Roberto Bolaño

El guía de los zapadores suicidas

 

Por Horacio Castellanos Moya

 

Suplemento El Ángel, Diario Reforma, México, 27 de julio de 2003


 

Las cenizas de Roberto Bolaño fueron tiradas al mar por su hijo Lautaro, el pasado martes 15, en la playa de Blanes, un pueblito costero a una hora en tren de Barcelona, donde pululan turistas alemanes y franceses de la tercera edad, ansiosos por tostar su impudicia bajo el sol, y donde Roberto pasó el último periodo de su vida encerrado escribiendo. Llegó por azar, luego de años de vagabundeo, a trabajar a una joyería con su madre.

Roberto era un tipo obsesivo. Si un amigo lo visitaba por primera vez en Blanes, daba las indicaciones sobre rutas y tiempos del transporte público con tal precisión, que luego de transbordar en la última estación del tren de cercanías y tomar el bus indicado, uno no podía sino bajar en la parada precisa en el mismo instante en que Roberto también aparecía, como si hubiese estado al acecho.

Y seguramente estaba al acecho, como lo estaba de todo lo que tuviera que ver con la literatura, un loco compulsivo que parecía haberlo leído todo, entre cigarrillo y cigarrillo, apenas durmiendo quizá pocas horas, a tal grado que ya no cupo con sus libros en su piso del centro de Blanes y tuvo que conseguir un estudio donde se encerraba a piedra y lodo, a leer y a escribir, todas las mañanas, ajeno al teléfono y a cualquier distracción hasta la hora del almuerzo.

Dicen que Roberto era un iconoclasta, un provocador, pero nada más lejano a él que la provocación por la provocación, que la pose del enfan terrible. Era serio, extremadamente serio, en sus opiniones. “El nivel de nuestros intelectuales está a la misma altura que el de nuestros gobernantes”, me escribió una vez a propósito de un premio literario en el que debió haber sido jurado. Serio e intransigente. Lo que no le parecía, no le parecía, y con la corrección política se limpiaba el culo. Otra vez, refiriéndose a las grandes ligas de la literatura latinoamericana, me escribió: “para jugar en esas ligas lo único necesario es un grado de excelencia (…) a menos que entiendas por ligas mayores el rancio club privado y lleno de telarañas presidido por Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y otros pterodáctilos”.

Le gustaban los énfasis, eso sí. Y no transigía, por carácter, como cuando arremetió sin piedad contra Ángeles Mastreta, quien no estuvo de acuerdo con que a Roberto le entregaran el Premio Rómulo Gallegos. En una ocasión le hice llegar un librito en el que se habla mal de las pupusas. Su respuesta fue contundente: “Una cosa en la que no estoy de acuerdo, bajo ninguna circunstancia (en mayúscula), es en tu apreciación sobre las pupusas. Cuando yo estuve en El Salvador, en 1973, las pupusas me encantaron y comí muchas y en muchos sitios (…) Puede que desde entonces las pupusas también degeneraran, pero lo dudo”.

Pocas cosas lo amilanaban, como no fuera su eventual regreso a México (“ya nos veremos en México, cuando mis fantasmas me permitan acercarme a esa ciudad terrible, pero mejor nos vemos en España”, me decía). Y si algunos pudieron creer que Los detectives salvajes era su obra maestra, o al menos “la” novela de nuestra generación, pronto estuvo embarcado en un proyecto mucho más ambicioso, la novela inconclusa titulada 2666, basada en los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, “unas mil páginas, en donde los crímenes de Juárez City brillan con luz negra”.

En algún lugar, ahora que su muerte es noticia, leí que Roberto era un solitario, un personaje inaccesible. Solitarios son todos los escritores de estirpe, pero inaccesible no me lo pareció. Una vez llegábamos a la puerta de su edificio, en el centro de Blanes, cuando dos reporteros de un diario español virtualmente lo cazaron, en busca de una foto, y no de cualquier foto: bajo un intenso sol primaveral, caminamos como ocho cuadras por la costera hasta encontrar la playa rocosa donde debía posar para la foto de marras; nunca perdió la cortesía, la calidez en el trato, la naturalidad.

En el fondo lo intuí como un vagabundo rebelde que por fin fondea en el puerto que siempre había buscado: Blanes, la familia y la tranquilidad para escribir su obra. Un hombre contento con su oficio, con su vida. “Pues sí, ya está aquí mi hija Alejandra: es una niña preciosa y tranquila. Durante el parto, por supuesto, casi me desmayé. No sé si es mala salud o los años o si siempre fui así de delicado, probablemente esto último. Pero mi mujer suplió estas lagunas poéticas poniéndole un valor a prueba de balas”, me escribía en marzo de 2001.

Se equivocaba. No era su delicadeza, sino que el demonio de la enfermedad ya estaba enquistado en su cuerpo, corroyendo su hígado. Cuando lo conocí no bebía gota de alcohol ni café y seguía una dieta estricta; fumaba compulsivamente, ya lo dije, como personaje de una vieja película francesa. Murió joven, al igual que sus escritores y personajes queridos. Sé que no le habría importado saber mi atrevimiento de citar fragmentos de sus cartas para intentar este brevísimo retrato. Era el avanzado, como el guía de una escuadra de zapadores suicidas.