Los huéspedes secretos
Manuel del Cabral
Buenos Aires: Editora Carlos Lohle, 1950
Huésped mayor en tres iniciaciones
INICIO PRIMERO
¿Tendrán los ciegos, oh infinito,
más niebla que los ojos que te miran?
He procurado contemplarte con la tranquilidad
que me es dable como humano.
Luego he querido hablar,
pero he comprendido que el sonido no es puro;
sólo cuando yo estoy junto a los niños
a nombrarte me atrevo, oh infinito.
A veces me es difícil convencerme
de que estoy hecho del material de tus distancias.
Pero si no viviera entre las sombras,
¿con qué estuvieran hechas mis preguntas?
Si no existiera la muerte de una madre o de una niña,
¿cómo podría pensar en ti,
en tu impasible silencio de grandeza?
¡Oh infinito, cómo puedo ser hombre
si tú desde lo alto me enseñaste a ser niño!
INICIO SEGUNDO
Si en el temblor de un yerba con rocío
puede mi instinto alimentarse de tu espacio,
¿con qué ojos puedo mirarte?
¿Con qué frente puedo concentrar tu inefable estatura?
Una ventana abierta poblada de tus altos secretos
me recoge, a ratos, con una quietud, con una serenidad
que sólo comprende tu silencio de estrellas.
Suelo, entonces, conversar conmigo mismo,
y acurrucado en mi propio pensamiento
encuentro que es un crimen que me llame Manuel,
encuentro que es un crimen el tamaño del hombre,
encuentro que es un crimen su tamaño de carne.
Y sólo tú, oh infinito,
recoges mis preguntas, te ocupas de esta hormiga,
te ocupas de limpiarle su mirada y la frente,
te ocupas de quitarle su cantidad de tierra.
Porque tú, sólo tú, inevitable infinito,
eres humilde en esta brizna de yerba húmeda temblando.
¡Enséñame a decírselo a los hombres!
INICIO TERCERO
Hoy he recobrado todas mis fuerzas, me he preparado
para poder contemplar tu plural presencia.
El hombre, es verdad que piensa,
pero es difícil, dentro de su brevedad,
que pueda comprender lo total de tu anchura,
la dignidad de tus nieblas,
la cualidad de tus abismos;
ni siquiera presiente
la grandeza de los pequeños seres que lo rodean
y que tienen su secreto tan justo,
tan virgen como el de los astros.
Pero el hombre puede derribar desde su frente
a las bestias que viven en su sangre desde su origen;
y entonces, oh infinito,
a pesar de tu extensión, a pesar de tu altura,
a pesar de tu distancia sagrada,
la pobre criatura del hombre, podrá, sin gran esfuerzo,
comprender que todo aquí es vorágine,
pura vorágine;
y podrá, también, comprender que lo soltó un hondero;
que somos una piedra —quizá la de David—,
una piedra que hace siglos anda en busca de su blanco,
pero una piedra, ¡ay!, que no encuentra al gigante,
porque inefablemente rueda dentro de él.
¡Oh infinito, sólo mi nacimiento puede dolerme igual
que tu presencia Virgen ante el hombre!
HUÉSPED PRIMERO
Los ríos todavía no robaban paisajes,
aún andaban tibios por las venas de Dios,
y todos los caminos comenzaban apenas
a dibujarse en las arrugas de su frente;
la espuma de los peces meditaba, ya inédita,
en los bucles del amo;
el huracán era aquello que sólo
fugaba en una débil visita de fragancia
cada vez que movía su labio el gran anciano.
Fue así como saliste para que la mañana
no asustara a las bestias primeras de la tierra.
HUÉSPED SÚBITO
Ahora estás aquí.
¿Pero puedes estar?
Tú dices que te llamas... Pero no, no te llamas...
Desde que tengas nombre comienzo a no respirarte,
a confirmar que no existes,
y es probable que desde entonces no te nombre,
porque cualquier detalle, una línea, una curva,
es material de fuga,
porque cada palabra es un poco de forma,
un poco de tu muerte.
Tu puro ser se muere de presente.
Se muere hacia el contorno.
Se muere hacia la vida.
HUÉSPED CAÍDO
Después de aquel aliento de sagrada neblina,
después de aquel gran soplo;
se veían los duendes fabricando las cosas.
Luego,
comenzaron los gritos a tener su tamaño.
Pero el pensamiento todavía
era un pájaro virgen que buscaba
dónde ser habitante de la tierra;
y se posó en aquello...
en el árbol que huye de la tierra hacia ella,
en el más hondo e inquieto de los árboles:
en el árbol ardiendo de la sangre.
Después... —¡oh cáscara del viento!—,
ven a oír este ruido, este fruto sonoro,
esta palabra líquida que corre como un látigo
pegándose a sí mismo, rabioso de su encierro.
Ven,
ven a oír este insomnio en su oficio más puro,
este temblor que canta.
Ven.
Oye la sangre,
que la sangre piensa.
HUÉSPED YA ENTERO
Y ahora...
Mientras oigo un gris rumor de flautas antiguas,
los hombres hablan apresurados de comercio;
yo no sé de dónde estoy llegando,
pero me encuentro anormal entre los hombres con espadas
ellos se rodean y viven de eso que sirve para la salud animal;
ellos mueven la lengua con cierto juicio de hormiga,
son metódicos, conocen cuántas veces
es que debe solamente moverse su lujoso sentimiento.
Pero, y tú, pequeña ironía que te llamas hombre,
¿sabes lo que es pensar para siempre
porque no tenemos otra cosa frente a las estrellas?
HUÉSPED SOLO
Todo lo encuentro, pero no en su sitio.
Veo allí unos objetos que me hacen recordar mi penoso camino;
los toco, los siento como pegados a mis preguntas,
son los de siempre,
pero al contacto de mis manos toman otra estatura;
tienen la edad que tienen mis cosas físicas
pero si de repente le cae a la yerba rocío,
pero si de súbito cae un poco del día en la fresca herida,
los pequeños objetos toman de pronto edades increíbles:
ellos mismos se toman el derecho a la voz,
se levantan como un día con anchura de madre.
Porque también es madre la tiniebla
de donde sale un poco la historia de la sangre.
HUÉSPED DE FONDO
Luego llega su rostro de mañana que huye.
Pero huye. No llega. Dibuja sus temblores.
Se queda del tamaño de la esencia. Se queda
donde debió quedarse la primera Primavera,
donde debió quedarse
aquel retozo limpio del agua con el día.
Los niños de aquel patio que juegan, no lo saben,
pero ya me enseñaron a hacer blanda la tarde;
tú vienes mientras tanto con tu rostro de agua,
tú tomas como el agua cualquier forma del hueco;
la lluvia me comprende, por eso viene a veces
a escribirme tu nombre con hilachas de fuga.
Si tal vez hablo un poco de mi manía, y cuento
que aquella simple gota que se cayó del párpado
tomó estatura grave, pues mirar se podía,
dentro de su caliente cristal que meditaba,
los gusanos pulidos de tus dedos de hembra,
tus moluscos que aún viven en el agua salada
de una gota que tiene de caída en la tierra
la edad del primer diente...
Pero,
si tal vez no hablo nada de mi manía, duerme,
que así estarás más cerca,
porque cuando me callo, es cuando estoy cantando,
Y cuando estoy cantando cometo siempre el crimen
de inventarles a los hombres las cosas que me duelen;
cometo siempre el crimen
de decir algo nuevo diciendo cosas viejas...
¡ Sólo el dolor inventa!
HUÉSPED EN TRANCE
Todo aquí tiene sitio. Pero las cosas cuando yo las toco,
¿se parecen a ellas?
Yo vengo ahora mismo de un móvil pero fijo
territorio sin fecha. Puede el árbol nombrarme,
darme estatura el viento. Puedo decir también
que todas las cosas me esperaban.
Mi trato es el del río con el del día que lo besa.
Un pájaro que vuela comprende mi llegada.
El barquero
que espera los viajeros para llenarles los ojos
de otra ribera, sabe perfectamente
por qué he venido desde remotas tinieblas
a esperar a los hombres.
Quizá junto a los ojos que se van hacia adentro
para mirar las cosas de los ciegos, quizá junto al latido
del material que tiembla,y habla sólo temblando;
quizá junto a la herida que se llena de hormigas
como si con la muerte fabricaran la vida;
quizá junto al soldado que se va por el agua
que no tiene regreso y abrió la puñalada, quizá junto al soldado
que en vez de ver su herida se pone a ver la noche con estrellas,
como si por las altas rendijas de los astros
ve que hay algo más grande que está herido, y sonríe.
La muerte, su muerte, levanta la mañana.
HUÉSPED DE LA SALIVA
Madre saliva, beso derretido.
Mi jugo pensativo de la fruta sagrada.
Agua de los idiomas, sudor de la palabra.
En ti que hay la estatura primera de la vida
y te mueve un molusco de blandura temible.
Espuma transitoria pero siempre presente,
allí donde es fecundo el ocio de la lengua,
en el preciso instante cuando yo te pregunto
si está en tu paraíso resbaloso la tierra.
Te gastan las comadres en pequeños detalles,
tú que a veces te pones en tu más alto oficio,
allí donde el ilustre caer de tu llovizna
es polvo sacudido del libro de los labios.
Mas yo te vi de pronto salir como una piedra
y caer en lo puro de la cara humillada.
Madre saliva: un día, escupieron la cara
de Dios, y, desde entonces, la tierra no está quieta.
Desde entonces hay alguien que mueve las entrañas
del viento y de las aguas;
porque hace tiempo, oh tierra, que el mar sube saliva;
¡la de todos los náufragos que escupieron a Dios!
EGO DE HUÉSPED
Entonces...
¿Quién es que aquí me dice: —mira esta niebla, ven
a recordar tu forma primitiva? ¿No sientes
que andan peces antiguos por tus venas recientes?
¿ Quién el útero virgen del pensamiento preña?
Algo que vaga, crea, si es un ocio que sueña...
Ven a mirar tu origen que es casi amorfo, ven.
No ves que hay un solemne misterioso vaivén:
una onda que viene de no terrestres puntos
y alimenta con hondo e inefable alimento
los más sutiles filtros que hay en el pensamiento.
Barro y alma ¿qué han hecho? ¿Quién los ha puesto juntos
en este espacio ardiendo que va en el cuerpo mío?
¿Hay acaso un sentido no propio que trabaja
desde un remoto aliento tercamente en mis cosas?
¿Si he sido yo otras veces, si tal vez soy el río
que desde alguna oculta montaña siempre baja,
puedo yo estar tranquilo de este andar que no es mío?
Aire puro, a ti solo puedo decirte algo;
si vengo de las nieblas, ¿quién me ha puesto de galgo
en esta caza oscura donde una voz escucho,
una voz que me empuja, una voz que me manda
a recoger, aún viva, la codiciada presa...?
Pero, aire puro, dime: ¿por qué con ella lucho,
y entre mis dientes sangra sólo luz que se agranda,
como si entre mi boca mordiera la belleza?
¿Dime, aire puro, dime, qué voz es la que escucho
que ya no me detengo y es con la luz que lucho?
¿Es que ya entre la sangre que va en el cuerpo mío
lo más distante tiembla con mi nombre,
igual que aquella altura que tiembla bajo el río?
EL HUÉSPED DE PIEDRA
Recordando el tatuaje ritual de los marinos
los náufragos de ojos redondos como el miedo,
firman con arañazos en mis carnes su nombre.
Pero un náufrago terco
de mar equivocado por mi sangre,
arañazos me hace tan secretos
que me llena de hondas escrituras de clave.
Huésped mío,
¿qué buscas?
¿qué quieres,
que a fuerza de ser mudo me golpeas
como un odio sin puertas?
¿Qué más quieres?
¿No oíste?
¿No me oyes?
¿Son tan hondos tus ruidos?
¿Qué cincel hace tiempo le da golpes azules
a esta piedra triste tirada aquí...
mi cráneo?
Ahora tú, tú sola.
¡Oh muerte que me pones ya tan joven!
EL HUÉSPED DE LOS PÁJAROS
Yo sé bien que se hiere cuando silba.
Comprendo que la tarde la va haciendo su canto.
Me sé bien de memoria que su garganta pone
más azul en los charcos que pisan los boyeros; y pone
unas tierras extrañas en las bárbaras guitarras
de los pinos.
Comprendo que en el cutis del mar escribe cartas
que sólo leen durmiendo los marinos;
comprendo que su pico
empuja a la mañana como el río sus rizos, la lleva
con el calor de un viento hasta los hombres. Comprendo
que sólo cuando él mueve las palabras, las cosas
van cayendo en la tierra con la novedosa inutilidad
que tiene siempre el árbol para dejar caer
sus profundos frutos, inevitables de ser un poco Dios.
Sin embargo, si no lo viera, si no lo tocara,
me sería difícil comprender su presencia.
No siempre
baja a tierra, pero siempre
bebe en el ojo suelto de un rocío.
HUÉSPED DEL AROMA
Toco el rocío y toco la mañana,
la mañana hacia el mundo de mi tacto.
Pero ahora, ¿quién anda? ¿Nace el aire en mi cuerpo?
¿Por qué tan insistente
esto que no me toca, pero que a ratos
respiro,
lo siento,
me tiembla?
De súbito me pongo a mirar cosas.
Y va pasando todo, pasa hasta lo fijo:
menos lo que respiro... Va perenne hacia adentro
Yo comprendo mi edad y mi tamaño,
pero hay un cuento que nació en el tacto,
hay un planeta que el olfato inventa,
un inefable clima que no cesa
de rodear mi varonil reposo,
de rodearme de calores de mito.
Así veo
que ya mi silla piensa,
que allí donde me siento y que no hay nadie,
debo pedir permiso y debo
comadrear con el pájaro enterado.
Sin embargo,
hablo con las tijeras que cortan los jardines
para saber si hieren a mi huésped.
Porque aquel que me rodea
duerme en la rosa familiar su siesta.
EL HUÉSPED BOBO
Desnudo como el susto,
él bebe cuando el río se hace a fuerza de luna,
y entonces, más ágil
que la neblina húmeda de cielo de su perro,
regresa de la yerba con un paso tan fresco
que parece el primer fruto de la tierra.
Después, casi en familia, va tirando palabras
en un solo rincón, ya parecidas
a la humildad sonora de la escoba.
Y luego se acurruca con la nada
deshabitado como un beso zángano.
Alguien lo ve,
lo siente
lo respira.
Su carne sabe a tierra. Por eso
se le suben a veces por su cuerpo,
no equivocadas, las chicharras,
y entonces su cuerpo canta,
canta
En tanto entre sus párpados
nada el día en agua boba.
Alguien lo ve,
lo siente
lo respira.
Después..
Una mano lo toca. Pero la mano
regresa parecida a una raíz.
HUÉSPED NO QUIERO
¿Lo comprenden los hombres?
¿Lo comprenden las cosas?
La mariposa en llamas,
la terca que se muere
sólo de claridad,
de claridad secreta.
¿Se llama así la fiebre?
¿Busca su nombre todo lo que tiembla?
Pero aquello que late,
sin agua,
sin viento,
sin lumbre,
sin tierra,
¿lo comprenden los hombres?
¿Lo comprenden las cosas?
¿Qué hace aquí este huésped?
¿Qué hace aquí en la carne,
este temblor tan limpio,
tan exacto,
tan plural y con cara de mi origen?
Todo está como el agua,
como la ola:
¡sólo el temblor me inventa a cada instante!
UN HUÉSPED DEL MAR
Sus huesos de madrépora le crujen por la noche,
por eso cuando sueña
habla solo y conoce cierto idioma sin raza.
Yo no soy de su sitio,
pero conozco los rincones de su palabra;
él a veces nos deja, y, a pasos no comunes,
entra en el mar como hostia en la boca,
con un temblor de sagrado movimiento.
Luego sale contento, con ese goce
que traen los niños cuando vienen de las olas.
Después... cuenta cosas...
su extremada alegría es tal vez el alborozo de las olas
que se repite en su cuerpo,
y esto me hace creer que me trae la verdad entre sus manos;
así sus carnes húmedas de clima
tienen esa frescura de la madera nueva de los barcos;
y su voz llega oportuna,
igual que un salvavidas que cayera de súbito en mi sangre.
II
Siento, luego, que hierve mi silencio,
y de pronto comprendo que corre por mi cuerpo
una ola de abejas subterráneas.
¿Sé dormir desde entonces? Comprendo
que ser un poco dueño del sonido
es ya tener el duende de los ríos,
es ya saber que hay pájaros sin verlos,
es ya saber que hay
un misterioso sacrificio aéreo,
una labor puntual de ruiseñores,
un coro ciego de profunda escuela,
una batuta de los astros, una...
tan simple y tan solemne como el viento
que mece el cuerpo de los ahorcados.
III
Entonces compruebo que todo el viento
me cabe entre las manos;
mi habitación de súbito toma anchura más noble,
anchura donde puedo colocar mis desvelos, mi puro insomnio,
mi cuidado instrumento de belleza.
Y allí respiro,
y allí me encuentro;
allí sé para qué sirve mi inutilidad,
mi falta de memoria para la cosa útil,
mi orgullo ante los números,
mi egregio descuido.
Sólo comprendo que en aquel instante
mi habitación está llena de crecimientos,
llena de fiebre de pájaros,
calurosa de temblor,
conmovedora de ternura libre,
cruzada de caminos que sólo comprende
aquel que me ha hecho navegables las venas
para llegar a él... ebrio hacia adentro...
ebrio de él, borracho de su tuétano.
Pero tranquilo igual que su raíz de océano.
HUÉSPED DE LA LLAGA
En este pueblo de servicial mirada y precio limpio
conservo mi medida de objeto y de costumbre,
pero a veces me toco
casi lamiendo el cuerpo con mi mano, porque, temblando,
no me encuentro en mi cuerpo a ciertas horas.
No. No me encuentro en mi cuerpo... Yo no puedo
levantarme tranquilo como aquel boticario,
el viejito que a ratos prepara su receta, su ungüento, y luego
se duerme con los duendes que vienen de los dedos
del guitarrero, los duendes que de pronto
se le suben por sus barbas comerciales.
No. No puedo levantarme tranquilo. Me pesan demasiado
los diosecillos que vienen sin permiso del jardín
y comienzan a empujarme la sangre hacia remotas
y extensas regiones sin límites,
allá donde se pierde la estatura del hombre
y comienza la justa, la perenne, la casi puro origen.
Ah, pero yo vivo en este pueblo. Vivo de carne y hueso,
vivo de inevitable, no vivo de " quizás" en este pueblo!
Cojo un papel y escribo:
Manso Pedro, comprendo,
no es que quieras fortuna,
es que se ve más limpia
desde un Packard la luna.
Sí. Yo vivo en este pueblo. Yo he dormido
en grandes ciudades, he respirado
su colección de muertes que a cada instante viven
en el remiendo honrado
de un pantalón bien puesto en la palabra familia.
Sí. Yo he vivido donde la muerte vive,
allí, donde la gran ciudad se pone del tamaño
de la mesa sin mantel,
y cabe en una miga de trigo, y cabe
en el profundo agujero de una sonrisa amarga, y cabe
en los niños que esperan tribunales.
Sí. La muerte vive allí... Pero la tierra crece
en la materia virgen de una falda que a ratos
cae enredada entre los linotipos, notarios, abogados.
Y luego el guitarrero con la aldea en las venas,
el guitarrero
que lento pone antiguo el aire joven. El guitarrero
que inesperado dice:
Cuando el río tiene piedras
canta más y está más alto...
por entre dientes de jueces
pasa mi sangre cantando.
No. No puedo levantarme tranquilo.
Ya es difícil que amarren este olfato de perro,
este perro no de lujo de mi sangre.
No. No puedo. Yo vivo en este pueblo.
Yo vivo de carne y hueso en este pueblo.
Yo vivo allí también... La tierra vive allí.
¡La tierra! ¿La ves?
Alguien que viene de las nieblas de los patios
escupe estas palabras:
El juez, mientras descansa,
limpia sus anteojos.
¿Y para qué los limpia,
si el sucio está en el ojo?
No. No puedo levantarme tranquilo.No puedo.
Yo vivo en este pueblo... Yo vivo aquí sin sobra,
sin sobra, ¿me comprendes?
Yo vivo aquí... Aquí.
Por el ojo de buey de la llaga del boyero
un hedor de varón sale hacia el alba.
Un hedor de varón.., y un ojo ciego andando,
andando bajo el luto de una greña de moscas.
En tanto, como al margen de su llaga, el boyero
se detiene a mirar
el primer verde de la primavera.
Y luego se sonríe. Y habla con la mañana.
Y luego...
No. No puedo levantarme tranquilo.
Creció la llaga y ya todo lo puebla.
Toco mi voz, y toco ya la llaga.
Me toca el aire y toco ya la llaga.
Toco mis muebles, mi baúl, mi frente,
todo lo toco y toco ya la llaga.
No. No puedo.
Me cabe la palabra en este ojo:
me cabe el ruido de remotos filos,
caben mis pantalones, mi canario,
mi paciencia, mi odio, mi neblina,
mi comunión primera y voz abuela,
la catedral de mis ingenuidades,
mi primer novia y mi dolor primero,
mi claridad de río y de respeto,
mi silencio rural y mi revólver,
mi soledad de pan cuando no hay hambre,
mi voz de aceite cuando busco faldas;
todo,
todo mi pueblo cabe en este ojo.
Por este inevitable y solitario
ojo de buey, sonoro de mosquitos,
por. esta llaga —mi mejor ventana—
no veo el cielo, pero sí más cosas,
que por todas las puertas de la tierra.
No. No puedo.
No puedo levantarme tranquilo.
Lo tengo allí sentado con su mirada terca,
lo tengo aquí en el aire constantemente viéndome,
junto a mi lujo, junto a mi apetito,
junto a mi percha, junto a mi manía
junto a mi voz,
junto al hueso profundo de mi frente.
No. No puedo. Me mira demasiado
este perro sin sueño:
el ojo de la llaga del boyero.
HUÉSPED DESENTERRADO
Toda la noche
la cotorra del brujo picoteando el silencio.
Toda la noche
estuvieron los hombres bregando con trozos de tinieblas.
Toda la noche
el farol casi humano, con su poco de día,
matando la mirada dulce-azul del cocuyo.
Y nada.
El sepultado ni siquiera hedía.
Todo aire de muerto lo mataban las flores.
¿Es que se hundió como si fuera en agua?
Ayer, precisamente, se le vio en la bodega,
luchando entre penumbra con unos diosecillos
que saltaban sin tregua
desde el tonel del vino hasta la copa,
y corrían,
corrían,
como un grupo caliente de cosquillas
por su cuerpo varón y su neblina.
Toda la noche
estuvieron los hombres cucuteando,
registrando la tierra.
Sin embargo, mi perro está ladrando,
hoy a las siete de la mañana
mi perro está ladrando,
ladra junto a una mano que parece de náufrago fijo.
¡Creció el cadáver
igual que un árbol para dar su fruto-
HUÉSPED EQUIVOCADO
Esta es la noche...
Después... pormenores... detalles...
Hay en aquella niebla un sueño escrito.
Un odio entre paredes que se busca a sí mismo.
Una llaga maestra que da clases de vida.
Un sacrificio anónimo en el árbol.
Un siempre luto espeso que se usa en la sangre.
Un "voy a esperar".
Un grupo de conciencias que fabrican la nada.
Una mujer preñada que espera que comprendan
que una gota de semen puede ser presidente.
Y más allá en un oro que hierve de trajines
un grupo de comadres hormigas parecidas
a las conversaciones de los números,
Mientras unas palomas sin memoria
le salen de las venas al guitarrero herido.
Esta es la noche,
la que parece tierra,
la que puede llevarse bajo el pecho,
la que puede agarrarse entre los dedos,
como plomo,
como fruto,
como espada.
Esta es la noche,
la que también se pone del tamaño del hombre,
la que cabe en sus preguntas,
la que cabe en su mito de hueso,
la que le crea su fantasma sólido,
su religiosa,
su profunda presencia.
Esta es la noche,
sólo ésta es la noche.
En tanto unas palomas sin memoria
siguen saliendo de la sangre herida.
Siguen saliendo.
HUÉSPED AÚN
Unas hormigas pensativas suben ladrillos;
otras, pican la frente como buscando el instinto;
otras,
andan por entre alambres desenredando palabras,
haciendo elástica la voz de la gran urbe,
como gnomos que desde su misterio
arreglan y limpian los nervios del planeta.
Ya ves,
voy diciendo estas cosas,
para que el canario comprenda
que se encuentra en una fecha peligrosa.
Sin embargo,
por entre el sacrificio de los trenes,
por entre maletas llenas de corduras,
por entre familiares baratijas y falsas mariposas
de boletos ya sin mano,
este antiguo...
este empolvado y tembloroso pasajero,
se asoma a la ventana, mira el paisaje
y entonces atraviesa tranquilo los túneles,
las lluvias,
las ciudades;
él no me dice nada, pero yo sé que está tranquilo
después de haber tomado su medicina de paisaje,
su jarabe de río,
su ventana-país.
¡Qué bien!
Todavía no es tarde
para este terco,
para este dulce viajero de ventana.
POEMA
Poema.
Poema mío.
¡Qué anciano estás,
ya naciendo!
CÓMO
¡Cómo pesa en la mano
lo que es de aire en la rosa,
lo que es más ella que cuando
tiene forma!
NO CAMINES
No camines conmigo,
no camines.
¿Pero quién eres
que me odias tanto?
¿Quién?
No ves que soy tu voz.
CARNE MÍA
Carne mía.
Barro mío.
¿Qué quieres?
No ves que estoy cantando
desde antes de tu forma.
ALGO
Algo volaba,
y de súbito,
cayó en mí,
más que en mi mano...
¿Y es verdad que esto se llama
aquí pájaro?
REVOLOTEABA
Revoloteaba el canario
entre los dos, pero a ratos
temblaba para cogerlo,
porque en verdad no sabía
si era en el pecho que estaba
la música o en el pájaro.
LA CARGA
¿Habré yo viajado tanto
que me pesa tanto el cuerpo?
Miro mi cuerpo y me veo
una rosa sobre el pecho.
SOLO
De pronto toda la tarde
la llena un brazo mendigo.
Me voy acercando al brazo,
y no hay nadie,
y no hay nadie.
No encuentro nada.
No hay nada.
Sólo yo, desnudo y vivo,
sin nada, existiendo solo.
SED DE AGUA
Aquí me encuentro, me dije,
y empecé a sacar arena.
Luego vi el agua en el fondo,
y en ella el cielo y mi cara.
Después...
Me bebí el azul, pensando
que mi sed
no era de agua.
FRACASO
Toda
la noche
vomitó
mis
píldoras.
No pudo
suicidarse
mi revólver.
TRES VOCES PARA UN MOTIVO
1
Viejo jardín, si eres un lujo, ¿por qué sirves para enterrar
los muertos? ¿Es que no llegan, ¡oh rosa!, si no van con tu
inutilidad?
¡Cómo tendrás que trabajar, entonces, para llevar en tu
ataúd de pétalos la esencia de los hombres!
II
Y tú, oh rosa, tú que sólo fuiste hecha para que el
hombre comprendiera que tu existir inútil es la perfección
de la utilidad más alta.
¡Oh mi quieta sin sobra, mi maravillosa, mi útil hara-
gana!
III
Pero... ¿Y tu forma? Todavía hay tijeras sólo para tu
garganta. ¿Todavía? Oh rosa, solapas todavía en esta fecha
con un poco de ti.
¡Con un poco de duende en el ojal!
ALGUIEN
Alguien me dice...
Me cuenta...
Pero es el viento.
No es alguien...
Alguien me hiere...
Me sangra...
Es la mañana.
No es alguien.
HUÉSPED DE UN ANTES
Tú me dices: "ya estoy".
¿Pero no estabas? ¿No eras
callado más completo?
Yo te había ya hecho
a fuerza de silencio.
Todo lo que te dieron...
fue sólo ese "después"
¡Tan hecho que tú estabas
a fuerza de no hallarte!
CONCRECIÓN
Línea.
Curva.
Sonido.
Lo que el Universo mide.
Esto.
Sí.
Sólo.
Todo.
Es tan bello, que es triste.
EL HUÉSPED SONORO
Aquí te pongo, pero hay algo huyendo;
algo que huye y eres,
cuando tu presencia sólo es aquello,
lo que te rodea, no tu suma.
Aquí te escribo, pero siempre hay algo,
algo tuyo de fuga,
algo tuyo que vuela, que no existe
dentro de ti,
y te hace existir a fuerza de su ausencia.
No, palabra, no te escribo.
Quiero poner primero lo que va contigo;
lo que te mueve, lo que crece en tu cuerpo,
y aún está en el aire,
y eres tú, sólo aquello, para siempre.
AGUA VIVA
Reunida luz en frío,
concentración del tiempo
en transparencia honda,
precisa, como el centro.
¿Se ha fijado aquí el ritmo?
¿ Qué altura de armonía
hace amoroso oficio
en esta quietud viva?
¡Oh total ir buscándose
siempre hacia lo sereno,
hacia lo que aparenta
no estar quieto!
ROSTRO SOLO
¿Sabe el jardín su forma?
¿Conoce su presencia
lo bello que está ardiendo
en torno a la materia.
¡Qué puro esfuerzo pule
en la quietud sin tregua
del brillo misterioso
de la piedra!
Allí busca mi frente
lo perdido en las cosas,
en la pura presencia
que hace ausente la forma.
CARA ENTRE LLAMAS
Concéntrico equilibrio
que siempre va hacia adentro.
¿Cuánto habrá que quemarse,
quemar lo que transita,
no lo justo, lo casi
pelado de ser puro;
lo casi inadvertido
de ser lo que acumula
compactas claridades,
el aire enloquecido
de rojo clima hinchado?
¿Podrá quemar la llama
tanto fuego que piensa?
HUÉSPED EN POLVO
Esto que lo rodea,
esto que en la distancia tiene su primitiva,
su inevitable fuerza;
esto que ya te sale de tu cuerpo;
esto que no te sale de tu cuerpo,
esto que sale ha tiempo de planetas antiguos;
esto que viene sin horario, furioso y desatado,
esto que viene siempre
levantado de clima de animal y de ángel,
y a veces,
de lágrimas de viaje,
y a ratos,
de caprichos, de algo
que siendo lo accesorio se levanta y de súbito
te resume distancias,
como si de repente se escuchara en su gota
conversación de siglos.
Pero a veces,
tú lo dejas caer como una piedra,
como una piedra simple,
esto que casi siempre no se cae como cosa
de física inocente...
Esto que tiene a veces palabras en latín,
olor de incienso alto,
esto que cabe a veces en un anillo serio.
Se te van desprendiendo:
los ojos,
los brazos,
la sonrisa,
la voz, tu cifra líquida.
¿Con qué entonces
vas a preñar tu aire de preguntas?
Tal vez con esta gota que está anciana de pura,
con esta gota blanca que se te cae tan vieja
como el mar que era gente en el primer sudor.
POESÍA
No conozco mejor definición de la
poesía que este poema de Cabral
Paul Eluard
Agua tan pura que casi
no se ve en el vaso agua.
Del otro lado está el mundo.
De este lado, casi nada...
Un agua pura, tan limpia
que da trabajo mirarla.
AGUA
La del río, ¡qué blanda!
Pero qué dura es ésta:
¡La que cae de los párpados
es un agua que piensa!
VOZ
Me puse a cavar la tierra,
porque oí mi voz al fondo.
Y el hoyo cruzó la tierra.
Y allá...
Más allá...
la voz lejana se oía.
Seguí cavando. Cavando.
Es sólo una voz el fondo.
UNA SED
El animal venía de muy lejos
quizá no fatigado del desierto...
En la mitad de la plaza
había una agua harapienta, la caída
de un cielo roto, ya sucio,
era el único ojo de la tierra
que nunca dormía.
El animal llegó sediento hasta la orilla
de aquel ojo profundo y solitario,
se vio en el fondo la cara
y no quiso beber,
volvió asustado al desierto,
volvió temblando.
¿De qué era la sed?
LA MUERTE DE LA NADA
La materia es luz petrificada. La
lentitud es forma. Lo veloz, esencia.
Los Vedas.
Y VENDRÁN
Y vendrán de la nada, como ayer, otros hombres,
y la noche vendrá desde sus manos,
y tomará la nada formas crueles,
y la materia repitiendo límites,
y números
y odios
en un beso.
Mas como vino en el primer temblor,
profundidad
se despertó
y ahora
no se puede
dormir.
NO ES TIEMPO LO QUE HABLO
No es tiempo lo que hablo;
yo no puedo explicar este relámpago.
Un segundo está virgen.
Es pura eternidad esto tan limpio...
Dejadme, pues, que afirme
que lo que no ha pasado
ya sucedió...
Ya lo tocamos...
Dejadme, pues, que afirme
que la luz es la sombra
de aquel instante
en que nos despojamos con aquello...
Y quedamos temblando,
allá dentro, sin nadie,
con el ser solo puro
sosteniendo las cosas sin que lo sepan ellas.
ONIRICOMA
En ese punto
donde no sabemos si el pan es lo que sueña
o el cuchillo es un poco de ternura extraviada.
En ese punto de estrella fija
en que no podemos confirmar si el amor es un caballo
que ha salido del pecho
o es el horizonte que ha entrado en una llaga
por donde salen pájaros cuya fosforescencia
volveremos a ver en los cadáveres
que regresan con todas las raíces.
Sin embargo,
estamos trabajando con secretos
sencillos como vacas cuando miran un tren,
estamos trabajando con la rosa
en donde duermen monstruos y están todas las fuerzas.
ANUNCIACIÓN
Pero el océano y el viento
volverán a su diálogo más viejo,
mientras esperan
que llegue el primer hombre, porque el otro
nunca ha sido el primero...
Sin embargo,
yo también con mi canto duraré tantos siglos...
Pues sucede que el viento y el océano
ha tiempo que mi canto lo aprendieron
para cuando regresen
los hombres que no pueden volver sino cantando.
VELANDO A LA MUERTE
Todo lo que vemos
es lo invisible.
Pitágoras.
LOS HOMBRES NO SABEN MORIRSE
Los hombres no saben morirse...
Unos mueren no queriendo la muerte;
otros
la encuentran en un beso, pero sin estatura...
otros
saben que cuando cantan no le verán la cara.
Los hombres
no se mueren completos, no saben irse enteros...
Unos
reparten en el viaje sus retazos de muerte;
otros
dejan el odio para cuando vuelvan...
Otros
se van tocando el cuerpo
para saber si salen de la trampa...
Los hombres no saben morirse...
Unos
van dejando su yo sin comprenderlo;
van dejando basura para escoba esotérica;
otros
se vuelven hacia adentro ante el vacio...
Pero todos,
con el cadáver de su tiempo al hombro,
todos,
todos son el Uno,
el Uno
que sólo por amor vuelve a la tierra.
LOS MUERTOS
Los muertos entregan sus huesos a la tierra
pero jamás su libertad.
El aire que les negaron los amos de la materia,
ahora les sobra.
El espacio sospechoso que les dieron a sus zapatos,
ahora les sobra.
El ataúd con que midieron su cadáver,
ahora les sobra.
La gota de mar que el abogado dejó caer de su frente,
ahora les sobra.
Es que nada terrestre tiene la dimensión,
la profundidad hacia arriba de aquellos
que cerraron sus párpados como puertas futuras.
NO SON COMO LAS MOSCAS
No son como las moscas impertinentemente libres,
no,
los muertos, perfectamente honestos,
trajinan, trabajan en su asunto...
revolotean,
se posan como temibles insectos, pero son
inevitablemente limpios,
extraordinariamente útiles, conscientes,
van y vienen de las estrellas,
son los absolutos,
los vagabundos sagrados,
los únicos que llevan las velas de luz fría
en el entierro caliente
del cadáver errante del universo.
Los únicos...
Los únicos testigos de la muerte del tiempo.
LOS MUERTOS NO ENVEJECEN
Los amos de la tierra
envían comerciantes a la luna.
Mientras tanto, en la puerta de una casa
leo este aviso:
Ama a tu enemigo y estarás de regreso.
No hay cohete que vaya más distante
que una limosna.
Y dentro de la casa, ya dormido,
como un mueble de lujo de este siglo,
un viejecito enclenque
y a su lado lo mismo que al lado de un abismo,
un perro con preguntas en los ojos,
le relame la frente de sudores lejanos
igual que a sus sandalias llenas de polvo cósmico.
Los muertos no envejecen.
ALLÍ LOS ESPERAN
Los hombres
no saben repartir su eternidad,
los poderosos
siempre creen que la muerte es su fortuna
y amontonan el tiempo detenido en la espada.
Pero la tierra los espera,
allí les tiene juntos
todos,
todos los huesos que amueblaron el mundo,
allí les tiene intacta
el hambre que no pudo llegar a sus palacios,
allí les tiene limpia
el agua de limosna que le dieron al llanto,
allí les tiene tibio
el beso que une a veces dos abismos...
RESCATE DEL ORIGEN
Lo creado por el espíritu es
más viviente que la materia
Baudelaire.
TEMÁTICA DEL UNO
Fijo de arder quemando calendarios;
repentina unidad, plural sin tregua;
nos devora creándonos, amándonos,
quitándonos la nada a temblor puro.
Es que nadie, nadie,
espacio de mis huéspedes secretos,
nadie podrá ofrecerte
tanto calor antiguo,
tanto origen despierto;
despertarte, es eso lo que quiero,
despertar
la cantidad de muertes diferentes
que acumula de pronto una caricia.
No estoy hablando
de aquella piel que se construye a besos,
estoy hablando
de la profunda
atmósfera de bodas que dormida
tiembla plural pero regresa al Uno.
SEÑAL DEL INICIADO
Inquilino remoto de mi casa terrestre,
ya era yo antes
que aquel minuto adánico, profético,
en que sangrara la primera herida...
la primera de amor... suma de pueblo.
Hablo de ayer porque también soy hoy,
llena mi hoy la infancia de la tierra;
hay un huésped en mí que está despierto
desde que yo no era...
es un huésped:
más antiguo
que la piedra,
que el aire,
que las aguas,
que el fuego.
Porque todo...
todo vino después...
Sólo él...
siempre esencia,
pensamiento.
Todo en el Uno...
él vibrando,
y haciendo todo al vibrar.
Por eso soy tan viejo cuando pienso.
Yo no existo naciendo.
Yo creciendo no existo.
Soy anterior al tiempo.
Soy antes que la Nada.
Soy mi huésped.
Yo soy.
UN CABALLO GALOPA
Un caballo galopa,
que nadie lo espere, que nadie lo persiga.
Su cola es tan antigua
que antes de que la hiciera temible en las fogatas,
le inventaba ya al náufrago en los mástiles
peligrosas banderas invisibles,
con su respiración huracanada.
Un caballo galopa.
Que nadie lo vigile.
Que hace ya muchos siglos que trotó por la tierra
y se quedó en las venas del hombre
galopando.
Y va por dentro, pero no encerrado...
Lo sentimos,
lo vemos...
va corriendo sin tregua.
No podemos tocarle.
Porque galopa alto...
y mucho antes
que el tiempo,
mucho antes
que el hombre y la palabra...
Un caballo galopa,
a lo lejos su cola, ya infinita,
se prolonga
en cada nebulosa
haciendo caracoles siderales,
caracoles que tienen
un rumor interior, un inefable
rumor de terco océano,
tan vasto,
tan visible,
tan secreto
que sólo los cadáveres lo escuchan.
LA MAREA SIN TREGUA
Alegre de huracanes peinadores del bosque,
desnudaba su grito vistiéndolo de alas,
sus veinte años
pegaban besos como botones de avaro...
Pero de súbito
dejó la piel igual que la culebra;
se incorporó como un árbol,
no se vieron sus pies:
eran raíces.
Y antes de que sus redes abrazaran
el océano,
sus ojos ya venían de regreso
abarcando distancias
y trayendo
pájaros nunca vistos,
y orígenes redondos como el génesis,
sin salida también
como la O inventada por la muerte.
Porque él sabe,
lo comprende,
lo comprendió desde que no existía,
que en nuestra sangre hay algo de aquel juego,
algo de aquel impulso,
de aquel ritmo que huye y que se acerca,
que viene y va, quizá como las venas,
que está grave
jugando al aro con los universos.
LA CARGA
Mi cuerpo estaba allí.., nadie lo usaba.
Yo lo puse a sufrir... le metí un hombre.
Pero este equino triste de materia
si tiene hambre me relincha versos,
si sueña, me patea el horizonte;
lo pongo a discutir y suelta bosques,
sólo a mí se parece cuando besa...
No sé qué hacer con este cuerpo mío,
alguien me lo alquiló, yo no sé cuándo...
Me lo dieron desnudo, limpio, manso,
era inocente cuando me lo puse,
pero a ratos,
la razón me lo ensucia y lo adorable...
Yo quiero devolverlo como me lo entregaron;
sin embargo,
yo sé que es tiempo lo que a mí me dieron.
SUMA DE LA NADA
Viejo cuerpo, ya sé que me soportas...
¿Pero dónde tú escondes mi nombre verdadero?
Porque yo sé que hay dos aquí en mi carne,
y hay uno de los dos que no descansa, que no duerme,
porque también
está buscando al otro que en ti tiembla.
Te estoy hablando ahora de, aquel que cuando canta
está usando la muerte para vivir de ella.
Barromanuel: cordura de mi hambre,
carnívora frontera, disfrazada de mí,
yo que a veces te gasto en las alcobas.
que quepo en tus secretas calorías,
allí donde de súbito tu sexo
llora de eternidad dándote forma,
yo sé también que aquello te da el límite
de un beso triste como la moneda
en que cabe la historia arrodillada.
Mas a pesar de que además no mudas
en caricias de juez duermen espadas,
allí,
como diamante aún sucio de virgen,
en el Uno profundo de tu barro
donde duermen despiertos los Pitágoras,
allí donde tú escondes
la soledad plural de tu estatura,
hay un oculto costurero uniéndonos, que a veces
abre ojales de gritos abotonando espacios.
Ya ves, analfabeto barro mío,
no se cansa el reptil que en nuestra sangre nada,
el simio que de súbito nos creció en un detalle,
y toda,
toda la zoología, toda,
de golpe se nos cae y, de rodillas
como una novia que quisiera besos,
nos mima,
nos adula,
se nos pega,
pero cae,
se nos cae ante el Uno para siempre.
Carne de mis notarios, ya sé que se me van
con tu tamaño de ataúd mis ojos.
Ellos se van, pero verán más cosas...
Te quedas ya, pero contigo andan.
Hoy comienza tu ayer.
Hoy fuiste siempre.
Tú con tiempo y sin él.
Mi nada sólida.
A UN RECIÉN NACIDO
Naciste arrugado, triste, sucio, casi desperdicio;
ya no me cabe duda,
antes de llegar al mundo
te pusiste a pensar y envejeciste.
Después, con tu mañana al hombro,
era ya inevitable
tu doloroso viaje de raíces.
Sin embargo, tu equipaje de carne y huesos
no es __y tú lo sabes__ lo más pesado;
tú has llegado a la tierra
con algo de tornillo esperado, con algo
de ventana hacia adentro,
todos los hombres
buscan su cara en tu llanto,
buscan su luz en tu noche.
Anciano de un minuto,
dame tu experiencia, dame las exactitudes
de tus veloces duendes genitales, dame
tu imperdonable viaje,
tu mirada capaz de lavar un delito.
Habla conmigo;
que yo aún no he hablado con el hombre.
DOS ANTITIEMPOS SIAMESES
I
La eternidad del origen
justifica lo efímero.
II
Ya lo ves, sanguijuela,
te estás poniendo eterna con mi sangre.
NO SABEN SER ETERNOS
Estos viejos mendigos de su propio bolsillo,
con su fortuna llena de difuntos,
no conocen
su más oculto huésped...
Lo vigilan sin tregua cuando nunca fue tiempo;
lo guardan en el fondo de una llaga contenta;
lo tienen siempre náufrago en gotitas de párpado;
lo disfrazan de pobre para buscar al hombre;
le juegan en un dado su eternidad de juez.
Estos no vigilados, lujosos pordioseros,
no saben desnudarse con la mano ocupada,
se sacan de su smoking peligrosa la selva,
pero todos los ruidos de este siglo
se juntan
en sus viejos testículos donde mueren fortunas.
LA LÁGRIMA
Este ojo profundo, solitario,
aparentemente suelto...,
viene viajando por entre carne y huesos,
lo esperan
párpados y pestañas, su ventana física,
pero es posible
que esta gota secreta con todo el mar a cuestas,
no salga nunca...
Muchas veces estas raíces
se quedan enterradas como fieras que aguardan.
Sin embargo,
sabemos que la lágrima está hecha
con un poco de agua y sal nocturna,
pero fuera del cuerpo no la fabrica el hombre;
los alquimistas y los arzobispos
fracasan como niños, no pueden
ni siquiera sudar la equivocada
lágrima de la frente...
Pues
todavía no saben
en qué sitio del cuerpo nace el llanto.
LO QUE GUARDARON
Ellos van dejando poco a poco
lo que nunca quisieron entregar,
lo que guardaron,
más que en el sitio avaro,
en aquello que el tiempo no se atreve...
Ellos no lo sabían,
pero fueron dejando como la culebra
la piel de su palabra,
y ahora
se mueren hacia adentro,
hacia su abismo,
de donde a veces sale una sonrisa
lo mismo
que el cadáver de un náufrago relámpago
FETO
Difunto arrepentido
que abandonas de pronto tu sepulcro y tu cuna,
si en tu pequeña historia de encerrado
está la edad del mundo que se paró en dos patas;
tú que naciste anciano
y te llenas de pronto de futuro,
tú que llegaste envuelto como un secreto náufrago,
tú,
contrabando de bodas que humillaron a besos
tú que sucio naciste con tu cuerpo enredado,
tú que llegaste
con tus patas sin uso pero llenas de viajes,
tú,
desterrado del lápiz feroz de los notarios,
tú,
buzo anfibio que traes agua virgen profunda,
tú,
semilla de planeta carnicero,
viejo feto, sonámbulo del vientre,
todavía te usa la sonrisa enfermera;
la sonrisa es aún
la almohada con que duermen el monstruo de tu ángel,
es la almohada
donde aún se acomoda tu fracaso de puente,
tu teléfono roto
para el diálogo urgente del alma y la materia.
ESPEJO
Ensuciaban el aire profundo del espejo
las cosas familiares de mi cuerpo;
pensamientos mohosos de mi cuchillo inédito;
mi poco de esqueleto cuando río,
arrugas de mi ropa que suben a mi cara;
buzos en una gota de mis párpados.
Luego,
me fui quitando cáscaras,
y el espejo a ponerse ya más limpio.
Al fin quedé desnudo,
y fui al cristal para mirarme puro,
pero no pude verme...
Entonces, di la vuelta,
quise ver las espaldas del espejo,
y me encontré conmigo.
Quise vestirme pero fue imposible,
no podía vestir la transparencia.
CRECIMIENTO HACIA DENTRO
El vuelo, no el ala. La sed, no los ríos.
El alma,
no la forma,
no lo físico,
no el cuerpo.
Oh, materia que fuiste siempre secundaria.
Tu pobre presencia,
tu espacio limitado,
tu ley acostumbrada,
tu mañoso,
tu terco
respirar a reloj, están gritando:
fue primero la esencia, no lo manifestado.
Fue primero lo libre, no lo reprimido.
Entonces,
para qué insistir en lo medido,
en lo que a cada paso
nos dice que lo accesorio
es lo que por ser lo incierto
da vueltas falsas
en torno a lo seguro, a lo único...
al Uno permanente,
pero sin tocarle,
sin relacionarse con la Eternidad.
BONZO
Todos los animales le tienen miedo al fuego.
Sin embargo,
debe haber algo,
algo que se da el lujo
de ser materia,
tiempo,
movimiento,
para que el fuego diga: yo me llamo...
Es que el fuego
no ha existido nunca...
El fuego existe ahora.
Viejo bonzo,
ayer te sepultamos autocarbonizado,
y hoy me encuentro contigo deshollinando el día.
EN LA CASA DE OCTAVIO EL ESCULTOR
He salido sin tiempo de la casa de Octavio:
sucia de eternidad me hallé su ropa;
sus dedos modelaban, pero no,
no modelaban;
su mano
estrangulaba el tiempo de la arcilla;
sus dedos intuitivos, regordetes,
horrorosamente bellos
sin que lo sepa el ruido me decían:
que debemos dormir para escuchar la piedra;
que no nos asustemos,
que no son monedas falsas
estas gotas que Octavio va sacando calientes
del ojo de la estatua.
Sus dedos me confirman
que la voz no está en la boca,
que hay que inventar de nuevo
lo que no se ha callado,
porque la tierra es niña todavía
y los dedos de Octavio más antiguos
comienzan a formarla,
a ponerle su nombre verdadero;
todo comienza a ser cuando se arremolina
en el viento constante que circula
en las puntas de sus dedos;
siempre viajeros puros, casi vírgenes
por entre los ladrones
que repentinamente se arrodillan de miedo
mientras Octavio silba
porque crecen sus manos,
porque sus manos cantan bajo la tempestad,
la feroz escultora:
la que pule y modela con viento el Universo.
PANTERAS
Afuera, como perros con su hueso,
cien panteras lamían su esperanza esperándonos.
Encerrados estábamos tres hombres;
nos tocamos los tres el apellido,
nos pesamos el odio en cada ojo,
nos tocamos también los pantalones,
para saber si allí estaban tres hombres,
para saber si estaba
entre cuatro paredes
la muchedumbre de tres hombres tristes,
mojándonos a veces el futuro
con un agua de instinto corporal.
De pronto, una de las panteras
entró para mirarme, nosotros
también la contemplamos, su hermosura
era la del abismo iluminado,
pero volvió a salir, no tenía hambre...
Nos paramos de súbito para ver los felinos,
ellos iban ya lejos, no pudimos ya verlos.
Nosotros
comenzamos entonces a mirarnos,
a registrarnos con el olfato, con los ojos;
nos fuimos al espejo para ver nuestras caras,
y en el espejo vimos tres panteras
en vez de nuestros rostros.
Yo me puse a escribir para calmarme.