Miseria de la burocracia
Marco Denevi
Durante
muchos años un hombre a quien después de Kafka se lo suele llamar el señor K.
Solicita ser recibido por el rey (si un rey resulta anacrónico, por el primer
ministro, por el banquero Morgan, en fin, por Alguien). Desea pedirle un favor.
Se trata de un asunto personal y, para él, de vida o muerte.
Pero los trámites son tan engorrosos; las
dificultades para conseguir una audiencia, tan insalvables; Alguien está
siempre tan atareado o tan lejos, viajando por otros países, que transcurre un
largo tiempo sin que el señor K logre su propósito.
Esa espera y los infinitos, los arduos trámites
le oscurecen el juicio, lo convierten en un hombre (pronto en un anciano) un
poco maniático y, por qué no decirlo, un poco estúpido que sólo se preocupa
por redactar las solicitudes de audiencia en un estilo cada vez más
complicados, por sobornar a los porteros, empleados y secretario de Alguien y
por seguir a éste en sus viajes, todo lo cual lo obliga a incurrir en gastos
que, con el tiempo, le comen tosa su fortuna.
Hasta que al fin es recibido por Alguien.
-
Señor K. -oye
que le pregunta-
¿Qué quiere de mí?
Entonces el señor K. se da cuenta,
espantado, de que olvidó cuál era el favor que pensaba pedirle. Alguien lo
mira impaciente. Para salir del paso el señor K. balbucea:
-
Nada. Sólo el honor de estrechar su mano.
Complacido por la lisonja, Alguien le concede espontáneamente una gracia que es aquella misma que el señor K., años atrás, pretendía arrancarle a fuerza de súplicas. Pero el señor K. lo olvidó y la gracia de Alguien no le proporciona ninguna satisfacción. Por el contrario, sale de la audiencia convencido de que Alguien le impuso una carga.