Cien años de Borges

María Kodama : "Imposible olvidarlo, pero así quería que lo recordáramos, como el hombre invisible"

2 de septiembre de 1999

Ivonne Sánchez
Proceso, nº 1190


Con ocasión de la aparición del tomo dos y último de las Obras Completas de Jorge Luis Borges en la colección de La Plèiade, de la Editorial Gallimard, en mayo pasado, Radio France International (RFI) preparó tres emisiones en lengua española dentro de su programa Palabras cruzadas: "Borges el hombre", "Borges y la música", y "El universo imaginario de Borges". Dichos programas fueron enviados a las 200 socias emisoras de RFI en América Latina, entre ellas la famosa Radio Caracol, de Colombia, y, de México, Radio UNAM, para su difusión, por vez primera, a partir del 24 de agosto, centenario del nacimiento del escritor argentino. En la factura de los programas, Ivonne Sánchez entrevistó a la viuda de Borges, María Kodama, y al editor de "La Plèiade" que trabajó con el escritor en sus obras completas. Son las entrevistas que su autora, la periodista mexicana egresada de la carrera de comunicación en el ITESO de Guadalajara, Jalisco, entregó a Proceso.


 

Radio France: —¿Cómo lo conoció?

María Kodama: —Yo lo conocí cuando tenia 12 años. Me lo presentó un amigo de mi padre que me llevó a escuchar una conferencia de Borges, porque yo a esa edad ya quería estudiar literatura, y escribía. Entonces pensó que era muy interesante que una chica conociera a alguien que para este amigo de mi padre era un gran escritor muy admirado y muy querido.

—¿Nos podría describir cómo era un día normal con Borges?

—Días normales eran todos, salvo cuando viajábamos, que no eran normales porque se intensificaba el trabajo. Normalmente, Borges era una persona que despertaba de buen humor; recibía a periodistas, a estudiantes, a escritores, a todo el mundo que quería verlo, por la mañana y hasta el mediodía, salvo cuando estaba escribiendo algo —en cuyo caso a veces recibía a menos gente. Y a la gente que recibía le dictaba los primeros borradores, que después por la tarde reveíamos y corregía. Pero eso cuando estaba escribiendo, si no era una persona sumamente abierta a todo el mundo, dispuesta a recibir a todo el mundo. Le gustaba muchísimo conversar... no es cierto, charlar. Y escuchar a la gente;

—¿Se levantaba temprano?

—Se levantaba más o menos a las 9 y se acostaba pasada la media noche, normal, salvo cuando estábamos afuera, porque a veces le gustaba ir a escuchar música. Si estábamos en Estados Unidos, jazz; si estábamos en Grecia, alguna taberna griega. Entonces se quedaba hasta muy tarde porque le gustaba escuchar música.

—¿Cómo resolvió Borges el hecho de ser un escritor ciego?

—Cuando perdió la vista comenzó a dictar a su madre y a sus amigos las cosas que él creaba, y así pudo él seguir escribiendo, a pesar de no ver.

—¿Pero era realmente un obstáculo o dificultad para su inspiración, para su quehacer?

—No, para nada; supongo que perdió el placer de escribir a mano, que eso es un placer también, pero eso no le impidió seguir escribiendo y sentir la misma alegría que cuando él podía hacerlo porque veía.

—¿Qué música le gustaba escuchar?

—Le gustaban, por ejemplo, los blues, la música de jazz.

Cuando estábamos en Estados Unidos le encantaba ir a Nueva Orleans, al Preservation Hall, a escuchar a los intérpretes de jazz; después, la música griega; le gustaban la milonga, los tangos de la guardia vieja —no el tango canción, no—. Brahms, música de cámara, ese tipo de música. También escuchaba a los Rolling Stones y a los Beatles, le encantaban, sí, porque decía que era una música con mucha fuerza y que le gustaba, que estaba llena de vigor y como de vida.

—¿De qué hablaban todos los días?

—Bueno, como toda persona, de los temas que se iban presentando, de lo que sucedía, de gente conocida, de problemas de la vida, además de literatura, muchísimo. A veces teníamos juegos muy divertidos para discutir, para hacer discusiones en el sentido, digamos, medieval de la palabra. Entonces, por ejemplo, proponíamos temas, de cómo hubiera sido el mundo de haber sido dominado por los griegos; entonces cada uno, por ejemplo, una vez me tocaba a mí defender a los griegos, él a los romanos, otra vez él a los griegos, yo a los romanos, y buscábamos todos los argumentos posibles, así que era muy muy divertido, eran siempre juegos que llevaban a algo realmente intelectual y muy interesante.

—¿Cuántos años convivió con él?

—Yo lo conozco desde que tengo 12 años, y nuestra relación afectiva, amorosa, empezó, por supuesto, más tarde, habrá sido alrededor de los años sesenta, a mediados de los años sesenta, pero mi conocimiento de él es de toda la vida.

—¿Porqué decidió vivir los últimos años de su vida en Ginebra?

—Su decisión de ir a Ginebra fue porque, primero, él quería morir tranquilo, quería a Ginebra. En un reportaje que le hicieron, justamente poco tiempo antes de irse, un periodista suizo puso en la revista: "El sueño imposible de Jorge Luis Borges, ser ciudadano suizo". El último libro que él escribió, Los conjurados, es en realidad un homenaje a Suiza, a la que considera como el arquetipo de lo que el mundo tendría que ser, es decir, países que hablan distintas lenguas, que tienen distinta religión, pero que por un acto de la voluntad y de la razón deciden formar un solo país, que es Suiza, respetando cada uno su individualidad, y eso marcha. Entonces eso es lo que él aspiraba para el mundo. De modo que por todas esas razones eligió quedarse allí en Suiza, lo que no impedía que por ahí manifestara deseos de morir en París o en Nara, en fin, pero digamos que él se sentía a salvo, sobre todo del asedio periodístico del que hubiera sido objeto en Buenos Aires, por ejemplo.

—¿Tenía un verdadero asedio?

—Siempre. La figura de él, no solamente en Buenos Aires, aquí en París, en cualquier lugar, era la de una persona que atraía; entonces, lógicamente que en cuanto la gente sabía que estaba en un lugar, por ejemplo, acá en el College de France, cuando habló, bueno, fue una cosa impresionante. La gente quería entrar por las ventanas, los estudiantes, todos, los periodistas, la gente comenzó a enojarse con los fotógrafos porque se pusieron como una barrera entre Borges y el público. Era una persona que atraía muchísimo, con una fuerza increíble cuando uno lo veía, y era un ser más bien sereno y tímido. Pero lo que él suscitaba a su alrededor era esa especie de asedio.

—¿Le gustaban los animales domésticos?

—Los amaba. El tenía un gato, Bepo, adoraba los gatos, adoraba los animales no domésticos, los tigres. Así que sí.

—Si amaba a los tigres, entonces ¿no eran sólo entes abstractos de su universo literario?

—No, no, sí le gustaban como animal mismo, pensaba que eran magníficos. El tenía una relación lindísima con su gato y con mi gata.

—¿Es que en algún momento él evocó algún deseo de haber tenido hijos?

—No, en un poema dice algo así como "el hijo que no tuve", o algo por el estilo, pero en realidad los niños no le gustaban, y era una cosa muy divertida: una vez, en un viaje que hicimos, me encontré hace poco con la azafata que estuvo en ese viaje por casualidad en la calle, y ella me reconoció y me recordó una anécdota muy divertida:

Sube una señora con un bebito, justo se sienta la señora detrás de Borges con el bebito; el bebito lloraba y gritaba, y Borges me decía: —¿Ese niño va a seguir así todo el tiempo? —No, Borges, está asustado, cuando el avión despegue, entonces... Cuando el avión despegó el niñito redoblo los gritos, pobrecito, porque le molestarían los oídos, vaya a saber, y entonces en un determinado momento Borges, con las dos manos así sobre el bastón mirando el techo del avión, en el momento en que la azafata se inclinaba para decirle: "Maestro, champaña, una naranja, ¿qué quiere?". Y oye que él dice: "Herodes, Herodes, ¿dónde estás?" (risas). Con lo cual la azafata se tentó de risa, le contó a todo el mundo, incluyendo a la madre del bebito, que dijo que ella también había pensado muchas veces lo mismo.

—¿Por qué quiso que la edición de sus obras completas se hiciera en francés?

—No, no es lo que quiso, es lo que dan las circunstancias. Hace muchos años, cuando él estaba en vida, Gallimard le propuso hacer la obra completa en La Plèiade, y él dijo sí; además, estaba ya hecha en Buenos Aires, en vida de él, la edición de la obra completa entre comillas, porque es incompleta, ya que él estaba vivo, en el 74. Así que ya había una obra completa en español. Ahora, luego, sale en Francia. Bueno, por eso: si le hubieran dicho en Inglaterra, se hubiera hecho en Inglaterra, no es que él quisiera o no quisiera, es que simplemente surgen las cosas y él las iba aceptando o no y, bueno, esto, haber entrado en vida en La Plèiade —aunque el volumen salió cuando él ya había muerto— era una cosa maravillosa, muy fuerte para él, así que estaba muy contento.

—¿De qué manera participó él?

—El participó con el profesor Jean Pierre Bernés, de la Sorbonne, digamos, bastante activamente en toda la parte de la corrección y de las traducciones, durante el tiempo que estuvo en Ginebra.

—¿Qué piensa usted de este nuevo tomo de La Plèiade?

—Supongo que será tan bueno como el primero. Es un trabajo excelente el del primero, así que me imagino que éste será, ya con la experiencia del primero, doblemente excelente.

—¿Es traducible Borges?

—Borges o cualquier autor es muy difícil. Es muy difícil porque cada idioma tiene una música, y esa música, digamos, es intransferible. Yo supongo que pueden lograrse traducciones buenas, aproximadas, pero lógicamente leer un poema... la prosa es dentro de todo más sencilla, no tanto, pero, en fin, un poema es casi imposible de leer en traducción; crear la misma magia que el poema original, no es cierto.

—Cuando usted conversaba con Borges, ¿es que él evocaba las lenguas o se ponía a hablar en inglés? ¿Qué comentarios hacía a propósito de las lenguas?

—A él le fascinaba el aprendizaje de idiomas. Sin ir más lejos, cuando él supo que iba a morir empezamos a estudiar árabe. Para él las lenguas eran algo fascinante porque eran como la llave para entrar en la literatura de ese país, tener aunque sea como el pálido reflejo, aunque fuera con un mínimo de conocimiento de lo que esa lengua había dado como posibilidad literaria. Juntos estudiamos inglés antiguo, el anglosajón y el islandés, sobre todo el islandés, por la literatura riquísima, las sagas islandesas, que son una literatura increíble.

"Para él el aprendizaje de una lengua era motivo de alegría, sobre todo por la posibilidad de investigar las etimologías de las palabras. Entonces eso era como empezar a leer algo con él en una lengua extraña, como el irlandés. Era fascinante, era entrar como en una especie de palimpsesto, donde él iba preguntando, buscando en diccionarios etimológicos, haciendo asociaciones.

—¿Qué decía del español?

—Le hizo a veces varias críticas a la lengua española, pero, como decía él, siempre sintió que su destino era la lengua castellana. Salvo algunas cosas, digamos, dos poemas que él escribió en inglés y que no quería que se tradujeran porque fueron escritos para una mujer de la que él estaba enamorado y con la cual hablaba en inglés, entonces se los escribió en inglés, y son magníficos. Y algún pequeño ensayo muy extraño, una especie de estudio sobre las sombras y la luz de figuras geométricas, muy interesante. Son las dos cosas que escribió en inglés. Después, algún poema en francés, pero cuando tenía 17 años creo, pero si no, toda su producción fue en español.

—¿Le tenía miedo a la muerte?

—No, no, al contrario, como él decía, llegada a esa edad a la que él había llegado, más bien la esperaba; nunca manifestó temor, si no al contrario. El decía que era una gran curiosidad porque, evidentemente, si finalmente había algo, se iba a saber; si no había algo, bueno, no se iba a saber. Pero lo tomaba así, con una visión, digamos, como estoica y de fuerza, no tampoco de resignación; de curiosidad, una actitud muy especial y positiva.

—¿Cuál era su actitud en los últimos años?

—Él lo que decía es que no quería llegar así, todo destruido, sufrir inútilmente, pero su actitud en los últimos años era positiva: es decir, él seguía escribiendo hasta el final. Hizo las correcciones a La Plèiade, de hecho, el prólogo al primer volumen quedó inconcluso porque él murió antes de terminarlo, estaba dictándolo. Quiero decir que su vida hasta el último momento fue como había sido su vida normal, y que es lo que él me dijo a mí, que quería que la vida nuestra siguiera normal, como si nada pasara, porque finalmente eso era algo natural en la vida y nada más.

—¿Cómo cree que a él le hubiera gustado que lo recordemos?

—Bueno, no sé, él lo que decía es que quería ser olvidado, pero yo creo que era una coquetería porque él tenía que darse cuenta, porque no era tonto, que con esa obra es muy difícil ser olvidado. Pero él deseaba eso, deseaba ser, como él decía, el hombre invisible. Y yo le decía: "Bueno, es un poco tarde". Y yo creo que era como un juego que él tenía con respecto a todo eso, porque él tenía que tener la conciencia de lo que había escrito, era un excelente lector y supongo que un feroz autocrítico, y él tenía que saberlo; que no estuviera conforme, eso es otra cosa, pero él tenía que saber el nivel que había alcanzado, aunque nunca lo reconociera.

—¿Por qué esa idea de ser invisible?

—Supongo que por el cansancio de toda esa vida pública que lo llevó a escribir esa maravillosa página "Borges y yo", en la que al otro es al que le pasan las cosas, etcétera. Yel hecho de tener una intimidad, que fue justamente una de las causas que lo llevó a morir en Ginebra: él consideraba que allí la gente tenía un respeto por la intimidad, por la vida privada de los otros, por la tradición calvinista. Él quedó muy impresionado cuando en Argentina murió el eterno candidato a presidente Baldin, muchos años antes de que Borges enfermara. Este hombre Baldin se puso enfermo y un día su hijo salió a la calle y vio la ciudad empapelada con afiches de su padre, semidesnudo, en terapia intensiva. Bueno, ¡fue un escándalo!, y entonces Borges me dijo que él no quería que le sucediera lo mismo, que yo no iba a querer ver su muerte, su agonía, empapelando las calles de una ciudad, y que él quería morir tranquilo, en paz, como habían muerto sus abuelos, sus antepasados, que no habían muerto en sus casas. Y que él quería morir tranquilo como un ser humano normal, no rodeado de gente que estuviera sacándole fotos, que estuviera grabándole el último suspiro, no. A mí me parece que es normal y es un deseo justo de una persona, una persona que, además, ha dado tanto a la humanidad.

—¿Cómo vivía él la ceguera?

—Él la vivía bien, yo nunca le oí una queja, o sea que él asumió eso con un estoicismo increíble, y a veces él decía que eso era mejor porque él sabía desde chico que iba a quedar ciego, porque su padre y su abuela habían muerto también ciegos. Entonces él me decía que como su padre y su abuela tenían muy mala vista y él también, él sabía que iba a perderla en algún momento, y eso le había servido para poder mirar las cosas de una manera tan intensa como para grabarlas en su cabeza y también para tratar de memorizar todo lo que pudiera de literatura, leyendo y releyendo. Y eso es cierto, porque yo quedé sumamente impresionada cuando empecé a viajar con él. Cuando empezamos a viajar, él quería llevarme a los museos y yo quedé verdaderamente asombrada de ver la memoria visual que él tenía, porque veíamos cuadros que él había visto a principios de siglo y los recordaba con detalles inverosímiles. Y nunca me voy a olvidar cuando se paró en la National Gallery delante de un autorretrato de Durero, a quien él admiraba; yo le dije "estamos frente al autorretrato de Durero", y él puso, digamos, el mismo gesto que Durero tenía en el retrato, y dijo: "Es el que está así", y era exactamente así. Entonces a mí me quedó para siempre, como una especie de fotografía, la imagen del autorretrato de Durero y Borges imitando el gesto de Durero en el autorretrato, una cosa increíble.

—¿Qué fue lo que le dejó a usted Borges?

—Yo puedo decir que me dejó muchísimas cosas. Me dejó toda una lección de vida extraordinaria, y puedo decir qué es lo que para mí Borges era, que es de algún modo lo que me dejó; porque lo que nos deja alguien es lo que esa persona significa para nosotros, y entonces yo voy a decir lo que para mí es la más perfecta definición del amor, y que se la dije a un periodista que me preguntó, después de que Borges había muerto, qué era Borges para mí. Entonces mi contestación fue literaria, porque yo creo que lo que Homero pone en boca de Andrómaca cuando ella quiere retener a Héctor, que va a luchar con Aquiles y que va a encontrar la muerte, es, como decía, esa perfecta definición del amor. Ella le dice: "Héctor, Héctor, tú eres para mí mi padre y mi señora madre y mis hermanos, pero por sobre todas las cosas eres el amor que florece, eres todas las cosas".

—¿Lo quería mucho?

—Yo lo adoro.

—Lo dice en presente.

—Sí.

 

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