Aboaf Petit de Murat, Claudia

 

Medio grado de Libertad. Editorial Altamira, Buenos Aires, 2003.

Novela.

 

Fragmento: La faja de hierro


 

El océano había intentado sacudirse los barcos de encima varias veces durante el reciente viaje de William.

Hizo crujir la madera y los hierros de la embarcación casi sin parar durante los tres meses que duró el trayecto.

Ya en el puerto de Bristol una fuerte lluvia mojó sin remedio a los changadores, pero no a las cosas, más protegidas que ellos por los cobertores que proporcionaba la empresa naviera para los baúles de los pasajeros. 

Antes de embarcar había pasado dos días en Forte Hotel donde se alojaban viajantes de comercio y gente de negocios en general. Habitualmente los huéspedes eran hombres.

Allí se hospedaba William, que cargaba –entre otras cosas– varios pares de zapatos dentro de su baúl. Los zapatos eran importantes para William porque pensaba que la conducta de una persona se reflejaba en ellos. Creía tener el poder de adivinar la manera de actuar de una persona mirando con detenimiento, antes que su cara, su calzado. Hacía años que confiaba en esta observación para sus negocios. Podía deducir si un vendedor era un hombre firme y decidido si éste llevaba un calzado que denotaba un paso enérgico, con los tacos algo gastados por el taconeo casi militar. Aun cuando lo viera sentado.

La elección de su calzado en cada ocasión lo demoraba en la habitación del hotel. Sacaba del baúl los ocho pares con que viajaba y los colocaba sobre un paño, arriba de la cama. Ese día eligió un par de botines abrochados con botones al costado de color negro, bien lustrados, comprados en Glasgow. 

La famosa humedad de Bristol –que mira al Atlántico a espaldas de Londres–, aumentaba en la zona del puerto; la bruma del mar, la niebla matinal y las lluvias continuas formaban una sustancia cuyo efecto pegajoso-adherente se depositaba sobre toda superficie, y los transeúntes, los carruajes, los perros, los caballos resultaban los encargados de distribuirla. Adherida a la suela de los zapatos, pintaba de color marrón el empedrado.

William, ya bien calzado para ese día, se detuvo un momento en el último escalón del hotel mirando fijamente el suelo. Sus zapatos se negaban a avanzar. Tenía que llegar al puerto pero el precio era muy alto: el contacto de sus lustrosos botines con la sustancia pegajosa y marrón. Luego de sostener unos segundos el pie derecho en el aire, tomó aliento y con paso decidido –siempre marcando el acento con el tacón– apoyó la suela allí donde la gravedad lo guió: el suelo de Bristol. 

Una vez en el puerto, intentó seguir con la vista el cargamento, pero le resultó imposible identificar sus baúles debajo de las lonas iguales en las que se distinguía una sigla: H.M.S. (Her Majesty Steam-ship). 

En la bodega del barco, sumergida en parte, los arcones se golpeaban unos contra otros aún antes de que el barco cruzara la boya roja que era el límite entre aguas de puerto y altamar. Uno de los baúles llevaba los efectos personales del escocés. Tenía la tapa curva. Se distinguía también por el uso que había impreso escaras y cicatrices a la madera. Cuatro fajas de hierro le daban la vuelta completa y cuando estaba cerrado, parecían no interrumpirse en la ranura que dividía la tapa de la caja. Estaban algo herrumbradas y una de las laterales, despegada ligeramente de la madera, podría ser sacada deslizándola por el costado.

Ya desde el comienzo de la larga travesía, el marinero a cargo de la bodega advirtió que durante la noche faltaba la faja, y a la madrugada aparecía en su lugar.

Esa mañana se tomó un momento para observar con detenimiento la faja de hierro que había retornado adonde pertenecía. Tenía una oreja de metal de la que pendía un grueso candado, faltaban los remaches que lo sujetaban y mientras el marinero observaba frotándose el codo izquierdo –tenía esa costumbre– pensó que la faja debía ser utilizada en las noches para alguna otra cosa. 

El cielo, siempre indiferente a las necesidades de los hombres, continuó su descarga de agua y viento mientras la nave avanzaba por el Atlántico hacia Sudamérica. El barco ostentaba las siglas de su majestad y los pasajeros intentaban estar a su altura a pesar de los azotes de las olas. Todos ocultaban los efectos de las noches de insomnio y las descomposturas. Algunos días, al alba, menguaba la tormenta. Pero el alivio era insuficiente para calmar los ánimos.

Cada pasajero enfrentaba esa noche como la última. Por momentos era difícil mantenerse sobre la litera y un golpe podía ser peligroso. Durante el día nadie comentaba su lucha nocturna. Al llegar la oscuridad, cada cual se retiraba a su camarote. El consumo de alcohol había aumentado y los hombres llenaban sus petacas antes de abandonar la zona común. Ultimamente, también las mujeres. 

Ya hacía tres días que navegaban y el mal tiempo continuaba. William salió de su camarote, fue por el pasadizo de estribor –a la derecha del barco– hasta el pañol de popa y desde allí accedió a la bodega bajando por la escalerilla. Se dirigía a la estiba de los pasajeros y ya a unos pasos de su baúl, escuchó voces. Se aproximó sin que lo vieran y se escondió detrás de unos fardos que servían para alimentar a una vaca, propiedad de una familia argentina que la llevaba para dar leche fresca a los niños.

Observó que se estaba desarrollando una partida de cartas entre unos hombres que parecían muy rudos y un grumete joven y delgado. Este tenía una edad en que la carne parece masilla. A los dieciséis años todo lo que sobresale del tronco se estira, se alarga. En poco tiempo más sus rasgos quedarían definidos.

Ahora su apariencia era delicada, frágil. No había cambiado mucho desde que su padre, que veía a su hijo como una indescifrable creación de la vida, más que de sí mismo, lo embarcara sin siquiera preguntar adónde se dirigía aquel barco. Le dio, sí, una breve explicación acerca de su apellido y luego, ignorando que ese navío cruzaría el Atlántico hacia El Plata, lo empujó con dos dedos. Parado al final del puente, en el barco, lo esperaba un enorme cocinero y, como no le ofreció la mano, Mark, que tenía cinco años, se aferró de su delantal manchado que flameaba al viento. Desde entonces ya llevaba más de una docena de travesías uniendo Inglaterra y El Plata.

Era de origen irlandés. El escaso vello que le crecía en las patillas era colorado y en el pelo ondulado se notaba el gesto de alisarse la frente con la mano engrasada. El resto de la cabellera era encrespado. Tenía los ojos azules y el pecho un poco hundido por no haber decidido qué postura ponerle a la vida.

Se miraba la uña del dedo gordo de la mano con que sostenía las cartas. Las otras, ocultas detrás, también estaban sucias. Nadie se aseaba demasiado en el barco, pero a él se le sumaba la edad de no lavarse. Su falta de aseo lo diferenciaba de los pasajeros, que olían distinto. Pero no los de aquí abajo, en la estiba del barco. William completó su observación: el chico no usaba zapatos.

Su contrincante tenía unos enormes antebrazos, que pertenecían al segundo contramaestre. Su piel lisa no mostraba ningún tatuaje. También estaba mirando las cartas que eran sostenidas por manos como tenazas. Levantó un poco la cabeza, miró a los otros hombres y masculló:

–Esta es la última mano, muchacho.

El muchacho levantó la vista. Pretendió sostener por unos segundos la mirada del segundo contramaestre. No pudo.

Quiso también decir unas palabras y, aunque lo hubiese logrado, no hubieran sido escuchadas.

Le tocaba repartir a él. Las manos le temblaban y sabía que su suerte se jugaba en esa mano. Ya no tenía dinero, pero estaba dispuesto a ganar. Claro que estaba dispuesto.

Era su primer viaje como grumete, ya había limpiado cada una las sentinas del barco y ya había vomitado todas las veces posibles, incluso una a barlovento ante las carcajadas de los demás marineros. Su abuelo había sido marino, también su padre, y una inercia genética lo había llevado hasta allí.

La cara del grumete se iluminó de alegría al ver sus propias cartas. Intentó disimular su sonrisa ante aquellos hombres que ni siquiera lo miraban. Adoptó una soltura en las manos y en la posición de su cuerpo tan verdadera que hasta el imbécil de Lawson –el contramaestre– se dio cuenta de que era falsa.

A William, en cambio, le pareció que el muchacho estaba por desmayarse. Su intento de bluff había fracasado. Dijo:

–No tengo más dinero.

La mesa adoptó la solemnidad de un tribunal.

–¿Qué fue lo que dijiste muchacho?

–Q..que no tengo más dinero –tartamudeó.

–Cuando un hombre no tiene dinero no juega –dijo el contramaestre y su enorme humanidad se puso de pie.

El peor golpe estaba por venir.

William, que observaba todo desde su escondite, iba a intervenir, cuando sus ojos se detuvieron en los zapatos del contramaestre.

Eran dos botines muy gastados.

Pero pudo distinguir que eran ingleses, de caña alta, Box Calf negro, muy resistentes. A pesar del uso se veía la doble suela. Alguien había invertido dinero en esos botines, y en posesión de Lawson habían sobrevivido.

Analizó concienzudamente el derecho y el izquierdo

–iguales entre sí, dado que se confeccionaban sobre una única horma– y llegó a una conclusión: el portador de estos zapatos era una buena persona. La revelación provino más que nada de un detalle; el paso gastaba el tacón de manera especial, parejo. Quien los gasta de ese modo, es alguien que teniendo un peso considerable, intenta no molestar con el ruido de sus pasos. Este hombrón debía de apoyar delicadamente cada botín sobre el suelo.

Lo que vino después hizo que William pensara que se había equivocado. 

Ante la mirada asombrada de William, Lawson sacó de su bolsillo una tela de fino hilo escocés que pertenecía a su propio cargamento. Hecha un atado con un cordel la puso sobre el tonel que hacía de mesa de cartas, la aflojó tirando de la cuerda, y dejó al descubierto la cucaracha naviera más grande que se hubiera visto. A diferencia de las de tierra, éstas tenían un color acerado ligeramente verdoso. Posiblemente muerta de un golpe, el enorme insecto flotaba sobre su propio jugo viscoso.

–Ahora, la prueba. 

William era un hombre de acción y ese día llevaba los botines ad hoc. Dio un paso adelante y clavó sus ojos en los de Lawson, sabiendo que, a causa de sus muchísimos años de navegante, el contramaestre no estaba programado para sostener la mirada de un hombre perteneciente a una clase superior a la suya. Después tomó la cucaracha con dos dedos y se la tragó. La escena se inmovilizó. Todas las miradas se concentraron en William, que se alejó con paso firme hasta desaparecer por la escalera de popa.

Por un minuto quedaron en silencio.

Lamentablemente, William no pudo comprobar lo acertada que había sido la lectura de los zapatos del contramaestre porque no lo escuchó decir:

–Eso es un hombre, muchacho. Un hombre capaz de hacer algo que ni yo me hubiera animado a obligarte a hacer.

Continuó contándole que en los viajes siempre ocurren pruebas que no se olvidan. “A lo sumo podrás aislar un recuerdo así, como si sólo fuera posible dentro de este barco. Pero si alguien pudiera observar a un grupo de personas encerrados aquí por tres meses, enfrentando tormentas, alimañas y semejantes, vería cada viaje como una muestra apretada del mundo.”

Al contramaestre le gustaba transmitir sus reflexiones y tenía algunas frases que guardaba para ciertas circunstancias:

–Por más que intentes escaparle, nadie puede evitar su futuro– dijo.

Inmediatamente el muchacho recordó cuántas veces había imaginado que una cucaracha se le metía dentro de la boca mientras dormía. Casi había interrumpido la herencia marina de su familia a causa de las cucarachas, y ahora este hombre, el pasajero, se la había comido sin dudar.

Y lo despidió diciéndole:

–Esta vida no es para alguien tan delgado.

–Pero ya creceré.

–No con la comida de a bordo. 

El grumete, que no usaba zapatos cuando estaba embarcado –calzaba su único par en tierra–, era un mapa sin dibujar todavía. De manera que podía ir por todo el barco con un paso silencioso y sin dejar huella.

Las palabras del contramaestre habían creado en su alma un resquicio que se mantendría abierto por mucho tiempo. Y luego estaba el hombre del pasaje que había intervenido en su favor. Tal vez a partir de ahora, Mark tendría que conseguirse unos botines que marcasen sus pasos al caminar.

Le pareció ver al hombre a través de la bruma que comenzaba a descender sobre cubierta y lo siguió. Se detuvo un instante al comprobar que si quería continuar detrás de él tendría que ingresar a los camarotes del pasaje y decidió hacerlo, contando con que a estas horas todos los pasajeros estarían tan absortos y revueltos con las sacudidas del barco que nadie notaría su presencia.

En otras ocasiones había espiado mujeres desvistiéndose pero hoy su interés estaba centrado en el misterioso pasajero.

Lo primero que hizo William al llegar a su dormitorio fue sacarse del interior del puño de la camisa perfectamente blanca la asquerosa cucaracha. La sacó con la punta de los dedos y la arrojó rápidamente al piso. Había aprendido el truco en Escocia, de un compañero de fútbol que simulaba, para divertirse, llevarse a la boca todo tipo de cosas. Pero nunca imaginó hacerlo con algo tan asqueroso. Revisó el puño de la camisa y al advertir que parte del líquido viscoso la había manchado, se la sacó rápidamente tratando de encoger la mano para que no entrase en contacto con él. Ahora tenía que enfrentar otro problema: no levantaría con la mano la cucaracha del suelo, y jamás la empujaría con sus zapatos. Se quedó parado mirándola sin saber que tenía un espectador. El grumete espiaba a través de la separación de la puerta y el marco que era exageradamente grande. Las aberturas se habían fabricado pequeñas y los carpinteros tuvieron que poner un gozne doble para que pudieran cerrar. La mitad superior era de tablillas de madera dispuestas como persianas, de modo que en estos barcos la intimidad era muy escasa. El mobiliario era de madera oscura, la cama tenía columnas torneadas y capitel. Un espejo de importante tamaño estaba empotrado en la pared al costado de la deficiente abertura. Habían colocado pasamanos en los espacios libres de las paredes para que los pasajeros pudieran sujetarse.

William se desnudó completamente. Se desplazaba por la habitación sorteando al insecto que por ahora había quedado en el suelo. 

Hacía un rato que el barco había iniciado el habitual bamboleo que iría en aumento durante la noche. Ya comenzaba a sentir los latidos de su corazón y un movimiento dentro de su cabeza similar al de las olas cuando no van en una sola dirección sino que rompen entre sí en medio del océano. Los chasquidos del agua golpeándose le producían una presión en la tapa del cráneo. William se mareó y fue sintiéndose preso de una agitación incontenible.

Esto le ocurría todas las noches de tormenta. De pronto su dormitorio se volvía una cabina opresiva, lo desesperaba la idea de no poder salir de allí, bajarse del barco. Empezaba a sentir el impulso de salir corriendo por los pasillos, gritar que el mar se quedase quieto, que el barco se detuviera y que su cerebro se calmase. Hablar con alguien tal vez lo calmaría pero ¿cómo confesar su miedo? Del mismo modo como llevaba haciéndolo las últimas tres semanas, se subió hasta el torso la faja de hierro que había retirado de la bodega. Sentado en el piso, se arrastró barriendo con las nalgas el suelo de su camarote hasta poder sujetarse con el candado a una barra de bronce bien afirmada a la carcasa del barco. Parecía un prisionero peligroso atado para seguridad del pasaje, pero en verdad, William sólo era peligroso para sí mismo. Su piel blanca estaba lacerada debajo de las axilas y la presión de la faja no lo dejaba respirar con comodidad. El grumete vio el miedo en su cara. Muchas veces había tenido miedo pero nunca lo había visto.

A William lo tranquilizaba apenas la firmeza del hierro sujeto al barco y era en esas noches en que, atado, bien sujeto por la faja de su baúl, en su mente acechaban ideas que surgirían años después, al golpearse la cabeza. Entonces ya sabría que nada lo podría sujetar. 

De pronto el cielo se detuvo. Cesó la tremenda tempestad que empujaba el barco de lado para después enderezarlo de un soplido. El grumete, que observaba por detrás de la puerta, se sostenía de un pasamanos y tenía la mano agarrotada. Aun luego de unos segundos de calma no acertaba a soltarse. Además, todavía la imagen de William –o del miedo– seguía aferrada a su retina. Había viajado hacia su sistema nervioso sin encontrar donde asentarse. La idea que se había formado de ese hombre no se correspondía con lo que veía en aquel instante.

En ese momento se abrieron dos nubes como un telón para dejar pasar algo de luz de luna. El chico vio cómo entraba un haz de luz blanquecina por el ojo de buey y se derramaba sobre el insecto en el medio del camarote. Un instante más y la cucaracha había desaparecido.

Soltó la mano agarrotada y se paró para no mirar más lo que veía. Subió a cubierta sin darse cuenta de que, lentamente, casi como zombies, empezaban a subir todos los pasajeros y la tripulación para enterarse del extraño fenómeno. El barco parecía una catedral bañada en luz de luna. Era una nave espectral que se deslizaba sin ruido en un mar que repentinamente había quedado calmo, aceitoso. Dejaba una estela plateada y la gente había olvidado por un instante toda formalidad. En un silencio casi religioso peregrinaban sin hablar, vestidos o desvestidos, como estaban. 

El grumete miraba el cielo. En vez de estrellas luminosas veía puntos más oscuros aún que la oscuridad, de masa estelar negra, que contenían un centro que giraba a altísima velocidad. Se hallaban a una enorme distancia entre sí. A medida que recorría esta porción de cielo una y otra vez –fascinado con lo que veía– le resultaba inevitable unir un punto con otro, como hacían los antiguos. Lo acompañaba en la tarea la memoria de este ejercicio. Hacía ya cientos de años que nadie lo hacía, sin embargo alguna vez fue una tarea importante. Mirar el cielo cada noche y encontrarse con los mismos puntos luminosos que, guardando una exacta distancia entre sí, se habían movido en la bóveda celeste, y atreverse a ponerle un nombre. Este bautismo de estrellas fue lo que hizo del cielo su cielo. Surgían de la imaginación de estos delirantes de la humanidad, figuras míticas de memorias antiguas, animales que se mezclaban con ángeles; hombres gigantes sosteniendo en sus manos armas para la supervivencia, como los arcos y las flechas. Los peces eran alimento, los escorpiones eran miedo, la cabra era capaz de subir cumbres y el aguador era imprescindible para la vida diaria. ¿Por qué no darles un lugar en el cielo? Dibujar constelaciones era una tarea sagrada.

Más adelante se descubrieron más de ellas. Pero la gran tarea ya estaba hecha. El grumete cumplía con su labor; su mirada iba de un punto oscuro a otro, uniéndolos, y figuras inquietantes surgían ante sus ojos… un espectáculo que suspendía toda emoción: eran constelaciones de agujeros negros.

En el puente de mando, el timonel trataba de mantener la proa contra el viento. El vidrio de la timonera goteaba en un cielo estrellado. El buque venía haciendo capa cuando el temporal se detuvo. El oficial, con el sextante en la mano en esta noche repentinamente luminosa, buscaba desesperado una estrella para guiarse; la estrella segura que confirmara su posición.

El chico seguía con la mirada que el haz de luz de luna le había puesto en el pasillo de acceso a los camarotes. Esos ojos trastornados veían un cielo que los demás no podían ver. Al desprenderse del firmamento, comenzó a bajar la vista, y esa luz que se había tornado violeta radiante dejaba una halo también en las velas, que ya se hinchaban con el buen viento mientras el segundo contramaestre decía con cara de franco placer:

–Hala, hijos –a los hombres que cobraban un cabo. 

El muchacho, erguido, plantado sobre el piso de madera húmeda, siguió bajando la vista hasta encontrarse con sus pies envueltos por la luz como unos zapatos. Al verse calzado balbuceó unas palabras cuyo significado no conocía, que serían repetidas por alguien en Buenos Aires cuarenta años después:

–Poder ilimitado.

–Eterna duración.

–Armonía absoluta. 

Más tarde esa misma noche, el contramaestre y William se encontraron mirando el cielo que, misteriosamente, se mostraba calmado y silencioso. A pesar de la desconfianza que le producía el contramaestre, este hombre lo intrigaba por su propio error de juicio. Durante muchos años, muchas personas habían pasado sin que él se equivocara en el análisis de sus zapatos. Y ahora estaba junto a este hombre que le alteraba por completo la razón. De modo que no pudo evitar dirigirse a Lawson.

–Sus botines están cuidados –dijo William rompiendo el sagrado silencio que se había instalado en la nave.

–Son un legado de mi padre –contestó lentamente Lawson. Estaba como en trance. –Estos zapatos llevaron la delantera a muchos otros que venían detrás. Ocurrió en la famosa revuelta de Shoeless, que se recuerda porque la mayoría de los hombres que protagonizaron el tumulto iban descalzos y fue el mismo rey quien se dirigió a ellos diciendo que una revuelta que ni siquiera hacía ruido no valía más que el gateo de un niño y mi padre, que calzaba estos botines, se adelantó entre la muchedumbre haciendo todo el ruido de que era capaz al apoyar sus suelas contra el empedrado. Llamó la atención del monarca y le dijo “¡Todos llevaremos zapatos si nos dejan trabajar!” Luego los molieron a palos, pero por lo menos tuvo que prestarle atención. 

–Se lo recordó siempre por ellos, así que mi padre se esmeraba en cuidarlos ya que todos los habitantes de la ciudad los miraban cuando caminaba por las calles de Bristol. Anduvo el resto de su vida de aquí para allá en el puerto, cargando estiba en los barcos. Murió y sus compañeros me entregaron los zapatos, que aún tenían vida.

–Nobles zapatos.