Los rostros de la muerte, los juegos de la locura
Marco
Denevi: Identidad y arte puro.
por Eduardo Balestena
a
Martha Revuelta
“pero qué precio debo pagar por ello... escribir ‘Los rostros de la muerte’, escribir ‘los juegos de la locura’ y después enloquecer y morir”.
Marco
Denevi, “Carta a Gianfranco”
No
parece fácil definir la simple complejidad del mundo Deneviano.
¿Es una indagación o el uso de una indagación? ¿Es la palabra herramienta o la palabra fin? ¿Es el cuerpo que hacen el mito personal y la escritura o es el uso del mito personal para la escritura? ¿Es la sencillez coloquial o la densidad de una metáfora organizada?
¿Es un pensamiento o la literatura que se vale de un pensamiento?
¿Cuál
sería el ideal: que la literatura hiciese invisible ese lazo presentándose
como una reflexión sobre la soledad o que la literatura fuese esa reflexión?
¿Son
“ciertas” las percepciones literarias o son un uso literario de los grandes
temas?
Y,
yendo más allá, ¿importan estas preguntas o la literatura deneviana es su
propio fin?
No
toda escritura contiene una reflexión tan aparentemente simple y tan compleja
sobre sí misma.
La
aparente sencillez no la hace de por sí abordable. No es fácil la aproximación
ya que uno de los puntos más difíciles es traducir y poner en límites temáticos
una impresión. Quizá sea éste el mejor modo de la escritura de enmascararse,
de borrar su percepción como escritura y trasladarla a aspectos destinados a
nunca satisfacer la pregunta acerca de ella, detenida en sus motivos, en sus imágenes,
y en los recursos del narrador. La escritura retiene al lector en lo que cuenta
antes que en la pregunta acerca de sí misma como escritura.
En
este sentido hay parciales cuestiones sobre personajes, discurso, escenarios
pero de por sí, no pueden responder por la propia operación escrituraria.
Es
una obra que varía sus visiones y que abarca tan diferentes miradas – mundos
que se cierran sobre su intimidad, otros que se abren a un orden de realidad que
toca lo maravilloso, otros que falsifican...-, que ello precisamente la borra más
como escritura: la transparencia de instalarnos en lo mostrado desde una
invisible orfebrería cuyo mejor efecto, como el diablo, es convencernos de que
no existe o mejor, de que no reparemos en ella y que en esta operación encubre
que ella es en realidad el mundo narrado.
La
escritura como orbe que todo lo contiene, como operación que irradia algo que
es su propio centro, un centro que desde esa irradiación, remite a lo
“central”, escritura que si bien busca la plenitud en sí misma, está
destinada a nunca satisfacerse. En este proceso de construir lo que nos
construye, el contenido es el continente y, como en la música, no es posible
discernir la forma del fondo.
Un
orden paradójico.
La
concepción del personaje no ayuda a despejar estas incógnitas porque en su
planteo de “tipos puros” no trabaja sus matices en tanto personajes sino
dentro de las relaciones del lenguaje, en un mundo donde el entorno es
permanentemente significado desde aquello que no aparece como enunciación del
propio personaje.
Personaje
que funciona en un mundo, mundo que funciona y se despliega en un personaje, ¿qué
es primero?.
La
soledad no parece funcionar sin un mundo que la refleje porque la soledad es ese
mundo que permanentemente vuelve.
El
mundo es una lectura del mundo. Pero la percepción está formada en registros
donde lo registrado se fragmenta e independiza. Su sentido, su movimiento, son
distanciados de la unidad de la que forman parte y valen por sí mismos y valen
por la relación que el modo de percibir del personaje tiene con ellos. Así, la
poeta de Carta a Gianfranco sabe que amanece
“porque
las cosas han empezado a adelgazar y a estirarse como gatos hambrientos. Desde
la calle me viene un ruido de automóviles que huyen en todas direcciones” [1]
No
oye el tránsito sino autos que escapan: se toma un hecho externo –el
desplazamiento de autos en la calle- y se le adjudica otro significado. De este
modo hay otra lectura posible de las cosas, animadas desde una percepción que
viene a reforzar la idea de que todo se aleja o transcurre en órbitas
inaccesibles, hacia lugares vedados y que la libertad forma parte de estos
espacios que nunca son vistos y hacia los cuales parten muchas veces, cosas y
personajes. En el mismo sentido, las cosas también se animan en la percepción
del personaje: sus propias percepciones son un mecanismo de la soledad donde
hasta una forma inerte puede ser un gato hambriento.
Los
objetos llevan a cabo, ejecutan un orden simbólico del cual son portadores. Los
objetos ponen distancia con los personajes situados fuera de su orden simbólico
o reafirman sus cualidades de encerrados o condenados. Los objetos recortan,
subrayan, son testigos.
El
mundo de los objetos abre a otros mundos. Importan códigos de acceso que no se
encuentran dentro del patrimonio de los personajes. Remiten a ese dominio simbólico
pero a la vez refuerzan el universo cerrado porque funcionan como el orden de
una escritura capaz de reparar sin detenerse en ellos.
Mudos,
se encuentran más allá o bien, son las marcas del encierro. La descripción
del palacete en “Redención de la mujer caníbal” o de la casa en
“Asesinos de los días de fiesta” y la habitación de Leónides, o el
departamento de la poeta en Carta a Gianfranco.
En
un caso es la alusión, el mundo del cual el objeto es portador, es el
movimiento, es el objeto que, igual que la estatua de porcelana china en “The
remains of the day”, hace el guiño al lector y en el otro, el objeto estático,
el que no es portador de significados, el que se encuentra hecho para la
utilidad, pero una utilidad que ya no brinda. Mientras unos son el código
vedado otros son aquella acción que ya no se ejecuta.
“El
interior del palacete la atarantó. En ese momento no vio nada, nada en
particular, y sin embargo lo vio todo. Quiero decir que de un solo golpe de
vista y de una primera inhalación supo que había llegado a un sitio donde
estaba toda la riqueza, toda la riqueza y todo el lujo que el tiempo puede
acumular en una casa”[2]
Los
objetos son un cambio de visión y una nueva perspectiva, la apertura de un
mundo que nunca terminará por abrirse del todo, la idea de una posesión que
nunca se consumará pero ellos no abren un mundo sino que lo cierran. Ellos son
herramientas de la historia que trabajan ese orden paradojal de cerrar abriendo,
quizá porque la sensación de universo cerrado venga de esa propia
imposibilidad de acceso libre a los códigos de los cuales los objetos son
portadores.
La
descripción de los animales embalsamados en “Asesinos de los días de
fiesta” es un punto donde los objetos se borran como objetos en el mismo acto
de presentarlos como tales
“sobre
todo ese follaje se acaba de posar, hace siempre un minuto, una bandada de pájaros...Se
diría que apenas uno haga un ademán brusco, los pájaros echarán a volar... Y
uno, para que no huyan, espontáneamente permanece quieto, inmóvil. Tan inmóvil
como ese temeroso colibrí que no termina de posarse en una rama”[3].
Son
seres eternamente vivos, portadores de una magia que es el borrar los efectos
externos de la muerte. Una vez que la muerte se apropie de ellos dejarán de ser
portadores de la magia para ser objetos, doblemente inertes porque habrán
sufrido dos muertes acumuladas en un solo efecto que crea el narrador.
Ellos
aparecen vistos desde dos miradas: la de aquel movimiento
captado fantásticamente, que subraya la irrealidad de la inmóvil mansión, y
los puros objetos que ya no asustan una vez que los hermanos dotaron a la casa
de otro movimiento, instancia en la cual realmente se detienen para morir y la
cualidad que da o quita la vida es significante, es la mirada de quien los
descubre y que en un momento dado ya no descubre un orden anterior del cual
ellos vienen sino que les imprime su propio orden, aquel capaz de hacer que los
días de fiesta sean días de duelo.
“-Venga
Cáceres. Venga conmigo. Dejemos al señor Santibáñez que se las arregle con
esos bicharracos-”[4]
De
igual manera se presenta al cadáver embalsamado de Esmée Roth, primero en una
atmósfera mágica y luego en la apropiación de la magia por los hermanos:
“Porque
no es un desván. Es una capilla, el camarín de una santa [...]
Un
mismo escalofrío, una corriente eléctrica nos atravesaba a los seis y nos
paralizaba la voluntad. De golpe nos sentíamos asomados al más allá [...]
Es
muy hermosa. Tiene un brazo extendido a lo largo del cuerpo y el otro doblado
con la mano negligentemente caída sobre el seno, la melena, retinta y espesa,
bien acomodada alrededor del rostro; las cejas son anchas y nítidas, como
dibujadas, y los labios gruesos y sonrosados, el cutis lechoso le brilla como
una opalina; en las manos sobresalen las venas azules y las largas uñas
manicuradas parecen las escamas de un pez”[5]
Luego
de enunciado el propósito de los hermanos de convertirse en los herederos de
Claudio Aquiles Lalanne, así ven a Esmée:
“A
todo se acostumbra uno. Tres meses han transcurrido desde que descubrimos el
camarín de la santa y ya el halo religioso que envolvía a Esmée Roth se ha
esfumado. Es la consecuencia de todo lo inalterable. Quien imaginó el Paraíso
como una repetición de alabanzas al Señor no sabía lo que decía. Ahora
comprendemos la indiferencia solemne y la confianzuda serenidad con que actúan
los sacerdotes
Nosotros
andamos por la capilla como Pedro por su casa. Nos sentamos junto a Esmée, la
estudiamos de arriba abajo, la tocamos, la medimos. Es que estamos preparando
cuidadosamente la fabulosa sustitución de personalidades que ideó Patricio”[6]
Primero
el lenguaje busca captar la experiencia de lo maravilloso y luego utiliza un
tono de burla al aludir a las rutinas de lo sagrado, la mirada del encantamiento
ha caducado ante los planes egoístas de los hermanos.
Los
objetos vienen de una historia anterior, son testigos de la remisión al origen
de la cual los lectores no somos testigos. Han estado allí, mudamente, viendo
lo que nosotros no podremos ver:
”Entraron
en un cuarto a oscuras y con olor a gato, Mercedes alzó un postigo, la luz de
la tarde iluminó crudamente una salita amueblada con un gusto detestable. Y lo
primero que vio la señorita Leónides fue una muñeca holandesa que con la boca
abierta, con los ojos abiertos, con los brazos abiertos, clamaba a gritos por
que la librasen del horrible sofá donde la habían sentado y la devolviesen
junto a sus hermanas, a una repisa, a un muerto dormitorio clausurado”[7]
La
muñeca, que es una parte de la historia de Cecilia, que guarda las huellas de
una inocencia y que pugna por volver, que en ese grito casi audible para el
lector, pide a Leónides regresar a aquella repisa de un cuarto deshabitado a
restaurar algo que el lector no sabe qué es.
También
funciona así la descripción del pequeño café en la novela del mismo título.
En cambio, en el Capítulo XI los objetos de nuevo plantean la remisión al
origen, la intromisión de quien detenta un código ajeno a ese mundo, entrañable
y extinguido:
“-La
gran flauta, qué lujo!
Llamaba
lujo a los restos que yo había logrado salvar hacía ya muchos años, del
naufragio de mi familia.
-Y
cuántos libros!
Se
colocó los lentes y empezó a husmear en la biblioteca”[8]
El
cerco de la soledad está bordado de cosas. Cada una contiene el gesto de la
observación que a su vez contiene un sentido que se les adjudica: es del
narrador y es del lector. Los objetos son dados en un sentido de la realidad que
moldean no tanto por sí mismos sino por el discurso que los hace visibles en
este universo visual.
“Aquí
no hay calefacción. Luego de cinco días de lluvia mi cuarto ha empezado a
derretirse y chorrear como una vea de sebo. Las paredes se han vuelto esponjosas
y como miga de pan, los muebles están blandos y del techo caen lentos
goterones”[9]
Los
objetos que excluyen portan un código ajeno, los objetos propios, las huellas
de la exclusión: todos los objetos marcan esta exclusión, los propios, los
ajenos. No hay ámbitos de refugio, no hay un sentido estático del espacio.
Hasta lo inerte está trabajando en el texto y ese trabajo del texto es, en última
instancia, un nuevo paso hacia la soledad.
Lo
real tiene varios planos: la realidad de los personajes, la externa, las ideas
sobre la realidad, los materiales con los cuales la mirada sobre ella se
construye, sus mecanismos...
Hay
una articulación entre las rígidas estructuras de los personajes y el
mecanismo de los hechos. Las cosas parecen suceder por leyes que las personas no
gobiernan. Leyes no enunciadas pero que una suerte de conocimiento puede
descifrar. Leyes y actitudes ante ellas que se plantean con afirmaciones tan
tajantes como indemostrables:
“Y
aunque hoy no se dé cuenta, tarde o temprano tendrá que saberlo, de modo que
es mejor que lo sepa cuanto antes”[10].
Hay
una regla de conducta. Viene de una supuesta objetividad que sin embargo sólo
parece descubierta por quien enuncia la regla. El poder de “enunciación
moral” de alguien, un narrador que supone detentar una visión infalible de
las cosas.
Dentro
de estos enunciados juega la distancia que existe entre el personaje y la
realidad exterior a la cual nunca puede acceder completamente, ya que la esencia
es la soledad.
La
realidad exterior de algún modo se personifica: hay un orden de lo que es
correcto, del cual se distancian los personajes. Ellos están en falta. No hay
una concepción de la realidad exterior como de un ámbito de tolerancia,
encuentro y apertura, sino todo lo contrario.
Esta
mecánica se invierte en algunos relatos donde la regla de la “corrección
moral” es enunciada por los propios personajes y su misión consiste en
instalar en el mundo externo esa mirada de descubrimiento y redimirse:
“Redención de la mujer caníbal” “Redención de Yayá”. Con ello se
distancian de una realidad moralmente opresiva, y abren un espacio nuevo.
“Reproches
a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos” es en algún sentido
paradigmático en lo que se refiere a un mundo sin salida.
La
magia existe mientras no pueda verla. Si se coloca los anteojos, la magia podrá
desvanecerse o corroborarse. Pero ella está condenada a no ver y a no conservar
la magia. Está condenada a la soledad.
La
percepción se origina en esa condena.
Si
la condena es transgredida se asiste a un mundo indiscernible.
Si
se la acepta, no hay amor porque no hay otro posible.
En
ambos casos se abre una ambigüedad acerca de ese otro, el personaje sólo
sentido en el tacto, el que propone la cita a la cual no acude –¿o sí acude
y no es visto?-.
Corresponde
a un mundo de percepciones reales borradas por la transgresión o irreales
creadas por el deseo.
En
todo caso, la zona del deseo es ciega. Sólo se ven formas en la ansiedad ante
la inminencia ya del éxito de la transgresión, ya de su fracaso, fracaso que
llevará a reforzar la condena.
Las
percepciones dadas en este modo de percibir, obligan al personaje a mantener un
lugar que no es un lugar elegido, que es un lugar asumido, en una asunción que
es un mandato, el de alguien en posición de hacer un reproche. Alguien
omnisciente cuyo poder de enunciación constituye una instancia moral que obliga
a cada uno a mantener un lugar que marca la corrección pero que no garantiza la
felicidad sino sólo el lugar de la sumisión.
La
dinámica del deseo busca burlar un límite físico y ser otra cosa y así, abre
un espacio donde la relación fondo-figura se establece entre el propio
deseo que es figura y que no produce percepciones fiables, y el fondo
de las limitaciones que establecen un límite seguro pero que se cierran al
deseo.
Nunca
los personajes denevianos son espontáneos, están gobernados por razones
“morales”, represiones y aun si se lanzan a explorar una “naturaleza”
desconocida, no lo hacen espontáneamente sino cumpliendo un cometido.
No
parece existir una instancia en la cual la percepción del tacto y la percepción
real de la vista –en este mundo visual- correspondan a un mismo objeto y que
ese objeto no sea tal sino un sujeto, un otro, o al menos, una realidad donde
hacer jugar un yo, pero no un yo reprimido sino un yo interconectado.
Podemos
pensarlo además como una metáfora de la escritura que, a la manera de los
anteojos de Luisilda, configura aquello que vemos, organiza un mundo y al
hacerlo deja otro mundo y que de algún modo, la verdadera escritura es asomarse
a la calle sin esos anteojos en busca de un registro propio, de tensar y buscar,
de apropiarse de la vaguedad de la mejor manera posible y al hacerlo, asumir el
riesgo.
Una
ciudad desconocida.
Hemos visto que la identidad de los personajes está dada por una postulación de texto, que los enmascara, los presenta de un modo, los disfraza, los sitúa en una representación teatral, los hace llevar a cabo un cometido.
La “reprimida” Leónides Arrufat, en Ceremonia Secreta, de quien en rigor nada sabemos, lo cual confirma la imposibilidad de remisión a un origen, que mencionara Cristina Piña, está por abrirse y consagrarse a la propuesta del azar:
“exhausta,
desmembrada, con todas sus fuerzas consumidas por la larga representación
delante de las dos viejas bribonas (sobre todo por aquella escena final, cuando
le pareció que con un bastón de hierro quebraba y quebraba infinitas formas de
barro), la señorita Leónides se desplomó sobre su angosta camita y, sin ánimo
ni para pestañear, miraba con ojos de laca un rosetón del cielo raso”[11]
En este proceso de exploración, de cambio, de afectación de una identidad a un cometido que ella aún ignora, proceso que se desencadena a partir del azar, vemos que luego de una metamorfosis y una representación, se instaura una conciencia. Esta conciencia no es generada por Leónides sino por la metamorfosis de Leónides –luego de disfrazarse y representar un papel cuya naturaleza ignora-. En el ulterior desarrollo del capítulo, en una nouvelle donde los capítulos no tienen número, es decir, que se asiste a un proceso de desarrollo y a la vez de “confusión”, es esta conciencia la que percibe una realidad pero en sus notas más exteriores. En efecto, la larga secuencia que sucede a esta meditación de Leónides en su angosto catre –el autor se permite usar un diminutivo, es decir, transgrede de algún modo la textura de una prosa para acentuar ese carácter de estrechez-, es un registro esencialmente subjetivo del espacio, marcado por una ansiedad marcada a la vez por esa metamorfosis.
Este proceso la saca del espacio y del tiempo:
“la
señorita Leónides cruza en tranvía una ciudad desconocida. ¿Qué hora es? No
lo sabe. Nadie lo sabe. Quizá sean las once de la noche, quizá las cuatro de
la madrugada. La impaciencia la carcome. Mira por la ventanilla y no reconoce
nada de lo que ve. El tranvía llega a una esquina que copia, con varios trastos
viejos, la esquina de Sarmiento y Suipacha. La Señorita Leónides desciende.
Ahora corre por un largo zaguán abandonado. Desde lejos distingue la mole de la
iglesia. Y enfrente, la casona. Y en la puerta, Cecilia. Cecilia está
acurrucada en el umbral de la puerta como una mendiga. Tiene brazos y piernas
anudados como un abrazo consigo misma. Mira hacia Rivadavia. Mira el vasto sur
donde, hace horas, se internó Guirlanda Santos. Es muy tarde, la ciudad se ha
ido a dormir, pero Cecilia sigue esperando. Guirlanda Santos le prometió
volver. Y ella la espera. La Señorita Leónides no puede más. Se siente
tremenda de amor. Grita:
-Cecilia!
[...]
Guirlanda,
Anabelí y Leónides contemplan pensativamente ese rostro leudado, esa cara como
un pan que ha caído en el agua y se ha hinchado sin perder, no obstante, su
forma.
Repentinamente
las tres han comprendido”[12]
La percepción es una marca del orden. Los objetos son reales dentro de un orden de la subjetividad –con todo lo relativo que puede resultar hablar de subjetividad en el paradigma posmoderno- y de los propios objetos. Roto este orden, por la irrupción del azar que sin embargo depara el hallazgo de un contenido a la vez nuevo y profundo de la subjetividad, el espacio estalla y las cosas responden a ese estallido y no a su orden propio. Es una ciudad nueva, oscura, diferente, que marca en esas diferencias, esa consagración al azar, a un cometido. No obstante, el estallido trae la constitución de otro orden en el cual “las tres han comprendido”.
Parece al menos interesante, registrar este hecho: que una nouvelle que no retrata estados psicológicos, se valga de ellos literariamente para plantear el sentido ceremonial que tiene la irrupción del azar, para crear el efecto deseado: que todo es una vasta ceremonia en la cual nunca sabremos quien es el relojero, si Dios o nosotros. Pero aun el azar es una herramienta del mundo deneviano para un ejercicio del lenguaje.
El
relato “Variación del Perro”[13]
–del cual deseo hacer sólo una somera referencia, ya que posee numerosas
cuestiones que podrían pensarse- constituye una experiencia inusual desde
varios puntos de vista. Por empezar, lleva una escritura de la corriente de la
conciencia no hacia el campo introspectivo sino hacia la historia, se instala en
la cosmovisión medieval y desde allí desgrana un relato que no cuenta nada,
donde se enuncia un sentido de la guerra, del conocimiento, de los símbolos,
pero más que nada, se ejerce una modalidad de escritura.
En
esa atmósfera alegórica, donde, en el contexto de la historia, la experiencia
individual se relativiza y al mismo tiempo se universaliza, porque una guerra es
todas las guerras, se rescatan, paradójicamente, sensaciones auditivas,
olfativas, visuales y todas obedecen a ese orden sensorial: el de una guerra
medieval y se originan en un perro que aúlla en la calle.
Así,
el tiempo, igual que el cocimiento, son un juego de fragmentos, como
“los
recuerdos, los recuerdos, los recuerdos recortados”[14]
Historia
y conciencia tienen resonancias similares y no hay un conocimiento fiable salvo
aquel del perro, que no sabe distinguir el ruido del trueno con el de la guerra
pero que sí sabe distinguir la presencia de la muerte.
Los rostros de la muerte, los juegos de la locura.
“A
veces se me figura que Dios me trazó este destino. Dios no ha querido que me
distrajera de la poesía. Y entonces creo que si es así, es porque mi poesía
vale tanto como la de Baudelaire o la de Pavese. Pero qué precio debo pagar por
ello. Escribir ‘Los rostros de la muerte’, escribir ‘Los juegos de la
locura’ y después enloquecer y morir”[15]
.
¿Es
esta una idea verdadera de la literatura, o el uso en un relato de una idea de
la literatura, dentro de la necesidad de esa idea en la propia dinámica del
relato, en su propuesta de lectura, en la índole de su personaje?.
La
primera lectura es una pregunta. Un texto que se abre con una interrogación
acerca de su propia naturaleza, pregunta que depara muchas otras cuestiones.
La
escritura aparece como una operación central y absorbente, nombrada a la sazón
como Dios que es adjudicarle una naturaleza de trascendencia sí, pero más que
nada una naturaleza suprarreal, indiscernible, que contiene a las demás
experiencias y que desde ese poder las designa, sólo que el poder de designación
no es designable en sí mismo, más que llamándole Dios. Todo lo exige sin
garantizar nada a cambio, en una apuesta al estilo Enoch Soames. Un ciego
imperativo que niega la cordura o que es algo diferente a la cordura, una asunción
que es una renuncia y una asunción que es sólo la propia escritura, ya que lo
que se encuentra más allá de ella tampoco pertenece a un terreno de valores
seguros –el mundillo literario como espacios de poder que no tienen que ver
con la propia literatura: esta propuesta desde los falsos valores,
institucionalizar la literatura, es lo más falaz de todo porque parte de la
imaginaria detentación de algo verdadero, como también se plantea en
“Misterios de la Creación Literaria”, cuento en el cual quien
verdaderamente desea explicar el misterio es negado como portador de una gran
pregunta por parte de quienes se encuentran allí precisamente para discernir
ese misterio-.
Pero
la literatura en sí, tampoco es un valor seguro. Siempre cabrá la duda: sobre
su calidad, sobre que valga la pena el sacrificio, sobre el remoto futuro de
Enoch Soames.
Podemos
pensar estas cuestiones desde dos posibilidades:
1.Tras
el motivo enunciado está el hecho de la escritura como configurante de un
universo simbólico dado a partir de ella. Es a partir de este propio mecanismo
de significar donde la escritura se ontologiza, convirtiéndose en un fin,
situación que viene a presuponer un mundo de carencias dado en aras de esa
escritura –con lo que ello entraña de renuncia a lo nuevo, a la posibilidad-,
así como una idea de escritor sacerdote, escritor oficiante, escritor que
plantea no un modo de mudar hacia lo nuevo sino combinaciones que sólo tienen
por finalidad su escritura. Se asume un lugar de sumisión o más que de sumisión,
de entrega, de desplazamiento pero también de seguridad, en el pensar en un
destino de martirio que explica aquello que resulta inaccesible.
Los
personajes denevianos suelen moverse en esta renuncia-asunción que sólo
conduce a un mundo nuevo en contadas ocasiones.
2.
El configurar la vida desde la escritura y la escritura desde la vida. Vida y
escritura son un proceso. Los hechos –bajo la forma de motivos- forman parte
de ese proceso donde no puede discernirse –como en el fondo y la figura- una
forma que predomine, sino formas que se alternan. El proceso requiere de sus dos
momentos para significar los mismos hechos. La sola narración y la sola
vivencia no aparecen como instancias independientes. Es un circuito donde los
sentidos necesitan atravesar la enunciación, pero no la de los propios hechos
sino la de la escritura. Hay un cuerpo y se escribe en el cuerpo, se forma
cuerpo con la escritura y esto es lo que viene a decirnos la frase:
“escribir
los rostros de la muerte, los juegos de la locura y después enloquecer y
morir”.
Podemos
pensar además, que lo formal y lo que se cuenta , son también fondo y figura.
Es
una segunda idea de cuerpo con la escritura: el hecho de esta dinámica donde el
discurso se tensa. Juego formal, metáfora organizada, historia, son
interpenetrantes y esta idea cierra con la de asumir la operación escritural
como finalidad de sí misma, es decir, como un juego de arte puro.
¿Cómo
resulta el proceso de identidad de un escritor: es identidad con la experiencia
o con el lenguaje?.
Decir,
sentir, pensar, instancias del proceso que es la identidad. Un sistema recorrido
por el registro, la enunciación del registro y el nuevo registro desde la
enunciación.
Los
hechos de la vida, nombrados, significados, son hechos de la escritura
constitutiva del registro de la vida. La vida es un proceso de designación
que a su vez construye un nuevo registro de la vida, en lo que termina siendo un
espiral.
El
poder de la escritura –ya que primero se escribe sobre la locura y la muerte
para luego enloquecer y morir- ¿es profético o la escritura impone hacer real
aquello que ha captado? y, más lejos, ¿el orden de la realidad es posterior al
de la escritura o bien ¿la escritura es una construcción cuyos materiales son
aquellos con mayor interés formal, interés que suele estar ligado a los
grandes temas, como la soledad?.
Creo
que así, parafraseando a “Variación del Perro”[16]
:
“...así
como el perro se ha detenido donde el caballero pasa de largo, así también el
caballero se haya detenido donde los Papas y Emperadores pasen de largo, y
siempre dentro de este raciocinio, el caballero pensaría que quizá los Papas y
Emperadores de detengan donde Dios pase de largo” –pág.137-
Del
mismo modo, la escritura es un orden donde los lectores pasan de largo, porque
no conocen los motivos, los procesos que deben adivinar pero ante los cuales,
quizá el autor mismo pasó de largo sin poder llegar hasta donde la escritura
no pasó de largo porque la escritura es una operación que se alimenta de los
escritores y que no reconoce los límites que sí reconocen autor y lector, y así
nunca podremos adivinar. Así terminamos experimentando el problema de la
imposibilidad de acceder al conocimiento, porque el conocimiento pasa de largo
ante lo conocido, ante las impresiones e imprecisiones de lo conocido y aun ante
las posibilidades de conocerlo, pasa de largo ante aquello que contiene todas
las posibilidades y que tiene el inmenso poder de suscitar todas nuestras
lecturas.
Nunca
podremos indagar estas preguntas, el conocimiento es, quizá por suerte,
limitado y, como ya lo dijera Juan Carlos Pellanda, Marco Denevi, en muchos
aspectos, seguirá siendo ese desconocido.
Dic.2000
[1] “Carta a Gianfranco”, Obras completas, Corregidor. pág. 182.
[2] “Redención de la Mujer caníbal”, obras completas, Corregidor, tomo 3, pág. 423.
[3] “Asesinos de los Días de Fiesta”, El Ateneo, pág. 46.
[4] “Asesinos de los Días de Fiesta”, El Ateneo, pág.116.
[5] “Asesinos de los días de fiesta”. El Ateneo, pág.59/60.
[6] “Asesinos de los días de fiesta”. El Ateneo, pág. 71
[7] “Ceremonia Secreta”, obras completas, Corregidor, tomo I, pág. 375/ 376.
[8] “Un Pequeño Café”, obras completas, Corregidor, tomo I, pág. 523.
[9] “Carta a Gianfranco”, obras completas, Corregidor, tomo 2, pág. 166.
[10] “Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos”, Obras completas, Corregidor, tomo 2, pág.33
[11] “Ceremonia Secreta”, obras completas, Corregidor, pág. 391
[12] “Ceremonia Secreta, obras completas, Corregidor, pág. 395/ 397
[13] “Antología de a Lit. Fantástica Argentina”. Kapelusz, 1973, pág. 124.
[14] “Variación del perro”. Antología de la Literatura Fantástica Argentina, narradores del siglo XX, Kapelusz, 1973, pág. 131.
[15] “Carta a Gianfranco”, obras completas, Corregidor, tomo 2, pág. 175
[16] “Variación del Perro”, en “Antología de literatura fantástica argentina. Narradores del siglo XX. Kapelusz, 1973. pág.124.
Encontrado en: http://www.la-lectura.com/ensayo/ens-40.htm