El árbol de los suecos

 

     Hay una escena, una primera escena en Medio Grado de Libertad[1], antes de los encuentros en Buenos Aires y del discernimiento de los caminos de vecindad entre literatura y locura, antes incluso de que aparezcan la palabra literatura y la palabra locura, los linajes, los libros y la enfermedad, y la novela de las descendencias y ascendencias.  Es una escena[2] donde lo que importa son las ficciones hermenéuticas del sujeto y la verdad y es, además, una escena de presentación que abre a la novela en los espectáculos de la verdad, en la visibilidad de sus mecanismos y sus trucos, y en el relato de sus estrategias, sus tributos y sus recusaciones.

     Estamos, en este primer momento, en el teatro del verosímil y la verdad, pero en una escena que transporta una solución extraordinaria para resolver, combinando confesión, religión y fenómeno (en la combinación de sus límites), la verdad visible de la escena que es la puesta en escena de la escena de la verdad, que viene a decir: la verdad, como la identidad, es una construcción (ficcional). Es esa solución, esa combinación química de confesión, religión y fenómeno, lo que aparece en la novela como la naturaleza de la verdad y la identidad. Estamos, antes de partir, en uno de los puntos: la verdad y la identidad remiten a operaciones de sentido y esas operaciones tributan en la base de construcción de la novela. Porque la tarea en la mirada del grumete es unir puntos distantes[3], realizar trazados de sentido para generar sentido entre puntos que se encuentran “a una enorme distancia entre sí”. Y lo que une entonces cuando espía y observa a William es la relación entre verdad y representación[4]. Como si la novela se arriesgase a decirnos: la verdad no es más que un género y tributa, como los géneros, en los espacios de la representación, porque le debe a la representación su escena y su naturaleza.

     Veamos entonces de qué está hecha esta escena, en el juego hermenéutico de la verdad y sus espías. El que ingresa como eje de la escena de la verdad, que permite unir en la mirada del grumete verdad y representación, accede a la novela transportando un primer vínculo entre creencia e identidad. “Creía tener el poder de adivinar la manera de actuar de una persona mirando con detenimiento, antes que su cara, su calzado”[5]. Es la primera combinación que la novela ensaya entre creencia, uso y estrategia, o mejor, es la primera representación de los usos estratégicos de la creencia, porque lo que se presenta como el poder de adivinar es reenviado al universo de la transacción y la mercancía. “Hacía años que confiaba en esta observación para sus negocios. Podía deducir si un vendedor era un hombre firme y decidido si éste llevaba un calzado que denotaba un paso enérgico, con los tacos algo gastados por el taconeo casi militar”[6]. Esa hermenéutica de la identidad es, en este primer momento, la zona de acción del poder transaccional de la verdad y la identidad. Es el primer juego de palabras: creencia, poder, adivinación, conducta, carácter y transacción.

     El que ingresa entonces como eje de los vínculos entre verdad y representación transporta en la novela la primera escena de lectura. “Lamentablemente, William no pudo comprobar lo acertada que había sido la lectura de los zapatos del contramaestre”[7] . William es un lector (y vamos en viaje con el lector y la verdad para llegar al lector y la locura)  que juega a la previsibilidad de la identidad, juega a las trampas de la verdad y le da a esos juegos una creencia y una traducción transaccional. Les da un valor. Lee, esto es: realiza operaciones de construcción y atribución de sentido y le da a sus interpretaciones un valor de mercado. Y lo hace por lo menos en dos sentidos, porque lleva la verdad al mercado y la hace funcionar como su moneda de cambio, le da un sentido transaccional y la transforma en una instancia redituable, pero participa además en los mercados de la verdad, con sus técnicas y sus estrategias. Es el segundo momento de la verdad en la novela, donde la interpretación se dobla, se divide, en su verdad y en su teatro: William interpreta la verdad (construye los sentidos de la identidad a través de los zapatos) y es el intérprete de la escena de la verdad (la representa). Por eso lee y representa la verdad. Es el lector, el intérprete y el representante. Y es el que deja en la retina del grumete la verdad de la verdad, en las bambalinas de la representación[8].

     Lo que une las escenas y los sentidos de la verdad es el poder de mirar. La mirada genera poderes de adivinación o espía las zonas desnudas de la verdad y remite al espectáculo y la representación[9]. Es la forma en que la novela narra las formas de transformación y mutación de la verdad. Y lo hace introduciendo y poniendo en tensión los géneros discursivos de la verdad: hermenéuticos, policiales, farsescos, teatrales. La verdad, entonces, inicia su movimiento desplazándose entre el poder de la lectura y el poder del espectáculo, y ese es el valor transaccional que toma en la novela. Se trata de uno de los relatos centrales de Medio Grado: la novela de los avatares y aventuras de la verdad y la identidad, en los espacios de la lectura y la representación. Leer, adivinar, espiar, interpretar, creer y representar, son los verbos de la verdad (son las formas en que la verdad entra en acción), que mantiene un régimen policial y transaccional, y se distribuye entre sus géneros. Digámoslo del siguiento modo: William y Mark, unidos por los sentidos de la mirada, fisgonean los géneros de la verdad. La mirada detenida de William trabaja en la rentabilidad de la verdad (la extrae en una hermenéutica de la identidad y la economiza en una estrategia transaccional); la mirada espía de Mark puntúa, en la verdad, los espacios de la ficción y la representación (es el espectador y el husmeador, en las bambalinas).

     Veamos, entonces, que en eso que aparece como espacio de representación de la verdad, no hay verdad ni magia. En el pase a la escena de la verdad lo que hay es un truco, un artificio. William, que representa y define la primera figura de la lectura, es también la primera figura de artista. Trabaja como artista el truco y la representación y fragua en dos sentidos la verdad: la alimenta en la fragua de la representación y la fragua con los recursos del truco y el artificio. Tiene una estrategia (fraguar la verdad) y una técnica (el pase de magia del artista), y con esos recursos le permite a la novela desplegar dos problemas centrales: la transacción y la simulación.

     Pero William, sobre la base de la transacción y la simulación, abre el principio de clasificación como punto de discernimiento de la identidad. Esta mirada hacia abajo que clasifica y ordena la identidad es un modelo de extracción de la verdad (de la conducta y del carácter) y es simétrica (se mantiene en correspondencia) con la mirada hacia arriba de Mark, que mira el cielo y une puntos distantes, para generar sentido como “los antiguos”. Dos modelos, en principio, de leer: hacia abajo y hacia adelante; hacia arriba y hacia atrás. Transacción, simulación y clasificación son los tres lados de la figura donde circulan los sentidos y transformaciones de la verdad en la primera frontera de Medio Grado.

     Estamos entonces en los límites y la representación de la verdad, con sus figuras y sus teatros, pero también con sus instrumentos y sus géneros. Porque si bien en la resolución de la escena de la verdad la novela coloca la irrupción de un “extraño fenómeno” y quiebra ese espacio para avanzar hacia la solución extraordinaria, lo cierto es que la verdad no sólo se presenta como género, sino que presenta a sus géneros porque lo que se elige es narrar las fronteras de su propia formulación. Y en el quiebre son claros los pasajes y desplazamientos: el barco parecía una catedral, se transforma en una nave espectral y el relato traza el anillo de un doble salto: entre verosímiles (barco/nave espectral) y entre sistemas y tiempos culturales (ruido de máquinas/silencio religioso; formalidad/informalidad; encierro/pereginaje). El salto desde la escena de la verdad y sus trucos a la escena del “extraño fenómeno” en la nave de los locos, en los desplazamientos y enlaces de la palabra luz (de la luz de luna y el haz de luz blanquecina a la catedral bañada de luz de luna), quiebra la visibilidad de los artificios de la verdad y los cambia por la luz fantástica de la solución extraordinaria.

     Pero en los desplazamientos y los cambios de iluminación de la escena, la novela dice, con claridad, que se transforma la escena que hay que dejar de ver: “Soltó la mano agarrotada y se paró para no mirar más lo que veía. Subió a cubierta sin darse cuenta de que, lentamente, casi como zombies, empezaban a subir todos los pasajeros y la tripulación para enterarse del extraño fenómeno”. La luz fantástica que define la solución extraordinaria quiebra la visibilidad de la escena desnuda de la verdad en el punto donde hay que dejar de mirar y suspende además la narración de esa escena. Dejar de ver y dejar de contarlo: estamos en los usos estratégicos de la luz fantástica en los remedos de la verdad[10].

     Decíamos que la verdad se mueve en las fronteras de su propia formulación porque estamos en los terrenos de la prueba, la confesión y la religión[11], en el relato de los movimientos y travesías de la verdad, pero ahora entre los límites de la ficción y la juridicidad. Porque la escena donde la verdad se resuelve como truco y artificio (la cucaracha en la manga) y graba su fondo vacío en la retina del grumete, la escena que hace de la verdad una escena y avanza hacia su solución ficcional, instala en el mismo movimiento los dos modelos que definen las estrategias de extracción de la verdad: la prueba (que establece una ley de la verdad en el litigio hasta su desplazamiento y recombinación en la indagación) y la confesión (que establece una ley de la verdad en el sujeto). La verdad jurídica, la verdad hermenéutica, la verdad del sujeto, la verdad del sentido, la verdad epistémica y la verdad policial. Estamos en la aventura de la verdad y sus géneros (y en sus mecanismos de extracción).

     Pero veamos, entonces, que el que aparece como espectador y espía de la escena de la verdad es el que se presenta vinculado al problema del origen y la identidad e inscripto fuera del régimen de clasificación. Veámoslo de cerca, porque el grumete Mark se instala en la novela como un conjunto inclasificable y en transformación. Ese conjunto está hecho de las siguientes marcas:

·         el grumete es una instancia indefinida y en transformación: tiene dieciséis años, cuando “la carne parece masilla”, y donde todo se “estira” y se “alarga”. Se dice que “en poco tiempo más sus rasgos quedarían definidos”.

·         es indefinido, está en transformación y es indescifrable. Esa es la inscripción en el universo del padre: “(...) su padre, que veía su hijo como una indescifrable creación de la vida”.

·         le sustrae a William el principio de clasificación: “William completó la observación: el chico no usaba zapatos”.

·         es el que ve la verdad de la prueba y le quita a la verdad, entonces, una de sus leyes, porque además es el que va transitar, como Julia, las travesías de la indagación. Esto es: cambia el relato de la prueba y lo desplaza al truco. Desplaza la prueba, desde la verdad a la ficcionalización de la verdad.

·         toma la posición entonces del primer desvío de la palabra legado y su sentido (y de las palabras que se legan). Se coloca en uno de los límites del legado, marcado por lo indescifrable y la “inercia genética” de la herencia. Lo hace porque la novela no sólo lo puntúa en la visibilidad de la zona de desarticulación de ley, verdad y sentido, sino que le envía al mismo tiempo la palabra ley y la palabra de la ley. Es Lawson el que transporta y nos presenta la palabra ley (law), la palabra de la ley (el legado del padre) y el principio/ley de clasificación que une verdad e identidad (los zapatos)[12]. Los zapatos, legados a Lawson por el padre en el nombre de la ley (del padre, que no es la del rey), con la ley en el nombre y la ley del nombre, en un legado que remite a una revuelta donde aparecen escindidos ley y justicia y se tacha la homologación entre legalidad y legitimidad. En los juegos de ley y verdad , el legado de Lawson le impone a la ley el juego político de la revuelta. Lo que se rompe, aquí, es el par ley-naturaleza en la naturaleza de la ley, porque se retira a la ley del orden divino y natural (del rey) para reinsertarla en el orden político (de la revuelta). Estamos, ahora, en el relato de las revueltas de la ley, la verdad y la identidad y en la cruzada política contra los pares naturales.

     Por eso, en la senda donde empiezan a conjugarse y tramarse las relaciones entre saber extraordinario y saber positivo (y la verdad y sus desplazamientos son su zona de acceso), habría que discutir o redefinir la afirmación de Fernando Sánchez Sorondo, que coloca al relato en la estrategia de los “antiguos” o “clásicos” porque trabajaría en la fusión (en la “sagrada unidad”) de paradigmas escindidos en el desarrollo progresivo de los saberes positivos[13]. Para decirlo de un modo: la novela trabaja en la mezcla de materiales y no en su fusión y piensa en una economía narrativa de los saberes. Estamos en los linajes de la ficción y en el relato de los linajes en la ficción,  y es allí donde las leyes y los paradigmas responden a otros contextos y a otras leyes. No estamos en la fusión de las artes y las ciencias, sino en el envío de las artes y las ciencias a la funcionalidad de otra ley y en el relato de ese envío.

     No nos desvíemos del eje de este relato de los envíos, donde la novela trabaja en la solución extraordinaria de la locura por afuera de la clínica positiva. Porque una de las instancias que puntúa el relato es el fracaso de las estrategias de lectura de los paradigmas positivos, los límites de la interpretación en el examen médico[14]. Por eso la novela,  cada vez que se desplaza en la locura y la enfermedad, se mueve en esas fronteras y mueve sus fronteras, porque trabaja en los excesos (las desmesuras) del sentido. Y lo extraordinario, en definitiva, es la resolución narrativa en las fronteras del sentido del trabajo sobre los restos incuantificables del saber positivo.

     Estamos en la novela de la inscripción de las lenguas familiares, los linajes y las herencias, pero básicamente en el relato de la inscripción en esa cadena, porque es allí donde se cruzan locura y literatura. Cada vez que se cruzan locura y literatura lo que se produce es la formulación de una ley y su desplazamiento extraordinario en el espacio de la prueba, que ahora nos cuenta la aventura de la narradora en el descenso a los espacios bajos (espaciales: el subsuelo; de clase: la servidumbre) de la casa. La prueba es el espacio de cruce entre locura, ley, literatura y desplazamiento extraordinario, y trabaja, además, en espacios homólogos: la casa, el barco, la cabeza/mente, y con verbos de ascenso o descenso[15]. Es la zona de desplazamiento e inscripción de una ley. Porque la novela va a trabajar distintas cadenas y en la combinación de esas cadenas va a definir su estrategia narrativa.

       En cadena:

·         Cuenta la cadena de la herencia de la escritura y la narración y coloca dos figuras de artista: el artista del truco y la clasificación, y el poeta que planea sus aventuras nocturnas y que luego va a ser nombrado como hombre famoso de la cultura latinoamericana. No llegamos aún al viejo escritor en la cadena de Fedra, la madre de Mark. Tenemos por ahora dos artistas desplazados, que señalan espacios (fallidos) de escritura: la carta (en la manga) y el poema (perdido)[16]. A ambos artistas, al ilusionista y al poeta, al artista de la ilusión y al de la escritura, los une la palabra truco en el espacio de la simulación. El lugar del poeta: “Fumaba sentado en su escritorio, seguramente con algún poema a punto de brotar. Nadie podía adivinar que su mente divagaba entre planes para sus salidas nocturnas y mujeres que lo inspiraban para sus libros nunca escritos” (pág.76,subr.mío). El lugar del artista: “Lo primero que hizo William al llegar a su dormitorio fue sacarse del interior del puño de la camisa perfectamente blanca la asquerosa cucaracha. La sacó con la punta de los dedos y la arrojó rápidamente al piso. Había aprendido el truco en Escocia, de un compañero de fútbol que simulaba para divertirse (...)” (pág. 16 subr.mío). Ambos, que trasladan trucos y libros en la novela, definen también en la cadena los contratos civiles de construcción de la familia burguesa y le dan a la cadena la posibilidad simbólica de inscripción, que revierte el relato del marino sueco (el hueco en el origen de la cadena). Son portadores de nombres y contratos (sistemas de inscripción), en una cadena que narra su origen en la indefinición de los géneros (“Probablemente lo que supe de su historia era en parte una leyenda, sin embargo no me preocupaba; estaba acostumbrada a que no existiera un límite claro entre los hechos sobrenaturales y la realidad”, pág. 87, subr.mío), y en el relato de la madre soltera que dio el mal paso en la pensión francesa, en la vía del canon de la costurerita (porque estamos en un cuento de costureras y tejedoras). El mal paso, en el origen del árbol de los suecos[17].

·         En esa cadena  de la filiación,  el par mezcla y combinación es de transmisión femenina (y en combinación): tejer y combinar (la figura es el  patchwork), porque es a través del tejido que la novela marca uno de los sentidos de la relación entre sexualidad y reproducción en el interior de los contratos de regulación de la familia burguesa. Pero además es el tejido el que abre las palabras trama y locura y las vincula (la trama del ovillo y el acceso a la locura)[18].

·         Lo que se busca además es un modelo de inscripción (en el linaje y la herencia) que reenvíe la locura al espacio extraordinario y la separe entonces de los saberes y la clínica positiva. Este trabajo, como veremos, construye uno de los juegos de fuerza en la novela que es la lucha por definir el contexto de lectura de la palabra locura: o se deplaza a la enfermedad o se mueve hacia la singularidad. Es el punto clave donde el relato separa las palabras diagnóstico y solución y separa entonces ley positiva y verdad. “Me llevaron a las plantas superiores y de allí a un médico que dio un diagnóstico certero: úlcera. De ahora en más mi dolor tenía un nombre, aunque no una solución” (pág. 81,subr.mío).

·         En esa inscripción en el linaje y la herencia lo que se produce es el cruce entre locura y literatura, y el cruce en los géneros de la verdad y lo extraordinario: la solución extraordinaria que revierte los instrumentos del saber clínico y transforma en relato extraordinario lo que aparece como incuantificable. Es lo que se une en los dos momentos del relato de aventuras: la prueba que desvía la escena positiva de la verdad y define la narración.

·         Se trata entonces de un relato de inscripción en la cadena de transmisión simbólica donde los saberes (tejer y narrar) y los relatos son modelos y zonas de intercambio femenino. La mujer soltera que inicia el linaje, la bisabuela que transmite el saber a la abuela y los hilos que guían la palabra locura en la narradora e inician la aventura del descenso por la casa, la clase y la enfermedad (subsuelo, sirvientes, úlcera). Porque las mujeres definen la relación entre reproducción y deseo y son las que narran o escuchan relatos: la leyenda de la tatarabuela, el modelo reproductivo de la bisabuela (que reproduce sólo mujeres y se aísla de la sexualidad cuando se agota el modelo reproductivo), la privación de Elena (aislada de la reproducción y la sexualidad), la circulación de relatos entre la vidente y la narradora, la vidente anterior en el relato del deseo de Mark. En esa vidente, Anabella, el verbo es mezclar y la palabra es truco. “Mark no podía dejarla y comenzó a sospechar que la tremenda atracción que sentía por ella, era el más simple de los trucos de Anabella. La manera de mezclar el arte de la seducción con sus habilidades de pitonisa, acababan con la voluntad del marino” (pág.67,subr.mío). El truco y la mezcla, en otro de las extremos femeninos de la novela, donde la sexualidad se independiza del control social de la reproducción y donde el contrato matrimonial se define en el uso rentable  y social de los nombres (italianos y judíos). Buena parte de la novela se mueve sobre el eje narrar, desear y reproducir. La que reproduce y no desea (Amelia); la que desea y no reproduce (Elena) y la que reproduce-copia y desciende (Julia); la que avanza en el uso de los deseos (Anabella); etc. Pero básicamente en el origen del linaje (de la familia y del relato) la novela cruza reproducción y transformación. En Medio Grado, reproducción y transformación son las dos caras de la moneda que define el arte de narrar. Reproducir, narrar y ver (más allá) son las estrategias de transmisión y las marcas de la herencia y el intercambio en la casa de las mujeres.

·         En esa cadena aparece una zona donde la herencia de la clarividencia (ver más allá, pero también en las desmesuras del sentido) es también la herencia posible de la enfermedad (el contagio) y el origen marcado (la bastardía). Estamos en el punto donde se reúnen los distintos relatos posibles del origen: la enfermedad, la bastardía y la naturaleza extraordinaria, pero lo hacen en la mezcla de lenguas y nacionalidades. Porque el origen bastardo, el primer relato de aislamiento social y familiar, aparece mixturado en el espacio funcional de la inmigración. Esa mixtura y ese desvío trabajan en la base de la novela, donde el verbo es mezclar: cartas, mapas, visiones, tejidos, linajes, lenguas, nacionalidades y clases. Mezclas, cruces y cruzas: en Medio Grado, el linaje y las genealogías, las transmisiones diagonales y los saltos del legado, reemplazan el relato de la filiación y lo remedan, lo saldan y finalmente lo desplazan.

    Veamos, entonces, los dos límites en los cuales se mueve la novela y que organizan los movimientos de atracción y desplazamiento en el relato. Porque si atendemos la cadena narrativa, cada vez que el relato se mueve lo hace en un par de atracción y rechazo entre el saber positivo (la ciencia y el derecho positivo en sus representaciones incluso menores y degradadas[19] ) y el saber extraordinario. Por eso no estamos en la caída o borradura de los límites entre los paradigmas, sino en la utilización narrativa de esos límites. Los límites no caen ni se borran, sino que construyen los núcleos de movimiento y desplazamiento de la novela. El saber alternativo y extraño es siempre una escena que continúa las antesalas del saber positivo y al mismo tiempo las quiebra, en el relato de los dones y los límites. Los continúa y los quiebra:

·         La prueba y la escena de la verdad que ve Mark preceden al extraño fenómeno (y recordemos: estábamos en esta primera zona en los debates del régimen positivo de la verdad y sus géneros).

·         La prueba de Julia en los descensos por la casa, y la aparición del médico y la palabra diagnóstico, dividen al par diagnóstico-solución.

·         La clase de física abre una relectura del magnetismo en un contexto hermenéutico que quiebra el código positivo.

·         El juicio menor y degradado (la representación en farsa del derecho positivo) cierra el período de escolarización, cambia el espacio público por el privado (la escuela por la casa) y redefine los límites de la biblioteca (el acceso a los libros de astrología) .

     En la ley de funcionamiento de la novela de Aboaf, el saber positivo y el saber extraordinario se presentan como un par que define, en la economía de los límites (locura/cordura, espacio público/espacio privado, etc.) la dinámica del relato. Narrar, entonces, es contar el agotamiento del saber positivo, su carencia, su universo escaso en una hermenéutica de lo extraordinario, para organizar el relato en la reinserción estructural de ese saber positivo. Narrar es narrar entre límites la fábula familiar de los dones, que es la fábula de las mezclas, los tejidos y las combinaciones. La fábula de las técnicas que disuelven, en la solución extraordinaria de la ficción,  los rastros de la locura[20].

     En definitiva, Medio Grado se organiza sobre el debate de los procesos de construcción de identidad, las lógicas de identificación y transformación y los procesos hermenéuticos de producción de sentido. Y trabaja, en esa zona, en la ilusión de una unidad perdida: son las ilusiones perdidas de la novela de Aboaf, el relato de la unidad, el significado sagrado, la unidad del sentido por afuera de la diversidad de las lenguas, en el relato de la diversidad y la mezcla (de lenguas)[21]. Por eso la novela trabaja sobre pares que se tachan y reponen, pero no se funden: porque avanza en la lógica de los pares y en las mitologías de la unidad. Esa unidad es lo que la novela imagina como una instancia de equilibrio y ordenamiento, y estamos, habría que recordar, en el cuento de los riesgos de la locura y la abolición de los procesos de socialización y los espacios públicos, porque en Medio Grado son dos las figuras que predominan: la recursividad (el ensimismamiento de los giros sobre sí), y el aislamiento. Algunos de los nombres clásicos que señalan los espacios y efectos de la locura.

     Es en este campo donde el texto de Aboaf distribuye técnicas, recursos y mecanismos de control del sentido y sus excesos. Videntes y lectores, médicos y poetas, clasificadores y cartógrafos: todos los que circulan en el universo de Medio Grado leen y decodifican para alcanzar principios de equilibrio, ordenamiento o clasificación. Es cierto que la novela ficcionaliza un principio de unidad y ficcionaliza las fuentes hermenéuticas de decodificación del significado sagrado; pero también es cierto que esa ficción sólo es posible sobre el fondo amenazante de la nomadización del sentido y el acceso a la locura. La novela de Aboaf es el relato de los excesos del sentido y sus mecanismos de control.

     La tensión que atraviesa la novela es la construcción de una zona de envío para aquello que aparece nombrado como locura. Es allí donde está colocado el punto de absorción, el punto de densidad del relato (si estamos en la escenografía de las masas estelares y los agujeros negros), porque la locura es el relato vacío que cruza y organiza el resto de los relatos de la novela y todas las novelas de la novela. Todos los relatos parten y se reabsorben en el relato vacío de la locura y la transformación (adolescente): el relato de la genealogía familiar y la inscripción en el linaje; de la falla en el origen del linaje; de los procesos de escolarización; el relato de las articulaciones entre ley y verdad, ley y justicia, verdad e identidad; de los procesos jurídicos de socialización; de la construcción de la nacionalidad (la inmigración, las familias patricias y los dobles apellidos); etc. Todo ese universo narrativo parte y se recursa, se ovilla (como el tejido de las mujeres, como los bichos bolita que mira ensimismada la narradora) en la novela vacía de la locura, del relato sin relato en la instancia de disolución del sentido. Porque en definitiva todos los mecanismos que se expanden en la novela (videntes, sistemas de traducción, relatos bíblicos, cartógrafos estelares) son mecanismos de ordenamiento y clasificación del sentido y de la estructura extraordinaria. Formas, técnicas y recursos, ejércitos de lectores para obturar y reducir condiciones de ilegibilidad, para reducir esas zonas o espacios negros donde el sentido se fuga o se recluye.

     Frente al relato de la acechanza de la locura, lo que genera la novela es el cuento de las técnicas de ordenamiento y clasificación simbólica. Por eso en las dos zonas de escansión de la locura se engarzan transformación, espacio extraordinario y procesos de sedentarización y control: Mark realiza las cartografías de las fugas de sentido; Julia las narra. En esos dos procesos de ordenamiento y construcción, en las dos zonas donde se hilvanan la prueba, el litigio y la trascendencia, el linaje es la literatura. La literatura, en tres registros: de construcción (el tejido y la combinación del patchwork como definición de la trama); de aislamiento y locura (la madre perdida entre libros); de institucionalización (el abuelo poeta y hombre famoso de la cultura latinoamericana).

     La pregunta de la novela es cómo narrar una transformación que deshaga el paradigma de la locura y lo desplace a la singularidad. Y para que la locura se transforme en singularidad, para que sea narrable, tiene que tener una instancia de remisión que permita el pase del núcleo clínico de la enfermedad al núcleo extraordinario. Debe ser remitible (a una zona de referencia) y debe ser localizable (en la sedentarización del sentido). La novela narra la organización de esos mecanismos, trazados, principios de localización, comprensión y sedentarización, como si nos dijese: lo que es narrable es la acechanza de la locura, la locura en su relato,  no la locura. Y la locura, que es el punto de absorción de sentidos y relatos, es también la instancia de movimiento y desplazamiento: se desplaza en barco (en las travesías), se desplaza en la herencia (de William a Julia, de Fedra a Mark), se desplaza en el tiempo (de Mark a Julia), entre saberes (de la clínica a la videncia), sobre sí misma (el giro loco). ¿Qué significa esto? Que la novela pone en movimiento sus elementos y se mueve sobre el núcleo de su propia inmovilidad y clausura, para narrar, amparada en un ejército de hermeneutas, intérpretes y traductores, las transformaciones y soluciones narrativas del giro sobre sí.

     Veamos algunas cartas de la locura, entre las cartas que nos muestra la novela de Aboaf, que juega entre cartas y a las cartas con la locura, en por lo menos cuatro versiones de la palabra carta[22]. Veamos a la palabra locura entre el Buenos Aires de la inmigración, en los vínculos positivos con la criminalidad y la mezcla (sexual y lingüística), y veámosla en el cuento de los locos y traductores, que es la operación que funda lo que conocemos como novela moderna en la combinación de un juego de tres: lectura, locura y traducción.

     Sigamos entonces a la palabra locura, porque hay un primer núcleo vinculado a la inmigración, que liga locura, degeneración y criminalidad, que divide a anarquistas y socialistas frente a los dispositivos higienistas del Estado[23]. El rechazo anarquista al dispositivo estatal es hermano de la confluencia socialista en una concepción criminológica enlazada a la utopía positiva de elevación de la masa popular y eliminación del desvío. Elevación y eliminación: cuando el Estado lleve estas palabras hasta Cané y Lugones, va a transformar y mover en extremos su sentido. Las diferencias de grado entre crimen y locura, cuando leemos a Alejandro Korn, o los desplazamientos de Ramos Mejía desde una concepción beata del inmigrante (enlazada a la figura moralizante del trabajo) a la figura que condensa vicio y desequilibrio. Las cadenas que enlazan locura e inmigración en la Argentina, en las marcas de la mezcla que amenaza la disolución de la identidad y la nacionalidad, organizan una ficción naturalista que tiene traducción en los asilos de alienados. Es lo que puede leerse en el trabajo de Lucio Meléndez y Emilio Coni: “Las estadísticas del asilo de alienados nos demuestra también que los italianos, españoles y franceses, que forman la mayor parte de la población extranjera, están más frecuentemente atacados de locura que nuestros compatriotas”[24].  Hasta aquí Vezzetti.

     Esta secuencia, que va de la figura del inmigrante a las figuras del vicio y la locura, llega hasta Lugones (El Payador, 1916) y la preocupación por la disipación en la mezcla del orden de la nacionalidad, pero está en José Borda, donde se lee una construcción moral y pedagógico-social frente a la amenaza de una locura expansiva y polimorfa. Nombremos entonces dos instancias:

            1. los lazos políticos que define la ficción naturalista y positiva entre degeneración, criminalidad y locura, se vinculan a un tratamiento específico de la inmigración (en su versión post sarmientina de amenaza y confrontación) que llega con claridad a Lugones y su movimiento de extirpación y eliminación, pasando por las leyes de residencia de Cané. Estamos en la construcción del imaginario burgués y en la relación entre Estado y diferencia, y aquí vamos desde la institución del matrimonio, la sedentarización higienista y reproductiva de la sexualidad (en su versión moral y económica), a la nacionalidad y la reconcentración de la identidad nacional por afuera de la mezcla, en la ecuación familia (patricia)-nación.

               2. El problema del alienismo cuando quiebra las fronteras de los manicomios y persigue a la locura en términos sociales, por lo menos en tres puntos: 2.1: teorías de la degeneración; 2.2: posibilidad de localizar signos físicos de la locura para integrarla al paradigma positivo de la clínica médica; 2.3: la concepción de la familia neuropática, donde lo que se juega es la herencia, el linaje y la raza como espacio de conservación. Los locos tienen un linaje del que hay que escindir a la familia patricia y nacional.

     Digamos, entonces, que las vías de la inmigración y la locura se cruzan en la escena política y estratégica de la criminalidad., enlazadas por los puentes de la ciencia positiva (medicalización y aislamiento) que tributa en las construcciones imaginarias de la burguesía y la nacionalidad. Relaciones de exclusión, porque los códigos penales se esfuerzan a partir del siglo XVIII en la separación de crimen y locura (los ligan en el encierro y los separan en la responsabilidad y la culpa)[25], en hacer de la locura una instancia no penalizable; relaciones de cruce y contaminación (siempre vecinos y contiguos).

     Nada de esto es ajeno a la novela de Aboaf, donde la palabra locura se desplaza entre límites y organiza los límites del relato, anida y distribuye sentidos en el interior de la familia burguesa y define el linaje y la herencia. Porque el linaje se abre en el encuentro misterioso y enigmático de la loca (perdida) y el inmigrante[26], que es la primera fábula de la historia familiar. La gránmama, negada y escindida de la familia (la loca del encuentro sexual por afuera del contrato matrimonial y familiar), y el marino sueco, que es la primera versión en movimiento del extranjero-inmigrante que abre la cadena de la mezcla y la pérdida (y abre a la perdida en la cadena).

     Estamos en el primer cuento del padre perdido y tachado y en la primera versión de la locura (de la loca-perdida en los desvíos de la sexualización), para narrar el primer eslabón de la cadena familiar, en una escena donde se hilvanan en el mismo tejido la loca y el extranjero, en la mezcla y el desvío de la pensión francesa. Locas, francesas y suecos: el primer paso de la filiación en los terrenos de la mezcla y el desvío del ordenamiento institucional de la sexualidad y la descendencia, en la ciudad de los brujos y videntes. La vecindad entre linaje y locura (en la clave del desvío sexual o la demencia) y la construcción de sistemas de decodificación (intérpretes, videntes, cartógrafos y traductores), son los ejes que organizan la familia de palabras de Medio Grado de Libertad, no en la fusión, sino en los caminos de la mezcla y la producción de sentido de los límites. Es esta la zona de absorción y organización: en el espacio social y político de la inmigración; en el espacio público de codificación de la familia patricia; en el espacio institucional de la literatura del abuelo-escritor; en la transmisión de la relación entre lectura, ficción y encierro; en la genealogía del arte de narrar; en los espacios privados de la casa donde se asciende y desciende entre saberes positivos y extraordinarios, entre sexualidad y reproducción, entre clases.

     Estamos en la historia de los astrólogos y videntes como hermeneutas y modelos de extracción de la verdad, pero en los límites de los materiales que definen el otro cuento del astrólogo, que es la versión arltiana de la conspiración contraestatal en la alianza de los saberes extraordinarios y babelizados y las ciencias ocultas (de la Ciudad de Buenos Aires). En la novela de los hermeneutas y los límites de la verdad y sus mecanismos de extracción, en la novela de las relaciones entre el sujeto y la verdad, el fondo de la locura y el saber extraordinario se toca, en la frontera, con los hermeneutas de la conspiración social y política en un Buenos Aires donde aparecen, cruzadas, las figuras de la mezcla y la modernización.

     Pero veamos. Literatura y locura se tocan, mantiene relaciones de contigüidad y se escinden en el límite de la remisión. Como si dijéramos: la literatura reenvía a un código para el que no hay remisión en el texto de la locura Y eso, en las diferentes versiones de la contigüidad (ficcionalización de la locura/locura ficcional; relatos de la locura/relatos donde habla la locura). Cada vez que en Medio Grado aparece la palabra locura, aparece en el mismo movimiento la zona de remisión (al linaje, a los intérpretes, a los traductores) porque es ese contacto, esa vecindad fuera de la fusión, lo que hace posible el relato. Esa vecindad señaliza, también, el retiro de la literatura y los mecanismos de ficcionalización (no se lee otra cosa en Artaud, en Niezstche o en Fijman): es la zona donde la literatura visualiza su propia disolución.

     El núcleo de sentido de la novela de Aboaf es el efecto expansivo de la combinación y recombinación de dos movimientos (mezclar y girar) y dos instancias (literatura y enfermedad). Para que el relato avance tiene que combinar estas cuatro palabras, y hacerlas mover sobre un espacio de inmovilidad, reclusión, encierro o desplazamiento. Cada vez que la novela se pone en movimiento, inscribe una versión del movimiento: el que se desplaza girando sobre sí (Mark); la que gira sobre sí y no se desplaza (la madre de Mark); la que se desplaza para no girar sobre sí (Julia), etc. Es en este régimen que la novela expande las figuras y metáforas de movimiento y vuelve a trabajar la producción de sentido de los límites. Es su fórmula: todo lo que está inmóvil se desplaza, y todo lo que está en desplazamiento amenaza en la inmovilidad. Es también su clave (su solución): lo que gira sobre sí, o se desplaza y marca los terrenos de la enfermedad y la literatura sin mezclarlos ni fundirlos, o precisa mezclarse para escindirlos. Entonces, ahora, girar y mezclar, enfermedad y literatura, definen los linajes y las novelas posibles en la novela de Aboaf (la que narra o enloquece; la que se recluye o se desplaza; la medida o la desmesura).

     Pero también se narran y se citan, con la literatura, dos movimientos: el de la novela moderna, con los juegos de libros y enfermedad, lectura y locura, reclusión y narración, y estamos en El Quijote; el de los límites del sentido en la novela moderna, y estamos entonces en Lewis Carroll: “El sabía que estos horizontes estaban volando en el espacio y que como Alicia a través del cristal -ella tiene que correr tan rápido para quedarse en el mismo lugar- así, en el movimiento del espacio, estos horizontes que van a altísima velocidad,  parecen quietos” (pág.120, subr.mío). También los materiales y los debates del futuro, en el espacio de la literatura, donde ingresan el “fin del mileno” en un Buenos Aires de “videntes, astrólogos, cabalistas, tarotistas, gitanos, hipnotizadores, oráculos” y “masones” que venían “entremezcladas con los inmigrantes” (págs.122-123). Porque en este punto estamos en la mezcla que atormenta a Lugones y que define la literatura de Arlt. Las voces marcadas que combate Lugones en El Payador (y lo hace en el Odeón, en el espectáculo del Estado, porque es el intelectual en el interior de los límites del Estado), son las voces que abren El Juguete Rabioso y definen la literatura futura, porque disputan la nacionalidad en los debates de la lengua y la literatura.

     Lo que gira sobre sí en la reclusión es uno de los legados posibles. Fedra, que devoraba novelas y todo tipo de literatura, se retira a un mundo de novelas y delirio (y nos marca la operación y  la estructura de El Quijote). La literatura es esa vecindad: “Un viejo escritor, vecino de los Measures, vivía solo y había recibido la ayuda de Fedra mientras ella había podido auxiliarlo; él le enseñó a leer[27]. Y en Fedra: ese primer nudo donde todo se cruza y se combina, que lleva uno de los nombres posibles de la literatura. Novela, delirio, encierro, enfermedad, intoxicación en la sangre, desmesura y medida. Todo se cruza y se combina (los libros y la enfermedad [28]) para narrar su proceso de escisión (literatura o locura). Mark, que hereda los libros y la enfermedad y recibe mezclados vida y literatura[29], es el que avanza buscando un principio de organización, un relato que le genere a la locura un punto de remisión[30]. Recibe mezclados y en combinación libros y enfermedad, vida y literatura (y hereda entonces la cita de Cervantes en los nombres de la literatura) y busca en la organización del relato la zona de escisión de la locura, o por lo menos, la zona de lectura y decodificación que defina la instancia de compensación. En la novela de la palabra locura, entre los exploradores de la singularidad y la organización simbólica, la aventura no es otra cosa que la búsqueda del tesoro del equilibrio y la compensación. El equilibrio y la compensación, en los linajes de la literatura y la enfermedad.

 Fernando Murat (Agosto 2003)

 


Fernando Petit de Murat [fernandomurat@hotmail.com] nació el 15 de Julio de 1966. Es licenciado en la carrera de Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Periodista de la Agencia Nacional de Noticias (DyN), realiza colaboraciones en diarios nacionales y publicaciones internacionales especializadas.


 

[1]Aboaf Petit de Murat, Claudia, Medio Grado de Libertad, Buenos Aires,  Editorial Altamira, 2003.

 

[2]Contemos la escena, donde están todas las palabras de la novela. Un grumete “joven y delgado” llamado Mark, de dieciséis años, juega a las cartas en un barco al que fue lanzado por el padre. En medio del juego, aparece un extranjero al barco y al juego, llamado William. En el espacio del juego y el desafío, William cumple con una prueba (de identidad y virilidad): remeda el desafío en que iba a ingresar el joven que estaba jugando sin dinero con una prueba de audacia y virilidad. Hasta aquí, el cuento de aventuras de las pruebas de identidad viril entre extranjeros y marinos. En la escena que nos interesa, es Mark el que observa cómo, en su camarote, William extrae el insecto que debía haberse tragado de la manga: la verdad se desplaza al truco y a las ficciones de la verdad y abre, como veremos, los caminos de la solución extraordinaria y el relato del “extraño fenómeno” (ver págs 9-21).

 

[3]“El grumete miraba el cielo. En vez de estrellas luminosas veía puntos más oscuros aún que la oscuridad, de masa estelar negra, que contenían un centro que giraba a altísima velocidad. Se hallaban a una enorme distancia entre sí. A medida que recorría esta porción de cielo una y otra vez -fascinado con lo que veía- le resultaba inevitable unir un punto con otro (...)”; y “El grumete cumplía son su labor; su mirada iba de un punto a otro, uniéndolos, y figuras inquietantes surgían ante sus ojos... un espectáculo que suspendía toda emoción (...)”, pág. 19, subr.mío.

 

[4]Y el verbo es espiar: “En otras ocasiones había espiado mujeres desvistiéndose pero hoy su interés estaba centrado en el misterioso pasajero” (pág 16, subr.mío).

 

[5]Medio grado, pág.9, subr. mío.

[6]Medio Grado, pág.9, subr. mío.

[7]Medio Grado, pág.15, subr. mío.

[8]La retina, el grumete y los tatuajes de la verdad: “Además, todavía la imagen de William -o del miedo- seguía aferrada a su retina. Había viajado hacia su sistema nervioso sin encontrar donde asentarse. La idea que se había formado de ese hombre no se correspondía con lo que veía en aquel instante”, pág.18,subr.mío.

 

[9]Dos veces espiar: el grumete “había espiado mujeres desvistiéndose pero hoy su interés estaba centrado en el misterioso pasajero”; “El grumete espiaba a través de la separación de la puerta y el marco que era exageradamente grande”. Se espía la desnudez (de la verdad) en las aberturas y resquicios de la verdad. Y además: “Ahora tenía que enfrentar otro problema: no levantaría con la mano la cucaracha del suelo, y jamás la empujaría con sus zapatos. Se quedó parado mirándola sin saber que tenía un espectador” (pág 16, subr.mío). Las metamorfosis de la verdad (y el insecto-cucaracha es una de las forma de nombrar, de llamar a la cita, a la literatura) son uno de los espectáculos posibles en la novela de Aboaf.

 

[10]Ver págs 18-21.

[11]Prueba:  “Ahora, la prueba”, es la frase que presenta la escena que luego se va a develar en la mirada del grumete como truco y artificio. Es una prueba, una forma de establecer lazos entre verdad e identidad, de probar el régimen de la verdad. La prueba vuelve una y otra vez en la novela de Aboaf como mecanismo de discernimiento de la verdad. Confesión: “¿cómo confesar el miedo?” es la pregunta que liga en la escena lo que le pone título al capítulo (la faja de hierro) y abre el terreno de las hermenéuticas del sujeto y los saberes de sí. Religión: el silencio casi religioso define el pase a la solución extraordinaria en lo insoportable de la verdad y distribuye todas sus señales (la mirada al cielo, la catedral, el texto bíblico, etc). Prueba, confesión y religión: los mecanimos de extracción de la piedra de la verdad. (ver págs. 16-21).

 

[12]Veamos a Lawson, en la indagación de William: “-Sus botines están cuidados- dijo William rompiendo el sagrado silencio que se había instalado en la nave. -Son un legado de mi padre -contestó lentamente Lawson. Estaba como en trance. -Estos zapatos llevaron la delantera a muchos otros que venían detrás” (pág 21, subr.mío). William, nos dice la novela, interrumpe el silencio sagrado (el pase de la luz fantástica) y reinstala el principio de clasificación, pero lo hace con la palabra botín y condensa entonces verdad y transacción, verdad y mercado, verdad y dinero (y apropiación). En esa interrupción, Lawson sale del trance para nombrar el legado del padre y deja abierto el camino de la revuelta contra el rey (y rey es uno de los nombres de William Armour King). Los zapatos de la revuelta contra el rey, en el legado del padre, con el nombre de la ley y el nombre de William.

 

[13]Observemos a Sánchez Sorondo: “(...) en este “Medio Grado de Libertad” conviven, con toda libertad, la fìsica y la metafísica, la ficción y la poesía, y sus páginas respiran el aire misteriosamente anacrónico -fuera del tiempo- que, en mi opinión, caracterizan a las obras llamadas a perdurar” (ver contratapa de Medio Grado). Dice, además, que la novela se inscribe en el recurso entre artes y ciencias, cuando “la vida fluía en la sagrada unidad de su diversidad”. Más que en la libertad de fusión entre artes y ciencias, la novela lo que hace es trabajar en el límite de construcción de los saberes. Precisamente, no en la fusión sino en la producción de sentido de los límites. Menos en la “sagrada unidad” que en las construcciones ficcionales de lo sagrado.

 

[14]Dice la novela, luego de nombrar la “lucha por la cordura” (p.78), en una de las numerosas zonas donde el debate se dirige hacia la clínica positiva: “Era algo que me quemaba por dentro y que ningún examen médico podía descifrar” (pág. 79). El médico es además el que marca el proceso fallido de escolarización, que es el ingreso a un espacio público donde volveremos a toparnos con el juicio y la estructura del litigio (y sus palabras: sentencia, condena y espectáculo, págs.105-107). Un espacio donde la novela nombra y realiza sus guiños hacia la clínica sicoanalítica (y señala entonces a los herederos de los saberes del sujeto): “asistían muchos hijos de sicoanalistas que tenían sus propios problemas”. Y los tres relatos (fracaso del examen médico, señalización de la clínica analítica y escolarización fallida) se reúnen en la ruptura y sustitución de los contratos familiares: “(...) mis padres habían viajado a Europa para instalarse allí durante los tres años del contrato laboral que tenía mi padre”; y “Ellos representaban la parte débil del árbol genealógico, pero en realidad ahora era como si le hubieran podado una sección: faltaba la generación del medio” (pág. 103, subr. mío). La parte débil y podada, en el eje de la novela familiar y la sustitución y redefinición de los contratos (familiares).

 

[15]La prueba: “Creía que cuanto más dura fuera la prueba, mayor sería el premio”; “Después de ver todo esto me surgió la sospecha de que alguien más sobrellevaba este peso en comunión conmigo, pero quería seguir con la prueba que me había impuesto”. Y los espacios homólogos: la escalera de la casa por donde “se podía descender aún más” era “de madera, semejante al pasillo de un barco”; la prueba-aventura permite descubrir  “cómo vivía esa gente que casi nunca veía, pero que también habitaban mi mente, mi casa”; y “Mientras recorría estas habitaciones me di cuenta de que estaba debajo del nivel del suelo, sumergida con la casa dentro de la tierra”  (págs.80-81, subr.mío). Espacios homólogos y verbos de ascenso y descenso.

 

[16]Estamos en el juego de cartas de poetas y artistas, en un juego donde la palabra, si recordamos la escena de la verdad, era correspondencia. Los poetas y artistas, su descendencia y su herencia, pero también la inclusión en los contratos jurídicos de construcción de la familia burguesa. Cada escritor/artista es narrado desde la definición del contrato matrimonial o social: William, que remeda la impugnación social de Amelia; el poeta que encuentra el equilibrio de las noches y los días en el contrato con Marta; el viejo escritor, que ingresa en el otro contrato de alfabetización con Fedra.

[17]Veamos las palabras en el cuentito del mal paso en la pensión francesa y el linaje de las costureras y tejedoras. Gránmama, la tatarabuela, que aparece sola en la foto familiar es una “madre soltera” y la palabra que elige la novela para narrar el mal paso es transformación. “Cómo se arregló el marino para seducir a mi tatarabuela es un enigma, pero el hecho fue que la transformó en madre soltera”; y “Sin que comprendiera a qué se debía semejante transformación” (pág.87, subr.mío). El encuentro entre el marino sueco y la adolescente (y estamos en el Buenos Aires de la mezcla y la transformación, en la ciudad-puerto de principios de siglo) se produce en la pensión francesa (“visitó a una amiga francesa, dueña de una pensión”) y define la exclusión familiar. Mezcla, transformación y exclusión, en el origen de la cadena, marcan el primer modelo de sexualidad y reproducción. Y también el cuento del mal paso con el marinero sueco en la pensión francesa (todas las lenguas en la figura babelizada de Buenos Aires que marca los sentidos de la inmigración y el riesgo de disolución del control social e higienista), en una nueva versión del cuento de la costurerita: “Gránmama se ganó miserablemente la vida dando clases de francés y cuando su hija Amelia tuvo quince años, ambas empezaron a coser para afuera” (pág 88, subr.mío).

 

[18]Trama, tejido y locura: “Así, medio atontada me topé un día con los ovillos. Agarré unos cuantos y los llevé a mi habitación y lentamente até un extremo de un ovillo rojo a la manija de la puerta, luego lo desenrollé hasta alcanzar la manija de la ventana. En seguida tomé otro, hice un nudo en la pata de una mesa y de allí hasta el clavo de un cuadro en la pared, así tejí una trama de lana de colores, que inundó la habitación de haces que se disparaban de un lado a otro cubriendo toda la superficie. Al finalizar me quedé parada a un lado, mirando fijamente la trama. Había copiado, si era posible, los haces de luz iridiscente que veía correr por toda la casa” (pág.78,subr.mío). Notemos que estamos en el relato de la lucha por la cordura, pero también en el tejido y el patchwork que regulan la vida sexual de la abuela Marta. La abuela Marta: teje “con los ojos cerrados” mientras “el abuelo pulìa su personaje nocturno” (p.77). También se liga a la producción: “El constante tejer de Marta producía decenas de pequeños ovillos de lanas de colores. Los guardaba en una canasta con la idea de confeccionar cuadrados para luego unirlos creando mantas tipo patchwork. Así reuniría tejido para después del tejido y no tendría que mirar para ver qué pasaba con su marido” (pág.77, subr.mío). Corte y confección: las mujeres tejen, combinan nuevas figuras, producen, y separan-cortan en el mismo movimiento sexualidad y reproducción. Definen un modelo de regulación de la sexualidad. Hay que recordar que estamos en la novela de las regulaciones y exclusiones, entre contratos, linajes, nombres y costureras. Y recordar, también, que por afuera de las regulaciones tenemos dos figuras: la mujer del mal paso, pero también la mujer enfermiza. Elena: el otro modelo de la enfermedad en la novela, de la mujer-soltera, la anciana nombrada como niña  (y es niña porque no dio ni el mal paso ni el paso regulado), ni enfermera ni artista, “extremadamente obsesiva”, suicida, y endogámica (enamorada del poeta-esposo de la hermana). Es una de las figuras extremas de la novela, escindida de la producción (“Elena llegó a vieja, haciendo nada”), de la sexualidad y de la reproducción (“se negó hasta el beso de algún novio”, y a los sesenta años, en el ginecólogo, “perdió el himen bajo la presión del espéculo”): la virgen-suicida. En el otro extremo tenemos a la virgen-obesa que atraviesa sin percibir la aventura con el marino sueco y “sin pecado” concibe una hija. Veamos: a ambas figuras extremas las liga la palabra transformación (“La tía Elena se había transformado, tardíamente, en una mujer flaca”, pág.76, subr.mío). Pero volvamos, porque tejer, que es el verbo que se transmite en la cadena femenina (de Amelia a Marta), es también uno de los verbos de la trama de la locura y de los límites entre producción y reproducción. Tramar, tejer, enloquecer: tres verbos de sentido en Medio Grado de Libertad.

 

[19]Formas degradadas y menores de representación. Hay un juicio en la novela que se le hace a la narradora y sucede en el colegio en medio del intento fallido de escolarización y acceso al espacio público. En ese juicio aparecen las palabras del derecho (condena, jurado, parte acusadora, fiscal, proceso) pero también las palabras del revés (espectáculo). Como en la escena de la verdad, la escena del derecho aparece del derecho y del revés, en su formulación y su degradación, en su estrategia y su espectáculo. La cita: “En la sala de plástica se habían reunido todos los chicos de mi año, éramos catorce en total. Era fácil darse cuenta de quién era quién, tres sentados juntos a un costado constituían el jurado; Sabrina, mi acusadora, estaba de pie y todos los demás asistían al espectáculo. La fiscal los tenía a todos dominados, gracias a algún arte que no era la inteligencia ni la información” (págs. 105-106, subr.mío).

 

[20]Una cita, en las técnicas y soluciones y en las constelaciones del sentido de la novela de Aboaf: “Pero Mark Measures era buen dibujante. Se había ejercitado en estas técnicas hasta lograr mapas precisos. Cada tanto diseñaba sus inexplicables cartas, volcando en el papel lo que sólo él veía pero luego los escondía para que nadie encontrara lo que podrían ser rastros de su locura” (pág.119, subr.mío).

[21]Las ilusiones perdidas: “Podía sentir que esas palabras estaban impregnadas de un significado sagrado”; “La vidente examinó detenidamente el papel, como si estuviera descifrando un significado oculto en las cuatro palabras”; “Algo sagrado sucedía en esa habitación y yo participaba desde afuera” (págs. 26, 27 y 34, subr.mío). Lo sagrado, como zona inmaculada y trascendente del sentido, en la proliferación de las imágenes blancas y de purificación, más allá de los límites y la diversidad de las lenguas, en un punto hermenéutico de reducción de esa diversidad a una unidad de sentido, pero en el relato de las mezclas sexuales y nacionales. Son las cruzas de la novela de Aboaf.

 

[22]Por lo menos cuatro versiones: el naipe, el tarot, la escritura y la correspondencia. Y una versión más: la cartografía.

 

[23]Ver Vezzetti, Hugo, La locura en la Argentina, Buenos Aires, mimeo.

 

[24]Coni, Emilio y Meléndez, Lucio, Consideraciones sobre la estadística de la enajenación mental en la provincia de Buenos Aires, folleto, Buenos Aires, Pablo Coni, 1880. Citado y analizado por Vezzetti.

 

[25]Ver Foucault, Michel, Los anormales, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2000.

 

[26]Locas dos veces: o locas-enloquecidas (Fedra, Julia) o locas-perdidas (Gránmama, madre soltera).

[27]Pág.45, subr.mío.

 

[28]En Fedra: “Fue en esa casa en la que nació Mark, y acunado entre los libros y la enfermedad, heredó ambos” (pág.46,subr.mío).

 

[29]Mezcladas, la vida y la literatura: “Siempre que podía, sacaba a su hijo de la cuna y le contaba historias que había leído, como si fueran episodios de su vida” (pág.46, subr.mío).

 

[30]Pág. 51, subr.mío: “Mark había tomado la costumbre de hablar solo, en voz alta, dejando que la estela del barco se llevara el sonido de sus palabras. Intentaba organizar un relato que lo ayudara a no volverse loco”.