Por Ángel Puente
Guerra Doctor en Letras
Toda obra de
arte opera como una caja de resonancia en la que encuentran eco las
circunstancias históricas, sociales, políticas, religiosas y culturales
de su contexto. En el caso de la literatura, la fuerza de la palabra
escrita nos permite explorar escenarios pretéritos o futuros,
identificarnos o disentir con quienes establecieron los hitos del mundo
civilizado y embarcarnos en la fascinante aventura del pensamiento humano.
Cada libro es una puerta abierta a un espacio propicio a la evasión, a
cuyo abrigo podremos reflexionar acerca de nuestra condición de seres
racionales. Los libros nos enseñan a vivir, ensanchan nuestro espíritu
y, al facilitarnos el acceso al acervo cultural de la humanidad, nos
convierten en individuos más íntegros. Basten estas palabras como breve
exordio a los párrafos que siguen, en los que nos proponemos evocar la
memoria de un hombre de letras cuya voz se apagó el sábado 12 de
diciembre de 1998: Marco Denevi.
El menor de los siete hijos de Valerio Denevi y María Eugenia Buschiazzo,
Marco, vio la luz el 12 de mayo de 1922 en Sáenz Peña (provincia de
Buenos Aires), aunque -para emplear una fórmula que el mismo escritor
utilizó más de una vez- "nació a la literatura" treinta y
tres años más tarde. Corría 1955, y el jurado compuesto por Fryda
Schultz de Mantovani, Manuel Mujica Láinez, Álvaro Melián Lafinur,
Rafael Alberto Arrieta y Roberto F. Giusti concedía el premio Kraft a
Rosaura a las Diez, novela de un desconocido que por entonces se desempeñaba
como jefe de Asesoría Letrada en la Caja Nacional de Ahorro Postal. La
conmoción que produjo la noticia en el mundillo literario (la editorial
Kraft había sido fundada en 1864 y gozaba de un bien ganado prestigio)
iba a reiterarse cinco años más tarde, cuando Ceremonia Secreta, una
"nouvelle" del mismo Denevi, se hizo acreedora, entre 3.149
trabajos presentados, al primer premio de la revista Life en Español, por
decisión de un jurado que integraban Octavio Paz, Arturo Uslar Pietri,
Federico de Onís, Emir Rodríguez Monegal y Hernán Díaz Arrieta.
La repercusión de los dos primeros textos narrativos de Marco Denevi iba
a exceder los límites de la palabra escrita. Rosaura a las Diez fue
llevada al cine en 1957, dirigida por Mario Soffici, con Susana Campos y
Juan Verdaguer en los papeles protagónicos, según una adaptación en la
que trabajaron en forma conjunta el novelista y el director del filme. La
película obtuvo el primer premio del Instituto Nacional de Cinematografía
y el Premio de la Crítica, y en 1958 resultó nominada para el premio al
mejor guión en el Festival de Cannes. La novela fue luego adaptada para
el teatro, y en 1961 Narciso Ibáñez Menta la presentó en televisión.
Ceremonia Secreta también fue llevada al cine, en 1968, bajo la dirección
de Joseph Losey y protagonizada por Elizabeth Taylor, Mia Farrow y Robert
Mitchum. Se respetó el título original (Secret Ceremony), pero poco más,
y el resultado fue una película deslucida y mediocre, lo que no deja de
resultar curioso, habida cuenta de que cinco años antes Losey había
dirigido El Sirviente, probablemente su obra maestra, y de que todavía le
restaban por filmar títulos tan destacados como La Inglesa Romántica y
una excelente adaptación del drama Casa de Muñecas, de Ibsen. La "nouvelle"
de Denevi se dio a conocer también en la televisión en 1961 (premio Martín
Fierro), 1980 y 1996; esta última versión estuvo dirigida por Alejandro
Doria, con la actuación de Esther Goris, Belén Blanco y Germán
Palacios.
Entre Rosaura a las Diez y Ceremonia Secreta, Marco Denevi había escrito,
en 1957, la obra teatral Los Expedientes, que obtuvo el segundo Premio
Nacional de Teatro y que fue representada por el elenco de la Comedia
Nacional en el teatro Cervantes.
Pese a tan auspiciosos comienzos, a principios de la década del 60 Marco
Denevi adopta la decisión de no volver a presentar sus textos a ningún
certamen literario, lo que no significó, empero, que las distinciones
dejasen de otorgársele: Gente de Letras le concede el premio
"Esteban Echeverría", por la totalidad de su obra, en 1981; ese
mismo año, Denevi comienza a colaborar en el diario La Nación con artículos
periodísticos que también serán galardonados; en 1986, su novela Manuel
de Historia recibe el premio del Club de los XIII; es condecorado con la
orden de Caballero de la República Italiana en 1990, y en 1995 la
Secretaría de Cultura de la Nación lo distingue como Personalidad Emérita,
y se le otorga el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes.
El 14 de mayo de 1987 marca un hito en la trayectoria de nuestro escritor:
ese día, en el Palacio Errázuriz, y como resultado de una iniciativa que
había presentado años antes Manuel Mujica Lainez, Marco Denevi es
incorporado a la Academia Argentina de Letras. Tras recibir la medalla y
el diploma de académico de manos del entonces presidente de la institución,
Raúl Castagnino, y luego de las palabras de bienvenida, que estuvieron a
cargo de Ángel Battistessa, Marco Denevi da lectura a su discurso de
recepción, "El creador en su noche", una auténtica obra
maestra en la que reflexiona sobre la agonía y el gozo del proceso
creativo, el sentido y alcance de la literatura, la excentricidad del
genio y la pervivencia de la obra de arte más allá de las limitaciones
de su autor, con palabras de portentosa lucidez y transidas de pasión que
configuran un estremecedor legado literario.
La literatura y sus disfraces
A lo largo de más de cuarenta años de quehacer ininterrumpido, Marco
Denevi publicó alrededor de una veintena de libros. Además de los títulos
ya mencionados, merecen destacarse Un Pequeño Café y Falsificaciones
(ambos de 1966), Los Asesinos de los Días de Fiesta (1972), Enciclopedia
Secreta de una Familia Argentina (1986), Música de Amor Perdido (1990), y
su última novela, Nuestra Señora de la Noche (1997). Es autor de cuentos
magistrales -"Hierba del cielo" (que él mismo señalaba como su
preferido), "Redención de la mujer caníbal", "Cartas
peligrosas", "Michel", "Gaspar de la noche",
entre muchos otros-, cada uno de los cuales acumula sobrados méritos como
para ennoblecer las antologías más exigentes. Y sin embargo, su obra,
sagaz, inquietante, invariablemente amena, que revela en cada línea el
oficio del escritor de fuste que conoce a fondo el manejo de los resortes
narrativos, ha sido casi sistemáticamente ignorada por la crítica. Hay,
claro, excepciones: ya en 1962, el norteamericano Donald Yates publicaba
el primero de los trabajos que iba a dedicar a Denevi; se han dado a
conocer textos sobre su obra en España, Italia, Estados Unidos, Chile,
Buenos Aires, Rosario y Tucumán; hay un par de tesis doctorales inéditas,
varios reportajes, algunas reseñas, pero ningún trabajo contundente, sólido,
sustancial, que venga a echar luz sobre una obra que merece distinguirse
entre las más apasionantes que han producido las letras argentinas en las
últimas décadas. En nuestro país, es imprescindible mencionar a
Cristina Piña, que en 1983 dio a conocer "Marco Denevi: la soledad y
sus disfraces", sin duda el estudio más inteligente escrito hasta la
fecha sobre la literatura deneviana, y que es autora, además, de un texto
breve pero esclarecedor acerca de Ceremonia Secreta que viene incluyéndose
desde hace algunos años como pórtico introductorio en las ediciones de
dicha "nouvelle", y del prólogo a la antología Cuentos
Selectos, que a mediados de 1998 publicó la editorial Corregidor.
Tal vez las razones de tan obstinado silencio haya que buscarlas en la
voluntad de Denevi de mantenerse al margen de los cenáculos literarios,
de casi no conceder entrevistas, de sustraerse al oropel de los programas
televisivos y los lugares de moda, para enclaustrarse en una vida recoleta
en la que podía disfrutar de la música, su otra pasión (era un amante
de la ópera, de los románticos alemanes y de las composiciones para
piano, instrumento que ejecutaba con admirable destreza), y entregarse con
morosa delectación al sereno ejercicio de la amistad, a la que sólo tenían
acceso unos pocos allegados.
Insensiblemente, en sus últimos años Marco Denevi fue asimilando los
gestos de los personajes que pueblan su literatura. Porque sus novelas y
cuentos están habitados por seres solitarios, de una timidez casi
enfermiza, algunos de ellos abrumados por algún secreto atroz, antihéroes
dolientes que arrastran nombres improbables: Adalberto Pascumo, Leonides
Arrufat, Edén Perdido, Camilo Canegato, Alexia Catasús y Piedraflores
viuda de Fagés, Patricio de la Escosura, Arabia Badur. Y sin embargo,
estos sujetos se nos imponen por su indecible ternura, por la mansedumbre
con la que se someten a un destino adverso, por revelarnos las honduras de
su alma, y al dejarnos entrever sus debilidades -en las que el lector se
reconoce-, se metamorfosean en criaturas entrañables tras cuyo aspecto
grotesco late, incorruptible, una inocencia virginal.
La escritura de la persuasión
En 1970, en el prólogo a El Informe de Brodie, Borges afirma que sus
cuentos "quieren distraer o conmover y no persuadir";
interrogado acerca de las razones que lo impulsan a escribir, García Márquez
declara: "Escribo para que mis amigos me quieran más"; a la
misma pregunta, Mujica Láinez responde: "Quiero hacer feliz al
lector con la belleza". En los tres casos, conceptos similares o
complementarios: la literatura como experiencia deleitable, la ausencia de
condicionamientos que puedan empañar la fruición estética o el
discurrir de las emociones, el puente luminoso que se tiende entre el
autor y su público. He ahí la esencia del hecho literario, lo que
asegura su perdurabilidad más allá de modas, tendencias o estilos
pasajeros. Marco Denevi se suma a esas voces. En una de sus últimas
entrevistas, Denevi manifestaba: "Mi mayor ambición es que el acto
de la lectura sea de disfrute, de goce para quienes me leen". Y añadía
luego: "La lectura es un placer o no es nada".
Tres años después de la muerte de su autor, los textos de Denevi siguen
brillando con luz propia, como iluminados por dentro, y proporcionándonos
ese placer inefable.
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