extensos. Y ese día me comunicó la decisión final: sería ahora una pentalogía, cinco novelas que podían leerse de forma independiente. Las cuatro primeras estaban ya absolutamente terminadas, la quinta en fase de redacción. Su gran temor a dejar su obra inconclusa quedaba pues, en gran parte, conjurada. Ya había demostrado cumplidamente en Los detectives salvajes que era un maestro del más refinado ensamblaje.
Al día siguiente ingresó en el Hospital del Valle de Hebrón.
¿Cómo definir a Roberto Bolaño? Una empresa condenada al fracaso, claro está, como máximo hay que proceder por aproximaciones. Por ejemplo, su radicalidad estética, ética y política, tan insobornables, diría, como inevitables, desde aquel joven adolescente en México, con gestos dadaístas, bajo el signo de Rimbaud, un desesperado escribiendo para desesperados, pese a las advertencias del pragmático sentido común. Él y sus amigos, los jóvenes poetas, artistas de la provocación y del insulto y también "pobres niños abandonados, porque ésta era la situación: nadie los quería", dice en Amuleto Auxilio Lacouture, "la madre de la poesía mexicana".
Y que ya en España, desde 1977, según nos cuenta en el prólogo de Monsieur Pain, malvive gracias a los certámenes de provincias. Pese a haber logrado después premios importantes, "ninguno ha sido sin embargo tan importante como estos premios desperdigados por la geografía de España, premios búfalo que un piel roja tenía que salir a cazar pues en ello le iba la vida."
Y la literatura siempre por encima de todas las cosas, un explorador audaz, un buceador a pulmón libre, un trapecista sin red. En su cuento "El retorno", de Putas asesinas, el narrador buscaba en las noches de París "aquello que no encontraba en mi trabajo ni en lo que la gente llama vida interior: el calor de una cierta desmesura". En el caso de Bolaño, por el contrario, el trabajo de la escritura y el buscar en la vida interior eran el carburante de la desmesura necesaria.
Y también, bajo el caparazón de hombre duro (pero no había que rascar mucho) una persona tierna, cálida y muy generosa y tan elegante, un dandy enmascarado, afirmaciones que si Roberto estuviera vivo no me atrevería a hacer, me parecería indecoroso, como quebrantar un pacto implícito. Su muerte, con la de Carmiña Martín Gaite, han sido el mayor dolor de toda mi vida de editor.
Ahora, Ulises Lima (es decir, su gran amigo Mario Santiago, poeta destruido) y Arturo Belano (nuestro querido Roberto Bolaño), los detectives salvajes, ya se han enfrentado a su última pesquisa, the big sleep.
Adiós, pues, a Roberto, con todos sus amigos y todos los que le querían, que son muchísimos, con el corazón en un puño. Pero sus libros nos acompañarán y permanecerán: el triunfo, pues, de la literatura a la que tan intrépidamente consagró su vida.