Roberto Bolaño, Tres (Barcelona, El Acantilado, 2000)

  El chileno Roberto Bolaño, que vive en Cataluña hace unos veinte años, es más conocido entre nosotros por su narrativa que por su obra poética, pese a haber publicado ya seis libros de poesía. A este género debamos quizás adscribir su último título, Tres, de reciente aparición. Decimos «quizás» por la variedad formal de los textos, que van del mero apunte a la prosa breve y el poema, con distinto registro en cada caso, lo que hace que este volumen resulte en cierto modo indefinible –entre otras cosas, por su audacia y su muy personal manera–, no por ello menos rotundo. Tres son las partes en que se divide el libro. La primera, «Prosa de otoño en Gerona», es una serie de fragmentos (melancólicos unos, desgarrados y alucinados otros) en los que al parecer se nos cuentan ciertas cosas que ocurren cuando «empieza el otoño, entre el río Oñar y la colina de las Pedreras». Los personajes centrales: «una persona –debería decir una desconocida–» y un virtual narrador que fluye en las tres personas gramaticales del singular.  El texto que leemos nos invita a ver la realidad precisamente así, como un texto que «no tiene conciencia de nada sino de su propia vida», y a intuir, o a nombrar, «lo que hay detrás cuando hay algo detrás». Y lo que hay detrás, lo que confiere a esta prosa su paradójica armazón, huidiza y sólida a la vez, es la sucesión de ciertos códigos, indescifrables a primera vista, que, no obstante, hacemos nuestros simplemente por la magia que desprende lo que nombran: «el caleidoscopio, el momento Atlántida, el jefe, la Universidad Desconocida». Aunque fechado en Gerona en 1981, este paisaje narrado por Bolaño –ese «R.B.» titular de un pasaporte «que lo acredita como chileno con permiso para residir en España, sin trabajar, durante otros meses»– tiene un fondo plenamente vigente; sus personajes hacen –y, sobre todo, dicen– muchas cosas más aparte de pasar un otoño en Gerona: cuentan el dinero con el que han de sobrevivir tres o cuatro meses, ven una película, sueñan, imaginan, escriben. Cosas que se siguen haciendo.
            La segunda parte, titulada «Los Neochilenos», es un largo poema –breve epopeya- fechado en Blanes, 1993, que nos relata el viaje de un grupo musical, Pancho Relámpago y los Neochilenos, que, tras buscar la salida de Santiago, enfila hacia el «norte que imanta los sueños/ Y las canciones sin sentido/ Aparente/ De los Neochilenos», un viaje que «de alguna manera ... ya había terminado/ Cuando lo empezamos». El poema entero, además de presentarnos una sucesión vertiginosa de personajes, momentos y reflexiones, se construye, al mismo ritmo, como descripción de una geografía que parece hecha de puro topónimo –«Y al día siguiente rodamos/ Hasta Pilpilco y Llay Llay/ Y pasamos sin detenernos/ Por La Ligua y Los Vilos»–, y también de ríos y cafés y salas de fiesta, así, siempre subiendo, hasta cruzar «la frontera/ De la República» y llegar al «Perú legendario». Lo mejor en este caso es montarse a la camioneta del grupo y leer el poema como la ráfaga que es, dejarse llevar, pues, como dice el poeta, «...así éramos los Neochilenos/ Pura inspiración/ Y nada de método (...) Y ninguno ... pasaba de los 22».
            Cierra Tres la parte titulada «Un paseo por la literatura», recorrido en clave onírica   –«Soñé que...» es la fórmula que introduce la mayoría, o casi, de los cincuenta y siete fragmentos de que se compone el texto– por un territorio en el que conviven fantasmas soñados y que sueñan, que se quedan dormidos o leen o se enamoran, en un tiempo y en un lugar que no pueden ser sino el lugar y el instante de la escritura misma, el verdadero territorio al que, en última instancia, remiten las imágenes de este recorrido. A los que quieran pasear un trecho con el autor, los invitamos a leer los fragmentos de Un paseo por la literatura que se reproducen en la sección de Poesía de este número.

D.N.

Encontrado en: http://www.barcelonareview.com/22/s_res.htm