CLAUDIA HERNÁNDEZ COMIENZA 

“Y el anillo gira y gira/ mientras yo me dejo”, se oye decir mientras la posesión –el entrabamiento amoroso- vuelve a ser lo mismo, como en los personajes del Cuarteto de Alejandría: encuentro de dos soledades. Lo que junta al hombre con la mujer, al amor con el amor, tórnase, pronto, propósito ruinoso. Poseer el cuerpo amado precipita a su desgano. El tiempo –la rutina- hace desastres con el ardor, la inventiva ausencia que requirieron Gaspara Stampa, Louise Labée, Mariana  Alcoforado y tantas veces marina Stvenaieva para desear invisblemente al amado y gozarlo imaginándolo.

La imagen anotada arriba es confidencia de El humo que me intenta (Secretaría de cultura del estado Aragua, Maracay, 1.993), y, que sepamos, da por primera vez nombramiento a quien comienza, a Claudia Hernández, a decir una poesía, con frecuencia realizada en su planteamiento formal, en su entonación temática. El hastío del amor, su agotado goce, o su nuca añorada sabrosura, ensombrece el soliloquio, lo hace pronunciar un decir amargo, a menudo violento –o violentado-, como si el poeta esperara del poema un beneficio exorcista que conjure no sólo el recuerdo “ Ya no podrías/ venir a retratarme/ con ese rostro sin fecha” –sino al ser todo que los suscita, lo personifica: él, el amado en el amor yerto, en su carcoma. Ello permite a Claudia Hernández a partir de esa constatación de que “puedo besarte a veces/ haciéndote creer/ para que no abundes”, entender el mundo como un largo vencimiento, un mismo desgano. (el mundo es demasiado aquí).

Como el cuerpo amado, no promete permanencia en lo sublime, nos inventa. La rutina del mundo no nos deja ser dioses. Aquella pretensión de ser uno en el amor es la misma con la que creíamos devolverle al mundo sus dioses, aquellos que se unieron a nosotros alguna vez humanizando el infinito, haciendo íntimo el espacio.

Hay, creo, esa doble evidencia en El humo que me intenta: el desánimo amoroso, el desánimo metafísico. El cuerpo no fue más allá de su rutina; el mundo limita. Si Claudia Hernández se ha propuesto exigirle a la poesía que responda a ese doble vacío, en este primer testimonio escuchamos la voz que ha elegido para increparla: “ No entiendo/ cuando te desnudas/ en las ventanas/ mostrando huesos y venas/ -imagen agria-/ sólo puedes mitades/ descubro/ que hay menos/ ya no presto atención/ a nada/ ¿en qué estrofa iba?”.

Me gusta esta escritura: no concede, no abunda, elige lo sucinto, lo poco, para aspirar a la más alta resonancia. Me gusta también, cómo la confidencia se entraña, cómo pasa a ser, al transfigurarla, pensamiento e imagen de lo nulo. El confidente inútil –el amado- hace rato que se confunde con la voz sola que no nombra al otro ni siquiera para saberse llamado a nadie en la memoria, en su cuerpo, sino que se soporta, se acepta ser el hastío en todo, el hastío existencial. Estamos más solos porque hemos amado. Alguien repite en nosotros el mismo encono, la misma burla del cuerpo que nos prometió el imposible uno del ser, la anulación luminosa en el otro. Leo, entonces, el poema último del libro y sé que Claudia Hernández entiende a la poesía como una inteligencia con el desasosiego  de sabernos rutina, ley d ehumo, costumbre. Somos, indistintos, lo mismo sordo, él, ella, el aquí, el infinito. Nos hablaron de un reino; nos dieron un cuerpo… “Lamento ahora de pie/ Fridda, Fridda/ cuerpo corsé/ miedo/ de soñarme un cuerpo de venado/ Fridda, marido gordo”.

Así comienza Claudia Hernández y es como si ya estuviera lejos.

 

Luis Alberto Crespo

Poeta y ensayista venezolano

Artículo Publicado el 13 de abril de 1.994

Diario El Globo (Pág. 19) Venezuela .