Pelear aun después de la derrota
Por Gonzalo Garcés
La Nación, Suplemento Cultura, 27.07.2003
El escritor chileno Roberto Bolaño, muerto el 15 del actual a los cincuenta años, fue uno de los autores clave de su generación. Su vida, rodeada por un halo de aventura y su notable producción, en la que resaltan novelas como Los detectives salvajes, hicieron de él una figura insoslayable de la literatura en lengua española de las últimas décadas.
Es increíble que haya muerto Bolaño. Después del dolor de los primeros días, lo que uno siente es incredulidad. Cómo es posible que ya no se pueda hablar con ese hombre, escucharlo, decirle cuánto uno lo quiere. Pienso en los finales de sus cuentos y sus novelas. Claro, todos parecen hablar de lo mismo. Alguien comprende de golpe que ya tiene treinta años. Alguien dibuja una ventana hecha de puntos y pregunta qué hay al otro lado. Alguien cuenta un sueño que lo dejó perplejo: "Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?"
Tenía cincuenta años. Tenía dos hijos. Tenía muchos libros por escribir (o a medio escribir) y los que había publicado se leían con asombro en medio mundo. Susan Sontag decía que era imprescindible leerlo. Enrique Vila-Matas decía que había abierto grietas para los libros del futuro. Y ahora: Bolaño é morto. Bolaño est mort. Writer Bolano dies at 50. Es raro leer esos titulares y pensar: es cierto, ya era una leyenda en todas partes, como Faulkner, como Borges, aunque hayamos paseado por Sevilla con él hace menos de un mes. Nos habían reunido ahí, doce escritores latinoamericanos con Bolaño como hermano mayor o capitán de equipo. Ahora sé, por haber leído sus declaraciones o por haber hablado con ellos, que mis compañeros de Sevilla sienten lo mismo: el capitán ha muerto, estamos a la deriva. Bolaño, por unos días, casi nos hizo sentir parte de su barco. Era contagioso, como los buenos libros; en su presencia era fácil empezar a creerse uno mismo más valiente o más culto de lo que realmente era. Trato de recordar, de entender por qué era una experiecia tenerlo cerca. Uno podía incluso disentir con él y, sin darse cuenta casi, empezar a desear que ganara, que tuviera la última palabra. Uno sentía: este hombre es un valiente, está más vivo que los otros, preserva para el mundo algo que no tiene precio. ¿Cuándo empezamos a leerlo? A fines de los años noventa, la mayoría, sobre todo después de que Los detectives salvajes ganó el premio Rómulo Gallegos. Con el tiempo supimos que Bolaño no siempre había escrito novelas. Su familia, contaba, se instaló en México DF en 1968. A los veinte años Bolaño animó un grupo de poetas conocido como los infrarrealistas, que iban a volver más de veinte años después como los realvisceralistas de su libro más famoso. En 1973 emprendió un viaje por el continente que lo llevó hasta Chile. Pensaba "participar en la construcción del socialismo", pero el timing dejó que desear; menos de un mes después llegaba el golpe de Estado. Bolaño se alistó como voluntario en la célula comunista de su barrio. "Vigilé una calle vacía. Olvidé mi contraseña. Mis compañeros tenían quince años o eran jubilados." Su acento mexicano le valió la cárcel como "terrorista extranjero". Fue liberado gracias a dos ex compañeros de colegio, convertidos en policías, que lo reconocieron. Ese relato, como todos los suyos, no tiene nada de panfletario. Yo diría que Bolaño inventó o reinventó para la ficción a América latina, pero el rasgo principal de ese territorio no es el dolor, aunque el dolor o el espanto tampoco falten, sino la extrañeza. En 1977 -"por un lío amoroso"- se fue a vivir a Barcelona. En México había llegado a vivir de la literatura; de pronto se encontró descargando barcos o lavando platos para subsistir. Vendió bisutería en ferias, fue vigilante en un camping. A principios de los ochenta terminó sus primeras novelas. Uno se queda pasmado leyendo esos libros, que Anagrama rescató después de la consagración. Monsieur Pain no parece una primera novela, ni siquiera una quinta o décima novela. Ahí está ya la endiablada aptitud de Bolaño para circular sin esfuerzo entre la realidad y el sueño. Ahí están ya también los escritores (que no la literatura) como tema. En Ricardo Piglia -digamos- hasta lo autobiográfico parece un guiño literario; Bolaño, a la inversa, suena confesional aunque hable de la muerte de Vallejo. A otro le habría bastado ese libro para hacerse notar, pero Bolaño se limitó a mandarlo a concursos de provincia. Con el tiempo (lo relata en un cuento inolvidable: "Sensini") esos premios fueron el búfalo que el escritor piel roja tenía que cazar para poder vivir. Bolaño habla de una casa prestada y ruinosa en las afueras de Gerona. Habla de una pobreza cercana a la indigencia y de una sensación parecida al jet-lag . Una vez le pregunté cómo había sido eso: "Maravilloso", dijo con seriedad. Preguntas ociosas: ¿por qué nadie reparó en Bolaño antes de 1996? ¿Por qué el mismo Bolaño no hizo gran cosa para conseguirlo? Quienes lo conocieron mejor tal vez estén al tanto. Yo sólo sé lo que Bolaño orgullosamente me contó en Sevilla: "Con los concursos me iba bien. Si mandé La literatura nazi en América a las editoriales fue porque pensé que me había pasado de rosca con el experimentalismo y que en un concurso no gustaría. Entonces salí del lumpen", agregó como si el lumpen fuera un lugar poco recomendable pero que puede recordarse con nostalgia. Lo cierto es que ese falso diccionario de escritores infames entusiasmó a la crítica. Su autor tenía cuarenta y tres años. Ya era el tipo irónico y vehemente que íbamos a conocer, ya había tenido un hijo, ya daba la impresión de haberlo leído todo, ya era capaz de rescatar a un surrealista ignoto del olvido y de hacer sentir que en ese nombre medio borrado hay algo inmenso, íntimo y patético que nos concierne. Ese mismo año se publicó Estrella distante . Y entonces, supongo, ya no quedaron dudas: Bolaño era de los grandes, de los que no se olvidan. El libro habla de un poeta, Carlos Wieder, que alterna la escritura en el cielo con el degollamiento de muchachas. En cierto momento el narrador, desde el patio de la cárcel, ve aparecer en la lejanía el avión de Wieder; éste, sin apuro, dibuja con humo las frases en latín que dan comienzo al Génesis. Un preso enloquece. El clima espectral de la escena es imborrable. "Mis libros son legibles, pero no fáciles", decía Bolaño. Legibles es una litote, claro; uno puede llegar al final de Los detectives salvajes o de Putas asesinas sin advertir, o no del todo, que acaba de leer una tragedia. Como el mismo Bolaño, esos libros parecen rock and roll y son catedrales donde cada santo de piedra importa. No cabe duda: algo pasó en la literatura en castellano en 1998, cuando Los detectives salvajes irrumpió con sus premios y su estela de loas. Era como si Bolaño levantara la posta de la vanguardia, abandonada por tanto tiempo. En una estructura insolente de puro audaz, en una historia inmensa, campeaban personajes agónicos y queribles. Un adolescente se preocupaba por la forma del nicárqueo y el emplazamiento del clítoris. Dos poetas emprendían veinte años de errancia en busca de una poeta legendaria. La literatura parecía una conspiración, una aventura arriesgada, una forma de alegría. Hubo una sucesión vertiginosa de libros deslumbrantes. Bolaño sabía desde 1992 que estaba enfermo; decir que escribía contra reloj parece melodramático, pero el interesado lo reconocía sin inconveniente. Cada mañana llevaba a su hijo Lautaro al colegio, se iba a escribir a su estudio, almorzaba con Lautaro, volvía a escribir hasta media tarde. Entre 1999 y 2003 publicó ocho libros. Al menos dos de ellos son obras maestras. En "Un paseo por la literatura", que se incluye en la colección de poemas llamada Tres , la ternura o la pérdida siempre están por convertirse en risa. "Por fin, cuando ya era muy viejo", escribe Bolaño, "ella aparecía por el otro extremo del Paseo Marítimo de Nueva York y mediante señales (como las que hacían en los portaaviones para que los pilotos aterrizaran) me decía que siempre me había querido." Pero si hubiera que elegir yo me quedaría con Nocturno de Chile (2000). Sebastián Urrutia Lacroix, poeta mediocre, crítico literario y sacerdote católico, rememora su vida a lo largo de una noche febril; lo que podría haber sido una sátira se convierte en uno de los personajes más fascinantes de Bolaño. Urrutia, entusiasta de la razón, no acierta a comprender el caos que lo rige y que rige a su continente. Una bandada de pájaros levanta el vuelo y a Urrutia le parece que gritan quién, quién, quién. Su mentor, un tal Farewell, planta una mano en sus nalgas y él se recita in mente el Apocalipsis de San Juan. Le encargan dar lecciones de marxismo a la Junta Militar, cosa que hace con aplicación y esmero. Frecuenta una tertulia en casa de una joven escritora; en el sótano, sin que Urrutia lo sepa, se practican torturas. Ningún novelista ha escrito en nuestra lengua con ese lirismo, con esa fuerza ni con ese humor. Y pocos lo hicieron en otras lenguas. Nocturno de Chile parece escrito para todos, está escrito para todos, en realidad. Ahora abundan las anécdotas sobre Bolaño. Ojalá abunden cada vez más, es bueno que se hable del muerto, ni siquiera importa mucho qué se dice. Da envidia lo que cuentan sus amigos más cercanos. Hablan de conversaciones tempestuosas sobre el uniforme de los húsares o la interpretación de una película clase B o el blank verse isabelino o un detalle de Rojo y negro . Rodrigo Fresán cuenta que una noche apareció por su casa mojado y tembloroso y declaró que acababa de matar a un skinhead en una pelea a navajazos. Cuando Fresán ya estaba del todo alarmado le dijo casi con reproche: "Pero Rodrigo, cómo puedes creer algo semejante." Es cierto: Bolaño tenía mucho de niño inquietante o inquieto. Yo lo vi palidecer, sin broma alguna, cuando una señora al cabo de una conferencia se le acercó presentándose como Georgette: por un momento había creído que era la viuda de César Vallejo, o tal vez su fantasma. Cuando Bolaño, que salía tan poco, aceptó participar en el Encuentro de Escritores de Sevilla, algunos creyeron ver ahí algo semejante a una despedida. No fui tan perspicaz, yo sólo estaba feliz de verlo, de saber que por varios días iba a escucharlo hablar. Creo que fue el colombiano Santiago Gamboa quien lo dijo en la charla inaugural: si algo nos unía, latinoamericanos reunidos sin mucha convicción en busca de algún rasgo generacional, era la admiración por Bolaño. El Encuentro de Sevilla fue su apoteosis, una apoteosis bromista, como convenía en su caso. Hay dos fotos del grupo. La primera es la habitual; en la segunda aparece Bolaño abrumándonos con gestos de consternación o de reproche, como un Cristo beatnik a sus discípulos. Lo recuerdo fumando, discutiendo con ese raro acento, ni mexicano ni chileno ni español. Habló de la originalidad de los textos críticos de Borges, que terminan siempre con un anticlímax. Contó que había tomado la precaución de darle a su novela 2666 , larguísima e inconclusa, una estructura que la hacía legible aunque su redacción "se interrumpa antes del final." Contó un chiste muy malo en diez o quince estilos diferentes, hasta convertirlo en una especie de Affaire Lemoine del humor dudoso. Improvisó unas coplas para mi hijo. Dijo, una vez más, que la literatura es un oficio peligroso o debería serlo. Nos despedimos. Dos días después ingresó en la clínica. ¿Cómo intentar una conclusión? No quiero ese brío final de las elegías, esos clarines que ofenden. No hablemos de la perduración de las obras, no evoquemos Los detectives salvajes ni Estrella distante ni Nocturno de Chile . Que la grandeza de esos libros, por lo menos hoy, no sirva de consuelo. Que el lamento esté a la altura del muerto, como está mandado. Mañana empiezo a leerlo de nuevo. Hoy sólo quiero recordar que tuvimos un capitán y que ahora el capitán se ha muerto.