Erick Aguirre

Boutades profanas de Jorge Luis Borges


 

En Borges uno se siente como

en un pórtico, pero sin casa.

Vladimir Nabokov

En 1985, un año antes de la muerte de Jorge Luis Borges, me inicié como periodista cultural en el suplemento Ventana, del diario Barricada, donde, ese mismo año, publiqué mi primer mal poema. También ese mismo año leí por primera vez al escritor argentino cuyo centenario conmemoramos ahora con creciente admiración e interés. Mi amigo Mario Martínez, entonces secretario de la Unión de Escritores, me prestó un ejemplar de Historia Universal de la Infamia (1935), que leí con fruición y deleite. Aquellos relatos biográficos, escritos con una prosa severamente minuciosa y de algún modo barroca, insertos en diversas realidades culturales o geográficas y transmutados en extrañas alegorías filosóficas, encontraron en mí a un futuro e irreductible devoto.

En medio de la escasez de buena literatura "occidental" durante la década ochenta en Nicaragua, traté de encontrar algo suyo que satisfaciera mi curiosidad por conocer algo más de aquel hombre de sabiduría arcana y fantasiosa, cuya prosa había despertado mi imaginación como pocos autores en aquellos años. Entonces di con El Aleph (1957) en la librería Manolo Morales. Durante un par de noches me sumergí con placer en la lectura de aquellas narraciones, que debido a mi ignorancia y a sus propios juegos apócrifos, frecuentemente me desconcertaban, pero también me iniciaron en el gusto por el ejercicio intelectual de la especulación y acrecentaron mi hambre de conocimientos.

Después lo busqué, y para mi dicha y satisfacción lo encontré, en la biblioteca de la UCA y en la del Banco Central, donde empecé a acudir con frecuencia a devorar, primero su prosa y después su poesía. Durante aquella deliciosa y entretenida lectura, también me dio gusto encontrar referentes conocidos y de predilección común con aquel autor maravilloso que acababa de descubrir. Como Nietzche, Dante, Kafka o Dostoievski, por ejemplo. Y aunque su alusión a títulos ficticios, citas de su propia invención, textos y autores inexistentes, lograron por un tiempo confundirme, también acicatearon mi afán autodidacta y mi búsqueda de referentes intelectuales de alguna manera distintos a los ya conocidos en mi inicial formación ideológica bastante arraigada en la izquierda.

En cierta forma, su lectura me ayudó a reagrupar diversos contrapuntos de la realidad y a dotarlos con las formas fantásticas de otros mundos posibles. Fue así como empecé a citarlo, con una especie de orgullo inocente, en algunos artículos que escribí para Ventana. Casi de inmediato, alguien me sopló al oído la expresión de Neruda sobre el argentino: "es un dinosaurio político". Sin embargo, no quise darle importancia al asunto e insistí en usar algunos textos suyos como referencias auxiliares de mis artículos periodísticos. Uno de ellos, por ejemplo, debía tratar sobre los orígenes del género "salsa" en la música popular. Consulté enciclopedias y revistas especializadas, algunos breviarios vagos sobre historia de la música, y por supuesto al cubano Alejo Carpentier, hasta ese momento mi mejor fuente de información. Pero de pronto recordé mi reciente lectura de Borges. La primera narración de Historia Universal de la Infamia recrea la vida de Lazarus Morell, un despiadado tratante de esclavos en Estados Unidos. Borges irrumpe en el relato especulando sobre la causa remota de la práctica atroz de aquel cruel traficante de negros. Y esa fue precisamente la cita que escogí para irrumpir yo también con mi artículo:

"En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor oriental D. Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la admisión del verbo linchar en la decimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en el Cerrito, la gracia de la señorita de tal, el moreno que asesinó a Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero, el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete de papaloi, la habanera madre del tango, el cadombe..."

Yo agregué con inocencia a la lista el mixto, pluricultural y popular ritmo de la música salsa. Volvieron entonces a soplarme al oído que el tal Borges era un reaccionario, hombre de derecha presumido de aristócrata. "¡Cómo es posible que cite usted a Borges en el suplemento cultural de Barricada, el órgano oficial del FSLN!", me dijo alguien. "¡Y para colmo, reviviendo la leyenda negra tejida contra Fray Bartolomé de las Casas, precursor de la Teología de la Liberación y de la Opción Preferencial por los Pobres en la Iglesia Católica!". Pero yo, mientras la dirección del suplemento no me lo prohibiera, estaba dispuesto a seguir citándolo, y a seguir leyéndolo con la misma fruición y deleite del comienzo, convencido desde entonces del difícil discernimiento que debemos intentar practicar frente a las inclinaciones políticas y el ejercicio literario. Aunque el hecho de que en aquel tiempo el consejo editorial rechazara un ensayo del poeta Raúl Orozco sobre la obra poética de Borges, me dio en qué pensar y me hizo, en adelante, mantenerme a la espectativa.

Lo cierto sin embargo es que Borges, en ese aspecto muy circunstancial de su actividad intelectual, es decir, el político, fue un gran provocador, un hombre de lengua pesada. Sus intempestivas declaraciones a la prensa sobre asuntos extraliterarios o "poco intelectuales", sus polémicas opiniones sobre temas políticos, sociales o ideológicos, fueron tan controversiales como las más intrincadas de sus narraciones o el más complejo de sus personajes. Cuando alguna vez se le preguntó sobre la intervención norteamericana en Vietnam, por ejemplo, respondió que la apoyaba, y se lamentó de no haber podido opinar sobre ello en los Estados Unidos, pues había mucha gente en contra de la guerra. "Los americanos son muy sentimentales: existe una tendencia generalizada (que se ha propagado por todo el mundo) a apoyar la pobreza, la barbarie y la ignorancia", declaró.

Aunque decía detestar a "los comunistas", de vez en cuanto esbozaba algunas ideas interesantes sobre la naturaleza de los gobiernos y de los políticos. "No me gustan las personas que se promocionan a través de la política. Son despreciables. Yo propondría que los políticos no fueran personajes públicos. Todos se dedican al turismo y a viajar rodeados de grandes séquitos", decía. Y también manifestaba abiertamente su aspiración por la existencia de un Estado mínimo, poco perceptible. Proponía una especie de anarquismo. "Un anarquismo parecido al de Spencer --declaró--, pero no sé si somos lo bastante civilizados para llegar a eso. Es cuestión de esperar doscientos años".

Al famoso periodista Andres Openheimer le confesó no creer en la existencia de América Latina. "Pienso que es una especie de haraganería --dijo--, de comodidad. La República Oriental del Uruguay, desde luego, es parte de la república Argentina. Fuera de eso, yo no sé hasta dónde tenemos algo en común con el resto de países". Pero su aparente desprecio por la América mestiza que tantas veces exaltó Darío, provenía de una lógica fría respecto a la historia, pues cedía en justificar la independencia de España alegando la decadencia del otrora vigoroso imperio. Sin embargo recurría al mismo alegato para justificar el exterminio de los indios en tierras argentinas, y se enorgullecía de que su abuelo hubiese jefeado aquellas batallas en tres fronteras de Buenos Aires.

"Mi abuela tuvo oportunidad de conversar con muchos caciques --declaró--, y eran bárbaros. Muchos no sabían contar más allá del cuatro". Y aunque admitía que la guerra contra los indios fue muy cruel de ambos lados, decía que los españoles y los conquistadores del desierto eran los únicos que representaban la cultura, y que como individuo él bien podría admitir la violencia, "si ésta se utiliza en nombre de la cultura".

Similar opinión le merecían, por ejemplo, los negros. Sobre todo los negros de Estados Unidos: "Ah, sí, son insoportables esos negros", decía, y alegaba que los conflictos raciales constantes en la gran nación del norte, se debían "al error de haberlos educado y de recordarles que en épocas anteriores habían sido esclavos". Aseguraba que los negros estadounidenses eran snobs y admitía también que le hubiera gustado tener un par de esclavos en su casa, refugiándose con cinismo en una cita de Carlyle, que no sé si él mismo inventó: "Es mejor tener sirvientes vitalicios, que tener que renovarlos cada dos o tres meses".

Con semejantes boutades no resultaba extraño que en la Nicaragua sandinista, la caterva de intelectuales entusiasmados por la utopía revolucionaria y empeñados en llevar a niveles de exageración la moda de ideologizar el texto literario, manifestaran su rechazo a un hombre capaz de semejantes exabruptos. Por entonces Darío era proclamado aquí un héroe nacional y era colocado, junto a Sandino, como el gran pilar de nuestra identidad mestiza y antimperialista. Exaltado no mucho tiempo atrás por el aparato burocrático del somocismo, el Darío acrático, o más bien aristocrático de ninfas, cisnes, palacios y princesas, dio paso entonces al Darío de Oda a Roosevelt, al celoso antimperialista, al profeta de la revolución latinoamericana. Pero las boutades del gran poeta que alguna vez declaró su confianza en las naciones que hacían contrapeso en la balanza a la fuerte y osada raza del norte, y que proclamaba con orgullo la mezcla española, chorotega y nagrandana que bullía en su sangre, no fueron quizás, menores que las barruntadas por Borges frente a la grabadora de algunos periodistas. Al menos su opinión sobre los negros no difiere mucho de la del argentino. En su libro Parisiana (1907), recoge un artículo titulado Los hijos de Cham, en donde, textualmente, dice:

"Mientras en espantosas masacres los amarillos se imponen, en farsas sangrientas los negros se hacen notar (...) De Haití llegan a Francia malas nuevas. La macacada está furiosa; los pocos blancos que hay en la isla ven con temor la agitación de los naturales. Saben que una insurrección de color es terrible para los europeos. En el negro, danzante, tristón, jovial, pintoresco, carnavalesco, surge, con el fuego de la cólera y el movimiento de la revuelta, el antepasado antropopíteco, el caníbal de Africa, la fiera obscura de las selvas calientes (...) Los negros de los Estados Unidos son los más osados, los más audaces que puedan existir sobre la superficie de la tierra (...) El romanticismo lo hermoseó todo, hasta los negros. En realidad. apenas el heroismo es el que salva al pobre hijo de Cam del ridículo que trae como fatal herencia desde el materno vientre. Necesitan para brillar el resplandor de la pólvora o la grandeza del suplicio. La humanidad no ha podido aún ver el genio negro. El talento mismo es en ellos escaso, fuera de ciertas especiales disciplinas, a las cuales se adaptan su agilidad y su don de imitación (...) Ya se encargarán en el país de las bandas y las estrellas de enseñarles cómo hablaba Zaratustra..."

¿Podía ser aquel corresponsal de La Nación que escribía entusiasmado desde alguna buhardilla de París, el mismo escritor que alguna vez se preguntara si había en sus venas alguna gota de sangre de Africa, o de indio chorotega o nagrandano?. Pudiera ser, a despecho de sus manos de marqués, y de su odio por la vida y el tiempo en que le tocó nacer. Pero volviendo a Borges, tampoco había mucha diferencia en cuanto al concepto que ambos (Borges y Darío) alguna vez expresaron por la cultura en la América Latina, donde, según el propio Darío, había una absoluta falta de elevación mental en la mayoría pensante, a la que veía nutrida de personajes snobs y despistados: profesores, académicos, periodistas, abogados y poetas rastaquére.

"Si hay poesía en nuestra América ella está en las cosas viejas, en Palenke y Utatlán, en el indio legendario, y en el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es tuyo, demócrata Walt Whitman", dice en sus Palabras Liminares a Prosas Profanas (1896), obra clave del modernismo.

Sin embargo, nuestros intelectuales de la década ochenta, mientras odiaban al "derechista" Borges, ignoraban a toda costa semejantes obviedades en el pensamiento dariano, y se refocilaban en la construcción de un monumento ostentosamente antimperialista del gran poeta nicaragüense, aunque el antimperialismo de Darío no estuviese fundado en alguna ideología política o económica específica, sino en la idea de que la América Latina y la América Anglosajona representan dos versiones distintas e inconciliables de nuestra civilización.

Según Octavio Paz, el conflicto, visto desde la perspectiva modernista, no era de lucha de clases, sino de dos visiones del mundo y del hombre. Según Paz, la única experiencia de la modernidad que un hispanoamericano podía tener en aquellos días, era la del imperialismo. Nuestra realidad no era moderna. No teníamos industria, ni democracia, ni burguesía, sino oligarquías feudales y militarismo caudillista. Según tal visión, Darío, "capitán del modernismo", probablemente dependía de todo aquello que aborrecía, y por eso quizás oscilaba entre la rebelión y el laudo cortesano. Muy certeramente, el premio Nobel mexicano nos recordó que algunos modernistas, como Martí, fueron incorruptibles y llegaron al sacrificio, pero otros, como "el pobre Darío", se vieron obligados a escribir odas y sonetos a tigres y caimanes con charreteras. "Pero nosotros --dice Paz en Los hijos del Limo (1974)-- que hemos visto y oído a muchos poetas de Occidente cantar las hazañas de Stalin, podemos perdonarle a Darío que haya escrito unas cuantas estrofas en honor de Zelaya y Estrada Cabrera."

Con todo, las boutades de Borges continuaron siendo condenadas a sotto vocce por la intelectualada revolucionaria de la Nicaragua sandinista, a despecho de una recóndita admiración de muchos por su literatura, y en algunos casos, hasta de sus propias boutades políticas. Hasta que sobrevino su muerte en 1986. Entonces las expresiones de admiración y condolencia de grandes figuras intelectuales de la izquierda latinoamericana y mundial, les dieron la oportunidad de respirar aliviados. Era hora de hacer pública su devoción por el genio. Era hora de olvidar y hacer a un lado sus "incongruencias políticas". Entonces los suplementos literarios se llenaron de borgeanos nicaragüenses, la mayoría sandinistas, quienes declaraban con orgullo que el gran Borges siempre había sido su autor de cabecera. Fue publicada, incluso, una larga entrevista donde un alto comandante sandinista asociaba su presunta devoción por Borges con el hecho de sentirse "un poeta clandestino y perseguido" (¿!).

En lo personal, desde el comienzo me tuvo sin cuidado la opinión política de Borges. Así como tampoco me quitaron el sueño las diligentes advertencias de ciertos "camaradas" acerca de su presunta "peligrosidad ideológica". Al fin y al cabo, al igual que en los textos de Darío, en su prosa rezuma la savia de una inteligencia alerta, capaz de revelar e interpretar el resultado de la mezcla de diversas culturas en diversos tiempos y espacios. Su excentricidad no es más que una manera de ser central, y su parcialidad también es otra manera de ser total. Sus juegos intelectuales encaminados a subvertir el pasado, también trastrocan el presente y el futuro e intentan simular una especie de totalidad. Tras su aparente intelectualismo palpitaba una angustia existencial de doble filo. A quienes lo han tomado demasiado en serio Borges ya había advertido: "En mis cuentos yo siempre he mezclado la metafísica y los dogmas con el hecho apócrifo, la farsa con la realidad, ¡sin contar con que he bromeado siempre un poco!".

En una entrevista, después de ser cazado en flagrante contradicción respecto a la nacionalidad y las clases sociales (que en un momento consideró comodidades intelectuales y con las cuales luego se apoyó para negar la existencia de América Latina), debió confesar al acucioso Openheimer su naturaleza contradictoria: "Y bien, yo soy muy ilógico --le dijo. Lo que pasa es que ustedes me toman muy en serio".

Simple garabateador de frases y palabras, hombre incapaz, al fin y al cabo, de comprender el mundo, Borges siempre estuvo condenado, como todo escritor, a la inherencia del lenguaje, a su fuerza centrífuga, dentro de la cual no le quedaba más que dedicarse al divertido y vano juego de cambios y sustitución de símbolos, a un teratro de sombras y reflejos. Por eso quizás su empeño en subvertir paradigmas. Sin embargo, su constantemente contradictorio manejo de doctrinas heterodoxas, podrían finalmente terminar siendo una propuesta juguetona y fascinante de versiones e inversiones que intenta demostrar cómo lo malo o abyecto resulta siendo el reflejo invertido de lo bueno o excelso; cómo el bien juega siempre a las cartas con el mal, en una partida donde los dos hacen trampa.

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