De "Un destino literario",
prólogo a las Obras Completas
de Pere Gimferrer.



En lanzadas de luz, copudo, arboleaba el Paseo de Gracia en la oscuridad primaveral. Borges había quedado, arriba, en la luz dorada de los salones. No: Borges era todavía, será siempre en mi memoria, no el comensal impensadamente vivacísimo que manejaba el arte de la conversación con la destreza de un esgrimidor fin de siècle, sino esa apenas figura, esa casi sombra, inerme y como extraviada ante los fogonazos de las instantáneas fotográficas, de cara al resplandor plateado del flash, con quien, en la forma para mí más inesperada, me había encontrado de pronto, al llegar al hotel, en el vestíbulo. Dudé de que fuese él; dudé, simplemente, de que fuese alguien o algo, de que tuviese existencia material. Era, en verdad, la idea platónica de Borges, proyectada en la penumbra de la caverna de la alegoría. Por lo mismo, con parecer desvalido, emanaba de él la fuerza de lo intemporal, de lo sustraído a los accidentes de la historia y de la contingencia.

Así me tocó subir con él en el ascensor, encarado a esta figura a un tiempo frágil y poderosísima, en compañía de María Kodama. Casi nada acerté a decir, en aquel trayecto fortuito y breve. La tarde del día siguiente era soleada y nítida, con brillos de verde y oro en las hojas de los plátanos del Paseo de Gracia. Caminando despaciosamente, llegábamos Gonzalo Torrente Ballester, Fernanda y yo a la caseta en la que, siempre tutelado por la atención diligente y amorosa de María Kodama, un Borges más parecido que nunca al símbolo vivo de Borges firmaba ejemplares de sus libros. Sabía yo de cierta foto bonaerense de Borges y Torrente: lado a lado uno y otro bastón, como los vi de pronto en los haces de luz de aquella tarde barcelonesa. Borges trazó en la primera página de mi ejemplar de Los conjurados lo que Juan Luis Panero llamaría el "arañado signo" de su firma, y, acto seguido, a instancias de un desconocido lector joven, cumplióse el ritual que nos unió fugazmente: le firmó Borges su último libro, y Gonzalo Los gozos y las sombras, y, solicitado yo también, le firmé mi Fortuny.

Mirándolo bien, algo sí teníamos los tres en común: no el hecho fortuito y accidental de escribir y publicar libros, sino ­salvadas cualesquiera diferencias de edad, filiación, propósitos, o de otro orden- algo muchísimo más profundo. Los tres teníamos un "destino literario", nuestras vidas se explicaban sólo en función de la escritura como les ocurrió a "De Quincey y tantos otros", en palabras de Jorge Luis Borges. No volví a verlo más; cuando supe de su muerte, fui, aun solicitado insistentemente para ello, incapaz de resolverme a intentar rendirle el tributo condigno que pedía su gesta singular, hasta tal punto la conmoción momentánea me excedía. "Bien pocos seres que admirar te quedan" podía decirme a mí mismo, como Cernuda al saber de la muerte de Gide. Bien pocos, en verdad, en quienes la literatura fuese algo esencial y sustantivo, bien pocos que como Borges encarnasen la dignidad y el riesgo inherentes a lo propiamente literario.

En este envite se le fue su vida toda.
Como el clásico, supo "igualar con la vida el pensamiento"; o, por mejor decirlo, pensamiento fue su existencia entera. Podemos, o puedo, hablar ya hoy de él porque empieza a pertenecer de modo pleno a lo que siempre fue su ámbito: la historia de la literatura. Pocos, sin embargo, en el cómputo de las generaciones humanas, podrán, evidentemente, decir lo que podemos decir nosotros ahora: hemos sido contemporáneos de Borges. Este mero hecho nos compromete y nos concierne a todos; no se es en vano o impunemente coetáneo del genio. Si el mito del escritor moderno halló en él una representación tan acabada como la que tuvo el mito del poeta vidente en Rimbaud, si a Borges le tocó en suerte o en venturosa desdicha el encarnar lo absoluto literario hasta los límites del sacrificio personal ­pues no en balde aludió a lo que él quiso llamar su "extraña vida", cifrando acaso en la literatura su justificación única y final- un suceso semejante no puede dejar de involucrarnos a cuantos le seguimos en la estela de la literatura. Quien ha sido contemporáneo de Borges sabe que aquel mandato, de ser "absolutamente moderno" que fundó en Francia, un siglo atrás, nuestra actual modernidad, y que ya Rubén Darío matizó o afinó en "muy antiguo y muy moderno", ha tomado cuerpo, en estos años, en la persona y la obra del autor de Ficciones.


Epílogo

Fragmento del Epílogo a las Obras Completas, publicadas por Emecé Editores y recogido en la edición de Círculo de Lectores.

A riesgo de cometer un anacronismo, delito no previsto por el código penal, pero condenado por el cálculo de probabilidades y por el uso, transcribiremos una nota de la Enciclopedia Sudamericana, que se publicará en Santiago de Chile, el año 2074. Hemos omitido algún párrafo que puede resultar ofensivo y hemos anticuado la ortografía, que no se ajusta siempre a las exigencias del moderno lector. Reza así el texto:

BORGES, JOSÉ FRANCISCO ISIDORO LUIS: Autor y autodidacta, nacido en la ciudad de Buenos Aires, a la sazón capital de la Argentina, en 1899. La fecha de su muerte se ignora, ya que los periódicos, género literario de la época, desaparecieron durante los magnos conflictos que los historiadores locales ahora compendían. Su padre era profesor de psicología. Fue hermano de Norah Borges (q. v.). Sus preferencias fueron la literatura, la filosofía y la ética. Prueba de lo primero es lo que nos ha llegado de su labor, que sin embargo deja entrever ciertas incurables limitaciones. Por ejemplo, no acabó nunca de gustar de las letras hispánicas, pese al hábito de Quevedo. Fue partidario de la tesis de su amigo Luis Rosales, que argüía que el autor de los inexplicables Trabajos de Persiles y Segismunda no pudo haber escrito el Quijote. Esta novela, por lo demás, fue una de las pocas que merecieron la indulgencia de Borges; otras fueron las de Voltaire, las de Stevenson, las de Conrad y las de Eça de Queiroz. Se complacía en los cuentos, rasgo que no recuerda el fallo de Poe, "There is no such thing as a long poem", que confirman los usos de la poesía de ciertas naciones orientales. En lo que se refiere a la metafísica, bástenos recordar cierta Clave de Baruch Spinoza, 1975. Dictó cátedras en las universidades de Buenos Aires, de Texas y de Harvard, sin otro título oficial que un vago bachillerato ginebrino que la crítica sigue pesquisando. Fue doctor honoris causa de Cuyo y de Oxford. Una tradición repite que en los exámenes no formuló jamás una pregunta y que invitaba a los alumnos a elegir y considerar un aspecto cualquiera del tema. No exigía fecha, alegando que él mismo las ignoraba. Abominaba de la bibliografía, que aleja de las fuentes al estudiante.

"Le agradaba pertenecer a la burguesía, atestiguada por su nombre. La plebe y la aristocracia, devotas del dinero, del juego, de los deportes, del nacionalismo, del éxito y de la publicidad, le parecían casi idénticas. Hacia 1960 se afilió al Partido Conservador, por que (decía) 'es indudablemente el único que no puede suscitar fanatismos'. "El renombre de que Borges gozó durante su vida, documentado por un cúmulo de monografías y de polémicas, no deja de asombrarnos ahora. Nos consta que el primer asombrado fue él y que siempre temió que lo declararan un impostor o un chapucero o una singular mezcla de ambos. Indagaremos las razones de ese renombre, que hoy nos resulta misterioso...



Encontrado en: http://www.circulolectores.com/contenido/especiales/borges/prologo.asp