Domingo 30 de abril de 2000BORGES EN LA FACULTAD
Las lecturas placenterasLes decía a sus alumnos que no leyeran por obligación, sino por placer. Que si un libro no les gustaba, lo dejaran de inmediato. Prefería las historias íntimas de los escritores a las teorías literarias. Ese era el Borges profesor, genial como siempre, pero también más cálido y más humano.
DANIEL MOLINA
De las muchas recompensas que Jorge Luis Borges recibió, quizá ninguna le dio tanta alegría como haber sido nombrado, en 1956, titular de la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en la Universidad de Buenos Aires. Con ese nombramiento Borges completaba, en un lapso de apenas doce meses, el abanico de todos los honores que el Estado nacional puede deparar a un escritor y que hasta entonces le había negado sistemáticamente: en 1955 había sido designado director de la Biblioteca Nacional y en 1956 recibía el Premio Nacional de Literatura.
El autor de Ficciones no dudaba de que, si bien merecía con creces esos reconocimientos (y la módica tranquilidad material que los cargos reportaban), tanto su nombramiento al frente de la biblioteca como la concesión del premio estaban íntimamente ligados a la coyuntura política: así como el peronismo lo había marginado, por sus ideas, de la vida cultural oficial y lo había obligado a renunciar a su humilde puesto de bibliotecario municipal, los antiperonistas de la Revolución Libertadora homenajeaban en Borges al opositor a Perón más que al escritor genial. Sin embargo, como en la enseñanza se sintió feliz, Borges eligió pensar que el cargo de profesor lo obtuvo sólo por mérito propio.
En su Autobiografía -hay que leerlo con ternura- dice que, mientras los otros candidatos habían enviado -como es obligatorio- minuciosos informes de sus carreras, él se limitó a presentar la siguiente declaración: "Sin darme cuenta me estuve preparando para este puesto toda mi vida". Habría que desconocer totalmente el infinito laberinto construido por la burocracia que maneja la vida universitaria argentina para creer que es posible, sin un apoyo político de primer nivel, obtener una cátedra sin acreditar estudios universitarios -que Borges no tenía-. Aunque sea el sueño de un poeta, en el mundo universitario una frase feliz no es la llave que abre la puerta que conduce a la felicidad.
El profesor adjunto de la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana era Jaime Rest. La relación entre ambos nunca fue buena: durante los años que compartieron la enseñanza mantuvieron una relación, más que cordial, educada y esencialmente distante. Rest fue un crítico brillante y progresista, además de un profesor preocupado hasta la obsesión por ser pedagógico -basta leer los fascículos que escribió para la serie Capítulo, que publicó el Centro Editor de América Latina-.
En los 60, nadie iba a las clases de Borges porque supiera que era uno de los más grandes escritores del siglo -y, sin duda, el más importante que ha dado el castellano en los últimos 300 años-. Si bien ya era bastante más conocido que cuando había asumido al frente de la Biblioteca Nacional, aún Borges no gozaba ni de la fama ni del prestigio que logró disfrutar desde fines de los 70 hasta su muerte en 1986. Signos de una época en la cual la política y la ideología teñían cualquier valoración, los alumnos de los 60 consideraban que cursar la cátedra de Borges -que era opcional- era un signo de conservadurismo o de pobreza intelectual: "Ahí iban las que yo llamaba las tontas, todas esas chicas que no tenían ningún interés intelectual ni crítico; esas chicas que pensaban terminar rápido la carrera para dedicarse a ser profesoras del secundario, como una forma digna de conseguir los pesitos que completarían el ingreso de esa familia que soñaban formar luego de casarse de blanco", dijo una crítica que hoy enseña en Filosofía y Letras y que prefiere mantener el anonimato. En su biografía del escritor, María Esther Vázquez recuerda que Borges no reprobaba a nadie, por eso la cátedra también era elegida por los alumnos que buscaban cursar una materia fácil de aprobar ("los haraganes", dice Vázquez).orges era un fenómeno extraño en la facultad. Su enseñanza apelaba al placer y, por eso, recurría a lo que podría llamarse una pedagogía platónica: buscaba provocar en los alumnos el interés por lo que él llamó "esa casi infinita y maravillosa literatura: la inglesa". Como Platón afirma en el Fedro, Borges creía que sin amor no hay saber, y que tampoco hay amor sin placer. Detestaba una frase que es habitual en los ámbitos de enseñanza: "libros de lectura obligatoria". Varias veces declaró que creía que la frase era un contrasentido. Para él, leer era un placer y creía que obligar a alguien a sentir tal o cual placer era monstruoso o equivocado. "Yo siempre les aconsejé a mis estudiantes que si un libro les aburre lo dejen; que no lo lean porque es famoso, que no lean un libro porque es moderno, que no lean un libro porque es antiguo; la lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz", dice en la entrevista filmada Borges para millones.
No es raro que la última faceta de Borges que se publica sea su tarea docente. Sus artículos como periodista cultural eran relativamente accesibles: el rescate que Emir Rodríguez Monegal llevó a cabo en Textos cautivos abrió un camino que continuaron los libros Borges en la revista Multicolor y Borges en El Hogar. Sus conferencias fueron a parar a la imprenta muy temprano, ya sea porque Borges las incluyó como artículos en sus libros de ensayos (por ejemplo, "El escritor argentino y la tradición", incluido en Discusión, o "Nathaniel Hawthorne", incluido en Otras inquisiciones), o porque fueron pensadas desde el comienzo para ser publicadas, como las que dictó en 1976 en el teatro Coliseo de Buenos Aires, y que conforman su libro Siete Noches. En cambio, su trabajo como profesor fue relegado al olvido.orges fue un profesor tan atípico y tan poco valorado mientras enseñó (recién cuando se estaba por jubilar se comenzó a sospechar que había un genio rondando los pasillos de la facultad) que casi no quedó registro de sus clases. La tecnología tampoco ayudaba: las grabaciones que ahora se publican fueron registradas en los viejos grabadores de cintas -aún no existía el casete- y las desgrabaciones eran muy desprolijas, apenas suficientes para que pudieran estudiarlas los alumnos del curso que no podían concurrir a los teóricos y necesitaban la información para aprobar los poco exigentes exámenes. Además, las cintas originales están perdidas: por entonces eran bastante caras como para no reutilizarlas (nadie consideró que guardar la voz del maestro justificase semejante dispendio).
El trabajo de Martín Arias y Martín Hadis, editores de las clases de Borges profesor, no fue sencillo: si bien el apuro de los desgrabadores por cumplir con los tiempos de los exámenes permitió dejar intacto el sabor oral del lenguaje borgeano y la conservación de sus digresiones y de sus expresiones más coloquiales -no hay ningún intento de "editar" en lo más mínimo lo que se transcribe y prueba de ello es que cada clase mimeografiada tenía la inscripción "es versión fiel"-, también este apuro llevó a que todos los nombres propios, los títulos de libros y las frases en otros idiomas se transcribieran fonéticamente. Los abundantes recitados en anglosajón y las disquisiciones etimológicas tan caras a Borges eran irreconocibles. Los editores tuvieron que realizar una tarea parecida a la que realizan los filólogos clásicos cuando tratan de fijar un texto de la antigüedad a partir de un manuscrito medieval: quizás el copista fue un monje devoto y un prolijo calígrafo, pero carecía de suficiente cultura como para no adulterar el texto original y terminó creando un escrito en el que el autor griego o romano resulta irreconocible.
Según declaran los editores, algunos casos fueron fáciles de corregir: "Roseti" era visiblemente el poeta Dante Gabriel Rossetti. Pero no fue fácil descubrir que "Bartle" reemplazaba erróneamente el nombre del filósofo George Berkeley. Hubo casos mucho más difíciles de restituir: "Edvorick Hoffer" era el poco conocido, pero importante en la argumentación borgeana, jesuita del siglo XVIII Martino Dobrizhoffer; el nombre del profesor Livingston Lowes había sido transcripto como si fuera el título de una presunta obra "Lyrics and Lows". Incluso fue difícil reconocer al Dr. Jeckyll escondido detrás de una serie de denominaciones tan poco familiares como "Shekli", "Shake", "Sheke", "Jaquil" o "Shakel"; Mr. Hyde no tuvo mayor suerte: para los transcriptores fue "Hi", "Hid" o "Hait". Según Arias y Hadis estas variantes convivían en la misma página, incluso en el mismo párrafo. Entre los versos citados se encontraron tantos errores graves que sonó agradablemente jocoso ver que los que habían desgrabado la clase en que Borges cita un verso de Walt Whitman transformaron "Walt Whitman, un cosmos, hijo de Manhattan" en la inquietante "Walt Whitman, un cojo, hijo de Manhattan".
Según Borges mismo ha declarado en varias entrevistas, el placer mayor que le procuraba la enseñanza era que le permitía aprender constantemente cosas nuevas. "No se puede enseñar algo sin aprender mucho", dijo más de una vez. Como veía la literatura desde un punto de vista hedónico y no confiaba demasiado en las teorías, Borges ponía a los autores por encima de los movimientos -"los movimientos literarios son una comodidad de los historiadores de la literatura para explicar la singularidad de una obra tan excepcional como la de Dickens, por ejemplo"-. Borges narra argumentos y biografías, violando todas las normas teóricas y críticas modernas. Es un maestro medieval: está interesado en que los estudiantes amen los libros, disfruten con ellos, se sientan atraídos por la literatura. No le interesa transmitir información erudita porque sí. Desconfía de todo el aparato teórico que proviene de fuera de la literatura: es especialmente crítico con la información sociológica e histórica. Sólo recurre a la historia cuando le parece que el texto lo exige para su comprensión.
Más aun que en sus conferencias, Borges se siente libre en sus clases. Si bien tiene un programa que cumplir, se permite todo tipo de digresiones. Estas digresiones no siempre tienen relación con el tema central de la clase, pero Borges las valora por la emoción que pueden causar o por el placer que aportan. En uno de los teóricos sobre Samuel Johnson dice, cuando cuenta la vida de Buddha: "Ustedes me perdonarán esta digresión, pero la historia es hermosa". Borges creía que lo importante no era "enseñar literatura inglesa" -algo que creía imposible-, sino "compartir el amor por ciertos autores ingleses o por ciertas obras de esos autores; eso es posible y con eso basta, me parece".orges no siempre cita textualmente. Incluso en muchas de sus traducciones en clase realiza el mismo procedimiento que usa en varios cuentos que tienen por escenarios las tierras sajonas: traslada la acción de la campiña inglesa a la pampa argentina a través de palabras típicamente rioplatenses o gauchescas. Por ejemplo, cuando habla en clase del poema medieval Batalla de Maldon traduce así un verso: "que mandaran a latigazos los caballos a la querencia". En el original no hay "latigazos" ni nada que se les parezca, pero con esa palabra Borges acentúa el dramatismo del verso; además, obviamente tampoco en el poema se habla de una "querencia" pampeana, pero de esa forma les permitía a los estudiantes acercarse a un poema que se refería a una cultura lejana en el tiempo y el espacio.
Quizá Borges no haya sido un modelo de lo que la enseñanza moderna espera de un profesor universitario, pero fue sin du da un maestro. Alguien que no está preocupado en transmitir meras informaciones, sino que alienta a sus discípulos a que aspiren a la sabiduría.
Encontrado en: http://old.clarin.com/suplementos/cultura/2000/04/30/e-00311d.htm
FRAGMENTO
Borges profesorJORGE LUIS BORGES
La historia de la literatura que hacemos, y que hace la gran mayoría, recurre a un expediente, cómodo, que es la división de la historia literaria en épocas: dividir a los escritores, repartirlos en épocas. Y esto sí puede aplicarse a Inglaterra. Así que nosotros vamos ahora a ver uno de los períodos más notables que hay en la historia de Inglaterra, que es la época victoriana. Pero la caracterización de ésta ofrece el inconveniente de ser muy extensa: su duración va del año 1837 al año 1900, un largo reinado. Y además nos encontraríamos con que la definición es difícil y riesgosa. Nos costaría, por ejemplo, encuadrar a Carlyle, ateo que no creía ni en el Cielo ni en el Infierno. Parecería una época conservadora, pero el auge mayor del socialismo corresponde a esa época. Es también el momento de los grandes debates entre ciencia y religión, entre los que sostenían la verdad de la Biblia contra los partidarios de Darwin. Debemos anotar que, sin embargo, hay (entre los defensores de) la Biblia grandes visiones del presente. La época victoriana se caracterizó por la gran reserva que mostró referente a lo sensual o sexual. Sin embargo, sir Richard Burton traduce el libro árabe Perfumed Garden, que llega a tener su alma. Es también por esa época, en 1855, que Walt Whitman escribe su libro Leaves of Grass. Es el gran auge del Imperio Británico. A pesar de eso, varios escritores se mostraron y actuaron sin partidismos: Chesterton, Stevenson, etcétera.
La época victoriana fue una época de debates y discusiones. Su tendencia no fue tan marcadamente protestante. Hay, por ejemplo, un fuerte movimiento que nace en Oxford y que propende al catolicismo. La unión de todos estos elementos contrastantes es de difícil definición, pero de todas maneras existe. Todos los elementos son unidos por una atmósfera común pero cambiante, que abarca setenta y tantos años. en ese período encuadramos a Charles Dickens. Nace en 1812 y muere en 1870. Es un hombre que surge del pueblo, de la clase media inferior. Su padre era empleado de comercio y muchas veces conoció la cárcel por deudas. El hijo fue un escritor comprometido, que dedicó buena parte de su obra a combatir en favor de ciertas reformas. No podemos decir que Dickens las haya conseguido. Y quizás esto venga a explicarnos el que se haya perdido tanto en nuestro recuerdo esta calidad de reforma de las escuelas, de las cárceles, de sistemas de trabajo. Pero si la reforma fracasa, la obra que desarrolla el reformador parece carecer de validez. Si tiene éxito, tiene necesariamente que perder actualidad. Es decir, la idea de que un individuo tiene que vivir su vida, por ejemplo, cosa que ahora nos parece un lugar común, fue en su momento una idea revolucionaria. Es el caso de Casa de muñecas de Ibsen.
Ahora, el peligro de la literatura social es que no tiene total aceptación. En el caso de Dickens, la parte social de su obra es evidente. Fue un revolucionario. Su infancia fue muy dura. Para esto debemos leer David Copperfield, donde él ha pintado el carácter de su padre también. Dickens es un hombre que vive al borde de la ruina, es un deudor vitalicio que posee un extravagante optimismo acerca del porvenir. Su madre fue una mujer muy buena pero confusa y disparatada en sus acciones. El tuvo que trabajar desde niño en un depósito. Luego fue reportero, taquígrafo. Hacía reseñas de los debates de la Cámara de los Comunes pero con mucho mayor realismo que Johnson, que ya hemos visto cómo lo hacía.
Dickens fue un habitante de Londres. En su libro Historia de dos ciudades, A Tale of Two Cities, basado en la Revolución Francesa, se ve que en realidad Dickens no podía escribir una historia de dos ciudades. El fue habitante de una sola ciudad: Londres.
Empezó por el periodismo y llegó a la novela por ese camino. Y al estilo resultante fue fiel, se mantuvo en él durante toda su vida. Sus novelas se publicaban por entregas, en folletín, y su resonancia fue tal que los lectores seguían la suerte de sus personajes como si fueran verdaderos. Recibió una vez centenares de cartas, por ejemplo, en que se pedía que no muriera el protagonista de la novela.
Ahora, a Dickens no le interesaba demasiado el argumento, sino más bien los personajes, el carácter de los personajes. El argumento es casi un mero medio mecánico para que progrese la acción. No hay una real evolución de carácter en los personajes. Son los medios, los acontecimientos, los que modifican a los personajes, como ocurre en la realidad. Los personajes que Dickens crea viven en un perpetuo éxtasis de ser ellos mismos. Suele diferenciarlos según dialectos: usa para unos un dialecto especial. Esto es visible en la versión original en inglés.
Pero Dickens adolece de exceso de sentimentalismo. No escribe al margen de su obra. Se identifica con cada uno de sus personajes. El primero de sus libros que logró una gran adhesión popular fue Los papeles póstumos del Club Pickwick, que fue publicado por entregas. Al principio le sugirieron que utilizara ciertas ilustraciones, y a ellas Dickens iba acomodando el texto. Y a medida que escribía el libro iba imaginando caracteres, intimaba con ellos. Sus personajes poco a poco adquirieron vida propia. Así pasa con Mr. Pickwick, que adquiere singular relevancia y es un caballero de carácter firme. Lo mismo ocurre con los otros personajes. El sirviente ve ciertas ridiculeces en su amor, pero llega a quererlo muchísimo.
Dickens había leído poco, pero entre sus primeras lecturas se contó la traducción del libro de Las mil y una noches y los novelistas ingleses de influencia cervantina, novela de camino, en la que el hecho de que los personajes se trasladen crea la acción, las aventuras saltan al encuentro de los personajes. Picwick pierde un proceso, lo cree injusto y resuelve no juzgarlo y sufrir la condena. Su sirviente, Sam Weller, incurre en deudas que no quiere pagar y lo acompaña a la cárcel. Es notable la afición de Dickens por los nombres extravagantes: Pickwick, Twist, Chuzzlewit, Copperfield. Y se podrían mencionar muchos más. Llegó a hacer fortuna con la literatura. Su único rival era Thackeray. Pero aun de éste se cuenta que su hija le dijo una vez: "Papá, ¿por qué no escribe usted libros como el señor Dickens?". Thackeray era más bien un cínico, a pesar de que no faltan en sus obras momentos sentimentales. Dickens era incapaz de pintar un caballero, pero los hay en su obra. Conoció a la baja y a la alta burguesía íntimamente, pero no así a la aristocracia, que raras veces aparece en su obra. Thackeray lo hace porque la conocía bien. Dickens porque se sentía plebeyo. Estas diferentes circunstancias las debemos hacer destacar: los diferencian.
Dickens recorrió Inglaterra haciendo lecturas públicas de su obra. Elegía capítulos dramáticos. Por ejemplo, la escena del proceso de Pickwick. Utilizaba una voz distinta para cada personaje, y lo hacía con extraordinario talento dramático. Los oyentes lo aplaudieron extraordinariamente. Se dice que sacó el reloj, vio que disponía de una hora y cuarto, y que el tiempo de aplausos hizo perder parte de la lectura. Intentó repetir la experiencia en los Estados Unidos, pero allí se hizo antipático. Primero, porque declaró que era abolicionista, y segundo, porque defendió la causa de los derechos del autor.
Encontrado en: http://old.clarin.com/suplementos/cultura/2000/04/30/e-00501d.htm