Claves borgianas

Especial Jorge Luis Borges. Círculo de lectores.


Laberinto

"Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros."

(El jardín de senderos que se bifurcan. Ficciones. OC. Vol II. pág. 62)

Borges confiesa en 'Siete noches' (1980) que tiene dos pesadillas que se le repiten y que llegan a veces a confundirse: la del espejo y la del laberinto. La segunda se debe, en palabras del autor, a un grabado en acero que vio de niño en un libro de la casa Garnier en la biblioteca paterna. "El laberinto era un gran anfiteatro, un anfiteatro muy alto (y esto se veía porque era más alto que los cipreses y que los hombres a su alrededor). En ese edificio cerrado, ominosamente cerrado, había grietas. Yo creía (o creo haber creído) cuando era chico, que si tuviera una lupa lo suficientemente fuerte podría ver, mirar por una de las grietas del grabado, al Minotauro, en el terrible centro del laberinto"
(La pesadilla. Siete noches. OC. Vol. IV. Pág. 121).

Símbolo de perplejidad, como lo definirá posteriormente, el laberinto marca no sólo el estilo de Borges, cuyas referencias cruzadas, enrevesadas tramas y construcciones paradójicas acaban a veces por desorientar al lector para dejarlo abocado por un instante a la incertidumbre de haber estado ya en aquel lugar, sino que también se impone como símbolo recurrente del que se sirve en muchos de sus cuentos. 'La biblioteca de Babel', esa laberíntico espacio de dimensiones indefinidas que guarda todos los libros posibles en función de unas pocas premisas ('No hay, en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos'...), nos lo descubre como analogía de la propia existencia. Nacemos en un laberinto que encierra todo el conocimiento posible pero que sin embargo no ofrece guías ni referencias. En 'La muerte y la brújula' o 'El jardín de senderos que se bifurcan' la propia trama, analogía de la vida, se convierte en un laberinto urdido por alguien para prender o matar al iluso que se ha aventurado por aquellas sendas. El laberinto es la vida, el mundo al que nacemos, "No habrá nunca una puerta. Estás adentro / Y el alcázar abarca el universo / Y no tiene anverso ni reverso / Ni externo muro ni secreto centro...
(Laberinto. Elogio de la sombra. OC. Vol. III, pág. 150).

La sensación de estar perdidos que a todos nos embarga en algún momento, nos descubre lo limitado de nuestro horizonte, la inapelable gravedad de los muros que ciñen nuestros pasos a caminos mil veces recorridos en los que, sin embargo, hemos de encontrar nuestro propio sendero. Este, que andamos, que construimos, paso a paso, a lo largo de nuestra vida, no tendrá finalmente mayor sentido que reflejar en sus idas y venidas, en sus avances y requiebros, la parca verdad de una pérdida irreparable que acaba por enloquecer, en 'La casa de Asterión', al mismísimo Minotauro, dueño y señor del laberinto. La estela que habremos dejado a nuestra espalda al llegar al final, mostrará, con inefable precisión, el intrincado dibujo del laberinto que hemos descubierto.

...A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea...

(Poema Conjetural. El otro, el mismo. OC. Vol. III. Pág. 25-26)


Biblioteca

"Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído."

(Un lector. Elogio de la sombra. OC. Vol. III. Pág. 180)

No pocas veces repitió Borges que el hecho capital en su vida había sido la biblioteca de su padre. Al igual que Alonso Quijano, solía añadir, él nunca salió de ella. La biblioteca de casi dos mil volúmenes que había reunido Jorge Guillermo Borges en la casa de Palermo, le sirvió al escritor al mismo tiempo de maestro y de escuela. Y es que al margen de ese "vago" bachillerato que cursó en Ginebra, Borges fue, ante todo, un autodidacta. Los dos maestros que veneró, Cansino Assens y Macedonio Fernández, le mostraron antes las reglas de la dialéctica, de la tertulia y de la charla intelectual, que un horizonte de conocimientos que el joven ya se había conquistado mucho antes leyendo uno tras otro los "ilimitados volúmenes" de la biblioteca paterna.

La relación de Borges con los libros fue hasta tal punto intensa que el escritor reconocía que en relación a las cosas que había leído, bien pocas le habían sucedido. Los libros eran para el escritor objetos sagrados, y el culto a ellos, la lectura, la erudición, la pasión del lenguaje, una tarea no menos misteriosa que el universo. Borges se alimentaba de los libros. Mediante el proceso intelectual de la lectura, que, como apunta en un poema (1), despierta al libro de su silencioso sueño, aprehendía sus contenidos para incorporarlos, como prolongaciones de su propio espíritu, a su cuerpo y a su memoria. "Mis libros (que no saben que yo existo) / Son tan parte de mi como ese rostro / De sienes grises y de grises ojos / Que vanamente busco en los cristales..."
(Mis libros. La rosa profunda. O.C. Vol. III. Pág. 417).

Si el libro era para el autor un objeto sagrado, la biblioteca había de ser poco menos que un templo en el que el escritor sentía de una manera casi física "la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente". (Prólogo. El Hacedor. O.C. Vol. II. Pág. 373). La biblioteca Miguel Cané, en cuyos sótanos el autor escribió algunos de sus mejores cuentos, y la Biblioteca Nacional de Argentina, que tuvo el honor de dirigir durante no pocos años, potencian esta imagen en Borges, que el autor plasma en muchos de sus escritos. La profunda erudición del escritor que puebla sus cuentos, ensayos y poemas con incontables citas y referencias, es el homenaje que el autor rinde a ese silencioso ente en cuyos anaqueles descansa lo mejor del hombre, su conocimiento y su memoria. "Quizás me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, incorruptible, secreta."

(La biblioteca de Babel. Ficciones. O.C. Vol. II. Pág. 61)


Orbis Tertius

"El mundo, según Mallarmé, existe para un libro; según Bloy, somos versículos o palabras o letras de un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo".

(Del culto de los libros. Otras Inquisiciones. OC. Vol. II. Pág. 306)

Borges formula en la narración 'Tlön, Uqbar, Orbis tertius' uno de sus temas predilectos: el frágil límite que separa a la ficción de la realidad. Orbis Tertius, la enciclopedia metódica de un planeta ilusorio que, financiada por un filántropo americano, acabará por infiltrarse en nuestro mundo hasta amenazar desde sus aparentemente indefensas páginas el orden de lo real, es, además de un homenaje declarado al referente borgiano por excelencia, "La Encyclopaedia Britanica", una magistral muestra de la apuesta filosófica de Borges por descubrir la secreta ligazón que concilie literatura y realidad. "El ejercicio de las letras puede promover la ambición de construir un libro absoluto, un libro de los libros que incluya a todos como un arquetipo platónico..." (Nota sobre Walt Whitman. Discusión. O.C. Vol. I. Pág. 277). Esta idea del 'libro total', expresada en un ensayo de 1932, se repite en 'La biblioteca de Babel' en la superstición del hombre del libro, ese bibliotecario que ha recorrido las páginas del libro que es cifra y compendio perfecto de todos los demás, y que es, por tanto, un ser análogo a un dios. La idea del libro que contiene a todos los demás, del libro absoluto, está ya a las lindes de anular ese margen que separa la ficción de lo real, y que acabará por desaparecer al plantearse el mundo como un libro más.

Borges descubre la idea del mundo-libro en un lugar común escolástico recogido por Francis Bacon. En él se dice que Dios nos ofreció "dos libros, para que no incidiéramos en error: el primero el volumen de las Escrituras, que revela su voluntad; el segundo, el volumen de las criaturas, que revela su poderío." (Del culto de los libros. Otras Inquisiciones. Vol. II, pág. 308). A esta afirmación en la que la historia de la humanidad es presentada como un texto divino, Carlyle le da otra vuelta de tuerca al defender que la historia universal es una Escritura Sagrada que desciframos y escribimos, pero en la que también somos escritos. Esta idea es recogida por Borges en su poema "Una brújula".

"Todas las cosas son palabras del
Idioma en que Alguien o Algo, noche y día,
Escribe esta infinita algarabía
Que es la historia del mundo. En su tropel

Pasan Cartago y Roma, yo, tú, él,
Mi vida que no entiendo, esta agonía
De ser enigma, azar, criptografía
Y toda la discordia de Babel...."

(Una brújula. El otro, el mismo. O.C. Vol. III. Pág. 33).

Licencia poética, juego literario o apunte filosófico, la búsqueda del 'libro total' y la paradoja del mundo-libro demuestran el exacerbado sentimiento que cultivó Borges por el universo de la palabra, de la literatura, de la poesía, realidad impalpable y ceñida al intelecto que, sin embargo, es capaz de contener y expresar toda la belleza y verdad que hay en el mundo 'real'.

"Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo...

(El Golem. El otro, el mismo. O.C. Vol. III. Pág. 43)


Cadencia

"No soy poseedor de una estética. El tiempo me ha enseñado algunas astucias: eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imaginarias; eludir hispanismos, argentinismos, arcaismos y neologismos; preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas; intercalar en un relato rasgos circunstanciales, exigidos ahora por el lector; simular pequeñas incertidumbres, ya que si la realidad es precisa la memoria no lo es; narrar los hechos (esto lo aprendí en Kipling y en las sagas de Islandia) como si no los entendiera del todo; recordar que las normas anteriores no son obligaciones y que el tiempo se encargará de abolirlas".

(Prólogo. Elogio de la sombra. O.C. Vol. II. Pág. 139)

Borges renunció siempre a adscribir su prosa o poesía a escuelas literarias o a estéticas preconcebidas. "¿A qué agregar a los límites naturales que nos impone el hábito los de una teoría cualquiera?" (Prólogo. La rosa profunda. O.C. Vol. III. Pág. 384), preguntaba con tal de reflejar que el acto de la escritura es ya suficientemente complejo en sí mismo como para viciarlo con interferencias externas. La única herencia que el autor reconoció fue, si acaso, la del modernismo, pero no como precursor de "las sectas ulteriores que su corrupción engendró y que ahora lo niegan" (Prólogo. El otro el mismo. O.C. Vol. III. Pág. 16) sino como "esa gran libertad, que renovó las muchas literaturas cuyo instrumento común es el castellano..." (Prólogo. El oro de los tigres. O.C. Vol. II. Pág. 249).

Parece ser que Borges, como en todo lo demás, se enseñó a escribir a sí mismo. Si bien agradecía la benéfica influencia de Bioy Casares en la superación de un estilo que al principio era tal vez algo sentencioso y barroco, su maestría, ese manejo consabido de unas pocas destrezas, como diría posteriormente con su característica humildad, fue fruto de una constante superación y perfeccionamiento. El resultado, una prosa extremadamente concisa, casi fría, pero con un poder de sugestión enorme, una poesía que el escritor definía como intelectual, y cuyas imágenes proyectan en su sutil cadencia las más íntimas emociones, se nutre no sólo de la profundidad del planteamiento borgiano como esfuerzo cuasi metafísico, sino del mágico ejercicio de un hábito, la creación literaria, que el maestro llegó a comprender en toda su profundidad.

Para Borges, que venera el lenguaje a pesar de la absurda resistencia que este ofrece a veces al poeta al querer transmitir la emoción estética, la palabra es, en su origen, un símbolo mágico. Restituir a la palabra esa 'primitiva virtud' es la misión de la literatura, y para ello no sólo ha de comunicar hechos precisos sino que ha de tocar físicamente al lector. Borges no escribe para persuadir, sino que lo hace para distraer y conmover a quien le lee. Para ello sabe que ante todo es necesario ser fiel a la imaginación, al pulso que nace en el escritor y que se transmite en esa mágica cadencia que es el estilo cuando este discurre con la sencilla fuerza de una revelación a la que se entrega:

"En lo que me concierne, el proceso es más o menos invariable. Empiezo por divisar una forma, una suerte de isla remota, que será después un relato o una poesía. Veo el fin y veo el principio, no lo que se halla entre los dos. Esto gradualmente me es revelado, cuando los astros o el azar son propicios. Más de una vez tengo que desandar el camino por la zona de sombra. Trato de intervenir lo menos posible en la evolución de la obra. No quiero que la tuerzan mis opiniones, que son lo más baladí que tenemos. El concepto de arte comprometido es una ingenuidad, porque nadie sabe del todo lo que ejecuta. Un escritor, admitió Kipling, puede concebir una fábula, pero no penetrar su moraleja. Debe ser leal a su imaginación, y no a las meras circunstancias efímeras de una supuesta 'realidad'". (Prólogo. La rosa profunda. O.C. Vol. III. Pág. 383).


Impostura

"Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario. Así procedió Carlyle en 'Sartor Resartus', así Butler en 'The Fair Haven'; obras que tienen la imperfección de ser libros también, no menos tautológicos que los otros. Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios."

(Prólogo. El jardín de senderos que se bifurcan. O.C. Vol. II. Pág. 17)

Como confiesa el escritor en el prólogo de 1954 a 'Historia universal de la infamia' el falsear y tergiversar ajenas historias nace en la obra borgiana como el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos. Sin embargo lo que no dice es que ese ánimo lúdico se prolongó, cuando ya era un consumado narrador de magistrales cuentos, en la invención de un indeterminable número de citas y teorías de autores, cuya existencia, o bien es falsa, o bien queda salvaguardada por la ardua tarea que representaría el comprobar una a una las innumerables referencias con las que la inagotable erudición de Borges revistió su obra.

"Para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial, no los individuos". Este sentido ecuménico, impersonal de la literatura, que el autor distingue en la obra de otros escritores como George Moore o James Joyce que incorporaron a sus textos, páginas y sentencias ajenas (La Flor de Coleridge. Otras Inquisiciones. O.C. Vol. II. Pág. 235), es compartido a carta cabal por Borges, que en sus poemas y ensayos incluye asiduamente referencias y fragmentos de autores que entran a formar parte del orbe borgiano, iluminando con su presencia sus propias filias y fobias. Del mismo modo, y emulando de sugerente manera el texto filosófico y el ensayo crítico, el autor despacha en algunos de sus cuentos títulos, tesis, fechas y datos, que dan solidez y profundidad a las tramas, a pesar de que, en muchos casos, no sean más que guiños o licenciosas invenciones con las que el autor parece recordarnos el incierto terreno de ficción que estamos pisando.

"No exageres el culto de la verdad; no hay hombre que al cabo del día, no haya mentido con razón muchas veces" (Fragmentos de un evangelio apócrifo. Elogio de la sombra. O.C. Vol. III. Pág. 175). Si hemos de tener en cuenta esta advertencia, podemos esgrimir que la razón de las geniales 'imposturas' que aparecen en el cuento borgiano es, valga la paradoja, la credibilidad o verosimilitud de los estrechos márgenes entre los que muchas veces se desarrollan sus tramas. Las teorías, vidas y obras de los heresiarcas, apóstatas, simbolistas y escritores que aparecen en los cuentos de Borges, dan vida y sostienen muchos de los refinados argumentos que el autor hila en sus historias. También podemos creer que estos doctos pero inexistentes sabios y literatos con que Borges anima sus narraciones son no más que sencillos guiños irónicos, fantasmas lúdicos con los que puebla la descomunal biblioteca que guarda en su memoria, o incluso pistas con las que el autor apunta a la imperfección inherente a cualquier sueño literario: "Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura, tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso". (Avatares de la tortuga. Discusión. O.C. Vol. I. Pág. 287)


Magia

¿Por qué persistes, incesante espejo?
¿Por qué duplicas, misterioso hermano,
El menor movimiento de mi mano?


(Al espejo. El oro de los tigres. O.C. Vol. II3. Pág. 303)

Tal y como menciona Bioy al principio de 'Tlön, Uqbar, Orbis Tertius' en una cita que desencadenará la trama, el espejo, al igual que la cópula, es abominable porque multiplica el número de los hombres. El espejo es, además de una de las pesadillas borgianas por excelencia (la otra, el laberinto, se consigue enfrentando dos espejos opuestos), una de las imágenes privilegiadas por Borges en muchos de sus cuentos y poemas (2) con tal de plasmar el temor y la veneración mágica que despierta en él el mundo. Incorpóreo, infinito y monstruoso, recuerda al hombre que es vanidad y reflejo y su poderosa presencia parece delatar la misma voluntad reveladora que mostró dios a los hombres al introducir en sus noches la inquietante sombra de los sueños.

Junto al espejo, que, a pesar de su secreto hechizo, es, al fin y al cabo existente, Borges recrea en sus cuentos algunos memorables objetos mágicos que parecen salidos tan sólo de su imaginación y que ostentan también ocultos poderes que recuerdan al hombre lo limitado de su condición. Es el caso del Aleph, pequeña esfera tornasolada de intolerable fulgor que da nombre a un libro del autor y en el que están, sin confundirse, todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos. Primera letra de la cábala que significa el 'En Soph', la ilimitada y pura divinidad, el Aleph se inscribe en una tradición hermética a la que también remiten los alquimistas, derviches y polígrafos que atestiguan la aparición o secreta historia de otros objetos que habitan con sus misterios el universo borgiano.

El Zahir, uno de los noventa y nueve nombres de dios que puede encarnarse en cualquier cosa y cuya terrible virtud es la de hacerse inolvidable a la persona que lo descubre hasta llevarla al umbral de la locura, el Disco de Odín, único objeto en la tierra que tiene un solo lado, o el 'Libro de arena', cuyo número de páginas es exactamente infinito, son otros testimonios de la afición del escritor a introducir en el mundo de sus ficciones elementos secretos y conjeturales que descubran a sus asombrados personajes las artes mágicas que oculta el mundo tras su benévola apariencia. Para Borges los espejos ocultan algo tras el reflejo y el propio mundo está impregnado de una magia que tan sólo nos es negada por nuestra dispersión y por nuestro celo. Sus objetos secretos son por eso tal vez no más que metáforas que apuntan a esa carencia que tan brillantemente apuntaba el autor inglés:

"Dijo Tennyson que si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos y qué es el mundo. Tal vez quiso decir que no hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal y su infinita concatenación de efectos y causas." (El Zahir. El Aleph. O.C. Vol. II. Pág. 187)


Penumbra

"...Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad..."


(Elogio de la sombra. Elogio de la sombra. O.C. Vol. III. Pág. 181)

La ceguera (3) de Borges, ambas manos apoyadas en su báculo, la cara ligeramente ladeada y un párpado entreabierto, forma parte de la carismática imagen pública del autor, por mucho que este siempre intentase restar importancia a un impedimento que, antes que una desdicha, prefería calificar como un don. Lo cierto es que el lento crepúsculo que fue apagando la luz en sus ojos a lo largo de más de cinco décadas, marcó su vida y su obra sugiriéndole incluso el título de uno de sus más preciados volúmenes: "Elogio de la sombra" (1969).

Herencia familiar cuyo irreversible legado pudo apreciar antes en el ejemplo de la abuela y del padre, la ceguera asomó infalible a la vida del autor, y, por mucho que a lo largo de más de 8 intervenciones oftalmológicas la medicina intentase atajar sus infatigables avances, al ver Borges cumplido uno de sus mayores sueños, ya acompaña indefectiblemente al escritor. Al cruzar las puertas del ansiado paraíso, la Biblioteca Nacional de la que en 1955 se hace cargo como flamante director, el destino ya se ha hecho patente en lo que en el poema de los dones el autor resume de la siguiente manera: "Nadie rebaje a lágrima o reproche / Esta declaración de la maestría / De Dios que con magnífica ironía / Me dio a la vez los libros y la noche".

Alcanzado el sueño de todo bibliófilo, un dominio de casi un millón de volúmenes, la falta de visión ya no permite a Borges disfrutar de los textos y láminas que alberga aquel tesoro de papel y cartón. Por si fuera poca la ironía, dos insignes antecesores en el cargo, Groussac y Mármol, han corrido idéntica suerte lo que, falto de dramatismo, no deja de celebrar el autor. La ceguera le invita a volver a la métrica clásica en la poesía con tal de ayudarse en la memorización, le obliga a recurrir a sus allegados para que le sirvan de amanuenses y, sobre todo, le vuelca en el estudio del anglosajón y de la literatura escandinava, doble dedicación que le regalará con innumerables horas de placer erudito.

"La ceguera es una clausura, pero también es una liberación, una soledad propicia a las invenciones, una llave y un álgebra" (Prólogo. La rosa profunda. O.C. Vol. III. Pág. 384). Homero, su admirado Milton o incluso Joyce han vivido previamente esa experiencia, y el modesto autor, que , cómo no, considera también modesta su ceguera por permitirle apreciar aún algún color, encuentra en el impedimento un apoyo que le permite seguir descubriendo, tal vez con aún mayor determinación, el vasto universo del intelecto, del lenguaje y de la literatura que permanecen inalterables tras aquella falsa penumbra.

 


Sueño

"...El hidalgo fue un sueño de Cervantes
Y Don Quijote un sueño del hidalgo
El doble sueño los confunde y algo
Está pasando que pasó mucho antes
Quijano duerme y sueña. Una batalla:
Los mares de Lepanto y la metralla."


(Sueña Alonso Quijano. El oro de los tigres. O.C. Vol. III. Pág. 263)

"Para el salvaje o para el niño los sueños son un episodio de la vigilia, para los poetas y los místicos no es imposible que toda la vigilia sea un sueño. Esto lo dice, de modo seco y lacónico, Calderón: la vida es sueño. Y lo dice, ya con una imagen, Shakespeare: estamos hechos de la misma madera que nuestros sueños" (La pesadilla. Siete noches. O.C. Vol. IV. Pág. 118). Borges, al igual que sus célebres antecesores otorga al sueño una gran importancia que se proyecta en su concepción vital y en sus escritos y determina incluso su proceso de creación literaria. Si bien el comprender que somos como un sueño le inspira tristeza, trata de distinguir que, en palabras de su venerado Schopenhauer, la vida y el sueño son hojas de un mismo libro y que esa afinidad o permeable cercanía puede arrojar interesantes frutos.

Si Robert Louis Stevenson debe a un sueño el argumento de Jekyll & Hydey de Olalla, Borges también aprovecha procesos de cerebración inconsciente propios o ajenos como fuente de inspiración para sus cuentos y poemas. Así confiesa deber a un sueño de Hugo Ramírez Moroni la trama de su evangelio de San Marcos, publicado en las páginas del Informe de Brodie, o apunta que la página de algún poema de La moneda de hierro, como por ejemplo Ein Traum, le "fue dictada una mañana en East Lansing, sin que yo la entendiera y sin que me inquietara sensiblemente; pude transcribirla después, palabra por palabra" (Notas. La moneda de hierro. O.C. Vol. IV. Pág. 55). Pero además de destilar versos del breve abismo al que le aboca una corta cabezada o una noche inquieta, Borges utiliza este don inconcebible (4) para tejer el argumento de algunos de sus mejores cuentos.

Ya en Historia de los dos que soñaron, cuento añadido posteriormente a Historia Universal de la Infamia, el autor muestra a través de la historia de Mohamed el Magrebí que la capacidad premonitoria de los sueños puede entrañar, para quien crea en ella, importantes recompensas. Las ruinas circulares, tal vez el cuento-sueño borgiano por excelencia, cuyo argumento, cómo no, le fue sugerido al narrador en brazos de Morfeo, desarrolla la idea del hombre que sueña a otro o del hombre que es soñado hasta conducirla a un clímax que marca una de sus más brillantes paradojas. El sueño es un espacio mágico en el que el autor llega incluso a encontrarse consigo mismo. Así ocurre en El otro, narración de El libro de arena, en la que un Borges casi octogenario se sueña en un banco junto a un 'joven estudiante ginebrino'. El anciano intenta convencer al joven Borges de la oportunidad de ese encuentro, pero su interlocutor, todavía demasiado ingenuo, no llega a apreciar la fuerza reveladora de sus anuncios y vaticinadores recuerdos. 


Borges

Soy el que sabe que no es menos vano
Que el vano observador que en el espejo
De silencio y cristal sigue el reflejo
O el cuerpo (da lo mismo) del hermano...


(Soy. La rosa profunda. O.C. Vol. III. Pág. 395)

Hombre tímido y de infinita modestia Jorge Luis Borges vivió las últimas décadas de su vida envuelto en un torbellino de homenajes, en un creciente culto a su persona que sin duda le azoraba pero que también agradecía no sin humildad: "uno descubre que está en el centro de una especie de vasto círculo de amigos invisibles, de amigos que no conocerá nunca físicamente pero que lo quieren a uno y eso es una recompensa más que suficiente" (Entrevista "A fondo").

Esta "recompensa" a la soledad endémica del escritor, al ejercicio interminable de reescribir ciertos argumentos, como el autor dice hacer desde "Fervor de Buenos Aires", no llega sin embargo nunca a afectar a la noción que tiene de sí mismo. La fama viene a ser para Borges un desdoblamiento, la aparición de un "doble" (5) que cosecha los triunfos pero lo deja a él en el mismo lugar de siempre, un doble cuya existencia será, al fin y al cabo, casi tan efímera como la propia del autor.

En la única biografía completa en la que se adentró Borges, la que dedicó al amigo de su padre Evaristo Carriego, el escritor se cuidó de seguir el orden de sus días, de enumerar en una sucesión cronológica su existencia, prefiriendo "buscar su eternidad, sus repeticiones". Y es que para Borges la verdad no reside en las fechas, declaradamente ajenas a su portentosa memoria, ni la identidad en los avatares de la vida. La autenticidad reside si acaso en la lucidez que arroja un febril momento de creación, íntimo descubrimiento, que luego se pierde en el trasiego de la propia vida a la par que en el fútil y evanescente espejismo del personaje público.

"... Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro..."(Borges y yo. El hacedor. O.C. II. Pág. 402)


Notas:

1.- Un libro. Historia de la noche. O.C. Vol. IV. Pág. 75.

Un libro

Apenas una cosa entre las cosas
Pero también un arma. Fue forjada
En Inglaterra, en 1604,
Y la cargaron con un sueño. Encierra
Sonido y furia y noche y escarlata.
Mi palma la sopesa. Quién diría
Que contiene el infierno: las barbadas
Brujas que son las parcas, los puñales
Que ejecutan las leyes de la sombra,
El aire delicado del castillo
Que te verá morir, la delicada
Mano capaz de ensangrentar los mares,
La espada y el clamor de la batalla.

Ese tumulto silencioso duerme
En el ámbito de uno de los libros
Del tranquilo anaquel. Duerme y espera.

2.- Los espejos. El hacedor. O.C. Vol. II. Pág. 409-410

Los espejos

Yo que sentí el horror de los espejos
No sólo ante el cristal impenetrable
Donde acaba y empieza inhabitable,
Un imposible espacio de reflejos

Sino ante el agua especular que imita
El otro azul en su profundo cielo
Que a veces raya el ilusorio vuelo
Del ave inversa o que un temblor agita

Y ante la superficie silenciosa
Del ébano sutil cuya tersura
Repite como un sueño la blancura
De un vago mármol o una vaga rosa,

Hoy, al cabo de tantos y perplejos
Años de errar bajo la varia luna,
Me pregunto qué azar de la fortuna
Hizo que yo temiera los espejos.

Espejos de metal, enmascarado
Espejo de caoba que en la bruma
De su rojo crepúsculo disfuma
Ese rostro que mira y es mirado,

Infinitos los veo, elementales
Ejecutores de un antiguo pacto,
Multiplicar el mundo como el acto
Generativo, insomnes y fatales.

Prolongan este vano mundo incierto
En su vertiginosa telaraña;
A veces en la tarde los empaña
El hálito de un hombre que no ha muerto.

Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
Paredes de la alcoba hay un espejo,
Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
Que arma en el alba un sigiloso teatro.

Todo acontece y nada se recuerda
En esos gabinetes cristalinos
Donde, como fantásticos rabinos,
Leemos los libros de derecha a izquierda.

Claudio, rey de una tarde, rey soñado,
No sintió que era un sueño hasta aquel día
En que un actor mimó su felonía
Con arte silencioso, en un tablado.

Que haya sueños es raro, que haya espejos,
Que el usual y gastado repertorio
De cada día incluya el ilusorio
Orbe profundo que urden los reflejos.

Dios (he dado en pensar) pone un empeño
En toda esa inasible arquitectura
Que edifica la luz con la tersura
Del cristal y la sombra con el sueño.

Dios ha creado las noches que se arman
De sueños y las formas del espejo
Para que el hombre sienta que es reflejo
Y vanidad. Por eso nos alarman.

3.- La ceguera (conferencia, 1980). Siete Noches. O.C. Vol. IV. Pág. 275-176

La ceguera (fragmento)

En el decurso de mis muchas, de mis demasiadas conferencias, he observado que se prefiere lo personal a lo general, lo concreto a lo abstracto. Por consiguiente, empezaré refiriéndome a mi modesta ceguera personal. Modesta, en primer término, porque es ceguera total de un ojo, parcial del otro. Todavía puedo descifrar algunos colores, todavía puedo descifrar el verde y el azul. Hay un color que no me ha sido infiel, el color amarillo. Recuerdo que de chico (si mi hermana está aquí lo recordará también) me demoraba ante unas jaulas del jardín zoológico de Palermo y eran precisamente la jaula del tigre y la del leopardo. Me demoraba ante el oro y el negro del tigre; aún ahora, el amarillo sigue acompañándome. He escrito un poema que se titula "El oro de los tigres" en que me refiero a esa amistad.

Quiero pasar a un hecho que suele ignorarse y que no sé si es de aplicación general. La gente se imagina al ciego encerrado en un mundo negro. Hay un verso de Shakespeare que justificaría esa opinión: Looking on darkness which the blind do see; "mirando la oscuridad que ven los ciegos". Si entendemos negrura por oscuridad, el verso de Shakespeare es falso.

Uno de los colores que los ciegos (o en todo caso este ciego) extrañan es el negro; otro, el rojo. ÔLe rouge et le noirÕ son los colores que nos faltan. A mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo tener que dormir en este mundo de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego. Hubiera querido reclinarme en la oscuridad, apoyarme en la oscuridad. Al rojo lo veo como un vago marrón. El mundo del ciego no es la noche que la gente supone. En todo caso estoy hablando en mi nombre y en nombre de mi padre y de mi abuela, que murieron ciegos; ciegos, sonrientes y valerosos, como yo también espero morir. Se heredan muchas cosas (la ceguera, por ejemplo), pero no se hereda el valor. Sé que fueron valientes.

El sueño es una representación. La idea la retomó Adison a principios del siglo XVIII en un excelente artículo publicado en la revista ÔThe SpectatorÕ.

El ciego vive en un mundo bastante incómodo, un mundo indefinido, del cual emerge algún color: para mí, todavía el amarillo, todavía el azul (salvo que el azul puede ser verde), todavía el verde (salvo que el verde puede ser azul). El blanco ha desaparecido o se confunde con el gris. En cuanto al rojo, ha desaparecido del todo, pero espero alguna vez (estoy siguiendo un tratamiento) mejorar y poder ver ese gran color, ese color que resplandece en la poesía y que tiene tan lindos nombres en muchos idiomas. Pensemos en ÔscharlachÕ, en alemán, en ÔscarletÕ, en inglés, escarlata en español, ÔécarlateÕ, en francés. Palabras que parecen dignas de ese gran color. En cambio, ÔamarillosÕ suena débil en español; yellow en inglés, que se parece tanto a amarillo, creo que en español antiguo era ÔamarielloÕ.

Yo vivo en ese mundo de colores y quiero contar, ante todo, que si he hablado de mi modesta ceguera personal, lo hice porque no es esa ceguera perfecta en que piensa la gente; y en segundo lugar porque se trata de mí. Mi caso no es especialmente dramático. Es dramático el caso de aquellos que pierden bruscamente la vista: se trata de una fulminación, de un eclipse, pero en el caso mío, ese lento crepúsculo empezó (esa lenta pérdida de la vista) cuando empecé a ver. Se ha extendido desde 1899 sin momentos dramáticos, un lento crepúsculo que duró más de medio siglo...

4.- El sueño. El otro, el mismo. O.C. Vol. III. Pág. 99

El sueño

Si el sueño fuera (como dicen) una
Tregua, un puro reposo de la mente,
¿Por qué, si te despiertan bruscamente,
Sientes que te han robado una fortuna?
¿Por qué es tan triste madrugar? La hora
Nos despoja de un don inconcebible,
Tan íntimo que sólo es traducible
En un sopor que la vigilia dora
De sueños, que bien pueden ser reflejos
Truncos de los tesoros de la sombra,
De un orbe intemporal que no se nombra
Y que el día deforma en sus espejos.
¿Quién serás esta noche en el oscuro
Sueño, del otro lado de su muro?

5.- Borges y yo. El hacedor. O.C. Vol. II. Pág. 402

Borges y Yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.

 

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