Chinchina busca el tiempo
Manuel del Cabral
El libro de agua y cielo
Segunda parte
El flautista cojo
Nunca le he visto sentado en otra parte. Casi estoy por creer que el montoncito de piedras de su esqueleto es un retoño de su silla salvaje: su tronco de pino tronado y antiguo, tan antiguo que, según el calendario rural, no lo trajeron los hombres, sino la preñez del río bajo una noche en que la montaña se puso rabiosa y quería ahogar el valle.
De no sé qué viento, de qué nido se desprendió su anatomía de pájaro... Casi no se mueve; su siempre, su único movimiento, su vicio, su ocio es una flauta de hueso primitiva, sentimental, supersticiosa.
El sol lo desacurruca, le desenvuelve su cuerpo enrollado y flaco. Entonces, su hueso sonoro, casi vivo, comienza lentamente a estirarse en un monótono quejido (Chinchina no lo sabe), pero yo veo que la flauta se pone larga como la callecita de la aldea, y sigue no sé hasta dónde...
Pero hay algo más que Chinchina no ha visto; hay algo más que no quiero decirle. ¿Para qué ponerla tan cerca de la tierra? Se le pueden ensuciar sus preguntas. Tal vez no podrán regresar sus palabras ni su mirada.
No, no puedo decirle a Chinchina por qué tiemblo cada vez que escucho la flauta del cojo. Él no me ha dicho nada, no me ha contado nada; ni siquiera el cochero ni el barbero que tiene en el buche al pueblo.
Pero la flauta ha puesto chismoso al aire...
Yo tiemblo. Tiemblo mucho más ante ese hueso ahora...
No, no quiero decirle a Chinchina que esa flauta, que ese hueso es de la pierna del músico mutilado.
Sin embargo, la flauta que es
un poquito de cadáver, lucha porque no entiende al flautista.
El curandero
Con anteojos no recetados (como sus tragos) yo lo he visto montado sobre su mula milagrosa.
Él viene ahora de un raro lugar que no conoce el villorrio, y trae las manos atestadas de hierbas; ¡sí, sus manos!, la gente del valle se las respeta; los labios de la aldea le han suavizado sus dedos como a las ásperas manos de su Cristo de piedra.
Tiene un libro mágico, tal vez más extraño que aquel que está en latín y llena la alcancía de la ermita, ¡caro libro es su cara!, las letras de sus arrugas oscuras, deliberadas, se agrupan, se enredan, conversan y hablan de no sé qué país inventado por sus signos.
Chinchina no lo sabe, pero las venas de ese silvestre doctor insisten en retroceder como una enredadera azul de culebras terrenales que van apretando, ahogando cada día más su cuerpo simple.
Yo veo en la pared de su
casa una vieja herradura que se encontró hace tiempo en el antiguo camino que
va del pueblo al Pozo del Indio. Todo el valle viene a ver y a besar ese
amuleto. Duerme siempre todo el valle. Pero ¿cómo despertarlo, si madrugando a
la del Cura, la cara del curandero es aún la morfina de la aldea?
Yaco
En los días caribes los días en que las piedras queman y las chicharras revientan y clavan sus agujas de ruido, voy a la laguna con Chinchina, la llevo como un juguete mío, atropellado entre el chirrido de los insectos y el resplandor de un azul que nos agarra.
La laguna es un ojo verde, un ojo que, según el cochero del valle, era pequeñito como los de la gente. Pero su cantidad de pájaros, la pegajosa orquestación que vuela sobre su fofa esmeralda, es lo que a Chinchina no la tiene cuerda.
Ya sé por qué Yaco, el antiguo notario, el viejo abogado del interminable cañaveral de los sajones, al llegar aquí a la laguna, se sacó del buche su papagayo jurídico y llenó su birrete de canarios.
Casi a propósito, mi bozo comenzaba a tener color de duelo, cuando Yaco, ya sin cálculos, ya sin ataduras con la tierra... lentamente se sentó; se acostó sobre la yerba, y como si hablara con ella, abrió sus manos lo mismo que dos gritos y el rocío le lloraba en la uñas, se las mojaba de églogas.
¡Qué bien, Yaco, ya puedo hablar contigo!
¡Qué indefensa han puesto tu toga los canarios de la laguna!
La sequía
Es duro, sí, es duro. La gente del campo que conoce este cielo, sabe que es una piedra. Hace ya semanas y el cielo no encarece; pero tiene una cana... la que le nace a la chimenea.
Ahora la luna crece tan peligrosa que la gente habla sólo sobre la tierra seca; y el río está tan flaco que el cielo apenas baja se rompe entre sus guajiros; ¡aunque ya no está ni flaco!, las últimas vacas, los últimos huesos... llegaron hasta él y se bebieron también el retazo, el humilde pedacito de cielo que quedaba sonoro, delgado entre las peñas.
Pero yo veo el pecho del labrador, yo veo algo que no está seco, algo que anda azul bajo su piel y le está saliendo color de ocaso...
Ya ves, Chinchina, todavía
queda agua, mucha agua... ¡agua grande!
La vaca difunta
Chinchina, tu juguete más serio fíjate cómo duerme. Hace tres horas que no usa el día tu amiga blanda; la que siempre tenía los ojos limpios como carta de niño. Era tal vez una palabra huyendo la patria suelta de su chorro blanco. Me lo dice la yerba que salía nupcial por sus pezones.
Van a enterrarle hoy solamente su físico. Mas hoy, como quien viene a ver carne de gente, bajan de la montaña los hombres que no bajan casi nunca....los hombres que la pueden enterrar llorar han teñido sus barbas.
Las campanas han llenado el aire de golondrinas; yo le digo a la aldea que el viento está de luto, que hasta las nubes que amenazan llorar han teñido sus barbas.
Pero no, hoy no ha muerto una vaca: era un poco de grito de los niños, y no se pueden enterrar sus gritos.
Chinchina todavía no recoge sus ojos, los ha dejado caer sobre su cuadrúpeda pura; se le han caído sobre la raíz de la aldea.
El hombre color de pueblo
Salvo Chinchina y una sotana con sobrinos... sólo a Rabo (raíz de calle) no me lo toca el tiempo. Pero no, no quiero explicar nada. Rabo es tan importante, tan humano, tan mío, tan público, que cualquiera cosa suya, su risa (su miga sonora), alimenta al canario aprendiz de guitarra.
Yo, cuando el cielo deja caer sus canas, tomo unos zapatos viejos, una ropa peor; pisoteo el tiempo y me avecino a Rabo. Es que conozco sus mañas (más las azules que las de tierra); es que, cuando llueve, Rabo se recoge, se reconcentra, se suelta, no sabe qué hacer con su paquete de alegría tan honda, tan criolla.
Pero Rabo, tú agarras tu mujercita sin ropa (tu guitarra), y entonces, con una mano al cuello y la otra en la cadera, la aprietas, la exprimes.
Rabo, pero tú estás en peligro ...,¿No ves que tú tienes una criatura torturada entre tus manos?
No, Rabo, no toques tu
guitarra. ¿Para qué más habitantes?
El relojero ahorcado
Mucho antes de que las huellas de la recua arrugaran la cara de barro del camino; casi cuando los gallos se vistieron de música; ya, y en el fondo del patio, un anciano atado al cuello pendía de una rama de tamarindo. No quise despertar a Chinchina, y mis ojos rurales que se había levantado a ver el alba, madrugaron con un trozo de ocaso.
Aquel anciano era el fruto más maduro del árbol, también el más pesado... y no caía; sólo a ratos, su figura flaca, títere del vegetal, se movía con el viento como si fuese una aguja imantada que oscila buscando algo en la tierra... pero era la brújula de un viaje más largo...
La campana madrugadora fue creciendo, despertó mucho antes que los pájaros el valle; entonces, el rojo del amanecer comenzó a salir espeso por la boca de aquel tranquilo, de aquel manso viejito que nunca fue chismoso y hoy tiene la lengua larga...
Aún Chinchina duerme. En tanto, yo, ahora, ante este atardecer en medio de la mañana, ¡cómo me gustaría que Chinchina supiera que estoy tan joven, que estoy aquí sin edad... pues creo, al ver este anciano muerto, que el Tiempo se ha suicidado!
El buey que huele a tarde
Espeso, igual que la neblina
de la barba de Pancho, aquel viejo que le cuidaba con un olor a celo en todo el
cuerpo, su duro cuerpo comido de silencios...
Cuando mira, no sabe a buey; tiene en los cementerios de sus ojos un brillo tan
terco... pero es tan manso, tan suave, tan niño....
A veces veo que alguien habla con él, que alguien le está diciendo cosas y que la tarde no acaba de caer porque sus grandes ojos no la dejan cae; es que la tarde lo espera no sé dónde; ¿en qué aire, en qué retazo de país sin tierra?
Yo creo, Chinchina, que nadie puede enseñar más cosas blancas que tu palabra, pero este viejo buey, este ángel que anda comiéndose tus grillos y las esmeraldas alimenticias de tus almendros, puede decirnos que todavía se parece al agua y a tus manos. No ves que todavía no está oscuro...
Viejo buey: ¡tú vives
entre los hombres como un poco del día caído en el pantano!
El avestruz
Casi ridícula, como una niña que ha crecido temprano y se queda de pronto con su ropa de infancia; la equilibrada, la señorita avestruz viene entreteniendo a la chiquillería y a ratos, a las canas... Pero tiene un orgullo tonto, hueco, pues casi nunca baja su cuello para hablar con Chinchina; casi nunca está cerca de su sonrisa, de sus manos, de su curiosidad de siete años.
Ves, Chinchina, tú golpeas sus torres, su patas, y ella ni siquiera sabe que tus dedos son humanos... No se parece a tu perrito que, cuando te acaricia, suele con su lengua darle brillo a tus uñas inofensivas, como para que te mires en sus espejos de rosa.
Señorita siempre, pero con su traje de bailarina desterrada, tu avestruz sigue orgullosa, impenetrable. Es más, se ha puesto a enflaquecer, quiere hacer algo en el cine, y todos los días va al pozo a ver su silueta, y se trepa a una rama para azules... por eso se perdieron tus zapatitos celestes, ¿recuerdas, Chinchina, los que parecían caídos de aquello distante que llena tu ventana abierta?
Ya ves, cuando tu zancuda está a dieta, cuando tu zancuda quiere ser algo en el cine, come cosas azules...
La maestra sin huesos
Lluvia sin caída, conserva, endurecida, seca, el pelo de la primer maestra de Chinchina se destreza largo, infinito desde la nunca al calcañar. Pero no. No es su pelo lo que amontona en su cuerpo todos los ojos de la aldea...
Sin embargo, los ojos de
Chinchina no se animalizan pegados como azules discípulos a los olores de
aquella grasa que misteriosamente habla sola.
Tal vez, ni el cuerpo ni la lluvia ni las mariposas ni el caballito que soñó
en el sueño de la cama, la entretienen más que aquel juguete humano, que
aquella voz gelatinosa que le obliga a viajar su índice, su diminuto índice, a
través de países de papel y madera.
¡Pobre obesa, parece maestra sólo al través del agua durecida y muerta de sus anteojos!
Yo que sentí crujir repetidas veces su primitivo, su totalitario corsé, yo que la vi de cerca, sé con qué gravedad le dijo una vez a Chinchina "que a los peces les gusta la grasa".
Desde entonces Chinchina sabe que aquella manteca pensativa y erudita, que aquella cintura sin huesos es para alimentar las ballenas de su corsé.
La lechuza
Todas las cosas viejas del valle las ha puesto nuevas la mañana; hasta la anciana, la horrible lechuza sobre un poste del teléfono tiene algo de niña -a pesar de que hace un rato dejó su velo de novia en la neblina-. Pero el villorrio que baja de la montaña, siempre se persigna cuando pasa frente a ella; sin embargo, a veces la veo sobre el lomo de los bueyes ¡y ya tú sabes, Chinchina, que los bueyes siguen mansos!
Anuncia el almanaque que
seguirá el buen tiempo; pero yo creo más en las orejas y en el olfato de las
bestias. Cuando las vacas mugen largo, viene el río siempre gordo....
Ya los ojos no dudan con quién conversa el cielo cuando hace garabatos eléctricos.
Allí está la lechuza, la fatal telegrafista que anuncia las tempestades... Fíjate
cómo pasa ahora un retazo de aire viudo, y cómo huye de los nubarrones aquel
otro nubarrón de golondrinas.
En tanto, de súbito, Dios abre un ojo para buscar sus cosas... un relámpago me alumbra; me ha vestido de distancia.
El campanero robador de pájaros
La Ley vio en sus manos dos huevos de trino (era de las alondras). Pero se persignó frente al Cristo, y echó un salivazo frente al Juez, como si su saliva fuese la palabra más honrada.
Nada ha ido más lejos... ni su voz color de noche en el día de la muerte de su caballo.
Sólo su silencio escupido se levantaba como una semilla.
Pero si es Chepe, el sonámbulo; el que pone alegre o triste las campanas; el que fabrica el amanecer y entierra la tarde; el que desde la torre llega invisible a los bohíos encanecidos de distancia, siempre mucho antes de que salga el sol, de que canten los pájaros, y amontona a los madrugadores en el mercado donde los montañeses, entre largas filas de burros y trémulas "jumiadoras", chismosamente traen su poquito de campo.
Ahora, Chinchina, mira esta piedra... mírale la cara; qué grandullón y qué bruto es este Juez de barba inútil... no sabe que quien roba alondras no le roba a la tierra.
Hoy, vestido de incienso y empujado por latines, Chepe se fue dentro de un árbol por un camino más alto que el de la gente...
¡Todavía tiene manías de cielo el campanero!
Zapatos viejos
Con dos agujeros como dos ojos que amanecieron sin dormir, los zapatos empapados y a la orilla del camino miraban hacia arriba, tal vez pensando que por fin ha dejado de caer cielo sobre las montañas, allá, de donde ellos bajaron amasando barro y haciendo huellas hondas...
Estaban sin gente. Alguien los puso allí para que su pequeñita cantidad de río se calentara y volviera al azul con la subida del amanecer. No son los del Cura, porque la mina de la Muerte siempre le tiene muchos pares... siempre lo tienen satisfecho; tampoco los de Guaco el labrador, porque aunque están agujereados, los usa sólo los domingos, además, para Guaco todavía están tan nuevos.....
Ya ves, Chinchina, estos mojados zapatos viejos no son del hombre; no han inventado nada; no dicen nada, no pertenecen ni al dolor ni a la alegría; están ahí sin historia, como dos cosas más sobre la tierra. Ah, pero en uno de sus pocitos bebe un canario, se lava bien la garganta y le hace un discurso al día...
El herrero y una sed
Sólo la liliputiense y sin osos aurora boreal de las uñitas de Chinchina es más pura que la barba del herrero, aquella barba que al resplandor de la fragua es un lirio grande color de rosa oloroso a honestidad.
Desde la madrugada hasta el atardecer, se oye un golpe monótono, duro, rojo. Pero es un golpe tan honrado que cada vez que se escucha, ilumina toda la oscura herrería; el hierro tiene algo de gente en las manos del buen viejo; yo he visto este hierro doblegarse, retorcerse y quejarse como un pedazo de esqueleto primitivo, hondo.
Chinchina ha venido conmigo a ver la herrería, y sobre todo, a mirar la fragua, por eso en el fondo de sus ojillos azules brilla un sol pequeñito como el de la madrugada.
En tanto, mientras machaca estrellas, el buen viejo enciende su cigarro en el fiero ruborizado y compadrea. Hace una semana que trabaja noche y día, desde que el patriarca le mandó treinta caballos para que los calzara; y cada vez que fabrica una herradura, los niños lo miran como pidiéndole un poquito de sol; los ojos supersticiosos de la aldea vienen a ver al hacedor de la buena suerte en cada media luna roja de herradura.
Pero el patrón no cuida el corazón de su gente; Chinchina, fíjate cómo el oro que gasta el patriarca en mantener sus caballos brota por todas partes, hasta de sus pezuñas.....Estas bestias son así, sólo tienen chispas en las patas.
Además, ayer el patrón compró la tierra por donde pasa el río. El patrón todo el agua del valle, mas no la que le quieta la sed a los pintores... El patrón y la vaca no la beben... no pueden secar el río de la acuarela.
Cholo el demente
Cholo siempre viene de la montaña con las manos llenas de caballitos del diablo, porque su hijo, muerto hace ya muchos años, le dice todas las noches que se los cace. Y todas las mañanas, sobre la tierra donde duerme el hijo, amanecer un cementerio de libélulas.
Pero el aire del valle huele más al Cholo que hace algún tiempo está enseñando a hablar a los guijarros; el Cholo que se ha olvidado del hombre y duerme sobre las piedras para niños y el pétalo, vive tan lejos...
Pero Cholo, que a ratos monologa, con sus colmillos de acuerdo corta de pronto su lucidez, su pasajero razonamiento. Y de súbito, como un resumen de su silencio, su vista suda una gota que tal vez es lo único que queda transparente en su carne de hombre.
Los niños vienen a ver a Cholo cuando duerme sobre las piedras. ¡Pobre luz vestida de harapos! Su inutilidad está más cerca de la cordura que el comerciante vencedor de violines.
Las cometas con algo
Más allá de la plazoleta, casi donde termina la aldea y comienza el verde rebelde de la loma, allí, donde los muchachos dominicales se agrupan y grupan y cantan, he llevado a Chinchina para que vea el desafío de las comentas.
Cuando San Pedro no rueda, no arrastra ciertos muebles allá... tan fuertemente que rajan la madera celeste y alumbran y retumban en la montaña; quiero decir, Chinchina, cuando es niña la brisa, entonces... mira cómo el viento se tiñe de colores. No son las plumas, las que sufren y sangran, las que anuncian las estaciones; no son las que enseñaron a las comadres guitarra y los señoritos violines cierto secretos que sólo saben los pinos, el aguacero y el trueno; no, no son las que dicen que en sus picos Dios aprendió a silbar para llamar a los ángeles, van más lejos que el Cura, ponen a los muchachos a conversar con el cielo por teléfono.
Ya sé por qué, a pesar de que estoy ya tan viejo, veo entre las nubes unos caros pantalones míos. ¿Ves aquel rabo de dril blanco, tan coqueto en aquella cometa?
¡Hoy, Chinchina, sueña tanto.....que hasta mi ropa se va sola al cielo!
Manuel viene del mar
Hoy tengo el mar endurecido entre mis manos; hoy llevo mis manos llenas de caracoles. Estos huesos de ola no se mueven; alguien hizo estas piedras para los jardines de los peces, no para los ojos ni las manos de una frente que tiene que buscar alimento para un grito.
Ahora, no me atrevo a hablar solo, llevo aquí un caracol que parece una oreja, y como huele a mujer, temo que me oiga, temo que me conteste y me crezca como un chisme callado... Pero me pongo a hablar con él... y así, Chinchina, como a veces voy hablando contigo sin que tú lo sepas, voy diciéndole cosas a mi hueso marino, a mi agarrado trozo de ola endurecida.
Tú miras mis caracoles, los que tengo en mis manos; en la tierra; sin embargo, yo los veo en el fondo de tus ojos azules; veo que mis caracoles han vuelto al mar.
El cráneo del indio
Llamo a Chinchina y le
explico... le digo que es de Hatuey, el indio que hacía versos, el indio que
flechaba golondrinas y con sangre de aves escribía sus canciones.
Pero Chinchina tiembla, teme, huye. En tanto, me acerco más al cráneo, y de súbito
oigo un rumor de vida, veo por uno de sus agujeros que en su interior hay un
nido de música, una casa de jilgueros... Si, ya sé que es de Hatuey, el indio
que se llenaba las manos de río para mirar el alba entre sus dedos; el indio
que con azucenas alimentaba a su caballo para que la bestia se le pusiera más
hermosa y estuviera más cerca de los niños.
Sí, Hatuey, el indio que sabía el nacimiento del viento y madrugaba en puntillas para robarle sus canciones de humedad y relámpagos; el indio que no cazaba alondras porque las fabricaba en su sonrisa. ¡Pero si todavía las tienes! Fíjate bien en ese cráneo, ¿lo oyes, -Chinchina? No te asustes, pon tus orejas de rosa sobre esta jaula de hueso. Ya no podrá decirme que no entiendes la virgen lengua de Hatuey; él viene, él anda por ahí....con su alfabeto de aire.
Manso Hatuey: y tú que te apenas cuando no te entendían; cuando te ponías por dentro tercamente azul... cuando mojabas tus manos para empaparlas de sol.
Sin embargo, aquí tengo tu cráneo: ¡todavía está lleno de alondras y jilgueros!
Chinchina, fíjate bien que este indio, que este muerto no deja de hacer versos...
La burra de don Goyo
Acurrucada en el valle, casi huyéndole al tiempo, nada ensucia la aldea.
Sin embargo, te hablé de un abogado tan pequeño que, todos los días, con las gotas de mi sudor lava su casa y hace crecer las rosas de su patio. Pero, Chinchina, no cierres tus ojos, no te asombres, ¿ves esta burra, la que el día se le pega y le hace gotear oro...? Es la simple, la pobre burra de Don Goyo, el barbudo que vende a diez centavos sus décimas (sus átomos de Homero)...
Pobre burra, en la "Esquina de la Pulmonía" la esperan el talabartero y el adivino: uno para hacer tamboras de su panza; otro para hacer amuletos de su esqueleto.
Ya me parece verla hecha Cristos de huesos, Cristos sudados entre las manos de la aldea, dándole valor al pueblo... el pueblo que no le da más que piedras...
El aguatero
Hoy que no madrugan las nubes en las tinajas, hoy que no amanece el vendedor de río ni su juramento machaca todos los sueños con sus patas desde que vino a la tierra.
¡Qué seca está la madrugada
de esta calle! La voz del aguatero era lluvia dosificada, comprimida, liberada,
pero siempre era agua.
Chinchina, fíjate cómo ha amanecido el aguatero: hoy que no ha podido ir al río;
hoy que no tiene ropa ni harina, hoy que ha inundado todos los rincones de su
casa con el vidrio que cae de su mirada, hoy que las nubes descienden de sus
ojos: hoy que parece que el río no está en su sitio; hoy que parece que el río
está en la casa del aguatero; Chinchina, es que el agua que cae de los párpados
nadie quiere beberla. Sí, nadie quiere beberla, pero ¡qué limpia, qué clara
es el agua que sufre!
La cotorra
¿No oyes, Chinchina, que la cotorra picotea las palabras? ¿No ves que las palabras se caen de su pico como vidrios rotos? Y tan seria que parece a veces su estatura de viejecita cansada. No, no es un poquito de selva; es algo más que un espacio de campo alborotado; es algo más que un resumen de campo testarudo y chismoso.
Es que cuando yo veo la cotorra, apelotonada, prieta de verdes compaginados, y de pronto, me tira frases enteras, duras, me parece que es un puñado de yerbas que ha aprendido a hablar, a mirar, a ser gente... ¡La pobre, ha aprendido a ser gente, ha aprendido a ensuciarse...!
Chinchina; es que la cotorra es un poco de árbol que da frutos de gritos.
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