La muerte según Borges
Juan Antonio Massone
Por inagotable que nos parezca el mundo, las posibilidades de abarcarlo mediante la palabra no son ilimitadas. En los hechos, cada autor puede decir con propiedad sólo algunos fragmentos de ese universo creado. A cada escritor le es conferida una porción restringida de puntos de vista y de variaciones temáticas respecto de su experiencia en el mundo.
Todo autor nos dice de alguien —de sí mismo, sobre todo— desde los énfasis que su íntima clave deja libres en el lenguaje, porque en el centro de la biografía: hechos, lugares, personas, ansiedades, desvelos, fracasos, esperanzas y silencios, alguien hay que supera a ese conjunto de calles y de atajos. Ese alguien sabe o intuye que algo demasiado vivo le habita más allá de todo cálculo o de cualquier reducción de parcialidades y simplismos.
Pero ese mismo que sabe o intuye bordes desencontrados está sujeto, además, a ignorar sus zonas postergadas o a obedecer los ímpetus e impertinencias que el goteo de los días le arranca a despecho de sus buenos propósitos. «También somos lo que no queremos ser», escribió la ensayista chilena Pepita Turina. Por eso, la obra literaria es la suma imperfecta —incompleta, diré— de alguien en viaje por el tiempo.
ASOMBRO DE SER
Ahora bien, si el libro recibe lo explícito y lo elíptico, los ambiguos impulsos del ser como del no ser de alguien, existen algunas constantes y recurrencias que, en suma, vienen a convertirse en certidumbres de la duda o en terquedades de los deseos. Sea como fuere, los textos literarios auténticos pueden ser reconocidos en tanto cuanto portan una convicción y una propiedad que no restan atrapadas en meras astucias del oficio. Tal nos parece la obra poética de Jorge Luis Borges: producción reiterativa, aunque plural; numerosa pero identificable siempre; lúcida no menos que afectiva. Al centro de toda su poética existe la perplejidad de existir en un inseguro cuanto mágico universo. Este se identifica con una trama de un inextinguible tejer y destejer argumentos que duran y perduran más allá de las posibilidades de una comprensión individual. En virtud de aquella inconmensurabilidad misteriosa, la condición del poeta deberá esforzarse por deletrear los perfiles que le han sido ofrendados por una voluntad o por el azar que jamás termina de develar. Existir —en su palabra— es habitar o desplegar una cifra que se escribe y, a la vez, es escrita por alguien o por algo que tiene correspondencias con lo otro, con ese más allá de sí que, sin embargo, no puede esclarecerse completamente.
Cada quien reside en una mismidad simultánea a la de otro. Por lo cual, entidades y situaciones, rostros y lugares, nombres y obras poseen el carácter especular que puede otorgar un principio de identificación. El arte tiene como finalidad esencial acercar aquel enigmático rostro personal.
«A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo.
El arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara».(Arte poética)
Pero igualmente le está encomendada la tarea de ser fiel a la complejidad de lo existente:
«También es como el río interminable
que pasa y queda, y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable».(Idem)
Borges reflexiona y reacciona desde lo vivido cotidianamente por él y por los hábitos seculares. Historia o mitología resultan buenos expedientes probatorios para una suerte común de lo que vive. Todo y todos están gobernados por dualidades inquietantes. Destino común: la suerte de alguien es la de todos: cuanto sucede a un hombre puede suceder a todos los hombres. Y estas suertes o desventuras están regidas por el cambio y la permanencia, lo unitario y lo múltiple, lo eterno y lo fugaz.
La poesía se encarga de indagar en lo esencial: esfuerzo de responder a quienes somos. Tal labor de esclarecimiento goza de la misma constancia y de similar rasgo cíclico que las estaciones y las horas de cada día. La poesía no depende de la originalidad voluntariosa del poeta, sino del tener un origen tan inmemorial y tan poderoso en los tiempos que se impone en unas cuantas metáforas esenciales: el río, la trama, el sueño, el mapa, por ejemplo. Es decir, los acervos que prestigian a las memorias de la humanidad en los que las personas pueden ver —verbo clave en Borges— los rasgos indesmentibles de lo existente.
Pero todo lo expuesto adquiere plena significancia en la concepción laberíntica que tiene el poeta del universo. En su caso, el matiz que presenta esta construcción imaginaria y remota se identifica, según Roger Caillois, con «encrucijadas», en las que «Cada tramo del corredor parte de un cruce y termina en otro cruce, idéntico al primero. El extraviado es rechazado así de perplejidades en perplejidades igualmente insolubles. No tiene la forma de decidir si la encrucijada donde termina no es una de aquellas por donde ha pasado antes».
El poeta explicita tal concepción en su poema «Laberinto»:
«No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino
como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera».(Laberinto)
Como le es característico, Borges no demora en decir lo imperioso. Acude en el poema como quien habla a otro de modo personal y próximo. Tu suerte es la mía —parece decir—, pues lo dicho involucra a todos. La dimensión del laberinto no deja escapatoria. Tampoco su diseño, hecho de inexorables bifurcaciones. El laberinto es la vida misma, la interioridad tanto como los pasos que da el hombre desde el alba. Esta condición íntima e intransferible presenta el doble rigor hierático del propio destino como del innominado juez que acecha. El ser humano, nos dice, está solo en este universo de interminables recovecos. Y si lo está, ¿Dónde Dios? o ¿no hay Dios?
En los libros poéticos de Borges, temas, subtemas, matices y sesgos se imbrican permanentemente. Aislar algunas de sus facetas es difícil. Tan unitaria su palabra.
DIOS: CONCEPCION Y RECURRENCIA
La rotulación de Dios en los poemas de Borges es una palabra, una razón, el manejo indiferente del universo, tal vez el activador impasible de causas y destinos. La suya, no remite a un encuentro personal, íntimo o comunitario con otra persona. Con algunas excepciones, Dios es vocablo poderoso y ciego, como el poeta mismo.
Por su parte, la persona de Cristo es aún menos constante. Pocas ocasiones le menciona. En tales casos, es sólo humano, digno y dadivoso. Dero inútil su sacrificio:
«El alma busca el fin, apresurada
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta.
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?».(Cristo en la Cruz)
El episodio crucial referido permanece distante y ajeno, incapaz de redimir el destino del poeta. El sacrificio queda preso en sí, impotente de sentido y de eficacia gratificante.
En cambio, le fueron más propicias las menciones abstractas de la divinidad, ya como ajuste personal, ya como lógica viviente de ajenas existencias. Zigzagueante entre afirmaciones y negativas, la voz de Borges articula las referencias a lo divino como quien presiente la imposibilidad humana de toda verdadera trascendencia, aunque de pronto acepte pronunciar los deseos de un hallazgo que le libere de las trampas del tiempo, ese laberinto que insiste en cada episodio de los días y que le fatiga como una condena
«Defiéndeme, Señor. (El vocativo
No implica a Nadie. Es sólo una palabra
De este ejercicio que el desgano labra
Y que en la tarde del temor escribo).
Defiéndeme de mí. Ya lo dijeron
Montaigne y Browne y un español que ignoro;
Algo me queda aún de todo ese oro
Que mis ojos de sombra recogieron.
Defiéndeme, Señor, del impaciente
Apetito de ser mármol y olvido;
Defiéndeme de ser el que ya he sido,
El que ya he sido irreparablemente.
No de la espada o de la roya lanza
Defiéndeme, sino de la esperanza».(ReligioMedici, 1643)
Parecida opinión entregó en una entrevista cuando, a la pregunta de si esperaba la inmortalidad, respondió negativamente, porque «estoy cansado de ser Borges».
Dramática resulta la invocación de Dios en esa falencia de constituir un bulto de razones que la imposibilidad de vivenciarlo, crea. A lo sumo tiene relación con el ser humano en tanto éste recibe las consecuencias de existir a merced de hados indescifrables, efectos de una voluntad en nada próxima ni conmiserativa. El universo es totalidad mecánica, cotidiana, pero arcana en su último soporte. En tal sentido, el hombre vive una condición asaz precaria y contingente. Arrojado a una soledad sin tregua y sin más certeza que la finitud, Borges se aviene a su destino, no introduce actitudes desesperadas ni agita patéticamente la insolvencia que se le depara. No incurre en heterodoxias gesticulares, porque, sencillamente, no cree. Empero, como tampoco batalla con Dios, al modo de Unamuno o de Machado, la mención que hace de Él carece de ese deseo angustioso de los escritores españoles.
Los Arquetipos, legado de Plotino, sírvenle para comunicar su concepción de esencias persistentes. En ocasiones, alguno se acerca a lo divino pero, como en el ajedrez, urge por otra mano y otra causa de su configuración y origen.
«Dios mueve al jugador, y éste, la pieza
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonías?»(Ajedrez)
Una vez más, Dios no es Dios, sino una mera causa ignota inaprehensible, inefable. Tal vez su poderío consista en esa injustificada evasión o quizás en su obstinada indiferencia.
Inconcebibles cielo o infierno para el poeta. Un hombre no merece la preocupación eterna de alguien ni mucho menos es imaginable que sus actos fugaces merezcan un premio o un castigo eternos. Para el autor esto significa una desproporción a todas luces. Por eso, Dios es alguien algo o tal vez o nadie. En suma, una palabra o un principio que las teorías, las religiones y las mitologías predican y legan a la humanidad. Demasiado para el razonador que es Borges e imposible para su agnosticismo. La inclusión que hace de lo divino obedece a su general interés por lo estético, ya que según él la teología y la metafísica alcanzan validez de acuerdo a las resonancias bellas que le insinúan.
«Dios es el inasible centro de la sortija.
No exalta ni condena. Hace algo más: olvida.(La moneda de hierro).
Cuando acepta alguna posibilidad más personal —las hay, aunque escasas— de algún destino ulterior, sus peticiones a Dios están más próximas a quien las pronuncia por convención o aquiescencia tradicional que a la fortaleza de íntima fe. En general, cuando esto adviene se debe al influjo de un personaje, de un hecho histórico, incluso de la lectura de alguna obra famosa.
«Eres música,
Firmamentos, palacios, ríos, ángeles,
Rosa profunda, ilimitada, íntima,
Que el Señor mostrará a mis ojos muertos».(The Unending Rose).
Mas, la dirección que lleva el nombre de Dios en sus textos corresponde a ese arcano que escribe sus dictámenes en el libro especial que es el tiempo, magia veleidosa en la que el hombre vive pesadillas, insiste en hechos y labra una memoria habitada también por el olvido.
La categoría de la conservación memoriosa y de su reverso muestran oscilante anhelo en el poeta. A veces, concibe el olvido como un bien necesario para el descanso; en otras, le tiene como forma benigna de soportar la inevitable ruina del naufragio final.
Ausente la fe en alguien, el vivir se reduce a unas cuantas incertidumbres y conjeturas. A lo mejor no somos más que reflejos o sueños de un soñador que brinda su lejanía y ante quien apenas existe la obstinación de la duda.
«Quizás el destino humano
De breves dichas y de largas penas
Es instrumento de otro. Lo ignoramos;
Darle nombre de Dios no nos ayuda.
Vanos también son el temor, la duda
Y la trunca plegaria que iniciamos.
¿Qué arco habrá arrojado esta saeta
que soy? ¿Qué cumbre puede ser la meta?»(De que nada se sabe)
EL DESTINO DE LOS OTROS
Se recordó más arriba que la suerte y desdicha es común al género humano, pues muchas veces los actos que ejecutamos o la impronta que pretendemos tan singular no son más que una repetición —en lo esencial— de otros actos que ya ocurrieron en algún lugar del tiempo. La historia nos lo recuerda; algunas biografías ilustran los caprichos del azaroso transcurrir. Los seres humanos heredan un destino o justifican a sus antepasados; cumplen voluntades mutiladas del pretérito o, por el contrario, eluden los designios para los que fueron procreados. Sin embargo, cualesquiera sean los enlaces entre vivos y muertos, entre las presencias de lo actual y las evaporadas presencias de las generaciones antecesoras, unos y otros viven un tejido de causas y de efectos semejantes. Siendo ello así, la mortalidad en nuestra especie es tan común como lo es la belleza, la tarde, el amor, los rostros queridos, los objetos y demases. Por eso pudo escribir en uno de sus más famosos poemas: «Oh destino de Borges/ tal vez no más extraño que el tuyo». (Elegía)
Comparecen los nombres de la literatura, de las dinastías de los familiares, de los altos exponentes de otras artes, de la filosofía y de la política. Lo hacen también los anónimos cuchilleros o los de nombres conocidos o aquellos hombres identificados con un quehacer: inquisidores, desleales, suicidas o conquistadores. En fin, una nutrida galería de destinos que el cómputo del tiempo hermana. Por todos habla el poeta y de cada quien recoge los epílogos.
«No te habrá de salvar lo que dejaron
Escrito aquellos que tu miedo implora;
No eres los otros y te ves ahora
Centro del laberinto que tramaron
Tus pasos. No te salva la agonía
De Jesús o de Sócrates ni el fuerte
Siddhartha de oro que aceptó la muerte
En un jardín, al declinar el día.
Polvo también es la palabra escrita
Por tu mano o el verbo pronunciado
Por tu boca. No hay lástima en el Hado
Y la noche de Dios es infinita.
Tu materia es el tiempo, el incesante
Tiempo. Eres cada solitario instante».(No eres los otros).
Abandonado al fluir, el hombre no dispone mucho más que de una actitud recomendable: el estoicismo. Para tal conducta sólo puede refugiarse en heroica voluntad de afrontamiento de la muerte, zarpazo disgregador de la conciencia que ha de disolver a todo hombre, pues «En cada instante la clepsidra deja caer la última gota» (Doomsday).
Cuando Borges encara el sentimiento de mortalidad a base de la reflexión emotiva que, casi siempre, está presente en sus poemas, pero acentuados en la proximidad de los efectos, logra hondos grados de conmoción. Como es de prever, la muerte ajena le fue motivo y argumento en qué escudriñar; mas el cultismo de que hiciera gala no constituyó adorno o escarceo gratuito. No. Nuestro poeta ciego poseyó el don de ver en lo singular aquellos principios y categorías perdurables o constantes del mapa que forja cada rostro.
Y, porque cada hombre es, de algún modo, todos los hombres, no esquivó las conclusiones que los hechos y las personas, los relatos y los empeños del arte y de la filosofía le entregaban, porque estar vivo es también el poder no estarlo. Ser es apremiante y escasa posibilidad de variaciones que, inexorablemente, disgregan y concluyen algún día.
«Aquí no está mi padre, que me enseñó a descreer
de la intolerable inmortalidad.
Aquí no está mi madre, que me perdonó
demasiadas cosas.
Aquí, bajo los epitafios y las cruces no hay casi
nada.
Aquí no estaré yo. Estarán mi pelo y mis uñas, que
no sabrán que lo demás ha muerto, y seguirán
creciendo y serán polvo.
Aquí no estaré yo, que seré parte del olvido que es
la tenue sustancia de que está hecho el universo».(La Recoleta).
Nadie ni nada salvan. El mismísimo arte y sus «simétricas porfías» sólo «entreteje naderías», como dice en el poema «El remordimiento» («La moneda de Hierro», 1976). Suspensos entre los roces de la vigilia y las manifestaciones del sueño, los hombres no tienen raíz, sino errancia; no tienen certezas, sino lucubraciones, no disponen de auxilio, sólo de impasibles dictámenes del Hado. Todo es ignorar.
«Nadie sabe
De qué mañana el mármol es la llave».(A mi padre)
«LA NO GUSTADA MUERTE»
Sin duda constituye una desproporción concebir la obra de Borges como únicamente libresca y, por ende, vacua de una verdadera biografía que debió sostenerse en la extrañeza de este universo pletórico de espesuras y misteriosas correspondencias. Declaraciones de un modo de ser y de comprender lo vivo, fue también su obra.
Para nadie puede resultar extraño que entre la muerte y el morir hay algunas diferencias esenciales. La primera goza de cierta abstracción o de externa conducta; el segundo, se aviene más a la experiencia intransferible del destino personal. La muerte es un decreto, un dictamen; el morir puede convertirse en el postrer acto personal, en el resumen más íntimo de una biografía.
Entre uno y otro ser, todas las variaciones y enlaces que el tiempo concede y labra: el afecto, los libros, el conocimiento de las horas, la familia, las opiniones y esa minuciosa perduración que es la memoria. Es así como, al par de acumular y erigir años, cada quien está cogido por una ansiedad y un temor, por una espera y una inminencia: la muerte.
Los motivos del Ubi sunt y de la clausura; los rasgos del imposible como el de los límites prefijados; los sentimientos de nostalgia y cierta avidez de cumplimiento absoluto presiden muchos textos de nuestro poeta.
«Hay una línea de Verlaine que no volveré a
recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
Hay un espejo que me ha visto por última vez,
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del
mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
Hay alguno que ya nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.»(Límites)
Inútil desentenderse de una muerte que oficia como depredadora. Los acopios del poema resultan claras anticipaciones de un porvenir que es, en cada nuevo instante, un poco más rotundo y resueltamente inesquivable. La muerte está instalada en el ser. Más que foránea, es semilla de los años. Su fruto: el hombre vencido «Piensa que de algún modo ya estás muerto», escribe en el poema «A quien está leyéndome», del libro «El otro, el mismo» (1964).
Pero a la certeza del fin, Borges no opuso la fe —que no tuvo sino otra visión que le parecía liberadora: el olvido. «Yo preferiría que no existiera— dice Borges respecto de otra vida— pero si existe otra, preferiría perder la memoria de ésta para empezar de nuevo. A lo mejor he empezado de nuevo muchas veces, ¿por qué no creeer en la transmigración en la que creen, por ejemplo, los budistas?».
Constante meditador, su apariencia de lejanía o de neutralidad del sentir no puede olvidar al poeta que, pudoroso bloquea o posterga lasepidérmicas reacciones de lo emotivo. Con todo, no es posible inadvertir el temblor de una voz que se repite, que se contradice e interpela para reaparecer en un siguiente libro o en una nueva respuesta como quien acepta las condiciones del tiempo, pero no sabe olvidar, puesto que, a despecho de la filosofía y de la escritura, la muerte es menos un tema que un acto por vivir.
En la conciencia del poeta se dan cita lo vivido y las concepciones elaboradas por la cultura; los deseos y las formulaciones que limitan con la duda que traspasa al lector. Pero lo patético no es el «juego» elusivo que intentara muchas veces, sino la experiencia de orfandad metafísica y teológica en que debió afrontar la vigilia del tiempo.
En suma, a pesar de arquetipos y razones, a pesar del tiempo ubicuo o simultáneo; por encima de los libros, de los sitios y el amor aun a costa de las astucias de la mente y de las expresiones afortunadas del arte; por sobre las memorias de ciudades y de valerosos parientes, existe una muerte por cumplirse.
Dicha singularidad procrea o clausura posibilidades. También exige una actitud. De esta última —más honda y acaso la más fecunda que se le dispensa al hombre—, debido a su virtualidad esclarecedora.
La experiencia anticipada del morir propíciale matices y variaciones numerosas que no es posible incluir aquí. Con todo, la existencia de la muerte no alcanza en esta obra una respuesta satisfactoria, una razón de sentido. En sus aguas naufragan grandezas y miserias. A veces puede ser promesa de una ulterior sabiduría; en otras, representa la clausura de un porvenir amputado prematuramente. Pero lo cierto es que importa un destino común. Lápida o llave, o lápida y llave; por el morir la muerte queda habitada.
Pero anticipar una experiencia tan completadora es, de algún modo, vivirla en la constancia de la obsesión o de la convicción, «Muerte viva», hubiera dicho don Francisco de Quevedo, o bien, aquellos ojos personales que la muerte sabe tener, como en el poema de Cesare Pavese. Ese vivir la muerte no es otro que el tiempo, río en que se debatiera el poeta entre la sucesión de fugas y la continuidad de su memoria.
«Nuestro destino... no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges. » (Nueva refutación del tiempo).
Como se sabe, Borges intentó refutar al tiempo y, a la vez, trabajó en historiar la eternidad. Curiosos empeños. De un lado, sintió los mordiscos codiciosos de la sucesión; por otro, adhirió a la idea del eterno retorno, como una especie de destino compensatorio. En cuanto a la eternidad, ella, «está en las cosas del tiempo que son formas presurosas», escribió en el poema «Al hijo».
El tiempo y la eternidad son anverso y reverso de una misma preocupación metafisica: la duración. Mas, al ser individual no le es concedida —según el poeta— una superación inequívoca de inmortalidad. En este sentido, Borges no termina de concluir o de atar los cabos de sus lucubraciones o, al menos, las alterna con esa descreencia radical de su espíritu, que puede confundir al lector desprevenido; Borges es la vaguedad de lo ilusorio, pero también lucidez en la más porfiada niebla.
La muerte depara al vivir doble posibilidad: concluye el tiempo personal, lo aniquila, transforma en ceniza, para luego revelar al ser y, quizás, otorgar ese otro descanso que es el olvido . «¡Ah, si aquel otro despertar, la muerte, /Me deparara un tiempo sin memoria/ De mi nombre y de todo lo que he sido!/ ¡Ah, si en esa mañana hubiera olvido!» (El despertar).
LAMUERTE PERSONAL
Como pocas obras, la de Borges alcanza plena fidelidad a su autor. El gran personaje y tal vez si el gran destinatario de ella fuera él mismo. Es decir, el otro, y ese otro fue otro y otro, como los reflejos de encontrados espejos o la renovación de ecos en un atardecido abismo. Su obra poética adquirió una resonancia de intimidad pública y de análisis confidencial.
El sentimiento de mortalidad expreso tantas veces cobra en muchos poemas carácter de 'meditatio mortis', alcanzando el ápice de su elucidación personal en tanto cuanto afronta la cercanía de ese cumplimiento. No lo abandonó el deseo de una completa muerte, pues hallaba intolerable la posibilidad de estar, por siempre, confinado a sí. Cansado de pertenecer al juego de un Dios o de un hado inescrutable y sintiéndose «indigno del infierno o de la gloria», sus pasos no sobrepasaron los recovecos del laberinto mental Testimonio de sus postrimerías es el estoico poema llamado «La espera», no recogido en libro.
«Lo escribo ahora, así. Cumplida la agonía
quiero morir del todo. Las vagas formas amarillas
que apenas entreveo, el ilusorio día,
la vida atroz, la incesante pesadilla,
la rutina porfiada, la prescindible historia,
se alejan lentamente. El tiempo establecido
ya se agota.
Aguardo ante el ocaso que el olvido
me depare un sueño sin memoriaQuimérico, secreto, espectral camino,
sus ilusorias leyes inventan un destino
que aunque soñando, quiere ser el mío.
Ya vence el plazo prefijado. De este encierro
la firme puerta es de cansado hierro.
Por eso espero.
Se detendrán las aguas de mi río».Cumplidos años y días, la cifra personal fue entrevista en el sombreado espejo de las postrimerías. ¿Habrá comprendido entonces que el laberíntico dibujo de pasos y lecturas, de enigmas y zozobras, de imposibles destinos y punzantes agonías de lo inolvidable, correspondía a aquel mapa del mundo que fue su escritura con la que, sin duda, bosquejó «la imagen de su cara»?
1992
Encontrado en: http://rehue.csociales.uchile.cl/rehuehome/facultad/publicaciones/autores/massone/massone25.htm