La risa de Borges
Julio Ortega
El primer día de clases de mi primer año en la Universidad, en Lima, Luis Jaime Cisneros nos leyó a los 300 alumnos una página de "El Aleph." Sentí que la leía para mí solo, en una suerte de iniciación propicia, y que allí empezaba la verdadera literatura. Después he comprobado que la lectura de Borges es parte de la biografía del lector, quizá porque su obra es una exploración de la naturaleza misma del arte de leer. Uno de esos ciclos culminan para mí con la edición crítica de "El Aleph", que he preparado con Elena del Río Parra, basada en el manuscrito que está en la Biblioteca Nacional de Madrid. La Biblioteca lo compró a Sotheby's de Nueva York, quienes lo habían adquirido de Estela Canto, a quien Borges le dedicó el cuento y le regaló la única copia. Estela le dijo que cuando él muriera, vendería ese manuscrito. Si yo fuera un perfecto caballero, respondió Borges, iría ahora al baño y se escucharía un disparo.A la ironía y la epifanía dedicó Borges buena parte de su obra, y en estos 100 años de su nacimiento, vale la pena recordar que gracias al humor Borges fue, en efecto, feliz. Porque el suyo fue el humor de la complicidad, del juego de ingenio y de seducción, pero también de la agudeza irónica y la burla amena. Quienes lo hemos visto de cerca, no olvidamos su risa fresca. Y esa entonación criolla suya, que traviesamente desarmaba un monumento como si fuera una pompa de jabón. Con María Kodama esa celebración permanente era de
ida y vuelta, un arabesco gentil.Algunas de sus bromas favoritas siguen desconcertando a los espíritus literales. Dijo, por ejemplo, que había leído "El Quijote" primero en inglés, cuando sabemos que lo hizo en castellano. Pero imitaba a Byron, quien se complacía en escandalizar a los pomposos asegurando que leyó a Shakespeare primero en italiano. La sátira de Byron, el ingenio del Dr. Johnson, el brillo de Quevedo, eran parte de su feliz combate contra la Diosa del Aburrimiento, religión poblada por escribas militantes en la verdad propia. Ese humor fue un instrumento político contra el peronismo en los relatos esperpénticos que escribió con
Bioy Casares; así como en su combate contra la República de las Letras, a través de
apócrifos y parodias. Carlos Argentino, el mal poeta de "El Aleph", es el emblema de toda una literatura dada a duplicar el mundo en el lenguaje, y de un escritor dedicado a ganar todos los premios de este mundo y toda la trascendencia del otro.Borges, en cambio, sabía que la literatura es perecedera, transitoria, y al final un espejismo de nuestra lectura. Estaba fascinado por el destino de los grandes escritores, que los excedía no sin paradojas. Swift escribió para desprestigiar al género humano una novela que terminó siendo para niños. Cervantes escribió espontáneamente, casi descuidamente, una novela que pocos, ni él mismo, supieron que sería nuestro "Quijote". De uno de los mayores, Shakespeare, apenas sabemos algo de su contabilidad doméstica.
Quizá por eso, Borges prefería concebirse a sí mismo como el poeta menor de la Antología. Era tan tímido de joven que tartamudeaba y no podía dar una charla; aprendió a leerlas y después, con la ceguera, a conversarlas de memoria. Pero hasta el final lo asaltó el temor al público, que no veía, pero cuya palpitación lo suspendía. Sabía que un gran escritor debía escribir una obra maestra, y que él tal vez había escrito unas cuantas páginas
válidas, ayudado por nuestra lectura.Pero no sabía que había cambiado el carácter de la lectura, al convertirla en un instrumento relativizador, capaz de desarmar y develar los mausoleos de la tradición
y las retóricas de la convicción. Introdujo, así, las virtudes de la duda, y la inteligencia del diálogo.Nunca nadie creyó tanto en nosotros, en nuestra capacidad de leer como si descifráramos el mundo legible, donde nos espera la risa; y de cifrar el mundo ilegible, donde nos aguarda el milagro de la belleza y su rostro momentáneo.
(Diario Mural, México, 24 de agosto de 1999)