| “El gran falsificador" | |
| Por
Mauricio Videla
En la historia de la literatura abundan los ejemplos de falsificadores, falsificaciones y engaños deliberados. Jorge Luis Borges, en la Argentina, ha desarrollado el arte de engañar al lector, por medio de un complejo aparato de citas y tratados imaginarios que utiliza como punto de apoyo para la creación de sus ficciones. Mientras que Marco Denevi se ha caracterizado por la configuración de una antología personal, por el despliegue de la ironía que presenta bajo el título de "Falsificaciones". Sus textos se insertan en una larga tradición literaria, en la cual el lector es advertido del artificio y del juego preparado. Sus relatos son un deleite apócrifo, un mensaje fraguado por el autor para ejercer su voluntad como si se tratara de un abanico de posibilidades que a veces guardan relación con textos de autores conocidos, como Kafka o Nietzsche, o estilizados por una veracidad imaginaria. Por ello, definir la fantasía en literatura es, en cierta manera, admitir que la imaginación traspone el umbral de la memoria para convertir en ficción aquellos hechos que subyacen en el anonimato de la historia. En otras palabras, podemos decir que falsificar un hecho es desnudar aquellos aspectos de la verdad que se ignoran. Podríamos juzgar al Judas que nos propone Borges en "El otro Judas" o amenazar la historia particular de un hombre "odiado" que actúa por el designio y la ambición desmedida de su mujer como presenta al "Judas" personaje Marco Denevi. Falsificar la fantasía La actualidad, a su modo, manipula la historia para convertirla en un hecho fantástico, tan particular como aquel que ha sabido interpretar el realismo mágico, el absurdo o el surrealismo. La fantasía de Denevi es difícil de encasillar, guarda lucidez, es penetrante, por momentos ácida e interpreta la realidad buscando un equilibrio entre el vencedor y el vencido, acercándose paulatinamente a los colores de la incógnita. Un juego que acerca sus personajes más patéticos y ridículos. Entonces podemos decir que su paleta no dista de los tonos que impulsó el realismo mágico, el absurdo o el surrealismo. Como autor, Denevi ironiza y propone un escape de la angustia a través del grotesco. Una salida que elude con una carcajada la pesadez de la tragedia, como si quisiera ayudar al lector a trasponer los límites que él ha traspasado, una marca personal que no abandona a la literatura ni su dinamismo. A Denevi lo irrita la tontería, detesta la frivolidad y acusa todo acto gratuito. Un escritor que no ha cedido a la moda, aunque ésta le asegure el éxito masivo. Ya que la literatura argentina muchas veces ha perdido el rumbo por ser fiel a la moda o a la estupidez. Cristina Piña dice: "Marco Denevi es un escritor posmoderno, es el gran enganche con Borges, para mí entre ellos hay una línea de continuidad. Borges era posmoderno sin saberlo, vivía la experiencia de la caída del sentido, por ejemplo. Denevi tampoco se propuso serlo. No se puso a actuar de posmoderno profesional, con una actitud de revista ilustrada, lo fashion en rigor no tiene nada que ver con la experiencia pero si con la frivolidad del mercado." La inquietud ciudadana Su literatura se enfocó en los problemas de la sociedad, en las fallas de la representación política, la corrupción, y en los excesos de la "viveza criolla." Denevi quería destruir esta subcultura, los oficialismos y las demagogias. María Bosco afirmó que "La obra de Marco Denevi es un semáforo rojo para la estupidez." Syria Poletti escribió en "El idioma de Marco Denevi" que "La mayor contribución de Denevi al idioma es que, a través de su narrativa, ingeniosa y universal, ha logrado un alto voltaje de comunicación política." Un escritor que buscó en el periodismo esclarecer problemas y plantear dudas. Afrontó esa tarea desde los artículos que publicó en La Nación; algunos de ellos reflejan sus preocupaciones ciudadanas: "Los monarcas de la República", "¿Gobernantes cuerdos o gobernantes locos?", "Me gusta ser argentino", en los que afirmó: "Mi único proselitismo es en favor de la democracia". El lenguaje: fondo y forma Denevi posee un idioma propio, multiforme e imprevisible. Construido a través de las inflexiones de la oralidad, un arma irónica de doble filo, capaz de convertir una oración en una aseveración cáustica. Él comenzó a deslumbrarnos con “Rosaura a las diez”, una suerte de muestrario de lo que él podía hacer con el lenguaje, asumiendo todas las exigencias expresivas de sus personajes. "Para él las concesiones comienzan con las palabras. La palabra cauteriza o contamina. Es el único elemento de juicio para la indagación de las ideas. Creo que el mayor mérito de Denevi es su constante empeño por convertir la palabra en elemento capaz de producir la erosión de las escorias que nos aplastan. Porque teníamos un idioma ambivalente, politiquero, infatuado, acartonado, discursivo, sinuoso, retórico, artificioso, gratuito, ocioso, lleno de recovecos y de trampas. Un idioma que parecía hecho para ocultar la verdad, para disfrazarla, atenuarla, minimizarla, demorarla, neutralizarla. Y la tarea del escritor es la de devolver al idioma no tanto su pureza etimológica, sino su poder semántico. “Vivimos una profunda crisis de fondo y forma, una crisis global que se refleja en el embrutecimiento del lenguaje. La manera más directa de desacralizar la vida es desacralizar la palabra. Por eso creo que el constante empeño de Denevi para renovar el lenguaje, quitándole solemnidad primero, haciéndolo llano, coloquial, luego enriqueciéndolo de vocablos y de formas adherentes a las nuevas exigencias expresivas; no sólo obedeció a una tarea literaria, sino a su visión ética de la historia, visión implícita en su concepción creadora, inclusive en su literatura llamada fantástica”. Según señala Silvia Poletti en "El lenguaje de Marco Denevi". La literatura es falsificación Denevi un hijo de inmigrantes italianos, si quería ser fiel a la mecánica de su propio pensamiento, debía abrir cauce a su propia vertiente expresiva. El babilonismo cultural lo impulsó a explorar el idioma de los argentinos, su precisión y ajuste. Los resultados quedaron demostrados en el uso consciente de un lenguaje dinámico, nuevo, para expresar su ironía inagotable, los prejuicios, las falsedades, la hipocresía y falacias de los hombres y sus obras; una constante demolición de subcultura, oficialismo y demagogias. Su prosa, por su plasticidad, recuerda los cines de barrio, los filmes mudos y la expectativa del piano. Su forma discursiva no se asemeja a ningún otro escritor argentino. Aunque podría aproximarse al interés ciudadano manifestado por Marechal, pero su prosa se autoexige un esfuerzo de concentración, alejándose del giro metafísico. Una forma literaria que se reconcilia con la simplicidad de lectura del símbolo, acercando el trato familiar y la intencionalidad sutil de gestar un instrumento aparentemente simple, coloquial y desenfadado que se resuelve en el tono pictórico de sus paisajes. En su obra no existe una metafísica de la estética, por consiguiente, no existe una metafísica del lenguaje, y por lo tanto no podemos evaluar si un escritor incide o no sobre el idioma, o sea sobre el estilo, vale decir sobre el alma de un país. Entonces, un escritor como Denevi, cuyo puesto de combate no está en los medios de comunicación masiva y que únicamente cuenta con la palabra, trata de potencializarla al máximo para llegar desarmado y desarmante, como la poesía, al alma del lector y sumirlo, sonrisa en la mano, a un autoexamen de sí mismo y del mundo. El quiere sacralizar la vida. El no puede vivir sin creer en valores, como la libertad, por ejemplo. Y libera lo que puede, lo que está en él: en su caso la palabra, para convertirla en un pájaro o en un explosivo que obligue a la reconstrucción moral del ser, de la literatura y del país. Sabemos que la formación de los idiomas nacionales coincide siempre con el nacimiento o florecimiento cultural de un país y con el libre desenvolvimiento del intelectual. País, intelectual, lenguaje. Tres componentes para una sola esencia: el hombre y su contorno; el hombre y su expresión. Denevi sacraliza la palabra como portadora de esencias; sacralizar no significa solemnizar, sino devolverle su estado originario, volverla apta para la fecundación: tornearla para que alcance el objetivo: el alma del lector. Denevi ha ampliado el espectro de su temática hundiéndose en los terrenos anegadizos de la realidad política y cultural del país. Pero hace rato que tenía la palabra en armas. Quizá su mayor contribución al idioma es que, a través de su narrativa imaginativa, ha logrado un alto voltaje de comunicación poética. Línea de relatos breves Denevi se relaciona con la tradición clásica a través de las reelaboraciones de mitos e historias famosas, como las tres interpretaciones que realiza de Judas Iscariote. O de la fábula como una modalidad narrativa de renovada eficacia, y canaliza por una visión satírica de la sociedad. Entre los fabulistas sobresalen Juan José Arreola, Marco Denevi y Augusto Monterroso. Escritores que han explorado con agudeza y talento las diversas modalidades del discurso ficticio. A partir de la década del ’50, en contraposición a las posturas narrativas del "boom", un pequeño número de escritores se dejan seducir por las posibilidades que brinda la minificción. como un nuevo registro literario. La ficción breve es explorada con gran soltura, transgrediendo las perspectivas o fronteras convencionales de los géneros poesía y cuento. Estos textos plantean una adscripción a la pluralidad textual, cuestionando la inflexibilidad genérica. Su brevedad no es su estatuto ficticio, sino una pauta distintiva que coloca a estos textos en una situación narrativa formulada por un espacio imaginario que sugiere algunos elementos, acción, espacio, tiempo. La narración está reducida a su mínima expresión, mostrando el quiebre de las fronteras entre la realidad y el sueño, como una súbita irrupción de lo fantástico. Siendo “Falsificaciones” de Marco Denevi el mejor ejemplo de brevedad y economía narrativa. El goce y la felicidad según Denevi "Mi mayor ambición es que el acto de la lectura sea de disfrute, de goce para quienes me leen. En estos tiempos en que tanto dolor y humillaciones nos inferimos unos a otros, hacer feliz a alguien es tan hermoso... A mí no me importa más que eso. Mis fieles lectores no me harán rico, pero me hacen feliz". |
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