El idioma de Marco Denevi
Por Syria Poletti
El escritor tiene su idioma propio. El de Denevi es único.
Tan único, tan multiforme, tan cambiante y siempre imprevisible y en
crecimiento, como es él. Uno lee a Marco Denevi y lo oye. Nunca logré
sustraerme a la sensación de oirlo, de oír las inflexiones, la manera irónica
de pronunciar vocablos de doble filo, el bajar el tono de voz para recalcar
ciertos significados o para convertir una oración en algo cauterizante.
Siempre se habló del fenómeno del idioma de Marco Denevi.
Comenzó deslumbrándonos con Rosaura a las diez, una suerte de
muestrario de lo que él podía hacer con el lenguaje: plegarlo a todas las
exigencias de las más diversas particularidades expresivas. Necesitaba un
instrumento dúctil en matices y penetrante en las intenciones. Incisivo. Creo
que éste es el término. De ahí su constante empeño por restar solemnidad,
sinuosidad, morosidad al idioma y devolverle, en cambio, todo el poder y la
sugestión de la precisión semántica.
Muchas cosas se dijeron a propósito del lenguaje de Marco
Denevi. Yo quiero señalar dos elementos que, a mi entender, no fueron
considerados y que a mí me parecen fundamentales: la búsqueda enriquecedora de
la sustancialidad del idioma y la linealidad. El lenguaje, en Denevi, es como
una aguja que registra los cambios que jalonaron no sólo su crecimiento como
escritor, sino toda su complejidad, sus contradicciones, sus búsquedas a lo
largo del dramático devenir del mundo, del país y la caída de las letras.
Aguja que registra los distintos caminos emprendidos hasta llegar a la elaboración
de un idioma acorde con su cosmovisión, con su filosofía de la vida; caminos
que van desde el empeño por la innovación literaria hasta el empeño por la
innovación y la originalidad creadoras.
Esa búsqueda se empinó siempre por caminos propios,
solitarios, disímiles, a veces divergentes. Pero fueron las oscilaciones de un
péndulo interior individual. Fue la búsqueda de un acento personal definido y
definitorio. ¿Acento en qué? Acento en la esencialidad y atemporalidad del
acto de escribir.
Muchos definieron esta búsqueda como
"ingeniosidad". Claro que la hay, pero la ingeniosidad no es más que
un recurso en función de la idea. Para Denevi lo esencial fue siempre la toma
de conciencia a la que obliga, aun en forma indirecta, aun cuando él sea un escéptico.
O lo parezca. Denevi posee un irreductible sentimiento ético de la vida. Por
ende, del arte. Por ende, de la lengua.
¿Qué tiene que ver la ética con el lenguaje? Todo. Es un
mismo núcleo. Las concesiones comienzan con las palabras. La palabra cauteriza
o contamina. Es el único elemento de juicio para la indagación de las ideas.
Creo que el mayor mérito de Denevi es su constante empeño por convertir la
palabra en elemento capaz de producir la erosión de las escorias que nos
aplastan. Porque teníamos un idioma ambivalente, politiquero, enfatuado,
acartonado, discursivo, sinuoso, retórico, artificioso, gratuito, ocioso, lleno
de recovecos y de trampas. Un idioma que parecía hecho para ocultar la verdad,
para disfrazarla, atenuarla, minimizarla, demorarla, neutralizarla. Y la tarea
del escritor es la de devolver al idioma no tanto su pureza etimológica, sino
su poder semántico. O sea su pura sustancia de vasos comunicantes.
La Academia fija vocablos nuevos: el escritor les da vida y
circulación. Una circulación arterial. Los incorpora al cuerpo vivo del habla.
Pero sabe que el cuerpo del habla hoy está enfermo. Vivimos crisis de forma y
de fondo, vale decir que la crisis global del hombre se refleja en el
embrutecimiento del lenguaje. La manera más directa de desacralizar la vida es
desacralizar la palabra, como está ocurriendo hoy, que vivimos el más impune
vaciamiento del habla. No podemos restaurar valores si no restauramos el
lenguaje. No va a ser a través de la labor académica, ni por decreto oficial,
sino a través del poeta, del escritor que pasa las palabras por su circuito
interior y les otorga radioactividad expresiva.
Por eso creo que el constante empeño de Denevi para renovar
el lenguaje, quitándole solemnidad primero, haciéndolo llano, coloquial, luego
enriqueciéndolo de vocablos y de formas adherentes a las nuevas exigencias
expresivas; no sólo obedeció a una tarea literaria, sino a su vision ética de
la historia, visión implícita en su concepción creadora, inclusive en su
literatura llamada fantástica.
El otro aspecto que, a mi juicio, no se evaluó y que yo
pude observar gracias a mi experiencia directa en el cambio de idiomas es la
linealidad latina que devolvió al caste!lano. Le quitó de encima siglos de
manipuleos, de mestizajes.
Sabemos que la evolución de una lengua no procede desde
arriba hacia abajo, sino desde abajo hacia arriba. Es el pueblo el que injerta
en el habla cotidiana los elementos vivos que modifican una lengua. Elementos
que proceden de todos los canales expresivos de un conglomerado humano en
acelerada combustión idiomática y, en particular, del diafragma vital,
emotivo.
Es sabido que el proceso inmigratorio rompió la continuidad
del léxico hispánico. Lo violó, como se dice. Con los inmigrantes llegaron
voces espúreas, modismos gráficos, barbarismos, lunfardismos, cosmopolitismos,
italianismos, voces dialectales, interjecciones, en fin, toda la carga
depositada en la genética comunicativa hereditaria. Pero también llegaron y se
incorporaron a esa mezcla fluida, los elementos que dieron funcionalidad al
habla. Fue posible adecuar el léxico a las imperiosas necesidades de comunicación
de las diferentes razas o diferentes genéticas expresivas que pululan en
nuestra formación cultural y lingüística.
La literatura de Marco Denevi irrumpe y se inserta justo en
el momento en que la baraúnda de voces, llamémoslas bastardas, alcanzando el máximo
grado de babilonismo, debía fundirse en canales lingüísticos idóneos al
sentir del nuevo hombre argentino. Y un hijo de inmigrantes italianos, si quería
ser fiel a la mecanica de su propio pensamiento, si quería mantener adhesión
entre emoción-idea, y palabra, debía abrir cauce a su propia vertiente
expresiva. Eso hizo Denevi, como hijo de inmigrantes, como porteño, como
apasionado del latín, del francés, del italiano. Y del castellano, por
supuesto, idioma de fronteras y aglutinante por tradición. Quiso devolver o
dar al idioma de los argentinos, la precisión, el ajuste, la formulación
directa directa, y no primaria entre idea y expresión, escrita y oral.
Parecía pedante porque así parecen todos los que siguen caminos propios y son
de cabeza dura. Saben donde apuntan pero no lo dicen. Lo dicen los resultados.
Los resultados consisten en el logro de un lenguaje
multiforme y dinámico, para expresar esa ironía inagotable, tierna o candente;
su necesidad de producir un súbito sacudimiento sobre los prejuicios, las
falsedades, las hipocresías y falacias de los hombres y sus obras; una
constante demolición de subcultura, oficialismo, demagogias, modas,
extranjerismos, esnobismos, en fin, el constante ataque a la estupidez
entronizada y atascante.
A mi no me recuerda a ningún otro escritor europeo. Su
prosa, por el grafismo, la inmediatez y la plasticidad, me recuerda más bien el
lenguaje del buen cine italiano. No me evoca a ningún otro escritor argentino.
Podria aproximarse a Marechal. Pero no: Marechal exige un esfuerzo de
concentración, un giro hacia la rarefacción metafísica que Denevi nos ahorra.
Pero su vuelo de intención alcanza el mismo voltaje. Es la intencionalidad
sutil la que da en el blanco. Y eso se logra a través de un instrumento
aparentemente simple, coloquial, desenfadado, a veces pintoresco, pero siempre
certero en la inoculación de ideas o en la extirpación de viejos y nuevos
virus. Aprendió a deslizar verdades como franco-tirador; su blanco es la
conciencia. La universal y la argentina. O la adoptada conciencia. Su posición
de descarga es la ironía, sutil , multiforme, agraciada, rica, sustanciosa y de
efectos muy distintos.
¿Cuáles son sus aportes al idioma nacional? Deberíamos
contar con un crítico capaz de analizar con elementos técnicos especializados
el aporte de un escritor al camaleóntico dinamismo del idioma de los
argentinos. Pero en los momentos de crisis total de la cultura, la gran ausente
es la crítica. En todos los aspectos. No existe una metafísica de la nueva estética,
o sea la metafísica que otorgue al arte un sentido trascendente. Por
consiguiente, no existe una metafísica del lenguaje y por lo tanto no podemos
evaluar si un escritor incide o no sobre el idioma, o sea sobre el estilo, vale
decir sobre el alma de un país. Entonces, un escritor
como Denevi, cuyo puesto de combate no está en los medios de comunicación
masiva y que únicamente cuenta con la palabra, trata de potencializarla al máximo
para llegar desarmado y desarmante, como la poesía, al alma del lector y
sumirlo, sonrisa en la mano, a un autoexamen de sí mismo y del mundo.
Yo diría que Denevi aportó su lucidez y su conmovida visión
del hombre para estructurar una nueva metafísica del lenguaje, si bien eso lo
veremos al finalizar el siglo. El quiere sacralizar la vida. El no puede vivir
sin creer en valores, como la libertad, por ejemplo. Y libera lo que puede, lo
que está en él: en su caso la palabra, para convertirla en pájaro, en
explosivo o en punta de diamante para la reacción de escombros y la
reconstrucción moral del ser, de la literatura y del país.
Sabemos que la formación de los idiomas nacionales coincide
siempre con el nacimiento o florecimiento cultural de un país y con el libre
desenvolvimiento del intelectual. País, intelectual, lenguaje. Tres componentes
para una sola esencia: el hombre y su contorno; el hombre y su expresión.
Denevi sacraliza la palabra como portadora de esencias; sacralizar no significa
solemnizar, sino devolverle su estado originario, volverla apta para la
fecundación: tornearla para que alcance el objetivo: el alma del lector. No
quiere intermediarios ni vetusteces, ni tapujos, ni extranjerismos: quiere un
idioma que nos devuelva la posibilidad de un nuevo génesis en la restauración
de la vida. Los medios de comunicación masiva nos traen el diluvio: que la
palabra-paloma vuelva a explorar el cielo.
Hoy Denevi ha ampliado el espectro de su temática hundiéndose
en los terrenos anegadizos de la realidad política y cultural del país. Pero
hace rato que tenía la palabra en armas. Sólo que no cargaba fusiles, sino
materia orgánica nuclear. No me refiero a una actitud subversiva. Me refiero a
la capacidad de cargar la palabra de poder cauterizante y terapéutico, o sea
forjar un lenguaje capaz de reflejar un sentimiento de autonomía, un anhelo de
civismo, de libertad, de belleza, y todo a través del poder de la narración.
Yo diría que la mayor contribución de Denevi al idioma es
que, a traves de su narrativa, imaginativa, ingeniosa, universal, ha logrado un
alto voltaje de comunicación poética.
Extraído de "Marco Denevi, Obras Completas", Vol.2. © 1983 Ediciones Corregidor
Encontrado en: http://www.literatura.org/Denevi/sobre_Denevi.html