Chinchina busca el tiempo

Manuel del Cabral



A Cacán, Lola, Carmen
Alicia y otros ángeles



El libro de agua y cielo


Primera parte

Chinchina

Hay algo que está aquí, conmigo. Pero estoy tan cerca de la tierra que no puedo explicarlo. Un poco de agua tal vez sabe decirlo; el agua es tan mansa, tan limpia, tan conforme; sin embargo, no sirve para mi sed...

Hay algo que está aquí conmigo. Pero estoy tan cerca de mí mismo, estoy tan cerca de las cosas que pasan, estoy tan cerca de las cosas que sufren y se venden, estoy tan cerca de mis olores de hombre que cualquier palabra mía puede tiznar la cosa aquella... aquella cosa simple como un jardín en las manos de un cuerdo.

 

Raíz de sus pasos

Cuando aún no se sabía si tu eras lluvia (3) o Chinchina: cuando tú salpicabas de cielo los pies con sueño de los aguateros; ya ibas tomando forma de algo...

Entonces, el hombre ... (casi el hombre) quiso encerrarte en una cosa ... dijo que era necesario contar tus pasos, tus palabras, tu presencia.

Pero Chinchina, el hombre no sabe que tu sonrisa ha llegado; el hombre no sabe que tu sonrisa no cabe en el tiempo.

Sin embargo, el agua todavía comenta tu sonrisa.

 

Agua de infancia

A veces le pregunto a la nube caída si hace aún los cabellos, los ojos, la ausencia-presente de algo que se mueve: hoy cabe en mis manos la madrugada....la madrugada hace tiempo que se llama Chinchina.

Tal vez tiene la culpa su trasparencia, su decidido propósito de ser siempre la huella de aquello... de tener siempre color de niña; cuando por la mañana la lluvia tiene la manía de enjoyar las patas de las vacas y de pegarle el día sobre la piel como si fuera una epidemia de trémula y juguetona gasa.

Chinchina: ¡cuántas cosa que tú y yo sabemos! Pero mira esta agua, este ámbar que huye, que viene de tu infancia... No, no es agua...

Yo sé que no es agua porque está lavando mis palabras.

Cielo roto

Chinchina viene hasta mí asustada, temblando, fría, limpia; casi con su corazón en el aire, rodeándola, dándole aletazos bajo su ropa como queriéndose posar sobre sus hombros, sobre sus mano, sobre su voz, sobre sus ojos, sobre su diminuta humanidad.

Pasando un duro y transparente silencio, las palabras de Chinchina se caen y van haciendo un montoncito sin ideas como un grupo de pétalos.

Ella grita, llora, ha tirado una piedra en el estanque; ¡su mano ha roto el cielo!

Pero la llevo al estanque y le digo: ya ves, destrozo la noche como lo hizo tu piedra; sin embargo, mira que hermosa es la luna rota. Y ahuecando mis manos, recojo un poco de líquido, y le secreteo: ¿ves, Chinchina? bebo agua de cielo.

Y con el trapito de la luna enredada en mis dedos le secaba las lágrimas a Chinchina.

El organillero sin ojos

Hoy me busco en los dedos de Chinchina en su sonrisa, en la estatura de sus preguntas; ella tal vez no comprende que yo estoy de su tamaño.

Pero una cosa cualquiera, diez centavos de música saben por qué estoy tan sencillo, tan escaso de carne.

Diez centavos de aire de ciego me desnudaron; y quiero correr y gritar; quiero correr con aquella cosa azul... aquel viento que viene con su república de golondrinas.

Hoy las manos-mayores me vigilan, me cuidan; ¿tal vez? Porque, ahora mi sudor cae simple sobre Chinchina, como un poco de rocío sobre el oficio de la azucena.

Hoy siento que mis pasos no tiene la edad de mi cuerpo. Hoy los hombres me miran, y siento tanto miedo, y estoy tan limpio... que no quiero mirarlos para que no me ensucien con los ojos.

 

Agua siempre

Los siete años de Chinchina se desnudan para vestirse de río.

-¡La pobre, cree que está sucia! Ella ignora que siempre está limpia.

¡Qué bien, el río no se lleva nada de Chinchina! ¿Y qué pueden llevarse? Si el aire no se mancha, si el día no se ensucia.

Además, ¿qué puede hacer el río con un poco de río?

Los siete años de Chinchina se desnudan para vestirse de líquido. Sin embargo, como Chinchina es de agua, yo la miraba, pero no la veía...

 

Primavera en la piedra

Le digo a Chinchina que hoy bajo la tierra debe haber algún duende haciendo versos.

Y en las orillas del camino que la lluvia de primavera ha llenado de verdes y de rojos bárbaros; mucho antes de que la vaca vagabunda, madrugadora, con su paso dormido las triture, Chinchina me recoge florecillas silvestres; pone sobre mi ropa poesía... la que fabrica aquel duende bajo la tierra.

Ahora, yo no quisiera tocar con la mano mi ropa que trasciende hoy a cosa que está lejos del hombre. Pero, Chinchina, ¿y qué hacemos con estas, con estas azucenas que no quiero apretar?

Yo tenía entre mis dedos las manos de Chinchina.

 

Casi Chinchina

Con algo de brisa vestida, con más de brisa que de ella, Chinchina pasa corriendo por entre los prados; es una mariposa que persigue mariposas.

En tanto, por mi ventana entra de pronto un golpe de fragancia de pino, un golpe de campo invisible. Yo leo no sé que libro, no lo comprendo, no lo manoseo como este retazo de montaña.

Allá, a lo lejos, Chinchina galopando sobre su caballito de árbol, me agarra los ojos, me los fija, no me deja ver otra cosa. Ya casi estoy por creer que no conozco mi piel ni mi familia de bueyes.

Ya casi estoy por creer que yo soy este poco de campo invisible que entra por mi ventana.

 

Casi Manuel

Las manos de Chinchina, sus preguntas, sus ojos, van quitando mi nombre. Creo que Manuel es mucha carne, mucho hueso, mucha tierra. Pero las manos de Chinchina me van despegando poco a poco.

Huelo ya que Manuel no va conmigo Chinchina a ratos me agarra con sus dedos de rosa, y callada me habla, y me dice que mis manos están llenas de pájaros, llenas de viento, llenas de lluvia y otras cosas... otras cosas.

Yo no le respondo. Yo no sé nada. Pero mis manos siguen soltando pájaros.

 

Agua de carne

Es la primera vez que sus manos tocan las cosas. Quizás por eso no sabe que yo tengo los ojos más tristes... Mis ojos vienen simples de cuerpo de Chinchina; pero yo estoy tan viejo, tan oscuro, tan usado, que a pesar de su manía, de su costumbre cuando ellos vuelven, cuando ellos se pegan de nuevo y nuevos en mi cara, los encuentro tan extraños, tan sencillos, tan puros; pero, ¡oh Chinchina, tus dedos de siete años, tus siete años de tacto es la primera vez que tocan las cosas!

¿Ves ahora esta gota que baja de mi frente? A ti te sabe a agua, sólo a agua; pero no, no la toques ¿no ves que se ha roto un espejo, y en sus trozos que caen se ve esto...?

¡Es tan raro ver un hombre!

 

Chinchina sin tregua

Aquí, allá, atravesando los verdes, la sombra, las espinas; atravesando la tierra, las millas, los relojes; viene como un pequeño ciclón blanco. Su locura, su ruido, su raíz, su risa: todo este retacito de leche dura, de leche prieta, de leche viva, precipitado, desbocado, armonioso, viene de no sé dónde, de no sé qué desequilibrio, de no sé qué sanitario de ángeles.

Chinchina, ¿pero no ves que mi cuerpo es una letra? ¿No ves que soy un objeto, una forma? ¿No ves que mi cuerpo es una palabra mala, una palabra tonta, dura, vieja? No ves que te digo Chinchina; pero no quiero pisar la yerba porque también se llama Chinchina; no quiero ensuciar la madrugada porque también se llama Chinchina.

Aquí están; la mañana, la tierra, la vaca, todo tiene tu nombre; tendré que usar el aire que es ropa del ángel; casi hacer versos para no pisar las cosas que se llaman Chinchina.

 

Huye

Chinchina, no hay en tus ojos libros acumulados. Pero, ¿qué hacemos con esto... con el agua? El pozo tampoco va a la escuela, y sencillamente se llena de altura y lejanía.

¡Oh, Chinchina, tan suave, tan ágil, tan trasparente!

Huye. Deja que huyan tus ojos, tus ojos sin hombres, tus ojos deshabitados como los pies del aire que viene de los pinos y del balido.

Huye. Deja que huyan tus ojos; no los llenes de letras...

Usan la sombra como los lirios ciegos...

 

Fracaso blanco

Me llevé la niña al campo. Iba por un camino que le hice con palabras, con palabras color de ella: color de brisa.

Pero mi mano de hombre se me rompió en su sonrisa blanca y en el agua clara de sus preguntas.

Volvimos a la ciudad, y le dije: quédate como tu sonrisa, como tus preguntas.

¡Ya ves, Chinchina, que inútil es la mano cuando piensa!

 

Pesadilla agradable

Un vaho a tierra húmeda me llevó sin sombra donde yo había nacido. Los jumentos, el bohío, la loma, me eran familiares. Ya no quería volver a mis voces con barbas. Yo miraba la gente, como la ve Chinchina, por un agujerito.

Yo sé que estoy durmiendo, que nadie puede despertarme. De pronto, la carne me recuerda, me dice que la mirada tiene dientes; que tengo que trabajar, que tengo que pronunciar palabras para que me entiendan, para que sepan que no he dejado de ser familia de la materia. Entonces veo que estoy medido, que yo soy algo que se pudre.

Sin embargo, yo estaba con Chinchina; nadie podía ensuciarme; era el patio de los niños.

Pero, Tierra, como los hombres vuelven a ti, y tú los devuelves en lirios, yo tenía en el ojal un poco de hombre.

 

Bueyes

El humo de los bohíos que inicia la madrugada tiene algo de niño... Y este gañán que simplemente anda pisoteando el alba sobre los charcos, no sólo Dios se le pega en los pies; la pobre ropa del boyero se llena de aro de sol; pero, ¡la pobre, sólo usa el oro comunista del día!

Blando gañán: tu muleto no te ayuda... Tu carreta distante, casi no camina; tus bueyes son tan lentos, tan desnudos de urbe, que, a ratos, me parece que Chinchina habla con ellos.

¡Qué mansos, que claro!; tus bueyes se han parado para ver el cielo, que está sobre la ciudad como una palabra honrada sobre los hombres.

 

Color de agua

Huele a cemento el sendero mojado y escondido. Pero el camino está vivo, a pesar de las pestañas que tercamente verdes lo abrazan; es que la carretera no le ha quitado todo.

Chinchina vive por entre las bárbaras y grandes pestañas vegetales, y con la gracia color de agua de sus manos se quita la ropa para bañarse. ¿Y para qué? Sí, ¿para qué? Si Chinchina y los lirios no saben nada, si Chinchina y los lirios siempre están desnudos...

 

Sus preguntas

Chinchina no sabe que cuando me hace preguntas o tira su sonrisa sobre mi estrujado, mi deshonrado cuerpo, por un instante su sonrisa, sus preguntas, su miedo, se posan sobre la sequía de mis dedos; pero ella les quita a mis uñas la edad de mi voz.

¿Qué hago yo entonces? ¿Qué puede, qué hace ese olfato varón con sus manos vencidas metidas en la mañana?

Chinchina no sabe que en ese instante, si me avecino un lirio... puede ensuciarme...

 

Temor

Si yo no la miraba, la oliera, la tocara, diría que Chinchina todavía no ha llegado. Sin embargo, a veces, no quiero callar por mucho tiempo; no quiero dejar de preguntarle, de contestarle, de tocarle, de sonreírle; es que me parece que no está conmigo, que no está hecha de elementos, de asunto manuable, si no le hablo, si no la toco, si no, la huelo.

A ratos, le digo algo... casi algo; lo que no quiero es dejarla callada, quieta, transparente. Temo que se me vaya sin que ella lo sepa, y entonces le digo cualquier cosa, por ejemplo: - Mira, Chinchina, hoy la tierra parece de agua; fíjate como se mueve bajo la sombra del árbol.

 

Piedra honda

Me he detenido en esta calle delgada, y bajo su flaco azul he visto una piedra gorda. Mírala que grande, es casi blanca, casi redonda; es una luna caída, manuable, sin cielo. Cuando la tarde va dejando la calle, esta piedra se agiganta, se ruboriza, se acumula, se aprieta, hasta que se ennegrece.

¿La ves? Porque el lechero, cuando termina su oficio blanco, acostumbra sentarse en ella, ella se ha puesto tersa, casi pulida como un ojo de vaca.

Pero mi voz, que es familia de esta piedra, no se quiere caer sobre Chinchina.

¡Pesa tanto ese pétalo sobre este cuchillo!

 

Allá lejos

Siendo lunes, hoy es domingo en mi semana, sólo porque tus dedos hojearon el calendario.

Mira, ya no hay nubes obscuras, ni tú, frente a mí, como la roca frente al mar. Ya no repiten los caminos que llevan a los cazadores de conciencias.

Las palomas del día vienen a tus manos sobre las brisas franciscanas de incienso, sólo porque tus ojos se tornaron a la montaña.

Fíjate bien, Chinchina, me siento más limpio contigo de espaldas a los hombres.

No volvamos, que de tornar, tu claridad de paloma se romperá en palabras duras como los dientes del tiempo.

 

Inicio de égloga

Los machetes se ríen, se reparten el sol. Las canoas que madrugan destrozan la mañana que viene nadando lentamente.

Pero alguien pesca en el río, y no hay nadie en el río...

Alguien está en la loma, y no hay nadie en la loma.

Alguien va desnudo como el día por el campo, y nadie va desnudo.

¿Estaré yo aquí... conmigo?

 

El juguete sin tiempo

Veo jugar los niños, y sé que están muy cerca porque sus canciones me están cortando la uñas...

Yo no encuentro en el agua ni en los libros con qué limpiar mi piel, mi dura piel de hombre.

Viene de tan adentro, y son tan viejos, tan agudos, tan sucios mis ojos y este prematuro y primitivo olfato mío. Yo soy un mueble que por desgracia ya tiene años; pero veo jugar los niños, y estoy haciendo algo... me estoy quitando algo... Comprendo entonces que todavía el agua es mi familia.

Comprendo entonces que todavía mi nombre pueden inventarlo los pájaros o la sonrisa de Chinchina.

 

La vaca sobre la tierra

Tú que no tienes ropa. Tú que estás desnuda como tu mirada. Tú que eres una palabra blanda. Tú que eres simple y valiente como pan de hogar.

No quiero ver otra cosa... ¿Qué inevitables son tus ojos, tu mirada grande! El campo no está sucio cuando despiertan en las acuarelas de tus ojos, todavía teñidos de montaña.

Tú que no tienes ropa. Tú que estás desnuda como Chinchina, como los niños. Vieja vaca: más que un editorial, que la policía, tus ojos lavan la ciudad.

 

La gota

Ayer, Chinchina fue a la plazoleta, y se entretuvo viendo los diminutos relámpagos fríos del estanque perforado de peces.

Una nube -casi a propósito- un chaparrón vistió a Chinchina de ala y de piedras preciosas.

A ella le gusta el agua, y como el agua le fabrica sus pesos, se quedó con el poco de nube caída.

En tanto yo, aquí, desde mi ventana, estuve viendo... leyendo una gota de agua. Y hasta que la gota no volvió al cielo, no me aparté de ella... de la gota.

Pero no creo que se fue sola.

 

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(1) Chinchina es la hija de Manuel del Cabral. En el libro es una niña de siete años, que mira el mundo, se interesa, y así sugiere al autor la idea de que, al buscar el por qué de las cosas de la vida, busca el tiempo.

(2) Mis olores de hombre es la expresión que quiere significar la más concreta realidad del hombre, lo más material y terreno

(3) Es la idea de la transparencia. El autor imagina que Chinchina puede ser agua como una fina lluvia.

Continúa a la segunda parte